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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 El Maestro VanCleef y el Pacto de Sangre
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21: El Maestro VanCleef y el Pacto de Sangre 21: El Maestro VanCleef y el Pacto de Sangre El ascenso por las inmensas escaleras de madera que bordeaban el casco del Juggernaut fue una tortura silenciosa.

Con cada peldaño que subían, el grupo de aventureros —amarrados y escoltados por guardias Defias fuertemente armados— comprendía la verdadera magnitud de la furia que hervía en Arroyo Lunar.

No se trataba de simples bandidos buscando oro; eran constructores, arquitectos y obreros dispuestos a derrocar a la corte entera, sin importar el costo en vidas.

Si llevaban ese acorazado a los canales de la ciudad, no quedaría piedra sobre piedra en la capital de la Alianza.

—Muchachos…

¿está bien que tenga unas ganas terribles de llorar?

—preguntó Thomas en un susurro, pasando las cuentas de un antiguo abalorio sagrado con sus dedos atados a la espalda—.

¿De verdad creen que podamos dialogar con su líder?

—Edwin Van Cleef alguna vez fue el jefe del Gremio de Albañiles —aclaró Alistair, intentando mantener la voz firme—.

Era alguien civilizado, un genio de la arquitectura y sumamente respetado en todo el reino.

Tiene que quedar algo de razón en él.

—No parece muy cuerdo, rubito —dijo Lyra, mirando de reojo las hileras de cañones pulidos—.

Este enorme barco es la prueba irrefutable de que está total y absolutamente loco.

—Yo llevo apenas una semana en este mundo, así que no me miren a mí.

No sé nada de política local, nada de nada —dijo Kalair, encogiéndose de hombros.

Sus manos atadas se movían por inercia hacia su cintura, buscando el peso familiar de sus pistolas y espadas que los guardias les habían confiscado en la entrada—.

Solo sé que me siento desnuda sin mi acero.

A Hogger también habían intentado desarmarlo, o más bien, “des-garrarlo”.

Un par de duendes ingenieros se habían acercado con unas enormes tenazas para cortarle las garras, pero un gruñido gutural y una dentellada al aire del Rey Gnoll fueron suficientes para disuadirlos permanentemente.

—Esto es muy malo, gañanes.

Me huele a que terminaremos todos como comida de murlocs en el fondo de este lago —farfulló Thrain, mirando las aguas oscuras bajo ellos.

—¡Ñam, ñam, murloc al vapor!

—rio Hogger, ajeno al pánico general—.

Hogger ser alfa.

Nada comer a Hogger.

Y Hogg comer Defias si atacan a amiga Kalair, a Cuatro Ojos, a Mujer Morada, a Paladín Hediondo y a Enano Rechoncho.

El grupo se sintió invadido por una extraña mezcla de gratitud y ofensa ante los apodos, aunque Kalair no pudo evitar esbozar una sonrisa al darse cuenta de que se había llevado la mejor parte de la rústica poesía del gnoll.

Finalmente, llegaron a la cubierta superior, a la cabina de mando.

Allí, flanqueado por sus tenientes más letales, los esperaba el hombre que hacía temblar a la nobleza.

Edwin Van Cleef los observaba con frialdad matemática.

Vestía armadura de cuero oscuro y la icónica pañoleta roja al cuello.

—Traen al poderoso líder de los Zarpa Río amarrado como un cerdo —dijo Van Cleef, con una voz suave pero afilada como el acero—.

¿Tiene eso algo que ver con los reportes de que los gnolls han huido hacia las montañas?

—Los gnolls ya no atacarán a los ciudadanos de Ventormenta —aclaró Alistair, irguiéndose a pesar de sus ataduras—.

El Alfa Hogger nos dio su palabra.

Van Cleef enarcó una ceja y miró a la bestia.

—¿Es cierto eso, Hogger?

¿Te has vendido a estos perritos falderos del Rey?

