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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 23

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23: La Death Omen 23: La Death Omen Kalair disparó toda su carga de balas en menos de tres segundos mientras flanqueaba velozmente a la colosal dragona.

Pero, para su horror, los proyectiles de plomo simplemente rebotaron en la coraza de escamas negras de Onyxia, cayendo al suelo de mármol como gotas de lluvia sobre acero.

Entonces ocurrió lo más terrible.

La dragona inhaló, su pecho se hinchó con un brillo anaranjado antinatural bajo las escamas, y exhaló una cantidad ridícula de fuego.

Una llamarada devastadora que cruzó la inmensa sala y diezmó a una veintena de guardias que salían corriendo desde los jardines internos para apoyar.

Gritos de agonía resonaron antes de que el fuego los redujera a cenizas y metal fundido.

—¡Nos va a matar, Kalair!

¡Nos va a matar a todos!

—le gritó Thomas, que no podía sostenerse en pie y se abrazaba a una columna medio derruida, temblando de terror.

—No dejes de rezar, amigo —lo levantó Alistair agarrándolo de la túnica, con los ojos brillando de determinación pura—.

La fe en la Luz nos salvará.

Ayuda a los caídos.

Thomas tragó saliva.

Cerró los ojos y comenzó a rezar abnegadamente, aferrándose a su abalorio, esperando que la Luz le escuchase en medio de ese infierno.

Su plegaria fue tan pura que varios soldados sobrevivientes, horriblemente quemados, sintieron el abrazo de su fe.

Una tenue luz dorada los envolvió, calmando el dolor visceral y dándoles un milagroso segundo aliento para seguir luchando.

Pero la dragona estaba más allá de esos poderes sanadores.

Ella era la Princesa del Vuelo Negro, hija del mismísimo Neltharion, el Aspecto de la Tierra que sintiendo el llamado de las profundidades comprendió la verdad y se convirtió en Alamuerte.

Thrain se movió también, apartándose del sacerdote con una agilidad que sorprendió a Lyra, quien compartía el mismo problema que Kalair: sus flechas se partían inútilmente contra las escamas de la bestia.

El enano pasó corriendo entre una de las colosales patas de la dragona, alzó su amada hacha y descargó un golpe con todas las fuerzas.

El impacto resonó en todo el salón…

pero lo único que logró fue destruir por completo el filo de su arma.

Thrain soltó el mango astillado, salió corriendo a trompicones con todo lo que daban sus cortas piernas y se lanzó al suelo justo al lado de Kalair tras un pilar.

—¿¡Alguna idea, humana!?

—le gritó Thrain por encima del rugido de las llamas.

—¡Nos hace falta poder de fuego!

¡Algo pesado!

—le respondió ella.

—¡Lord Bolvar!

—le gritó Kalair al Alto Señor, que bloqueaba una llamarada menor con su escudo—.

¡Necesitamos pólvora!

¡Mucha!

—¡Hay un polvorín y munición de asedio detrás de los jardines del palacio!

—gritó Fordragon, defendiéndose de las trombas de aire que provocaban los movimientos de la bestia—.

¡Pero tardaríamos días en traerla hasta acá, o este monstruo nos comerá antes de que siquiera lleguemos a ella!

—¿Monstruo?

—gruñó Onyxia, y aunque estaba en su forma dracónica, su voz mantenía un eco seductor y metálico que helaba la sangre—.

Hace unos momentos te tenía absolutamente enamorado, Lord Fordragon.

No, yo no soy un monstruo.

¡Soy una fuerza de la naturaleza!

¡Soy una diosa entre mortales!

Alistair se paró al lado de Lyra, que preparaba su arco.

Sorpresivamente, el paladín se inclinó y le plantó un beso torpe pero sincero en la mejilla de la elfa.

—¿Qué demonios, Alistair?

¡Ya habrá tiempo para besos si sobrevivimos!

—le exclamó Lyra, completamente confundida y sonrojada.

—Es por si acaso —le respondió el rubito con una sonrisa melancólica.

Alistair tomó fuertemente su espada y su escudo.

Y rezó con fe.

La misma Luz que salvó a Villadorada, la Luz que lo protegió de Garrick y la que lo ayudó a sobrevivir ante Hogger.

Un caparazón brillante y dorado lo envolvió por completo.

Traspasó el campo de batalla a toda velocidad, y Onyxia, al notar el destello sagrado, le bramó una inmensa llamarada.

El fuego barrió con los pilares y fundió la piedra, pero cuando el humo se disipó, la barrera de Luz de Alistair permanecía intacta, protegiéndolo mientras corría directo hacia los jardines.

Lyra supo entonces el plan del paladín.

Alistair arriesgaría su propia vida para volar el polvorín.

El problema era: ¿cómo demonios iban a llevar a Onyxia hasta allá?

—¡Kalair!

—le gritó la elfa—.

¡Tu Velo de Sombras!

¿Puede hacer algo más que volverte invisible?

