Los Seis de Ventormenta - Capítulo 5
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5: Consejos Sacerdotales.
5: Consejos Sacerdotales.
El camino hacia Villadorada, enmarcado por los frondosos árboles del Bosque de Elwynn, ofrecía un respiro muy necesario.
Atrás quedaba la sangre y la tensión del campamento Defias; el aire ahora olía a pino, a tierra húmeda y al inconfundible aroma de la civilización cercana.
Viajaban a pie, a un paso tranquilo que permitía que los músculos magullados se relajaran.
Lo que Kalair no esperaba de aquel paseo dominical era descubrir la verdadera reputación de su paladín.
A medida que se cruzaban con carretas de comerciantes y granjeros, los saludos comenzaron a llover.
No eran simples cabeceos de cortesía; la gente se detenía, sonreía de oreja a oreja y agitaba las manos hacia el muchacho de la armadura brillante.
—¡Alistair, muchacho!
¡Que la Luz te bendiga!
—gritó un leñador desde la linde del bosque.
—¡Mis hijos aún juegan a ser tú, Alistair!
—le dijo una panadera que pasaba en dirección contraria, lanzándole una manzana que el paladín atrapó en el aire con una sonrisa avergonzada.
Kalair arqueó una ceja y se acercó a Thrain, que caminaba masticando un tallo de hierba.
—¿Me he perdido de algo?
¿Acaso nuestro rubito es el alcalde en secreto?
El enano soltó una risita gutural.
—Es de Villadorada, muchacha.
Hace un par de años, cuando apenas sabía sostener un escudo sin golpearse la nariz, una manada de Gnolls rabiosos intentó saquear las granjas del norte.
Alistair se plantó en el puente él solo y los contuvo lo suficiente para que llegara la guardia.
Se llevó un par de cicatrices, pero ni un solo civil salió herido.
Es el héroe local.
Kalair miró a Alistair, que estaba saludando torpemente a unos niños.
En el combate contra Garrick, ella había pensado que su temeridad era solo una forma estúpida de intentar impresionarla.
Pero ahora, viéndolo en su elemento, se dio cuenta de que lo había juzgado mal.
Alistair no era un fanfarrón; era genuinamente noble.
Tenía ese mismo núcleo de heroísmo puro que poseía Kuro en Xera, esa necesidad inquebrantable de ser el escudo de los demás.
Un buen chico, pensó Kalair, sintiendo un inesperado atisbo de ternura.
El sonido de unas ruedas de madera crujiendo interrumpió sus pensamientos.
Una gran carreta tirada por un caballo percherón, rebosante de calabazas de un tamaño descomunal, se detuvo a su lado.
El conductor, un joven rubio con camisa a cuadros y un sombrero de paja bastante mejor conservado que el de Dermot Johns, les sonrió.
—¡Alistair!
¡Amigos!
El camino es largo y mis calabazas no son muy conversadoras.
Voy de regreso a la Granja Pedregosa, a un tiro de piedra de Villadorada.
¿Quieren subir?
Nadie se negó a ahorrar suela.
El grupo se acomodó en la parte trasera, entre las enormes hortalizas naranjas.
El traqueteo era constante, pero agradable.
El joven se presentó como Tommy Joe Stonefield, y no tardó más de cinco minutos en dejar salir un suspiro tan profundo y dramático que amenazó con apagar la pipa de Thrain.
—Es un día hermoso, supongo…
para los que pueden estar con quienes aman —dijo Joe, mirando melancólicamente el camino.
Alistair, que conocía los chismes locales, ladeó la cabeza.
—¿Problemas con Maybell Maclure, Joe?
¿Sus familias siguen en guerra?
—Peor que nunca —se lamentó el joven granjero, negando con la cabeza—.
La familia Maclure y la mía no se soportan por un viejo pleito de tierras.
Nos tienen prohibido vernos.
¡Ha sido una tortura!
¡Llevamos semanas sin poder cruzarnos una sola mirada!
¡Semanas!
Lyra, que iba sentada con una pierna cruzada sobre una calabaza, soltó un bufido que era mitad burla y mitad incomprensión genuina.
—¿Semanas?
Por Elune, qué tragedia tan insuperable —dijo la elfa con un sarcasmo gélido—.
Una vez tuve un amante.
Nos veíamos religiosamente una vez cada cincuenta años.
Kalair la miró, esperando el remate, pero Lyra estaba completamente seria.
—¿Y qué pasó?
—preguntó Thomas, fascinado.
—Tuve que dejarlo —respondió Lyra, encogiéndose de hombros y ajustando la cuerda de su arco—.