—¡Ellos ser amigos de Hogger!

—ladró el gnoll, dando un pisotón en la cubierta que hizo temblar las tablas—.

Ellos querer ayudar a Defias.

Querer solucionar problemas de humanos con Ventormenta.

—¿Ah, sí?

—se burló el Jefe de la Hermandad, cruzándose de brazos—.

¿Qué quieren saber y cómo demonios piensan ayudarnos?

El grupo guardó silencio.

¿Qué se suponía que harían para terminar con un problema tan enquistado?

Necesitaban saber quién era el verdadero enemigo detrás del trono.

Kalair dio un paso al frente, con la tela roja de su cabello ondeando ligeramente por la brisa marina subterránea.

—Señor Van Cleef —empezó, clavando su mirada de cazadora en el líder criminal—.

Yo no soy de acá.

No soy de la Alianza y apenas llevo una semana en este reino.

Pero no puedo ignorar que ustedes tienen un problema real, y quiero ayudar a solucionarlo sin que tenga que arder el reino entero.

Creo que ni usted ni nosotros queremos ver a más gente inocente muerta.

Edwin la evaluó de pies a cabeza.

—Interesante.

Tienes agallas.

¿Cómo te llamas, muchacha?

—Kalair Zad.

—Definitivamente no es un nombre de Elwynn.

Dime, ¿cuál es tu hogar?

Kalair lo meditó un segundo.

Solo Hogger y Lyra sabían la verdad.

—Soy de un mundo llamado Xera —respondió sin titubear—.

Me enviaron acá por un portal, escapando de un Rey Demonio que me quería como prisionera.

Un ser inconmensurablemente poderoso.

Van Cleef resopló, negando con la cabeza.

—Uff…

una alienígena loca.

No, no te creo una sola palabra.

Pero su atrevimiento me divierte lo suficiente como para decirles qué pasa aquí antes de que los mate.

Porque todos morirán aquí hoy.

Ustedes, tu monstruo…

e incluso tú, Sulivan.

Sulivan, que se había mantenido en silencio esperando una felicitación, abrió los ojos, aterrado.

—¡¿Yo?!

¡¿Por qué, Jefe?!

¡Yo los traje!

—Porque trajiste a una compañía completa de Ventormenta directo a mi base secreta, idiota —siseó Van Cleef—.

Hay un paladín y un sacerdote de la Luz.

¿Crees que ellos necesitan espadas?

¿Crees que un gnoll gigante necesita un hacha para matarnos a todos?

Eres un riesgo, Sulivan.

El grupo se tensó.

Estaban contra la espada y la pared.

Kalair calculó rápidamente si podía estrangular al guardia más cercano con sus propias amarras, pero Van Cleef comenzó a hablar, revelando la herida abierta que había creado a los Defias.

—El consejo de nobles convenció al Rey Varian Wrynn de no pagarnos por la reconstrucción de Ventormenta.

Dijeron que era nuestro “deber patriótico” hacia el reino.

Nos dejaron en la ruina.

Familias enteras sin un cobre.

Hicimos entonces lo que todo gremio haría por sus trabajadores: protestamos.

Marchamos por la ciudad.

Pero las tropas del rey quisieron reducirnos a la fuerza.

En la resistencia, el caos estalló…

y una piedra lanzada al aire golpeó y mató a la joven Reina Tiffin.

Van Cleef apretó los puños, con la culpa y el odio luchando en sus ojos.

—Desde entonces somos regicidas a los ojos de la corona.

Aunque no robáramos para comer, nos quieren colgados a todos.

Dime, Kalair de otro mundo, ¿pueden ustedes parar la venganza del rey?

Un rey débil que hace poco huyó de Ventormenta, que dejó a su hijo, el príncipe Anduin, solo.

Que dejó su reino en manos de Lady Katrana Prestor, una ruin noble que sisea veneno como una serpiente al oído del rey y del mismísimo Gran Lord Bolvar Fordragon.

