Los Seis de Ventormenta - Capítulo 27
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27: Caras conocidas 27: Caras conocidas Ya habían pasado las grandes y violentas tormentas que azotaron el navío durante la noche, meciendo el casco de madera con una furia implacable.
Al amanecer, cuando el mar finalmente se calmó, los primeros rayos de luz dorada se adentraron tímidamente por los gruesos cristales de las ventanas del camarote de popa, iluminando el polvo que flotaba en el ambiente tranquilo.
Allí, la hermosa Sylvanas Brisaveloz yacía al lado de una profundamente dormida Kalair Zad.
Las sábanas de lino blanco contrastaban con la piel pálida de la elfa y los tonos más cálidos y marcados de cicatrices de la humana.
Brisaveloz se acercó al cuello de Kalair, apartando un mechón de cabello oscuro con infinita suavidad, y la mordió delicadamente, lo justo para despertarla con un escalofrío placentero sin dejar marca alguna en su piel.
Kalair despertó con un sobresalto contenido, como lo había hecho tantas veces en su bizarra relación con Redhand, sabiendo que, al levantarse, el Soñador Oscuro mataría alguien con casi toda seguridad.
Pero, al abrir los ojos, se sintió absolutamente complacida.
Ahora estaba aquella elfa, tan encantadora, mirándola con unos ojos celestes que parecían contener el alba misma.
—Es tarde, Kalair —le susurró Sylvanas, rozando su nariz contra la mejilla de la humana—.
Debemos partir pronto.
Ya hemos echado anclas en el puerto de Theramore.
Es un lugar sombrío, permanentemente mojado e infestado de mosquitos, pero nada que la indomable líder de los Seis Valientes no pueda soportar.
—Me sobrestimas demasiado, mi general —rio Kalair delicadamente, estirando los brazos con pereza bajo las sábanas—.
Nunca me han gustado los manglares.
Odio el barro, el aire espeso que no te deja respirar, los animales salvajes acechando en cada charco, y sobre todo, odio el sol que brilla pero calienta menos que un glaciar.
Sylvanas soltó una risa cargada de complicidad y se levantó de la cama, comenzando a vestirse y ajustar sus correas de cuero con la agilidad propia de una forestal de Quel’Thalas.
—De todas formas, levántate, holgazana.
Tus amigos comenzarán a echarnos de menos y a hacer bromas pesadas si no apareces pronto.
Y, francamente, no quiero que Nathanos te mate aún.
Kalair se sentó, cubriéndose con la sábana, sintiendo de pronto el peso de la realidad y del secreto que compartían.
—¿Se lo dirás?
¿A Nathanos?
Sylvanas detuvo sus manos sobre la hebilla de su carcaj.
Su mirada se ensombreció por un instante, perdiendo su brillo juguetón.
—A su debido tiempo.
Las cosas con Nathanos ya estaban frías…
como un cadáver, mucho antes de que tú llegaras.
Le adoro, es de las personas que más amo, pero la herida de esa maldita espada le dejo huellas que no puedo curar con mis sentimientos.
Ahora mi corazón está contigo, Kalair.
Ambas acordaron salir por separado para evitar las miradas indiscretas de la guardia.
Sylvanas se deslizó ágilmente por la ventana posterior que daba a los pasillos de las bodegas de carga, mientras Kalair esperó unos minutos antes de salir por la puerta principal, arreglándose el cabello con su pañoleta roja y ajustando al cinturón sus dagas y la pistola de Fenrar.
A la Dama de las Sombras no le gustaba en absoluto ser la amante oculta de la elfa, esconderse en los rincones como si fuera una criminal, pero dadas las tensiones diplomáticas y la mirada asesina de Marris, era en realidad todo lo que podían hacer por el momento.
Cuando Kalair subió a la cubierta superior, el aire húmedo y denso del Marjal Revolcafango le golpeó el rostro.
La ciudad puerto de Theramore se alzaba frente a ellos en la costa, y era verdaderamente increíble.
