Los Seis de Ventormenta - Capítulo 22
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22: Olor a monstruo.
22: Olor a monstruo.
—¡Los enanos nacemos del mismo tamaño que los bebés humanos, por las barbas de Magni!
—gritó Thrain, encolerizado, agitando los brazos en la parte trasera de la carreta.
La duda llevaba días carcomiendo a Alistair, y el paladín, con sincera curiosidad académica, finalmente había preguntado si los bebés enanos cabían en la palma de una mano.
—Entonces, ¿a qué edad dejan de crecer?
—preguntó Kalair con una sonrisa ladeada.
En Xera había visto pocos enanos, y el más pequeño que conoció, Zapperean, era en realidad un humano con severos problemas hormonales, no un verdadero enano.
—¡Nunca dejamos de crecer!
—aclaró el enano, inflando el pecho—.
Hay enanos viejísimos en las profundidades de Khaz Modan que son del tamaño de una maldita montaña…
o eso al menos me decía mi madre para que me comiera las verduras.
Todos en la carreta estallaron en carcajadas sonoras, liberando la tensión de los días pasados, mientras Thrain se cruzaba de brazos, gruñendo y murmurando sobre la falta de respeto de las razas altas.
El viaje hacia la capital de la Alianza duró una semana entera.
Un trayecto tenso donde Sulivan, sudando frío cada día, enviaba puntualmente una carta a través de las palomas mensajeras que llevaba en una jaula sobre sus rodillas.
Todos sabían que si una sola de esas aves era interceptada por un halcón en el camino, podían ir despidiéndose de sus cabezas ante una legión de asesinos ocultos por todo el reino Finalmente, tras cruzar el bosque, Kalair vio los imponentes muros blancos de Ventormenta.
Era una construcción ostentosa, una joya de piedra blanca y techos azules.
Al cruzar el Valle de los Héroes, las colosales estatuas, de los Héroes que cruzaron el Portal Oscuro durante la Segunda Guerra, se alzaban flanqueando el puente.
Definitivamente, levantar semejante majestuosidad arquitectónica había dejado al Gremio de Albañiles de Van Cleef en la más completa e injusta ruina.
Apenas cruzaron las puertas, Thomas se asomó emocionado, buscando su prometida estatua.
El oficial de Arroyo oeste había prometido un monumento al “Sacerdote Caído”.
Se llevó una decepción mayúscula cuando, a los pies de la inmensa estatua del General Turalyon, encontró una figura de bronce de apenas medio metro de alto.
Representaba a un macizo paladín portando la Luz, con unas gafas redondas talladas toscamente en el rostro y sosteniendo la cabeza de un gnoll en la mano.
—¡Pero ese no soy yo!
¡Es Alistair con mis gafas!
—se quejó Thomas, indignado.
—¿No ves que tiene lentes, Thomas?
—dijo Kalair, aguantando la risa—.
Ni tú mismo te pareces más al gran “Thomas el Aterragnolls” que esa estatua.
—Cabeza de Hogger ser muy realista.
Escultor hacer buenos colmillos —susurró una voz ronca y gutural desde el fondo de la carreta.
El gnoll estaba completamente cubierto por una gruesa manta de lana, con tan solo una pequeña abertura para ver y respirar.
El grupo continuó su camino por el bullicioso Barrio del Comercio hasta llegar al Cuartel General.
Allí, solicitaron una audiencia de emergencia.
Fueron llevados ante el Gran Mariscal de Ventormenta, el hombre a cargo de la defensa de la ciudad.
Alistair, asumiendo su rol de diplomático, dio un paso al frente y desenrolló la pañoleta roja ensangretada de Van Cleef y la medalla de bronce del antiguo gremio de albañiles.
El estoico e inmutable Mariscal abrió la quijada de par en par.
—No me lo creí…
el rumor de que la cabeza de los Defias hubiera caído en las Minas de la Muerte.
Ustedes son el mismo grupo que mató a Hogger, ¿verdad?
Sí, por la Luz, deben serlo.
—Queremos hablar con el Alto Señor Bolvar Fordragon —pidió Alistair con firmeza—.
Necesitamos hablar sobre lo que descubrimos en las profundidades de las Minas de la Muerte.
