Los Seis de Ventormenta - Capítulo 6
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Jarras de Cerveza.
6: Jarras de Cerveza.
La Posada Orgullo de León los recibió con una bofetada de calor, el aroma a cerdo asado y el bullicio inconfundible de una taberna en su hora punta.
Era un edificio robusto de madera y piedra, el corazón indiscutible de Villadorada.
Apenas cruzaron el umbral, Alistair alzó la mano, reconociendo a un hombre mayor de ropas manchadas de hollín y hierbas que bebía solo en una mesa pequeña.
Era William Mortero, el alquimista local.
Tras las presentaciones y una charla rápida que Alistair lideró con su habitual entusiasmo, el paladín le aseguró que el grupo se encargaría de conseguir las algas del nido de Murlocs para la poción de Maybell y Joe.
Mortero sonrió, acomodándose las gafas sobre la nariz.
—Es un alivio ver que aún quedan jóvenes de buen corazón en estos tiempos oscuros.
Tened cuidado en el Lago de Cristal, esas criaturas son más peligrosas de lo que parecen.
Con el trato sellado, el grupo se abrió paso hasta una de las mesas circulares más grandes, cerca de la chimenea.
Tras pasar semanas en la Abadía de Villanorte bebiendo un vino aguado y ceremonial que sabía a arrepentimiento, la visión de la camarera acercándose con las bebidas fue celestial.
Pidieron cerveza.
Jarras generosas de cerveza rubia y espumosa.
Sin embargo, las de Kalair y Thrain eran de un tamaño especial, casi pequeños barriles de madera con asas de hierro.
Thrain alzó su inmensa jarra, chocándola contra la de Kalair con un golpe seco que derramó un poco de espuma sobre la madera.
—Veo que eres una buena bebedora, muchacha —dijo el enano, limpiándose la espuma del bigote con el dorso de la mano—.
No es común ver a una humana pedir la medida de Forjaz.
Kalair le devolvió la sonrisa, dándole un largo y experto trago a su bebida antes de responder.
—Alguna vez fui muy joven, Thrain.
Y en aquellos tiempos, la cerveza era mi herramienta de socialización favorita.
Abre más puertas que una ganzúa.
Lyra, que bebía de una copa de manera mucho más recatada, la miró de reojo.
—No te andas con chiquitas, ¿eh, Kalair?
Aunque si probaras el vino añejado de los elfos de la noche, entrarías en un trance del que no despertarías jamás.
Vuestro paladar humano no está hecho para la verdadera magia.
Kalair se limpió los labios y apoyó la barbilla en la mano, mirando a la elfa con una chispa de travesura.
—Quizá deberías convidarle un poco a Alistair, Lyra.
Así se calla de vez en cuando y nos da un descanso.
Thomas, que apenas iba por su tercer sorbo y ya tenía las mejillas sonrosadas, asintió con la cabeza de forma completamente robótica y solemne.
—Es una buena idea.
Thrain soltó una carcajada que resonó por toda la posada, golpeando la mesa.
—¡El niño tiene razón!
¡Brindo por eso!
Alistair protestó, rojo de vergüenza, pero pronto el ambiente se relajó y las lenguas se soltaron.
Al calor de la chimenea, los cuatro nativos de Azeroth comenzaron a intercambiar historias.
Eran relatos simples, anécdotas de juventud.
Alistair contó cómo se quedó atrapado en un molino persiguiendo a un jabalí, Thrain narró una pelea de taberna en las montañas nevadas donde el arma principal fue una pierna de cordero congelada, y Lyra describió cacerías en los inmensos y oscuros bosques de Kalimdor.
Kalair simplemente bebía y escuchaba en silencio.
Intervenía de tanto en tanto con alguna burla afilada o una broma que los hacía reír, pero sobre todo, observaba.
Se fijó en cómo los ojos plateados de Lyra brillaban con la luz del fuego cuando hablaba de su hogar.