Resultaba casi un milagro arquitectónico pensar en el poco tiempo que los refugiados humanos llevaban en Kalimdor para haber erigido una ciudad fortaleza tan imponente a base de pesadas piedras, ladrillos cocidos y yeso, todo sobre una ciénaga inhóspita y fangosa.
Pero en tanto el grupo descendió por la rampa de madera hacia los muelles principales, Kalair vio algo que la dejó absolutamente paralizada, como si el tiempo se hubiera congelado.
Frente a la tropa de élite que los recibía en formación perfecta, esperaba una mujer de cabello rubio dorado y facciones hermosas, perfectamente proporcionadas.
Quizá no era tan divina como la belleza élfica de Sylvanas, pero poseía una hermosura humana regia y un aura de poder palpable.
Sin embargo, no fue nada de eso, en particular, lo que detuvo el corazón de Kalair.
Fue un rostro que le parecio aterradoramente familiar.
Ese rostro ya lo había visto antes, en Xera.
Era idéntica a Am Arzelen.
La mismísima maga del consejo, la legendaria heroína que, en un acto de valentía desmedida, junto a Kuro Corazón de Dragón, había matado definitivamente al Señor del Foso Mannoroth.
Eran dos gotas de agua; la misma mirada analítica, la misma postura elegante, la misma expresión amable.
—Lady Jaina —saludó Sylvanas, dando un paso al frente y rompiendo el trance de Kalair.
La General Forestal puso su mano sobre el hombro de la maga humana, y ambas comenzaron a reír suavemente, saludándose con una calidez que solo demostraban las amigas que habían sobrevivido al fin del mundo juntas.
—Es un verdadero placer volverte a ver, Sylvanas Brisaveloz —respondió Jaina Valiente, con una voz que hizo eco exacto en los dolorosos recuerdos de Kalair—.
Y ellos deben ser los famosos Seis Valientes de Ventormenta de los que Lord Fordragon me habló en su misiva.
Aunque, revisando sus filas, solo cuento a cinco.
Alistair dio un solemne paso al frente, haciendo una reverencia marcial.
—El sexto miembro de nuestra compañía murió luchando con la dragona Onyxia, sacrificando su vida para salvarnos a nosotros y a todo el reino, Lady Valiente.
Los ojos celestes de Jaina se suavizaron con sincera empatía.
—Un digno y honorable fin para un héroe de verdad.
Que su alma descanse en paz.
Para romper la pesada tensión y la solemnidad del momento, Thrain se inclinó hacia Alistair y le susurró un chiste enano increíblemente fuera de contexto sobre magos, chispas y taberneras.
El paladín, con los nervios del viaje acumulados y la imponente presencia de la gobernante de Theramore frente a ellos, no pudo resistirlo y soltó una carcajada estridente, sonando como un completo loco en medio del muelle diplomático.
Lyra, que comprendía a la perfección que este primer saludo era una situación política de altísimo riesgo en tierras extranjeras, agarró a Alistair del brazo y lo sacudió bruscamente como a un niño malcriado.
El paladín tropezó con sus propias placas y casi se cae de bruces, asustado y rojo de vergüenza, intentando recuperar su postura firme y tosiendo para disimular.
Mientras la cómica y torpe escena se desarrollaba, Thomas se separó del grupo y se acercó a Kalair.
Había notado que la humana no se había movido ni un centímetro desde que pisaron el muelle.
Estaba pálida como un fantasma, con la mirada desorbitada y clavada en la líder de la ciudad.
—Kalair…
¿qué sucede?
—le preguntó Thomas en un susurro preocupado, ajustándose las gafas y mirándola de reojo—.
Te noto ida.
Estás sudando.
¿Viste algo raro?
¿Detectas algún dragón oculto en el puerto?
Kalair tragó saliva, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
Las coincidencias ya eran demasiadas.
Fenrar, Hogger, la intervención de Gar’Dal, la existencia de Drazen, el apellido de Zeraki, y ahora Arzelen encarnada en la mujer más poderosa de la Alianza en Kalimdor.
—Es algo mucho más terrible que un dragón, Thomas —murmuró Kalair, con la voz temblorosa, sin apartar los ojos de la mujer que reía junto a Sylvanas—.
Este mundo…
algo va muy mal.
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