Los Seis de Ventormenta - Capítulo 28
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28: El General Drazen.
28: El General Drazen.
Un terror frío y paralizante se apoderó de Kalair.
Al ver el rostro de Jaina Proudmoore, tan idéntico al de Am Arzelen, la paranoia golpeó su mente con la fuerza de un mazo.
¿Y si todo Azeroth no era más que una ficción?
¿Y si, en realidad, seguía atrapada en un Sueño Oscuro propiciado por Gar’Dal y su retorcida espada, Noche Sangrienta?
Si esa intuición resultaba cierta, todo cuanto había amado aquí, cada lágrima derramada por Hogger, cada sonrisa de sus amigos, no era más que un letargo mágico que pronto se tornaría en la peor de las pesadillas.
Tratando de disipar la bruma de su mente, siguió el paso de sus compañeros por los muelles.
Thomas, siempre perceptivo y preocupado por su amiga, pegó su brazo al de ella, casi sosteniéndola mientras caminaban sobre los tablones húmedos.
El resto iba delante, siguiendo a Jaina y a Sylvanas hacia el interior de la ciudadela.
De pronto, Kalair frunció el ceño.
“¿Dónde está Nathanos?”, se preguntó.
Casi al instante, sintió un aura sanguinaria, pesada y letal, pisándole los talones.
El instinto de supervivencia le gritó.
Kalair dio media vuelta de golpe, inclinando su mano hacia la empuñadura de la Death Omen, lista para desenfundar.
Pero Nathanos Marris simplemente caminaba detrás de ellos, con las manos metidas relajadamente en los bolsillos de su largo abrigo de cuero.
Sus hachas seguían amarradas a su cinto y su arco cruzado a la espalda.
Sin embargo, sus ojos…
la mirada visceral, fría y cargada de un odio absoluto que le dirigió a la humana le hizo olvidar a Gar’Dal y a sus demonios por un aterrador instante.
Nathanos era un depredador, y Kalair era su presa.
Kalair tragó saliva, dio vuelta el cuello y apuró el paso.
Puso su mano en la espalda del sacerdote y lo empujó suavemente para integrarse más al centro del grupo, donde la presencia de la elfa y el paladín la hacían sentir un poco más segura.
Allí estaba Thrain, hablando sandeces a viva voz sobre barriles de cerveza kultirana, al parecer en un noble intento de llenar el silencioso espacio que había dejado el elocuente y ruidoso Hogger.
Para distraerse de la mirada asesina de Nathanos, Kalair se acercó por detrás de Alistair y Lyra.
—Alistair…
—susurró Kalair jocosamente, justo en el espacio entre el paladín y la cazadora—.
Deja de mirarle los talones a Sylvanas, que me la espantas.
El rubor inundó las mejillas del paladín casi de forma violenta.
Levantó la vista de inmediato hacia el cielo encapotado, como si buscara gaviotas.
Lyra, furibunda y con los ojos brillando de indignación, le dio una zancadilla rápida que por poco manda al caballero de Ventormenta de bruces al barro.
—¡Lyra!
¡Bebé, ¿qué te pasa?!
—se quejó Alistair, recuperando el equilibrio a duras penas—.
Kalair está loca, es una bromista, ¡no le creas!
—A mí nunca me miras los pies cuando caminamos —gruñó la elfa, cruzándose de brazos—.
¿Acaso tengo pies de trol?
¡Dímelo en la cara!
—¡Yo no dije eso!
—chilló Alistair.
Kalair soltó una risita maliciosa al oído de la elfa.
En respuesta, Lyra le lanzó un codazo furioso a las costillas que la humana apenas pudo esquivar con un giro fluido.
“Creo que ya tengo los reflejos de Siegger”, pensó Kalair para sí misma, satisfecha, y su mente divagó absurdamente por un segundo: “Un momento…
¿Kaín tenía barba en Xera?” Llegaron por fin a los portones del gran castillo de Theramore, abriéndose paso ante la mirada curiosa de los aldeanos, soldados y comerciantes navales que se arremolinaban para ver a la heroína de Quel’Thalas y a los extraños forasteros.
