Los Seis de Ventormenta - Capítulo 25
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25: El Monumento.
25: El Monumento.
El viento soplaba entre los enormes robles del Bosque de Elwynn, agitando con fuerza el nuevo estandarte que ondeaba en lo más alto de la torre del Cuartel del Arroyo Oeste.
La tela mostraba el fiero perfil de la cabeza de un gnoll rugiendo, rodeado por un escudo y cinco espadas cruzadas.
Era el símbolo oficial de los Seis Valientes de Ventormenta, aunque ahora, en la tierra de los vivos, solo quedaran cinco para portarlo.
La comandancia del fuerte seguiría en manos del oficial de la guardia original, ya que, de común acuerdo, el grupo de aventureros decidió que la actividad militar y la seguridad diaria de la zona debían seguir bajo el control de las fuerzas locales de Elwynn.
Ellos no eran burócratas ni soldados de guarnición; eran forasteros destinados a moverse.
Cuando todo el papeleo oficial y los tratados estuvieron en orden dentro de la torre, los cinco salieron al patio de hierba verde para ver el monumento recién erigido en honor a su amigo caído.
La estatua de bronce brillaba bajo el sol de la tarde, justo a la orilla del camino empedrado.
En la base de piedra, una placa rezaba: “Hogger el Bravo, guía nuestras espadas desde las estrellas”.
La figura esculpida, sin embargo, era…
peculiar.
Mostraba a un gnoll que no se parecía demasiado al verdadero Hogger.
Este gnoll de bronce era más esbelto, menos encorvado, se erguía orgulloso y estoico, y llevaba puesta una brillante armadura de placas completa, empuñando una espada larga y un escudo con el león de Ventormenta grabado en el centro.
—Grrn se va a reír muchísimo de esto —dijo Thrain, soltando una risita por debajo de los bigotes, dándole unos golpecitos a la bota de metal de la estatua—.
Muchísimo.
—Creo que es justo con Hogger —respondió Alistair, cruzándose de brazos y asintiendo con aprobación solemne—.
Digo, le quitaron unos kilos de barriga y lo peinaron un poco, pero se ve heroico, sin duda.
—Él jamás hubiera pedido un monumento de bronce —intervino Thomas, ajustándose las gafas con una sonrisa nostálgica.
—Cierto.
Hubiera pedido un enorme cerdo asado de la Granja Pedregosa —declaró Lyra—.
Muy grande y muy jugoso.
—Fue el único de nosotros que no sintió absolutamente nada de pudor al beber el Vino Estelar élfico.
¿Recuerdan que incluso se tiró un eructo que casi nos deja sordos?
—Kalair se llevó una mano a la boca, intentando contenerse, pero el recuerdo de la bestia gigante imitando a un noble educado a medio viaje en carreta, le venció.
Comenzó a reírse de manera un tanto desquiciada, con esa risa genuina que había recuperado, lo que contagió de inmediato a todo el grupo hasta sacarles lágrimas.
Cuando las carcajadas se apagaron, dejando una paz reconfortante en el grupo, Lyra se giró hacia la Dama de las Sombras.
—Y ahora, ¿adónde, Kalair?
—le preguntó la cazadora—.
Porque no pienso quedarme a vivir en este cuartel comiendo estofado de la guardia por el resto del siglo.
Kalair sonrió, poniéndose las manos en la cintura y mirando al grupo de arriba a abajo, casi como si se tratase de una general pasando revista a sus reclutas.
—¿Me quieren acompañar a Kalimdor, entonces?
—preguntó, con un brillo peligroso y emocionante en los ojos—.
El Rey Anduin y Bolvar me encomendaron una misión.
Debemos buscar a un tal Lo’Gosh.
Es un gladiador que se ha convertido en la sensación de las arenas orcas al otro lado del mar.
Al parecer, por las descripciones, es misteriosamente apresido al Rey Varian, —¿Las arenas orcas?
—repitió Thrain, rascándose la barba.
—Sí.
Pasaremos primero por Orgrimmar, la capital de la Horda.
Tengo una amiga que nos será de mucha ayuda allí.
—La orca de Xera —dedujo Lyra, recordando las charlas en el establo—.
Zeraki Dark Dreams.
—¡Guau!
—resopló felizmente el enano, chocando su puño contra la palma de su mano—.
Orgrimmar, gladiadores y reinos enemigos.
Suena exactamente a mi tipo de aventura.
—¿Qué estamos esperando?
—dijo Thomas.
Para sorpresa de todos, el sacerdote, que hace un mes le tenía miedo a su propia sombra, parecía genuinamente emocionado de embarcarse hacia lo desconocido.
—Bueno…
—Alistair suspiró dramáticamente, señalando que había una pila de pergaminos en el escritorio del oficial—.
Primero debemos hacer el inventario del cuartel, organizar las rutas con los comerciantes, reunirnos con los granjeros locales y Grrn para firmar los tratados de paz, y comenzar a trazar los planos para construir el centro comercial gnoll en la frontera de Elwynn.
Todo el grupo soltó un gemido de queja colectiva.
—Obligaciones de héroes —rio Kalair—.
¿Seguro que no quieres quedarte aquí administrando todo, Alistair?
Se te da muy bien la diplomacia.
—Ni hablar.
No dejaré a Lyra sola contigo, Zad —respondió el paladín rápidamente, abrazando a la elfa por la cintura.
Luego, bajando la voz en un susurro que solo escucharon los más cercanos, murmuró un tanto embelesado mirando de reojo a Kalair—: Con esos hermosos pies blancos…
no, señor.
¡Yo voy adonde ella vaya!
Lyra lo miró, arqueando una ceja, medio sonrojada y medio divertida por la extraña fijación de su novio con los pies de Kalair, mientras el resto del grupo volvía a estallar en carcajadas.
El sol terminó de ocultarse tras las copas de los robles gigantes de Elwynn.
Kalair sacó una cantimplora forrada en cuero que contenía una reserva especial de vino lunar.
Los cinco se acercaron al monumento de su amigo caído.
Brindaron en silencio, chocando sus jarras con la gran estatua de bronce.
Luego, Kalair vertió un poco del brillante líquido élfico sobre las botas de metal de la efigie, mientras Thrain, cumpliendo una promesa sagrada, saco de su mochila un inmenso y jugoso hueso fresco de cerdo que había conseguido en las cocinas del castillo, y lo enterró cuidadosamente en la tierra húmeda del bosque, a los pies del monumento.
Quedaban muchas aventuras al otro lado del mar, en tierras salvajes de Kalimdor, hogar de Lyra, pero pasara lo que pasara, y estuvieran donde estuvieran, siempre serían los Seis Valientes.
Y sabían, con absoluta certeza, que el Rey Hogger los cuidaría y guiaría desde las estrellas.
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