Los Seis de Ventormenta - Capítulo 26
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26: La General Forestal.
26: La General Forestal.
El viento salado golpeaba el rostro de Kalair, que estaba genuinamente emocionada.
El navío que la Corona de Ventormenta les había concedido era una maravilla de la ingeniería naval, un clíper de guerra increíblemente veloz, tripulado por los mejores y más leales marineros del reino.
Cortaban las olas del Mare Magnum como un cuchillo caliente en mantequilla.
Su destino: la ciudadela portuaria de Theramore, en el árido continente de Kalimdor.
—¿Así que conoces a ese tal General Drazen?
—preguntó Thrain, apoyado en la baranda, rascándose la enorme barba rojiza—.
Dicen los rumores de taberna que es mitad hombre y mitad dragón.
Que escupe fuego tan caliente como el de Onyxia, y que él solito carbonizó a Arthas Menethil y rompió la Agonía de Escarcha con sus propias manos.
—Hizo todo eso…
y mucho más —respondió una voz femenina, clara y melódica, a sus espaldas.
El grupo se giró.
Allí estaba su escolta diplomática, enviada personalmente por Bolvar.
Era una elfa de facciones perfectas y hermosas en extremo; su piel era clara como la porcelana, sus ojos celestes brillaban con inteligencia y su largo cabello rubio ondeaba al viento.
Tenía una actitud marcial, imponente, pero extrañamente afable para alguien de su rango.
—Es el más grande héroe de Lordaeron —continuó ella—.
Él, junto a Lady Jaina Valiente, expulsaron a la Plaga de los reinos del norte e impidieron que la horda de no-muertos arrasara mi tierra natal, Quel’Thalas.
—Lady Sylvanas…
—murmuró Kalair, absolutamente anonadada, sintiendo que el encanto de la elfa la atrapaba de inmediato.
Pero ese encanto se esfumó en el acto cuando un humano de mirada afilada y postura tensa se paró casi como un perro guardián al lado de la elfa.
Era Nathanos Marris, su teniente forestal…
y a juzgar por la tensión en el aire, quizá algo más.
—Mientras yo sea su guía “turística” en Theramore, estarán seguros —dijo Sylvanas, ignorando la sobreprotección de su teniente—.
Nathanos es el mejor forestal humano de los Reinos del Este.
Acepté este encargo de Lord Fordragon por la estrecha amistad que tengo con Drazen y Jaina.
Les debo mi vida, la de Nathanos y las de toda mi gente.
Lyra, que cruzó los brazos sobre su pecho, bufó, claramente celosa de que los ojos de Kalair llevaran días posándose en la ex General Forestal y no en ella.
—Ya lo has repetido todo el viaje, Lady Sylvanas —resopló la elfa de la noche con acidez—.
Somos los Seis Valientes.
Hicimos papilla a Onyxia en medio de un ejercito que nos quería desollar.
Con todo respeto, no necesitábamos una escolta para cruzar un charco de agua.
Sylvanas le dedicó una sonrisa paciente.
—El Rey Anduin nos tiene a mí y a Nathanos en muy alta estima, Lyra.
Consideró que nuestra presencia en Theramore y Orgrimmar sería…
un poco más diplomática que vuestra imponente presencia.
Van a presentarse ante el Jefe de Guerra Thrall y ante Drazen.
No son personas fáciles de tratar.
Especialmente Drazen.
Es un héroe sin par, pero luego de la Batalla del Monte Hyjal está…
particularmente trastornado por la desaparición de sus padres.
Él asegura que fue Gar’Dal quien los raptó.
Y no le agradará en lo absoluto que Lady Kalair ande caminando felizmente por sus tierras.
—¿Drazen tiene algo contra mí?
—preguntó Kalair, genuinamente sorprendida.
En el fondo, pensaba que el medio dragón sería amigable con ella; después de todo, ella y sus padres eran parte de los Cazadores de Xera, la misma comunidad de héroes que había vencido a Van der Gir Diablo, a Zul’Nefar, a Sargeras y al mismísimo Gar’Dal.
Sylvanas dio un paso hacia Kalair y bajó la voz, asegurándose de que la tripulación no escuchara.
—Entre nosotros…
Drazen odia profundamente todo cuanto se relacione con el Rey Demonio Gar’Dal.
Incluyendo a su antiguo amor.
Alistair frunció el ceño, completamente confundido.
—Un momento, Kalair…
¿Cómo es posible que Lady Sylvanas sepa, antes que nosotros mismos, que eras la exnovia de un demonio cósmico de la Legión?
—el paladín se frotó la frente—.
Por la Luz, esto me parece más descabellado que descubrir que Katrana Prestor era un dragón gigante.
—Es una relación…
complicada, Alistair —suspiró Kalair, sintiendo el peso de su pasado—.
Y creo que fue Drazen quien se lo comentó a la General.
—Así es —asintió Sylvanas—.
Estoy bastante informada de todo cuanto sucedió en el mundo de Xera.
Drazen solía ser…
bastante comunicativo en el pasado.
Ahora solo trata asuntos íntimos con Lady Valiente.
Ver a Kalair en su ciudad puede ser algo muy bueno para obtener respuestas…
o una tragedia diplomática.
Kalair se apoyó en la baranda y desvió la mirada hacia el mar abierto.
Hacía años que no subía a un barco.
El vaivén de las olas le trajo recuerdos agridulces de su tierra.
—Esperemos que el “niño dragón” no decida comernos entonces —dijo Thrain, intentando distender la tensa conversación—.
