Los Seis de Ventormenta - Capítulo 8
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8: Olor a Pescado 8: Olor a Pescado El sol de la mañana ya estaba alto cuando el grupo cruzó las puertas del cuartel de Villadorada.
El Alguacil Dughan, un hombre de rostro curtido y armadura impecable que parecía llevar el peso de todo el Bosque de Elwynn sobre sus hombros, los recibió en su oficina.
Kalair dio un paso al frente y le entregó la carta sellada que les había dado McBride en Villanorte.
Dughan rompió el sello, desenrolló el pergamino y lo leyó con una calma exasperante, moviendo los labios en silencio.
—Vaya…
—murmuró finalmente el alguacil, levantando la vista hacia el grupo de cinco—.
Muy capacitados, según parece.
E incluso tuvieron el detalle de no degollar a Garrick Piessuaves.
Eso habla de disciplina.
O de un estómago débil, pero me decantaré por lo primero.
Dughan dejó la carta sobre la mesa y suspiró pesadamente.
—Aquí en Villadorada tenemos problemas por montones.
Bandidos, lobos hambrientos, escasez de suministros…
pero si hay algo que realmente mantiene a la gente despierta por las noches, es el caso de Hogger.
El Rey Gnoll de los Zarpa Río.
Aunque, siendo francos, dudo mucho que ustedes puedan con él.
El nombre cayó en la habitación como una losa de piedra.
Alistair se tensó de inmediato, y su mano voló instintivamente al pomo de su espada.
El paladín recordó aquella vez en el puente, la historia que Thrain había contado con tanto orgullo.
La verdad era un poco más oscura.
Alistair se había vestido de héroe, sí, y había contenido a la vanguardia, pero entonces lo vio.
A lo lejos, alzándose por encima de la manada, estaba Hogger.
Una montaña de músculos peludos, garras afiladas y una mirada sádica, casi inteligente, que destilaba una crueldad pura.
Hogger lo había mirado fijamente, evaluándolo, y en un acto de capricho absoluto —algo aterrador teniendo en cuenta las limitaciones intelectuales de un Gnoll—, el Rey había soltado un gruñido gutural y ordenado la retirada de sus tropas antes de que llegaran los refuerzos de la guardia.
Hogger no huyó por miedo; se fue porque cazar a un solo paladín novato no le divertía lo suficiente.
—Esa bestia…
no es un animal cualquiera —murmuró Alistair, con la mandíbula apretada—.
Es salvaje, pero no es estúpido.
Dughan asintió, dándole la razón al paladín.
—Exactamente, muchacho.
Por eso les recomiendo que hagan el trabajo que escuché que acordaron con el alquimista Mortero.
Vayan al lago, consigan esas hierbas y tómense la decisión de ir a por Hogger con mucha, mucha calma.
No quiero tener que enviar a mis hombres a recoger sus pedazos en el bosque.
Thrain, que había estado escuchando con los brazos cruzados, se puso rojo de furia.
La vena de su frente palpitaba peligrosamente.
—¡¿Acaso nos estás llamando debiluchos, humano?!
—bramó el enano, dando un pisotón en el suelo de madera—.
¡He partido cráneos de orcos que doblaban el tamaño de ese saco de pulgas!
¡Propongo que vayamos por ese tal Hogger ahora mismo y le traigamos su cabeza para que adorne este maldito escritorio!
—No —cortó Kalair, con voz serena pero autoritaria, poniendo una mano firme en el hombro del enano para frenarlo—.
El alguacil tiene razón, Thrain.
Antes de cazar a una presa de ese tamaño, debemos observar la situación.
No vamos a ponernos en peligro tan pronto ni a marchar a ciegas contra un líder del que apenas sabemos nada.
La inteligencia gana batallas; el orgullo solo llena ataúdes.
Lyra, que se había mantenido al margen apoyada en el marco de la puerta, asintió levemente.