¿Puedes atraerla?

Kalair lo meditó medio segundo.

La diablesa Bel le había conferido ese poder solo para ocultarla de Noche Sangrienta.

—¡No lo creo!

¡Esa magia solo sirve para ocultarme!

—¡Pues hazte visible y fastídiala!

—le gruñó Thrain, buscando desesperadamente algo que golpear.

Kalair apretó los dientes.

Supo en ese instante que solo el poder ilimitado de Gar’Dal o Redhand podría con la dragona.

Pero no tenía cómo llamarlo.

Se frustró.

Se sintió inútil, una farsa.

Estaba llevando a sus amigos a una muerte segura, la misma muerte espantosa que ella trajo a los cazadores en Xera.

Si ella no existiera, quizá todo esto…

Se maldijo.

Se deseó muerta.

Pero, como si su propia ira se materializara, sintió que las pistolas orcas en sus manos se volvían increíblemente pesadas.

Kalair las levantó, asombrada.

Las letras rúnicas grabadas en el cañón, que antes parecían un simple adorno forjado, comenzaron a destellar con un fulgor verde tóxico, inconfundible.

De pronto, las entendió.

Era otro idioma, pero el conocimiento se clavó en su mente: “Profecía de Muerte”.

Kalair abrió los ojos de par en par.

Esa era la técnica macabra con la que Gar’Dal había desintegrado a Sargeras.

Esa pistola orca no era una simple arma de fuego; era un conducto de mácula de muerte, una obra maestra forjada por un brujo magistral.

¡Era el arma de Fenrar!

Kalair apuntó, sintiendo el poder vibrar en sus brazos.

Disparó.

Un estruendo atronador, distinto al de la pólvora, sacudió el castillo.

Un proyectil esférico de puro fuego vil, sin embargo de un verde eléctrico, salió disparado a la velocidad del sonido, impactando directamente en el morro de Onyxia.

El golpe fue tan bestial que le giró la inmensa cabeza a la dragona, arrancándole escamas y dejándole una quemadura siseante.

—¡¿Qué demonios…?!

—gruñó la dragona, retrocediendo por primera vez, con un ojo entrecerrado por el dolor—.

¡Esa es la magia de Gar’Dal!

¡Tú eres una de sus perras!

¡¿Qué haces en Azeroth?!

El odio de Onyxia hacia la magia extraña funcionó como el cebo perfecto.

Como si oliera carne fresca y la dragona estuviera hambrienta de venganza, Onyxia se olvidó de Bolvar y fijó toda su furia en la pequeña humana.

Kalair corrió hacia los jardines.

Pensó en sombras y se movió como una.

Espectralmente, potenciada por la magia de Bel, esquivó los zarpazos ciegos que destruían el salón.

La dragona la siguió, destrozando las puertas dobles y arrastrando con ella otra llamarada que iba a calcinar a los guardias rezagados.

Pero esta vez, no murieron reventados.

La barrera de protección del hermano Thomas, que rezaba de rodillas con los ojos cerrados, resistió el embate del fuego negro.

Allí supo el sacerdote que su lugar no era matar dragones, sino ser el ancla de vida de los débiles.

Lyra corrió detrás de la dragona, disparando flechas de distracción.

El enano, sin su hacha, había arrancado dos espadones enormes de un escaparate de la guardia real y corría también por los pasillos que desembocaban en los jardines, los cuales se estaban consumiendo completamente en llamas.

El Alto Señor Bolvar Fordragon también la siguió.

Y para asombro absoluto de Lyra respecto a las capacidades físicas de un “simple humano”, el Gran Lord corrió directamente por debajo de la bestia masiva, deslizó su enorme mandoble en un arco perfecto y asestó un tajo brutal en el vientre de la bestia, donde las escamas eran más blandas.

Onyxia soltó un agudo chillido que hizo vibrar los vitrales de todo el castillo.

Viendo la oportunidad, Lyra saltó sobre la cola reptante de la bestia.

Corrió por su espina dorsal hasta llegar al lomo, y desde allí disparó a quemarropa una tromba de tres flechas directamente al interior de la base de la carnosa oreja de la dragona.

La bestia se sacudió frenéticamente y Lyra salió volando por los aires, pero con la gracia milenaria de su raza, dio un giro y cayó hábilmente de pie sobre el césped quemado.

Era el turno de Thrain.

El enano pasó girando como un torbellino de acero con ambas espadas y logró cortar profundamente el tendón del talón espinoso de la pata trasera de Onyxia.

La dragona, ante el daño acumulado, cayó finalmente de bruces sobre las fuentes destrozadas del jardín.

La Princesa Negra enfureció.

Si seguía permitiendo que este grupo de molestas moscas la diezmara poco a poco, acabaría perdiendo.

Ahora mismo los haría pedazos.

Onyxia aleteó con una fuerza física antinatural, creando un huracán dentro del castillo.

La presión del viento y la magia expulsó a todos sus agresores por los aires.