Hay un complot masivo, señor.
El Mariscal tragó saliva y le hizo una seña a uno de los guardias para que corriera al Castillo de Ventormenta.
—Yo me encargo de la seguridad militar de las calles y del Bosque de Elwynn, pero no les puedo asegurar que Lord Fordragon y Lady Katrana Prestor les reciban.
La corte está ocupada con…
asuntos de estado.
—¿Qué más quieren?
—preguntó Kalair, un tanto mosqueada.
En su vida pasada, cuando caminaba junto a Redhand, las puertas de las ciudades se abrían de par en par por respeto o por puro terror—.
Terminamos con el problema de Elwynn y ahora hemos reducido la amenaza más grande de todo el reino.
Llévenos al castillo.
El Mariscal la miró.
No la conocía, su rostro era diferente al resto de ciudadanas del reino.
Su vista, entonces, se desvió hacia el sacerdote de gafas y túnicas blancas.
—Los informes decían que él murió heroicamente —apuntó a Thomas, frunciendo el ceño—.
Hasta le hicimos ese monumento en la entrada.
—¿A eso le llama un monumento?
—gruñó Thomas, ofendido.
—¡Cállate, niño!
—le siseó el enano, dándole un codazo en las costillas.
Pero la sospecha ya se había plantado en la mente del oficial.
Sus ojos se clavaron en la carreta estacionada afuera, donde un enorme bulto bajo una manta se movía rítmicamente, como un perro gigante rascándose las pulgas.
—¡Guardias!
—gritó el Mariscal de pronto, desenvainando su espada—.
¡Revisen esa carreta!
Con las lanzas por delante.
Atraviesen lo que sea que lleven ahí escondido.
Los cinco aventureros se miraron, aterrados.
Un guardia se acercó a la carreta y alzó su alabarda, dispuesto a hundirla en la manta.
La mente de Kalair viajó a un oscuro rincón de Xera.
Recordó a Borgol, el buen neandertal al que no pudo proteger de la ira de Gar’Dal.
No iba a permitir que la guardia de Ventormenta matara a Hogger mientras estuviera bajo su cuidado.
No otra vez.
No a un amigo.
¡BLAM!
El trueno de pólvora resonó en el cuartel.
Kalair desenfundó su pesada pistola orca en una fracción de segundo y disparó.
La bala destrozó el asta de la alabarda del guardia, arrancándole el arma de las manos y haciéndolo caer de espaldas.
El caos estalló.
Hogger, sabiendo que el disfraz se había arruinado, se quitó la manta de encima con un rugido ensordecedor y saltó contra la guardia.
Con zarpazos contenidos para no matar y patadas brutales, mandó a volar a tres soldados con armadura pesada como si fueran muñecos de trapo.
Alistair, viendo que la diplomacia se había ido por el desagüe, desenvainó su espada.
—¡Cierren los ojos!
—gritó el paladín, e invocando la Luz, desató un destello cegador que dejó a toda la guarnición del patio desorientada y frotándose los ojos.
—¡Yo me largo!
—chilló Sulivan, tratando de salvar su propio pellejo y huyendo hacia el callejón.
Pero Thrain fue más rápido.
Le hizo una zancadilla que mandó al bandido de cara al suelo, lo agarró por el cinturón y se lo echó al hombro como un saco de patatas.
—¡Corran, por lo que más quieran!
—gritó el enano—.
¡Directo al castillo!
—¡Hogger encargarse de guardias!
—aulló el gnoll, bloqueando la puerta del cuartel—.
¡Ustedes hablar con Rey humano!
Kalair no lo iba a dejar atrás.
Metió la mano en su bolsa, sacó un puñado de aquel polvo especial que les había dado el alquimista William Mortero en Villadorada y se lo sopló directamente en la cara al Mariscal, que cayó al suelo roncando al instante.
—¡No, Hogg!
¡Tú vienes con nosotros!
—le gritó Kalair, tomándolo de la enorme mano peluda—.
¡No nos separamos!
El grupo de seis comenzó a correr como verdaderos desquiciados por las calles empedradas, esquivando carretas y ciudadanos aterrados.
Thomas, poco acostumbrado al esfuerzo físico, empezó a quedarse atrás, sin aliento.