—Por una vez, estoy de acuerdo con la humana.
Una cacería apresurada es una cacería suicida.
Thomas, sintiendo la tensión asesina que aún emanaba de Thrain y el aura sombría que el nombre de Hogger había dejado en la sala, juntó las manos con rapidez y cerró los ojos con fuerza.
—Luz bendita, guárdanos de la ira enana y de los perros gigantes, y danos paciencia para no morir antes del almuerzo, amén —rezó el sacerdote en un susurro cómico y apresurado que hizo que Kalair rodara los ojos.
Tras despedirse de Dughan, el grupo tomó el camino hacia el este.
El trayecto hasta el Lago de Cristal fue breve, pero el ambiente idílico del bosque desapareció tan pronto como llegaron a la orilla.
El lago hacía honor a su nombre; el agua era transparente y brillaba bajo el sol.
Sin embargo, en el centro se alzaba una pequeña isla que rompía toda la estética del lugar.
Desde el pequeño muelle de madera donde se encontraban, podían ver los precarios edificios de juncos y barro de los Murlocs.
Y no eran unos pocos.
El viento trajo hasta ellos un sonido burbujeante, una mezcla de gorgoteos y graznidos húmedos (“¡Mrglmrglmrglmrgl!”) que hizo que a Kalair le recorriera un escalofrío desde la nuca hasta la base de la columna.
La joven hizo una mueca de asco, arrugando la nariz ante el hedor a pescado podrido y cieno que flotaba en el aire.
—Por las barbas de Kain…
—susurró Kalair, sintiendo una repulsión instintiva y profunda.
Se detuvo un instante, frunciendo el ceño mientras un pensamiento ridículo y fugaz se cruzaba en su mente en medio de la tensión táctica: «Espera…
¿Kain tenía barba, cierto?».
Sacudió la cabeza de inmediato para alejar la irrelevante pregunta y volvió a enfocar la vista en la horda.
—He visto monstruos de pesadilla, engendros del vacío y demonios sangrientos, pero nunca en toda mi vida había visto seres tan repulsivos.
¿Qué clase de creador diseña algo así?
—Uno con un sentido del humor muy cruel —respondió Lyra, ajustando la tensión de su arco.
Kalair revisó el tambor de su pistola, asegurándose de que cada bala estuviera en su recámara, y luego desenvainó uno de sus afilados cuchillos con la mano izquierda, preparándose para el cuerpo a cuerpo.
Miró la horda que los esperaba en la orilla y luego a sus compañeros.
—Pregunta seria —dijo, sin apartar la vista de los Murlocs—.
¿Realmente creen que el romance adolescente de Joe y Maybell vale un enfrentamiento épico contra un ejército de pescados bípedos?
—Si no lo hacemos, Thomas sugerirá otra vez que la embarace —gruñó Thrain, remando con fuerza—.
Prefiero mil veces morir ahogado y devorado por sapos gigantes que volver a escuchar ese consejo matrimonial.
Thomas, encogido en el centro del bote y aferrado a su bastón como si fuera un salvavidas, tenía los ojos apretados y los labios moviéndose a una velocidad de vértigo.
—OhLuzClementeProtegeANuestrosCuerposDeLasEscamasYLasLanzasYQueElPescadoNoNosComAAhHombresAménLuzPorFavorQueNoMeComanLosOjosAmén…
El bote golpeó bruscamente la arena de la isla.
Las aguas se agitaron.
El grito de guerra murloc estalló en el aire, y el verdadero combate comenzó.
La primera línea de criaturas anfibias se abalanzó sobre ellos empuñando redes desgastadas y cuchillos de coral.
Kalair no dudó.
Con la frialdad pragmática de una forajida, alzó su pistola y apretó el gatillo.
El estruendo ensordecedor de la pólvora hizo eco en el lago de Cristal, ahogando los gorgoteos.