Lyra, Bolvar y Thrain salieron despedidos y se estamparon violentamente contra los altos muros de granito de los jardines.

Quedaron vivos, pero tan magullados y aturdidos que cuando trataron de pararse, el vértigo los tiró de nuevo al suelo.

Kalair la hizo dar vueltas nuevamente.

De no haberlo hecho, la dragona habría calcinado a sus amigos caídos en el acto.

La humana corría y disparaba sin parar las potentes balas de mácula de muerte, pero cada disparo mágico le succionaba energía vital.

Estaba exigiéndole demasiado a su cuerpo mortal.

La magia de Krasny Bel la había vuelto poderosa, sí, pero no estaba al nivel absurdo de Gar’Dal, ni de Fenrar, de Eogrash o de Zaharzim.

Era débil aún en esa escala cósmica.

No estaba en la liga de Onyxia y, peor aún, sus brazos quemaban y sentía que pronto se quedaría sin la fuerza para apretar el gatillo.

La dragona, recibiendo los disparos verdes con un pavoroso dolor, decidió que su inmenso tamaño era un estorbo para atrapar a esa rata rápida.

Con un chasquido mágico que retumbó como un trueno, redujo su tamaño en una sórdida y dolorosa metamorfosis.

Volvió a una forma semihumana, la de Lady Prestor, pero manteniendo la piel escamosa, negra y dura como el ónix, con alas brotando de su espalda y garras afiladas en las manos.

—Mira a lo que me obligas, asquerosa mortal —siseó Onyxia, escupiendo humo negro—.

Me niegas mi majestuosidad como dragona y mi belleza como Lady Prestor.

Los planes políticos de mi padre, destruidos.

Ahora seré el hazmerreír de mi hermano Nefarian.

Dime, basura humana…

¿cómo diablos descubriste tan rápido qué era lo que soy?

Kalair, jadeando apoyada en una rodilla, alzó la vista y sonrió con arrogancia.

—Vi dragones de todo tipo hasta en la sopa allá en Xera, tontita.

—¿Tontita…?

—alcanzó a preguntar Onyxia, ofendida hasta la médula.

En ese exacto instante, Alistair, impulsado por alas efímeras de pura Luz Sagrada, apareció desde el polvorín abierto a las espaldas de la dragona.

El paladín embistió, agarró a Kalair por la cintura y voló rasante con ella, cruzando el jardín destruido en un segundo.

Desde el otro lado de la sala, Alistair frenó y miró a la humana.

Kalair asintió.

Con la última y desesperada gota de energía que le quedaba, la Dama de las Sombras levantó su pesada pistola orca y disparó directamente al centro del pecho de la dragona en su forma semihumana.

El impacto de pura magia vil mandó a Onyxia volando hacia atrás como una bala de cañón.

Trazó un arco en el aire y se estrelló directamente dentro de las puertas abiertas del polvorín del fortín de entrenamiento.

Allí, rodeada de docenas de barriles de pólvora negra y municiones de asedio listos para detonar, Onyxia vio el terror absoluto.

Había caído redondita en el juego de esos estúpidos.

De esos mequetrefes.

De esos mortales inferiores.

El fortín estalló.

Se escuchó el agudo y rabioso grito de Onyxia cortado de golpe.

El estruendo de la explosión colosal hizo retumbar los cimientos de todo el Castillo de Ventormenta, elevando una inmensa nube de fuego y escombros hacia el cielo de la ciudad.

Minutos después, cuando el polvo empezó a asentarse y el humo negro se despejaba, Thomas llegó corriendo y tosiendo desde la Sala del Trono hacia los jardines destrozados.

Buscó desesperadamente a sus amigos entre los escombros llameantes.

Parecía que el edificio entero se había venido abajo.

Los encontró bajo los restos del muro perimetral.

Estaban allí, a salvo de la lluvia de fuego y mampostería letal, protegidos bajo el inmenso cuerpo quemado de Hogger.

El Rey Gnoll había arrancado una pesada puerta de hierro fundido de las bisagras y la sostenía sobre él como si fuera un escudo, cubriendo al grupo entero del impacto de la onda expansiva.

El gigante peludo empujó el hierro hacia un lado y cayó pesadamente, de espaldas, sobre la tierra carbonizada.

Thrain, Alistair, Lyra, el Alto Señor Bolvar y Kalair se levantaron lentamente debajo de él.

Estaban aturdidos, cubiertos de hollín, con algunos cortes profundos, pero sanos y completos.

Sin embargo…

la Dama de las Sombras miró al suelo y se le heló la sangre.

Hogger, con el pelaje calcinado, múltiples heridas de esquirlas incrustadas en su pecho y un inmenso trozo de mampostería atravesándole un costado, respiraba con un ronquido roto y sanguinolento.

El Rey de los Zarpa Río, el monstruo que asustaba a los niños de Elwynn, el cachorro criado por humanos, aquel que amo a una humana, estaba muriendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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