No tendría ningún maldito sentido haber sobrevivido a los dientes de Onyxia para terminar en el estómago del máximo héroe de Azeroth.
Sería un final muy patético para un enano.
—Es…
es medio humano, ¿cierto?
—tiritó Thomas, ajustándose las gafas con nerviosismo—.
¿Cómo va a comernos?
Los humanos no tienen estomago comen personas enteras.
Alistair se inclinó hacia el sacerdote y le susurró al oído con falsa gravedad: —Dicen que su madre era del tamaño de Alamuerte.
Thomas soltó un quejido agudo, y un escalofrío de puro susto le recorrió la espina dorsal, haciendo reír al paladín.
—En fin —señaló Sylvanas, dando por terminada la reunión—.
Mientras nombren a Gar’Dal lo menos posible, más posibilidades tienen de partir a Durotar enteros.
Esperemos que ese gladiador, Lo’Gosh, se encuentre en Orgrimmar o que al menos nos digan el paradero de la compañía de gladiadores del chamán Rehgar.
—Estás muy bien informada —dijo Kalair, girando la cabeza para admirar el rostro perfecto de la elfa rubia, suspirando de forma casi audible—.
Es un verdadero agrado tenerte como guía turística.
—El placer es mío, Kalair.
Ustedes son los Cinco Valientes.
—Los Seis —la corrigió Kalair afablemente, tocándose el corazón—.
Hogger siempre será parte de nuestra hermandad.
—Mis disculpas.
Los Seis.
El viaje continuó amenamente.
Con el paso de los días, los aventureros se volvieron más cercanos a la General y al humano.
Las risas se hicieron más naturales, fluyendo en largos días donde apenas tenían luz de velas; a medida que el barco se acercaba a las aguas turbulentas de la Vorágine, en el centro del Mare Magnum, el clima se volvía tan denso y oscuro que no dejaba pasar ni un solo haz de luz solar.
Fue al séptimo día, ya entrada la noche, cuando Kalair finalmente encontró a Lady Sylvanas sola en la proa del barco, sin la sombra pegada de su escolta.
—Se aman, ¿cierto?
—le preguntó Kalair de sopetón, apoyándose a su lado.
—¿Quiénes…?
—respondió Sylvanas, haciéndose la desentendida, aunque un leve rubor asomó en sus mejillas pálidas.
—Tú y Nathanos.
Sylvanas miró el mar oscuro y suspiró profundamente, bajando sus defensas militares por un momento.
—Creo tenerte la suficiente confianza para decirte que sí.
Lo amo y él a mi, sin duda.
Aunque las cosas se han vuelto…
sumamente complicadas después de la Tercera Guerra.
—¿Se puede saber por qué?
Si no es atrevimiento, claro.
—Hay algo oscuro que parece estar absorbiendo su alma —confesó la elfa, con la voz cargada de tristeza—.
Nathanos fue herido por la Agonía de Escarcha, la espada rúnica de Arthas, antes de que Drazen la destruyera.
La hoja no lo mató, pero se llevó algo de él.
Una chispa.
Y esa parte no volvió cuando la espada se rompió.
—Pero aún lo quieres.
—Tanto como puede mi corazón —Sylvanas cerró los ojos un segundo—.
Negarlo es negar todo lo que luché para mantenerlo a mi lado contra la voluntad de mi propio pueblo.
Pero…
él ya no es el Nathanos que yo conocí.
Su risa, su humor sarcástico, su calidez…
todo eso ya no está.
Solo queda su celo enfermizo por protegerme y una rigidez casi militar que lo vuelve poco menos que un golem de piedra.
—Podría intentar ayudar con eso —ofreció Kalair, dándole un suave codazo amistoso—.
Digo, yo propicié que Lyra y Alistair terminaran juntos.
Soy buena casamentera.
Sylvanas soltó una risa cristalina.
—No me creo eso, Kalair.
A ese pobre paladín le huelen hasta las manos.
—¡Así que no es solo cosa mía!
—exclamó Kalair.
Ambas rieron largamente, compartiendo la camaradería de dos mujeres con un duro pasado, marcado por poderes que las superaban por mucho.
Cuando la risa se apagó, se quedaron mirando un par de segundos bajo la escasa luz de los faroles del barco.
La cercanía, el sonido de las olas y el magnetismo natural entre ambas crearon una tensión palpable.
Kalair, guiada por esa impulsividad caótica que siempre había dictado sus pasiones, se acercó imprudentemente a ella.
Acortó la distancia y la besó.
Para su sorpresa, Sylvanas no la apartó.
La General Forestal cerró los ojos y se dejó besar, respondiendo al contacto durante los segundos suficientes para que el tiempo pareciera detenerse sobre las tablas de madera húmeda.
Pero ninguna de las dos notó el movimiento en la oscuridad de las jarcias.
Oculto entre las sombras de la cubierta superior, Nathanos Marris observaba la escena.
Su rostro, pálido y endurecido, no mostró furia explosiva, sino una frialdad aterradora.
Su mano enguantada bajó hasta el cinto y apretó el mango de su cuchillo de desollar con tanta fuerza que los nudillos le crujieron.
NADA, pensó la mente fragmentada del forestal, consumida por la obsesión oscura.
Nada ni nadie me quitará a Sylvanas.
Ni el maldito de Drazen, ni esta forastera arrogante…
ni siquiera el mismo fantasma de Arthas Menethil.
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