La bala perforó el cráneo del murloc más grande, derribándolo en un charco de cieno oscuro.
Antes de que el resto pudiera reaccionar al ruido, Kalair ya se había deslizado fuera del bote.
Se movía con una agilidad callejera y letal, esquivando una estocada torpe para luego hundir su cuchillo en el cuello escamoso del atacante.
A su lado, el zumbido de las flechas de Lyra cortaba el aire; la elfa disparaba con una precisión quirúrgica, clavando sus proyectiles en los ojos saltones de cualquier monstruo que intentara flanquear a la humana.
Alistair y Thrain cargaron por el flanco derecho, levantando muros de agua y sangre con la maza y el hacha, aplastando los escudos de concha como si fueran cristal.
Era una carnicería visceral y caótica, iluminada de vez en cuando por los destellos dorados de Thomas, que, entre temblores y rezos apresurados, lograba cauterizar las heridas que las criaturas lograban infligirles.
La pacífica recolección de algas se había transformado en una danza sangrienta de pólvora, acero y supervivencia bruta.
El caos en la isla alcanzó su punto crítico.
Mientras Kalair y Alistair contenían a la vanguardia a base de pólvora, acero y contusiones sagradas, Lyra logró arrancar varios puñados de las algas bioluminiscentes que crecían cerca del barro de las chozas.
—¡Las tengo!
—gritó la elfa, guardando las hierbas en un morral de cuero—.
¡Retirada!
No hizo falta repetirlo.
Corrieron hacia la orilla con los pulmones ardiendo y saltaron al bote de madera con la gracia de un yunque cayendo por una escalera.
Thrain agarró los remos antes de que el bote terminara de estabilizarse y comenzó a remar con una furia irracional, hundiendo la madera en el agua con tanta fuerza que casi la astilla.
—¡Por los calzones de bronce de Magni!
¡Remen, malditos renacuajos!
—rugió el enano, soltando una retahíla de blasfemias y maldiciones enanas que habrían hecho sonrojar a un minero de Forjaz.
Pero los Murlocs no se dieron por vencidos.
Se lanzaron al lago tras ellos, y en el agua, su torpeza terrestre desapareció por completo.
Nadaban como torpedos escamosos, rodeando la pequeña embarcación y golpeando los costados.
Kalair se asomó por la borda, apuntando su pistola y apretando el gatillo.
El disparo levantó un géiser de agua, pero el Murloc ya se había sumergido a una velocidad imposible.
A su lado, las flechas de Lyra rebotaban en la superficie o se perdían en las profundidades turbias.
En su elemento, esas criaturas repulsivas eran casi intocables.
—¡Sigan remando!
—gritó Kalair, desenfundando su cuchillo y apuñalando el aire para alejar unas garras palmeadas que intentaban engancharse a la madera.
Con un último empujón hercúleo de Thrain, la quilla del bote raspó violentamente contra los pilares de madera del muelle.
Los cinco saltaron a tierra firme, tropezando, empapados y jadeando, preparándose para una última batalla en la orilla.
Kalair alzó su arma, lista para vaciar el tambor.
Pero no pasó nada.
Los Murlocs, que apenas unos segundos atrás parecían dispuestos a devorarlos vivos y hundir el bote, se detuvieron abruptamente a escasos metros de la orilla.
Se miraron entre ellos, soltaron un par de gorgoteos confusos y, como si hubieran perdido todo el interés de forma mágica, se dieron la vuelta y comenzaron a nadar pacíficamente de regreso a su isla.
Kalair bajó la pistola lentamente, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
Su mente táctica, forjada en la supervivencia extrema de Xera, sufrió un cortocircuito.
¿Qué demonios acaba de pasar?, pensó, consternada.
¿Acaso los monstruos de este mundo tienen un límite de persecución invisible?
Nos tenían a su merced.
Nos habrían comido vivos si seguían avanzando cinco metros más…
pero simplemente, ¿se aburrieron y volvieron a su punto de inicio?