Se dio cuenta, con un sorbo lento de su cerveza, de que la actitud altiva, feroz y ligeramente celosa de la elfa le resultaba sumamente atractiva.
Había algo magnético en ella.
Ya entrada la noche, con las jarras vacías apilándose y el calor del alcohol aflojando las barreras, Kalair giró su cuerpo hacia Lyra.
Apoyó un codo en la mesa y la miró fijamente.
—Has vivido miles de años, Lyra…
—empezó Kalair, arrastrando un poco las palabras, con un tono sugerente—.
Dime.
Cuéntame de tu vida romántica.
En todo ese tiempo, ¿hay algún chico o chica especial?
¿Algún recuerdo perdido en la inmensidad de los siglos?
Lyra parpadeó, sorprendida por el ataque directo.
Bajó la mirada hacia su copa vacía, jugueteando con el borde.
—Hubo chicas, antes…
hace mucho tiempo —admitió la elfa con una voz inusualmente suave—.
Y ahora…
supongo que hay un chico.
Kalair no perdió el ritmo.
Se inclinó un poco más.
—¿Es Alistair el chico?
El efecto fue inmediato.
Lyra se ruborizó hasta la punta de sus largas orejas violetas.
Agarró la jarra más cercana —que ni siquiera era suya—, tragó secamente lo que quedaba de cerveza y fulminó a Kalair con la mirada.
—¡Eso no te importa, niñita!
—cortó bruscamente, con la voz un poco más aguda de lo normal.
Lejos de intimidarse, Kalair sonrió.
Se dejó recostar lánguidamente sobre la mesa, estirando una mano hacia la elfa en un gesto teatral y arrastrando la voz con una mezcla perfecta de broma pesada y verdad oculta.
—Lyra…
ámame.
¿No ves que te amo?
La elfa se puso aún más roja, si es que eso era posible.
Apartó la mano de Kalair de un manotazo suave, desviando la mirada hacia la chimenea con evidente nerviosismo.
—No hago caso a bromas de mal gusto.
Estás borracha, humana.
—¡Muchachas, muchachas!
—interrumpió Thrain, agitando su pipa en el aire para pedir atención—.
Elfas y humanas…
tan altas, tan delgadas, con tan poca barba.
Creéis saberlo todo sobre el romance, pero os aseguro que no saben lo que es amar de verdad hasta que prueban a una hermosa enana.
¡Esas sí que tienen carácter y un buen par de trenzas faciales para agarrarse!
Alistair, que justo en ese momento estaba dándole un trago a su cerveza para disimular la incomodidad de la conversación anterior, se atragantó al imaginar la escena.
Escupió un chorro de cerveza directamente al centro de la mesa, tosiendo violentamente mientras su cara pasaba del rojo al morado.
La posada entera pareció desaparecer bajo las carcajadas del grupo.
Kalair reía hasta que le dolió el estómago, Lyra ocultaba su sonrisa tras una mano y Thomas le daba palmaditas en la espalda a un Alistair que seguía luchando por respirar.
Cuando las risas finalmente se apagaron y el posadero anunció que la cocina cerraba, Thomas sacó una pequeña bolsa de cuero.
—Bueno, deberíamos pagar las habitaciones.
Juntaron sus monedas sobre la mesa.
Cobre, algo de plata de los Defias, y un par de monedas abolladas que Thrain llevaba en la bota.
Contaron el montón una vez.
Luego otra.
Kalair suspiró, frotándose la frente.
—Dime que los posaderos aquí aceptan regateos.
—No —dijo Alistair, con la voz aún ronca por la tos—.
Pero alcanza.
Alcanza exactamente para la noche.
—¿Para cuántas habitaciones?
—preguntó Lyra, arqueando una ceja.
Alistair miró las monedas y luego miró a sus compañeros, soltando una risa nerviosa.
—Para una.
Tendremos que dormir todos en la misma habitación.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com