Subieron las largas escaleras circulares de piedra, que el musgo y el moho del pantano estaban cubriendo poco a poco a pesar de los esfuerzos de limpieza.
Al llegar a la sala de la comandancia, el ambiente cambió.
Era un cuarto táctico.
Allí, un joven que no parecía mucho menor que Jaina estaba inclinado sobre una enorme mesa, mirando un montón de mapas desplegados como si su vida dependiera de ello.
Al entrar las dos gobernantes, el resto de los oficiales humanos y elfos que acompañaban al joven se formaron militarmente y saludaron.
—Lady Jaina, General Brisaveloz…
—dijo el joven, enderezándose.
Sus ojos evaluaron al variopinto grupo que entraba por la puerta—.
¿Y ellos?
¿Los famosos Seis de Ventormenta?
—Esos somos —dijo Kalair, dando un paso al frente.
Lo miró fijamente.
Era un muchacho de orejas ligeramente puntiagudas y cabello de un negro obsidiana profundo.
Pero lo que más llamó su atención fue su olor.
Olía a magia antigua, a escamas y a fuego.
Olía a dragón.
Pero no era el aroma rancio y sulfuroso de Onyxia; era un olor cálido, noble e imponente.
Como la majestuosa Fary, como el orgulloso Kuro en sus mejores tiempos.
—Y tú debes de ser Drazen Corazón de Dragón —afirmó la humana.
—Prefiero solo Drazen —dijo el muchacho, levantando la vista para clavar sus ojos reptilianos en ella.
Frunció el ceño, olfateando el aire sutilmente—.
Tú eres Kalair.
Estás profundamente impregnada del aroma de Xera.
Aunque…
¿a qué hueles ahora?
¿A piedra quemada y azufre?
—Fue el último aliento de Onyxia —aclaró Thrain con orgullo, apoyándose en su hacha—.
Nos dejó a todos oliendo igual a parrilla barata.
Bueno, a todos menos a Alistair…
su hedor corporal a perro mojado supera con creces al carbón de dragón.
Alistair, indignado, le pisó el pie a Thrain con su bota de placas.
El enano sintió un dolor agudo que le subió por la pierna, pero se aguantó el grito por puro orgullo guerrero.
—Ya, sí…
¡me lo gané!
—murmuró Thrain entre dientes.
Drazen los observó con una media sonrisa, pero su mirada volvió rápidamente a Kalair, endureciéndose.
—Los famosos Valientes de Ventormenta.
Aunque veo que les falta el padre de Fenrar.
—Sabes mucho de nosotros, General Drazen —dijo Kalair, adoptando un tono un tanto hostil y cruzándose de brazos.
—Insisto, solo Drazen —le corrigió el medio dragón, apoyando las manos en la mesa de mapas—.
Y mis padres fueron amigos tuyos en el pasado.
Prácticamente soy tu sobrino, Kalair.
Aunque sé que los tiempos de nuestros mundos no coinciden.
Llevas el sello de Gar’Dal en tu alma.
Sé que él te envió acá, pero…
¿por qué alejarte de él de esta forma?
El diálogo se volvió tan denso y críptico que todos en la sala, incluidas Sylvanas, Jaina y el resto de los Valientes, se quedaron absurdamente confundidos, como si escucharan a dos eruditos hablar en una lengua muerta.
—Yo escapé hacia acá —respondió Kalair, bajando la voz, sintiendo que el peso del universo caía sobre sus hombros—.
Eogrash y Krasny Bel me ocultan de la mirada de Noche Sangrienta.
Drazen negó lentamente con la cabeza, compadeciéndola.
—Por el momento, Kalair.
Eogrash odia este mundo.
Te usó como cebo para traer a Gar’Dal hacia nosotros y destruirnos a todos.