Me asfixiaba.
Era demasiado intenso, no me daba mi espacio.
El silencio en la carreta duró dos segundos antes de que Alistair, Thrain y Thomas estallaran en carcajadas.
Incluso Kalair tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada monumental.
Las percepciones del tiempo de los inmortales eran, a los ojos de los humanos, una comedia absurda.
Kalair lo entendía perfectamente —sus propios años se mezclaban en un pozo sin fondo—, pero escucharlo en voz alta era ridículo.
Joe, sin embargo, no le vio la gracia.
—Para los humanos el tiempo vuela, señorita elfa.
Y el amor no espera.
—¿No le has pedido ayuda a nadie?
—preguntó Alistair, tratando de consolar al muchacho—.
Siempre hay una forma.
—Hablé con mi abuela —explicó Joe, animándose un poco—.
Me mandó a hablar con William Mortero, el alquimista de Villadorada.
Dijo que me podía preparar un elixir de invisibilidad menor.
¡Con eso podría escabullirme en la granja Maclure y ver a mi Maybell!
Pero hay un problema…
Mortero necesita hojas de una planta específica para la poción, y esa alga solo crece en las orillas del lago que está infestado por un nido de Murlocs.
Yo soy granjero, no guerrero.
Si me acerco ahí, terminaré siendo su cena.
Kalair frunció el ceño, tratando de buscar en el archivo mental de la biblioteca de la abadía.
—Perdona mi ignorancia, Joe, pero…
¿Qué demonios es un Murloc?
La carreta se quedó en silencio.
Todos la miraron.
Lyra abrió los ojos de par en par, casi ofendida por la pregunta.
—¿Que qué es un Murloc?
—Lyra soltó una carcajada seca—.
Por la Diosa, humana.
¿De debajo de qué roca saliste?
¡Hay Murlocs hasta en la luna!
Son la plaga más ruidosa y molesta de este mundo.
¿En serio nunca has visto uno?
Kalair sintió cómo el calor le subía a las mejillas.
En Xera había luchado contra demonios de seis metros, dragones cósmicos y vampiros hechiceros, pero la fauna local de Azeroth seguía siendo un misterio para ella.
Se cruzó de brazos, enrojecida de una vergüenza muy poco habitual en ella.
—En mi tierra no hay bichos con ese nombre.
Fin de la discusión.
—Tranquila —intervino Alistair, dedicándole una sonrisa amable que hizo que Kalair se sonrojara un poco más, esta vez por motivos distintos—.
Son hombres-pez.
Viven cerca del agua, atacan en grupo y hacen un ruido espantoso.
Nosotros nos encargamos.
Kalair asintió, recuperando su compostura táctica.
—Bien.
Joe, hagamos un trato.
Nosotros limpiamos ese nido de…
hombres-pez, y te conseguimos tus dichosas algas.
A cambio, tú nos pagas con suficientes víveres de tu granja para continuar nuestro viaje a Ventormenta.
—¡Trato hecho!
—exclamó Joe, con los ojos brillando de esperanza—.
¡Oh, podré ver a mi Maybell!
¡Uniremos nuestras vidas, aunque sea en secreto!
Thomas, que había estado callado todo el viaje abrazando su bastón sagrado, se acomodó las gafas y miró a Joe con la más absoluta e inocente seriedad.
—Disculpa, Joe, pero si tanto se aman y sus familias se odian…
¿Por qué simplemente no la embarazas?
Un hijo en común obligaría a los Maclure y a los Stonefield a unir a las familias por el honor de la criatura.
Problema resuelto.
El silencio que cayó sobre la carreta de calabazas fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo Defias.
Joe se atragantó con su propia saliva.
Alistair abrió la boca, horrorizado por escuchar semejante atrocidad salir de la boca de un hombre de la Luz.
Lyra y Kalair se quedaron petrificadas, mirando al joven sacerdote como si le hubiera salido una segunda cabeza.
El único que rompió el silencio fue Thrain, que se sacó la pipa de la boca y golpeó la rodilla de Thomas con entusiasmo.
—¡Por las barbas de Magni!
¡Este chico tiene la cabeza en su sitio!
¡Esa es una gran idea!
¡Táctica de asedio pura y dura!
La carreta estalló en un caos de gritos.
Alistair intentaba sermonear a Thomas sobre la moralidad y la castidad, Joe balbuceaba excusas color carmesí, y Kalair y Lyra finalmente compartieron una mirada de complicidad, riendo a carcajadas ante la surrealista situación.
El viaje a Villadorada, definitivamente, no iba a ser aburrido.
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