Ella es la que nos condenó.

El grupo guardó un silencio atronador.

Ahora lo entendían todo.

Los Páramos de Poniente no eran asediados por los Defias; habían sido completamente abandonados por la corona.

En Ventormenta se daban banquetes mientras a pocos kilómetros la gente se moría de hambre mirando las estatuas que ellos mismos habían construido.

—Mataremos a Lady Prestor —sentenció Kalair, con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes.

Van Cleef parpadeó, perdiendo su compostura por primera vez.

—¿Dices que tú y tu variopinto grupo de idiotas se van a infiltrar en el Castillo de Ventormenta y van a asesinar a la consejera principal de la corona?

¿Frente al pequeño Anduin y al mismísimo Bolvar Fordragon?

—Solo a Katrana —repitió Kalair, encogiéndose de hombros—.

He enfrentado cosas peores.

—Te perseguirán igual que a nosotros.

Serán asesinos de la nobleza.

Y eso no solucionará mágicamente nuestra condición de parias y regicidas.

Alistair intervino rápidamente, antes de que Kalair convirtiera el plan en un baño de sangre político.

—Bolvar es un hombre justo.

La Luz guía sus pasos —dijo el paladín—.

Kalair tiene razón, pero debemos ser más inteligentes.

Bolvar no puede estar permitiendo que el reino se pudra a propósito.

Si Katrana es quien gobierna desde las sombras en lugar del Rey ausente, algo anda muy mal.

Descubriremos qué diablos pasa en esa corte, la expondremos y, una vez veamos qué raíz está podrida, la cortaremos desde la base para que Bolvar vea la verdad.

Van Cleef miró al paladín, luego a Kalair, y finalmente paseó la vista por el imponente acorazado bajo sus pies.

Tomó una decisión.

—Un mes.

—¿Qué?

—preguntó Thomas.

—En un mes, el Juggernaut estará artillado, provisionado y listo para zarpar hacia Ventormenta —declaró Van Cleef, señalándolos—.

Si en un mes solucionan nuestra “intriga cortesana” y logran limpiar nuestro nombre, no atacaremos.

La Hermandad Defias se disolverá.

Los oficiales Defias se miraron entre sí, escandalizados.

—¡Señor!

—protestó uno—.

¿Dice que todo lo que hemos invertido en construir este barco y nuestro ejército lo dejaremos en nada si…?

—Dije que si limpian nuestro nombre —lo cortó Van Cleef—.

Pero dudo que lo logren.

Por eso, los acompañará Sulivan.

—¡¿Yo?!

—chilló de nuevo el teniente.

—Sí, tú.

Irás con ellos.

Si Sulivan no se reporta conmigo cada dos días por ave mensajera, daré la orden para que todos los asesinos Defias que tenemos infiltrados en el reino los cacen y los desollen vivos.

Espero que sean hombres y mujeres de palabra, y no anden revelando a la guardia la existencia de este pequeño navío de agua dulce.

—Así será.

Nuestra prenda será nuestra vida —gruñó Thrain con firmeza, dando un paso adelante—.

Soy un enano de palabra, y mis amigos también lo son.

—¡Hogger prometer también!

—secundó el gnoll.

—¿Lo ves, Defias?

—dijo Kalair, mirándolo fijamente—.

Solucionaremos este misterio y nadie más morirá de hambre ni en vano.

—Bolvar Fordragon tendrá que prometer que perdonará nuestra “disidencia” y tendrá que pagarnos hasta la última moneda de oro de lo que invertimos en su hermosa capital —exigió Van Cleef, con el rostro endurecido.

Lyra, que hasta ese momento había estado analizando las salidas, se irguió en toda su imponente altura élfica, mirando a los bandidos desde arriba.

—Así será, humano —sentenció la Cazadora, con una voz cargada de la autoridad de su lonjeaba edad—.

Antes del mes serán constructores una vez más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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