Los Seis de Ventormenta - Capítulo 4
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4: Orgullo, Sangre y Fuego Sagrado 4: Orgullo, Sangre y Fuego Sagrado El campamento de Garrick Piessuaves no era un simple escondite; era una trinchera fortificada en lo profundo del bosque al sur de Villanorte.
El hedor a humo de leña se mezclaba con el olor cobrizo de la sangre mucho antes de que el grupo siquiera viera las tiendas de lona raída.
Había decenas de bandidos Defias patrullando la zona.
No hubo tiempo para advertencias ni diplomacia.
La batalla estalló con la brutalidad de una tormenta.
Fue un combate largo, visceral y ensordecedor.
Thrain y Alistair formaron un muro de acero en el frente, destrozando huesos y escudos, mientras Thomas se mantenía detrás, canalizando la Luz hasta que le sangró la nariz por el esfuerzo.
Pero las verdaderas dueñas del campo de batalla eran Kalair y Lyra.
Luchaban codo a codo, una sinfonía letal de pólvora y madera tensada.
La diferencia de habilidades respecto a los bandidos era abismal.
Mientras Kalair recargaba su rifle con una frialdad mecánica, abatiendo a los Defias que intentaban flanquearlos, Lyra disparaba flechas con una velocidad que desafiaba a la vista.
Fue en medio de ese caos sangriento donde Kalair notó algo fundamental sobre la dinámica del grupo.
Ella podía ser el ancla moral, la que mantenía a Alistair enfocado o a Thomas tranquilo con una sola mirada o una palabra tajante, pero la elfa era una auténtica genio de la estrategia militar.
—¡Thrain, cubre la izquierda!
¡Alistair, retrocede dos pasos y deja que se agrupen!
—gritaba Lyra por encima del estruendo, dirigiendo el flujo del combate con precisión quirúrgica.
Kalair no discutió; simplemente ejecutaba a los objetivos que Lyra marcaba, cubriéndole la espalda a la elfa cada vez que un bandido lograba acercarse demasiado.
Era una carnicería.
Para cuando llegaron a la caseta de mando de Garrick, las armaduras de los cinco estaban teñidas de carmesí.
Garrick Piessuaves los esperaba frente a su tienda, con dos dagas dentadas en las manos y una sonrisa torcida.
—¿Cinco contra uno?
—escupió el líder bandido, mirando los cadáveres de sus hombres—.
Vaya valentía la de los perros falderos de Ventormenta.
¿Sois tan cobardes que necesitáis a toda la jauría para un solo lobo?
Antes de que Thrain pudiera responder con un hachazo, Alistair dio un paso al frente.
Levantó la mano, haciendo una seña clara al resto para que no intervinieran.
Kalair, observando la postura tensa del paladín, supo de inmediato lo que estaba haciendo: el idiota quería impresionarla.
—Es un tonto —masculló Kalair, dando un paso adelante para frenarlo por el hombro—.
Alistair, no tenemos tiempo para duelos de honor.
Pero una mano pesada y callosa la detuvo.
Era Thrain.
—Déjalo, muchacha —gruñó el enano, con una inusual seriedad en su voz ronca—.
El orgullo de un hombre es sagrado.
—Eso es incluso más estúpido que el propio duelo —replicó Kalair, fulminando a Thrain con la mirada.
—El enano tiene razón, Kalair.
Es sagrado —asintió Thomas, apretando su bastón con nerviosismo.
Frustrada, Kalair se giró hacia Lyra, esperando encontrar un atisbo de pragmatismo.
—Dile algo.
Lo van a hacer filete.
Lyra, sin embargo, bajó su arco y cruzó los brazos, mirando la espalda del paladín con una mezcla de respeto y algo más profundo que se negaba a admitir.
—Subestimas mucho a Alistair, humana.
Observa.
Alistair se lanzó al combate.
Su armadura plateada estaba manchada y salpicada por la sangre de los Defias caídos.
Al verlo cargar, con los guanteletes empapados en rojo, un recuerdo oscuro golpeó la mente de Kalair como un martillazo.
Sangre en las manos.
Vio a Redhand.
No al guerrero estoico que amaba a Zeraki, sino al monstruo consumido por los celos.
Recordó a Alonzo.
Su querido Alonzo, asesinado a sangre fría por Redhand en un ataque de posesividad ciega y brutal.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Si Redhand estuviera allí, en Azeroth…
si viera a Alistair intentando impresionarla, o a Lyra rozando su hombro…
¿los mataría también?
¿Era su destino traer la muerte a quienes se le acercaban?
El choque de metal la devolvió al presente.
Alistair y Garrick luchaban en un equilibrio tenso.
El bandido era increíblemente ágil, lanzando estocadas rápidas dirigidas a las juntas de la armadura.
Pero Alistair no era un novato torpe; se movía con una fluidez sorprendente, esquivando y desviando las dagas mientras balanceaba su maza de lado a lado, calculando pacientemente la apertura perfecta para un golpe definitivo.
De pronto, la lona del techo de la caseta se rasgó.
