Los Seis de Ventormenta - Capítulo 7
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7: Verdades Tras el Cristal 7: Verdades Tras el Cristal La luz del alba se filtraba por las rendijas de las contraventanas de madera, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban sobre el desorden de la habitación.
El ambiente estaba cargado con el olor rancio de la cerveza de la noche anterior y el sonido rítmico, casi industrial, de los ronquidos de Thrain.
El enano dormía despatarrado en un rincón, con la barba moviéndose al compás de sus exhalaciones mecánicas que hacían vibrar los vasos vacíos sobre la mesa.
Cerca de él, Alistair ocupaba parte del suelo; el paladín, tan noble y pulcro durante el día, dormía ahora con una expresión de paz absoluta, aunque con el rostro ligeramente babeado contra la manta.
Kalair se incorporó con sigilo, tratando de no hacer crujir el jergón.
Creía ser la primera en despertar, pero al girar la vista hacia la única ventana de la estancia, vio una silueta esbelta recortada contra el gris del amanecer.
Lyra estaba allí, de pie, apoyada contra el marco.
Tenía la mirada fija en la espesura del Bosque de Elwynn que se extendía más allá de las casas de Villadorada.
Jugueteaba distraídamente con un mechón de su cabello verde esmeralda, enrollándolo en su dedo con una melancolía que rara vez permitía que se viera en su rostro durante las horas de vigilia.
—¿Extrañas tu hogar?
—preguntó Kalair en un susurro, rompiendo el silencio.
La elfa no se sobresaltó.
No se giró, pero sus orejas se movieron levemente hacia atrás al escuchar la voz.
—¿Acaso tú no el tuyo?
—respondió Lyra con una voz gélida que, sin embargo, delataba una grieta de vulnerabilidad.
Kalair se levantó y se acercó a ella, manteniéndose a una distancia prudencial.
Miró el bosque, recordando brevemente los paisajes de su vida pasada.
—No —respondió Kalair con una sinceridad que le dolió en el pecho—.
He pasado por dos reinos, Lyra.
Ambos estuvieron a punto de ser destruidos, y en uno de ellos vi arder todo lo que amaba.
No queda nada para mí allí.
Es mejor acá, en Azeroth.
Al menos aquí el sol brilla sin pedir permiso.
Lyra giró la cabeza finalmente, escaneando el rostro de la humana con sus ojos plateados.
Encontraba aquellas palabras profundamente extrañas.
Para ella, Kalair era una anomalía: una pistolera con una puntería divina que hablaba como si hubiera vivido mil tragedias, pero que vestía ropas de refugiada.
—Dime la verdad, Kalair —dijo Lyra, cruzándose de brazos—.
He viajado mucho.
He visto las naciones de la Alianza y las hordas del horizonte.
Tú no eres de aquí.
De qué mundo vienes, realmente.
Kalair guardó silencio.
Por un momento, la tentación de soltar una mentira ingeniosa, una de esas bromas que usaba como escudo, estuvo a punto de ganar.
Pero la mirada de Lyra era pesada, cargada de una sabiduría antigua que exigía respeto.
Suspiró, dejando caer los hombros.
—Vengo de un mundo llamado Xera —confesó Kalair, bajando la vista hacia sus propias manos—.
Es parecido a este en algunos aspectos, pero aquel mundo está convulsionado, mucho más que este.
Hay seres…
entidades que juegan con la vida de los mortales como si fueran piezas de ajedrez.
Te mencioné a Gar’Dal ayer.
Él era el Rey de Xera.
Lyra la observó durante un largo segundo y luego soltó una risita amarga, volviendo la vista a la ventana.
—¿Esperas que crea eso?
—dijo con desdén—.
¿Un mundo paralelo?
¿Reyes demonio que salvan Azeroth en sus ratos libres?
Para mí que solo intentas hacerte la interesante, Kalair.
Parece que ese misterio de “mujer de otro mundo” es muy atractivo para Alistair, pero a mí no me engañas.
Menudo par de sopencos sois los dos.
Kalair sintió una chispa de irritación, pero la apagó rápidamente.
Se dio cuenta de que el escepticismo de Lyra era su propia forma de defensa.
Agarró valor, sintiendo el impulso del alcohol que aún corría débilmente por sus venas, y dio un paso más hacia la elfa.
—Me gustaría que tú fueras la sopenca, Lyra —dijo con una voz que ya no era táctica, sino suave—.
Lo de ayer…
lo que te dije en la mesa, no fue uno de mis juegos.
Eres mi crush.
Lyra la miró de reojo, frunciendo el ceño con una confusión genuina que borró su expresión de superioridad.
—¿Qué diablos es un “crush”?
—preguntó, pronunciando la palabra extranjera con extrañeza.
Kalair soltó una risita nerviosa, dándose cuenta de que el lenguaje de Xera no siempre se traducía bien a la lengua común de Azeroth.
—Significa que estoy loca por ti, tontita —explicó, con una sonrisa pícara—.
Que me gustas más de lo que es prudente para alguien que acaba de llegar a este mundo.
Lyra se puso rígida de inmediato.
Le dio la espalda, ocultando su rostro tras la cascada de su cabello verde, pero Kalair pudo notar cómo la punta de sus orejas se teñía de un violeta más intenso.
Antes de que pudiera alejarse, Kalair la rodeó por detrás, envolviéndola con sus brazos en un abrazo breve y cálido.
La elfa se tensó un instante y luego la apartó con firmeza, aunque sin violencia.
Se giró hacia ella con la barbilla en alto y la mirada recuperando su habitual orgullo gélido.
—No soy tan fácil, humana —sentenció Lyra, ajustándose la túnica—.
Necesitarías un par de vidas humanas enteras solo para empezar a cortejarme.
Mi tiempo no se mide en los latidos de un corazón tan efímero como el tuyo.
Kalair sintió un pinchazo de decepción.
No estaba acostumbrada a que la rechazaran de forma tan tajante; en Xera, su encanto solía abrirle más puertas que sus disparos.
Bajó la mirada un segundo, asimilando el golpe a su ego.
—Lo siento —murmuró Kalair, recuperando su tono habitual—.
Supongo que me pasé de la raya.
—Mejor será despertar a esos vagos —cortó Lyra, señalando con la cabeza a Thrain y Alistair, que seguían perdidos en sus respectivos sueños—.
El Alguacil Dughan debe de estar muy interesado en la llegada de los “héroes recomendados” de Villanorte.
No querrás que el oficial del pueblo piense que sus refuerzos son unos borrachos que no pueden levantarse con el sol.
Kalair asintió, agradecida por el cambio de tema.
Se acercó a Alistair y le dio un toque suave con la bota en el costado.
—¡Arriba, rubito!
—exclamó, recuperando su máscara de líder moral—.
El mundo no se va a salvar solo mientras tú te dedicas a decorar el suelo con saliva.
¡Thomas, Thrain!
Tenemos un nido de Murlocs que limpiar y un alquimista que espera sus plantas.
Thrain soltó un bufido que pareció una explosión pequeña, despertándose de golpe y buscando su hacha por instinto.
Alistair se incorporó de un salto, limpiándose la cara a toda prisa y tratando de fingir una dignidad que el charco en la manta desmentía por completo.
La tensión entre Kalair y Lyra seguía allí, vibrando en el aire de la habitación, pero el deber en Azeroth no esperaba por los asuntos del corazón.
Había una verdad por descubrir en Villadorada, y el grupo de los cinco estaba a punto de dar su siguiente paso en el tablero de este nuevo mundo.
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