Hogger lo notó.
Sin detener su carrera, el gigante lo agarró de la túnica y se lo subió al hombro derecho.
Al pasar junto a Thrain, el gnoll le arrebató a Sulivan de las manos y se lo colgó del hombro izquierdo, cargando a los dos humanos como si no pesaran nada.
—¡Correr más rápido, humanos lentos!
—les aulló el hombre hiena.
—¡Yo soy un enano y tengo las patas cortas, maldita sea!
—gruñó Thrain, enfadado consigo mismo.
Hogger no lo pensó dos veces.
Se agachó en plena carrera, agarró a Thrain de la armadura con una mano libre y se lo acomodó bajo el brazo como si fuera un barril de cerveza.
—¡A mí no me toques!
—le gritó Lyra al gnoll, viéndole las intenciones—.
¡Los elfos sabemos correr perfectamente!
Al llegar al Casco Antiguo, el camino hacia la rampa del castillo estaba bloqueado por una veintena de guardias reales que alzaban sus escudos.
Kalair sonrió.
Sus ojos destellaron.
Invocó el Velo de las Sombras con el que Krasny Bel la oculto de los ojos de Gar’Dal y desapareció, cosa a la que el grupo aún no se acostumbraba.
Moviéndose a una velocidad antinatural, se deslizó entre las filas de escudos.
Y dando potentes golpes con la culata de su pistola, paso noqueando a un guardia tras otro sin derramar una gota de sangre, abriendo un camino limpio.
Como si se tratara de un ejército entero, el variopinto grupo subió las rampas de piedra blanca hacia el Castillo de Ventormenta.
Kalair despachaba la vanguardia, y cualquier guardia que intentaba flanquearlos era mandado a volar por las colosales patadas de Hogger.
Llegaron a los inmensos portones del castillo.
Los soldados de la guardia interna intentaban cerrarlos frenéticamente.
Alistair se plantó frente a la brecha, alzó su escudo y liberó otro pulso cegador de Luz.
Hogger aprovechó la ceguera, embistió la madera maciza con el hombro y abrió las puertas de par en par, rompiendo los gruesos cerrojos de hierro.
Una vez adentro, el grupo entró en masa.
—¡Ahora sí Hogger quedarse!
—gruñó el gnoll.
Los tres pasajeros bajaron de su cuerpo a trompicones, y el Alfa Zarpa Río empujó los enormes portones, cerrándolos y manteniéndolos bloqueados con la fuerza de todo su peso mientras decenas de soldados golpeaban la madera desde afuera.
Kalair, Alistair, Lyra, Thrain (que volvió a agarrar a Sulivan del brazo) y Thomas corrieron por el largo pasillo alfombrado hasta irrumpir en la mismísima Sala del Trono.
Allí estaba.
El Rey Infante, Anduin Wrynn, un niño asustado que se escondía detrás de la colosal figura del Gran Lord Bolvar Fordragon.
Alrededor de ellos, una docena de guardias de élite sacaron sus espadas.
A la derecha de Bolvar, se encontraba una mujer de belleza aristocrática, casi antinatural, vestida de seda púrpura y con el cabello color obsidiana.
Lady Katrana Prestor.
—¡Rey Wrynn!
¡Lord Fordragon!
—gritó Kalair, deteniéndose a unos metros de las espadas desenvainadas—.
¡Tenemos pruebas de que hay un traidor en la Casa de Nobles!
Alguien privó deliberadamente a los Defias del pago por la reconstrucción de esta ciudad para provocar una guerra civil.
¡El líder de los Defias es Edwin Van Cleef!
La mujer de púrpura soltó una risa fría y despectiva.
—¿Y quiénes se creen que son?
—dijo Lady Prestor, siseando las palabras—.
¿Piensan acaso que el Alto Señor Fordragon le creerá a un grupo de invasores que acaban de asaltar el castillo?
Los guardias del exterior ya nos avisaron.
Vienen con un gnoll salvaje y un criminal Defias.
Son traidores del reino.
Han venido a completar el trabajo de la Hermandad y asesinar al joven Anduin.
¡Guardias, mátenlos!
—¡Alto!
—tronó la voz de Bolvar Fordragon, alzando una mano con autoridad absoluta—.