Un asesino Defias, oculto en las sombras, saltó en picado empuñando espadas gemelas directamente hacia la nuca de Alistair.
—¡Arriba!
—gritó Kalair, desenfundando su pistola, mientras Lyra tensaba su arco y Thrain rugía.
Pero Alistair no necesitó ayuda.
En una fracción de segundo, antes de que el asesino lo tocara, el paladín alzó su arma y una esfera de pura energía dorada estalló desde su interior.
Una “pompa de luz” lo envolvió, y la fuerza repulsiva del escudo sagrado mandó a volar al asesino Defias, que se estrelló contra un carro de suministros, perdiendo el conocimiento.
Sin perder el ritmo, Alistair alzó su maza por encima de su cabeza y la estrelló contra el suelo de tierra.
Una onda expansiva de fuego sagrado onduló bajo la tierra.
El suelo comenzó a arder con llamas doradas que no consumían la hierba, pero que calcinaban la carne impura.
Fuego.
Kalair tragó saliva, hipnotizada por la magia.
Las llamas le recordaron a la espada incineradora de Zaharzim cortando el aire en Xera, y al mazo de fuego de Radjedef aplastando a sus enemigos.
Una fuerza divina, otorgada por un poder superior.
Se preguntó, con una punzada de ansiedad, qué le pasaría a Alistair si algún día perdiera el favor de esa Luz.
Zaharzim y Radjedef habían pagado precios muy altos por sus devociones.
Garrick soltó un alarido de dolor.
Sus botas se chamuscaban al contacto con el suelo consagrado.
Perdió el equilibrio y la concentración.
Alistair no usó su maza.
Dejó caer el arma al suelo, acortó la distancia de un salto y, atrapando a Garrick por la pechera de cuero, comenzó a molerlo a golpes a puño limpio.
Sus guanteletes de placa se estrellaron una, dos, tres veces contra el rostro del líder bandido.
Había una furia contenida en el joven paladín que contrastaba violentamente con la pureza de su magia.
—¡Piedad!
—escupió Garrick, escupiendo sangre y un par de dientes—.
¡Me rindo!
Thrain dio un paso adelante, levantando su hacha.
—¡Córtale la cabeza, muchacho!
¡Es una rata!
—Mátalo, Alistair.
Se lo ha ganado —secundó Lyra con frialdad.
Alistair se detuvo, con el puño en alto, respirando agitadamente.
Miró a Garrick, luego a sus compañeros, y finalmente bajó el brazo.
—La venganza no es una cualidad de los paladines —dijo con voz ronca pero firme.
Sacó una cuerda de su cinto y comenzó a atar las manos y los pies de Garrick—.
Serás juzgado por las leyes de Ventormenta.
Garrick, atado y sangrando en el suelo, soltó una carcajada ronca que terminó en tos.
—¿Las leyes de Ventormenta?
¡Vosotros sois los ciegos!
Van Cleef tiene razón.
Edwin Van Cleef, nuestro líder, nos construyó una ciudad y los nobles nos escupieron.
¡El rey está ausente, niño!
Fueron ellos quienes nos obligaron a la clandestinidad.
El malvado no soy yo, es la corona que proteges.
Nadie respondió.
Alistair simplemente lo levantó de un tirón y lo empujó hacia el camino de vuelta.
El Alguacil McBride casi se atraganta con su propia saliva cuando vio al grupo entrar al campamento de entrenamiento arrastrando a Garrick Piessuaves vivo.
—¡Por la Luz!
—exclamó McBride, acercándose al prisionero—.
Esperaba que me trajerais su cabeza en un saco, no al bastardo respirando.
¿Por qué no lo habéis matado?
—Porque merece un juicio justo, Alguacil —intervino Kalair, sacudiéndose el polvo de la armadura—.
Somos cazadores de recompensas, supongo, no carniceros.
McBride bufó con cinismo.
—No habrá juicio justo.
Solo será más carroña pudriéndose en la mazmorra de Ventormenta, Zad.
Pero si eso hace que durmáis mejor por las noches, sea.
Tras entregar a Piessuaves y cobrar la recompensa, el grupo se reunió en la linde del bosque, bajo la sombra de los robles.
Las palabras del bandido habían sembrado una semilla de duda, especialmente en Kalair y Alistair.
—Ese tal Van Cleef…
—murmuró Thomas, ajustándose los anteojos—.
Piessuaves hablaba de él como si fuera un héroe oprimido.
—He conocido a muchos tiranos que se creían los buenos de su propia historia —dijo Kalair, recordando amargamente a Gar’Dal.
Miró al resto del grupo—.
Creo que deberíamos ir tras él.
Encontrar a ese Van Cleef y escuchar su verdad.
Solo así sabremos si estamos cazando a un villano o a un antihéroe.
Lyra ajustó su carcaj a la espalda y asintió.
Alistair recogió su escudo, más decidido que nunca.
—Villadorada es nuestra siguiente parada —sentenció Thrain, golpeando el mango de su hacha contra su palma—.
Preparad las mochilas, muchachos.
El verdadero viaje recién comienza.
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