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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 Un paseo por las Minas de la Muerte
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20: Un paseo por las Minas de la Muerte 20: Un paseo por las Minas de la Muerte La polvorienta carreta se detuvo en las afueras de Arroyo Lunar.

Lo que alguna vez fue un próspero pueblo minero ahora parecía una fortaleza sitiada.

Sulivan, aún tenso por tener a Hogger respirándole en la nuca, hizo un gesto con la mano a los vigías Defias que montaban guardia tras unas barricadas de madera y carros volcados.

Al parecer, algo sumamente importante y definitivo estaba ocurriendo en el fondo de las minas, pues todo el pueblo estaba atrincherado hasta los dientes.

Sin embargo, lo que más impactó al grupo de aventureros no fueron las armas, sino lo que ocurría en la plaza principal.

Dentro del perímetro, había montones de refugiados y mendigos, familias enteras de los Páramos de Poniente con la ropa hecha harapos.

Y entre ellos, algunos bandidos Defias de aspecto menos amenazante repartían raciones de pan tibio y cántaros con agua fresca.

—Vienen conmigo —dijo Sulivan, bajando de la carreta y dirigiéndose al guardia principal, un hombre corpulento con una cicatriz cruzándole el labio.

El guardia escupió al suelo, escudriñando al grupo con desconfianza.

—Parecen otra partida de estúpidos perros de Ventormenta.

—¡Hogger no ser perro!

—gruñó el gnoll desde la carreta, sintiéndose profundamente aludido y ofendido en su orgullo de hiena.

El guardia parpadeó, retrocediendo un paso al ver a la bestia.

—¿Ese es…?

No puede ser —gritó el hombre, llevándose la mano a la espada—.

¡Pero si habían dicho que Hogger había muerto!

¡Y que lo habían matado esos mismos idiotas que van contigo!

¿Acaso quieren tenderle una trampa al Maestro Van Cleef usando a este monstruo como cebo?

—Puede ser —respondió Sulivan encogiéndose de hombros, ganándose una mirada de muy pocos amigos por parte de Kalair y Alistair—.

Pero Hogger insiste en que son sus amigos y que no quieren pelear contra la Hermandad.

—Ahora que lo mencionas…

—meditó un segundo guardia, acercándose al escuchar los gritos sobre Hogger.

El hombre entrecerró los ojos hacia el paladín—.

Se parecen bastante a los que describió Garrick Piessuaves.

Especialmente ese rubito con armadura que le sacó seis dientes de un escudazo…

pero que misteriosamente le salvó la vida frente a los guardias.

Alistair se llevó una mano a la cara, frustrado.

—¿Ya se escapó de la cárcel?

—farfulló el paladín—.

Vaya milicia tan idiota tenemos en Elwynn…

A pesar del esfuerzo desperdiciado en capturarlo sin matarlo, Alistair se dio cuenta de que aquella clemencia ahora podía jugarles a favor.

Dio un paso al frente, alzando las manos vacías.

—Está bien, Garrick dijo la verdad.

Y es por él que vinimos.

Él insistió en que el problema de los Defias era con la nobleza corrupta de Ventormenta.

Hogger nos dijo lo mismo.

Y viendo esto…

—Alistair señaló a los refugiados comiendo el pan de los bandidos—, ustedes han sido los únicos que han tratado a esta gente sin comida y sin casa como…

como gente de verdad.

Queremos hablar con Van Cleef.

El primer guardia evaluó las palabras del paladín.

La nobleza de sus actos los precedía, pero el riesgo era inmenso.

—Pueden pasar, Sulivan.

Pero entrarán todos amarrados —sentenció el guardia, sacando un grueso rollo de cuerda—.

También tú.

Sulivan abrió los ojos, completamente aturdido.

—¡¿Por qué yo?!

¡Yo soy un teniente!

—Porque tú serás el responsable directo si estos tarados de la Alianza se meten con los planes del Maestro Van Cleef —le espetó el guardia—.

Así que pon las manos en la espalda.

De esa manera humillante, todos entraron amarrados a la oscura e insondable boca de las Minas de la Muerte, incluidos Hogger y Sulivan.

Los llevaron a través de intrincados pasadizos iluminados tenuemente por antorchas parpadeantes.

El aire fresco desapareció, reemplazado por un fuerte olor a azufre, pólvora y otros minerales que, además de ser pestilentes, irritaban los pulmones, indicando que el ambiente era bastante tóxico.

En la caminata, Alistair se ganó el lugar justo junto a Lyra.

El paladín parecía bastante nervioso de estar atado en el corazón del territorio enemigo, y sus hombros se rozaban buscando el consuelo mutuo.

Kalair, caminando unos pasos atrás, los observó y agradeció desde el fondo de su alma que al menos ellos dos pudieran llevar algo parecido a una relación normal.

Su propia mente, estimulada por la oscuridad opresiva de la mina, no tardó en atormentarla con sus propios fantasmas amorosos.

Ella, junto a Redhand, habían sido un verdadero peligro para el mundo.

Aún hoy se cuestionaba cómo demonios se había enamorado de él; cómo la pasión la cegó después de lo que él hizo, de cómo le arrebató la vida a Alonzo, su primer amor.

Luego, la imagen de Zaharzim cruzó por su cabeza.

Lo había amado como a nadie en toda su existencia, amándolo incluso después de que él mostrara su lado más salvaje, siendo un híbrido aterrador de demonio, vampiro y hombre lobo al mismo tiempo.

Pero ese amor no bastó; él la había dejado atrás justo cuando ella más lo necesitaba.

Y finalmente, Borgol.

La culpa le apretó la garganta.

Quizá, si tan solo lo hubiera querido de la misma forma arrebatadora en que quiso a los otros, el buen gigante seguiría vivo.

No hubieran estado en ese maldito momento, en ese maldito lugar, enfrentando a Gar’Dal.

El Rey Demonio, ese ser tan desquiciado y roto que suprimía mundos y reescribía realidades por puro y oscuro capricho.

Para espantar los demonios de Kalair, un murmullo de voces la devolvió al presente.

Unos pasos más adelante, el enano había decidido que el silencio era su peor enemigo.

Para lidiar con la ansiedad, Thrain había empezado a contarle chistes a Thomas y a Hogger.

—…entonces el gnomo le dice: “¡Te pedí una cerveza rubia, no que me trajeras a la tabernera!” —remató el enano.

Hogger soltó un ladrido que pretendía ser una risa, y para sorpresa de todos, Sulivan se unió al grupo contando otro chiste sobre un mago y un elemental de agua.

Estaban todos tan nerviosos marchando hacia lo desconocido, que reír de estupideces era lo único que podían hacer para no entrar en pánico.

Finalmente, el largo túnel comenzó a ensancharse.

La roca dio paso a enormes pilares de madera y metal.

Cruzaron un inmenso portón de hierro y el suelo desapareció, revelando una gigantesca caverna subterránea.

El aliento los abandonó a todos.

Frente a ellos se extendía una bahía oculta, un astillero masivo iluminado por forjas y lámparas de aceite.

Y flotando en esas aguas oscuras, se alzaba algo verdaderamente aterrador: un enorme castillo flotante.

Era un acorazado colosal, el Juggernaut, repleto de cañones de artillería pesada y blindaje oscuro.

Kalair, Alistair y Thrain se quedaron petrificados.

La magnitud del plan de la Hermandad era evidente.

Edwin Van Cleef no quería recuperar su oro; quería venganza absoluta.

Si los Defias lograban sacar ese buque de la montaña y atacar Ventormenta desde sus canales, sería el final definitivo de la ciudad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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