Protejan al príncipe, pero bajen las armas.
Escucharé a este grupo de gañanes.
Ya están aquí adentro; no perdemos nada con escuchar qué tienen que decir mientras los refuerzos aseguran las puertas.
—Al fin alguien cuerdo en esta ciudad —suspiró Kalair, bajando sus manos.
—Haz lo tuyo, Alistair.
Para eso te trajimos —le empujó Thrain por la espalda.
El paladín se aclaró la garganta, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros.
—Alto Señor.
Hemos hablado con Edwin Van Cleef, y su versión coincide con la del bandido Garrick Piessuaves y con Hogger, el líder gnoll.
Un miembro del consejo de nobles engañó a la corona y forzó el exilio de los albañiles.
Los Defias no son el problema, son el síntoma.
Van Cleef ha construido un acorazado y…
¡BLAM!
El disparo fue tan rápido y ensordecedor que nadie en la sala alcanzó a parpadear.
Kalair, guiada por una corazonada de que no tenía un humano al frente, había desenfundado y disparado en menos de un segundo.
Ante la mirada atónita y aterrada de Bolvar, del príncipe Anduin y de los guardias, Lady Prestor recibió el impacto directo en la sien.
Su cabeza fue empujada violentamente hacia atrás.
El silencio se apoderó de la sala.
—¡Lady Prestor!
—gritó Bolvar, horrorizado, desenvainando su espadón.
Pero la noble no cayó.
Lentamente, giró el rostro de nuevo hacia el grupo.
En el lugar del impacto no había sangre, ni masa encefálica.
La bala de plomo yacía abollada y humeante en el suelo de mármol.
En la frente de la mujer, la piel humana se había roto, revelando una gruesa escama de color negro puro, dura como el diamante.
—Apesta a Zul’Nefar —dijo Kalair, con la voz fría como el hielo, manteniendo el cañón de su pistola humeante apuntado hacia ella—.
Conozco a un hediondo dragón que apesta igual que ella.
Puedo asegurarles que esta cosa no es humana.
Miren, la bala le rebotó en la cara.
Todos en la sala quedaron petrificados al ver la escama negra.
La ilusión se rompió.
Lady Prestor comenzó a reír, pero su voz ya no era humana.
Era un gruñido gutural, denso, que hacía vibrar el suelo.
Su piel comenzó a agrietarse y escamarse rápidamente, su figura se hinchó y su porte aumentó de forma aterradora, desgarrando los vestidos de seda.
—Ustedes…
basura insolente…
humanos de pacotilla —rugió la criatura, mientras garras letales reemplazaban sus manos—.
¡Osan destruir todos mis planes!
Insensatos…
¿Quién eres tú?
—Los ojos de la bestia, ahora amarillos y reptilianos, se clavaron en Kalair con una furia inenarrable—.
Tú no eres de Azeroth.
Hueles a ese pequeño renacuajo blanco.
¡Hueles a esa basura traicionera de Gar’Dal Dark Dreams!
—Es…
es…
¡Los libros de la abadía lo dicen!
—chilló Thomas, cayendo de rodillas, completamente aterrado ante la magnitud del monstruo—.
¡Esa cosa es Onyxia!
¡La hija de Alamuerte!
La gigantesca dragona negra, que ahora apenas cabía en la inmensa Sala del Trono, desató un rugido ensordecedor.
—¡Años!
¡No, décadas de planes perfectos!
—rugió Onyxia, con tanta reverberación que el yeso y el mármol del techo comenzaron a resquebrajarse—.
¡Todo a la basura por culpa de unas ratas sin nombre!
¡Los haré cenizas!
Bolvar Fordragon, parpadeando para disipar la incredulidad, apretó los dientes.
El guerrero más fuerte del reino dio un paso al frente, interponiéndose entre la dragona y su joven rey.
—¡¿Qué esperan, soldados?!
¡En formación!
¡Protejan al príncipe con sus vidas y llévenlo a las bóvedas!
—ordenó el Gran Lord Fordragon con un grito de guerra que levantó la moral de toda la sala, antes de mirar al variopinto grupo de forajidos—.
¡Yo y estos héroes lucharemos contra esta bestia!
¡Por Ventormenta!
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