Solo espero que la magia de sombras de Bel sea suficiente para mantenernos ocultos de su vista.
Sabes de primera mano lo inconmensurablemente poderoso que es el Rey Demonio.
—Mató a Sargeras —soltó Kalair sin pensar—.
Puede suprimir este mundo entero con un simple chasquido de dedos si nos encuentra.
—¡¿Dices que mató a Sargeras?!
—exclamó Jaina Proudmoore, perdiendo toda su compostura diplomática.
La Archimaga miró a Drazen, furibunda, con los ojos brillando de magia contenida—.
¡¿Tú sabías esto?!
Deberías haberme dicho algo así de grave.
Drazen, somos esposos.
¡¿Por qué no confías en mí?!
Drazen suspiró, acercándose a Jaina con gesto conciliador.
—Lo descubrí hace muy poco, mi amor.
Eowyn, la Guardiana de Tirisfal, me lo contó en su última visita secreta.
Es realmente…
algo aterrador que va más allá de nuestra comprensión.
Ni el Profeta Medivh manejaba esa información.
Menos yo.
Papá y mamá supieron guardar muy bien el secreto.
La clave de todo la tiene Zeraki; ella es la única Cazadora, aparte de ti, en toda Xera.
Pero al parecer sabe mucho más…
cosas que no me quiso confesar aunque se lo rogué.
Solo dijo que era “por el bien de Azeroth”.
—Disculpen la enorme interrupción a su crisis conyugal y cosmogónica —intervino Lyra, dando un pisotón en el suelo, mosqueada de tanta charla sobre demonios estelares cuando tenían el tiempo en contra—.
Venimos a Kalimdor a buscar a un gladiador humano llamado Lo’Gosh.
Esperábamos que nos dieran acceso seguro a los Baldíos y, de ahí, marchar para hablar con el Jefe de Guerra Thrall.
—Lo’Gosh…
—meditó Drazen, frotándose la barbilla—.
No sé quién es.
Poca información llega hasta este pantano sobre los circos de gladiadores de los orcos.
Pero es peligroso ir solos.
Los acompañaré personalmente a Orgrimmar.
Mi llegada a la capital de la Horda es mucho más diplomática y respetada por Thrall que si Jaina o un grupo de humanos armados de la Alianza se presentan en sus puertas.
—No puedo negarlo —dijo Jaina, encogiéndose de hombros y exhalando un largo suspiro para calmar su enojo—.
Yo cuidaré de Theramore en tu ausencia.
No tengas cuidado, Drazen.
Todos aquí saben que soy mucha mejor general que tú.
—No lo dudo ni por un segundo, mi amor —le respondió Drazen, mirándola con una ternura y devoción que desentonaba completamente con su actitud marcial hacia el resto de la sala—.
Si es una misión tan importante y presurosa como dictan las cartas de Bolvar, iremos por mar bordeando la costa.
Theramore tiene los mejores navíos kultiranos: rápidos y resistentes, deberemos si desembarcar en trinquete, navios de la alianza no pueden ir más al norte.
Pueden dejar el barco de Ventormenta en nuestros muelles para que su tripulación descanse, iremos en el mío.
¡Ah!
Por cierto…
es un verdadero placer tenerte en mi castillo, Sylvanas.
Me alegro de verte con la cabeza sobre los hombros.
—Me tienes muy poca fe, Drazen —rio la elfa rubia, devolviéndole una sonrisa deslumbrante.
La sala parecía haberse relajado, pero a espaldas del grupo, oculto en la penumbra del pasillo de entrada, la realidad era mucho más oscura.
Nathanos Marris permanecía en silencio.
Escuchaba las risas y la diplomacia, pero sus manos enguantadas apretaban las empuñaduras de sus hachas con una fuerza tan sobrenatural, tan desquiciada, que el filo del acero había comenzado a cortar el cuero de sus propios guantes.
Gotas de sangre oscura y fría caían silenciosamente al suelo de piedra de Theramore.
Aún no era el momento…
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