Le pareció el comportamiento más absurdo y suicida para un depredador, pero en Azeroth, al parecer, las reglas de la naturaleza estaban escritas por un loco.
—¡Oigan, ustedes!
—gritó una voz áspera.
El viejo pescador se acercaba corriendo por las tablas, agitando los brazos.
—¡Les dije que no me trajeran a esas bestias al muelle!
¡Me van a espantar la pesca de todo el mes!
Alistair, siempre el paradigma de la cortesía incluso cuando apestaba a cieno y sudor, se adelantó con una reverencia torpe.
—Le pedimos nuestras más sinceras disculpas, buen hombre.
Las cosas se complicaron un poco.
El paladín rebuscó en su bolsa de la cintura y sacó unas cuantas monedas de cobre, tendiéndoselas al pescador.
—Para cubrir los arañazos de su bote.
El viejo miró las monedas de cobre en su palma encallecida, luego miró las marcas de garras en la madera de su embarcación y finalmente miró al paladín de reojo, con una expresión de incredulidad.
—Hijo, esto no me alcanza ni para comprar un clavo oxidado en la herrería.
—Suspiró, guardándose las monedas de mala gana—.
En fin.
Solo espero que tanto alboroto haya sido por una buena acción.
El regreso a Villadorada fue silencioso y miserable.
Estaban exhaustos, magullados y cubiertos de una fina capa de barro maloliente del lago de Cristal.
Cuando finalmente entraron empujando las puertas de la Posada Orgullo de León, el posadero los miró con evidente desagrado, pero no los echó.
Se dejaron caer en una de las mesas del fondo.
Kalair rebuscó en sus bolsillos.
Vacíos.
Thrain sacudió su bolsa.
Un ruido sordo de pelusa.
—Ni para una cerveza aguada —masculló el enano, apoyando la cabeza en la mesa de madera—.
Qué triste final para unos héroes.
—No diría eso, maese enano —dijo una voz alegre.
William Mortero, el alquimista, apareció junto a su mesa con una sonrisa radiante.
Miró el estado lamentable del grupo, pero sus ojos se iluminaron al ver el morral húmedo que Lyra dejó caer sobre la mesa.
Mortero lo abrió, revelando un manojo brillante de las algas del lago.
—¡Oh, espléndido!
—exclamó el hombre—.
¡Y han traído muchísimas más de las que necesitaba!
Con esto tendré para hacer el elixir para el joven Stonefield y pociones de respiración acuática para medio pueblo.
El alquimista se giró hacia la barra.
—¡Posadero!
¡Una ronda doble de su mejor cerveza para los cinco!
¡Yo invito!
Thrain levantó la cabeza tan rápido que casi se rompe el cuello.
Kalair dejó escapar un suspiro de alivio genuino.
Mortero sacó un saquito de cuero tintineante de su túnica.
Paseó la mirada por el grupo: el enano babeando por la promesa de cerveza, Alistair limpiándose el barro de la armadura, Thomas rezando en silencio y Kalair jugueteando perezosamente con su cuchillo.
Finalmente, los ojos del alquimista se detuvieron en Lyra, quien mantenía una postura recta y digna a pesar de oler a pescado muerto.
A los ojos del viejo erudito, la elfa parecía ser la única con dos dedos de frente para administrar los recursos.
—Tome, señorita —dijo Mortero, entregándole el saquito lleno de monedas de plata a Lyra—.
Su pago.
Confío en que usted sabrá administrarlo mejor que sus…
coloridos compañeros.
Lyra tomó la bolsa, sopesándola con una sonrisa de satisfacción que bordeaba la arrogancia.
Miró de reojo a Kalair, alzando una ceja perfecta.
—No se preocupe, maestro Mortero.
Nos aseguraremos de que esta inversión no termine convertida solo en espuma de taberna.
Kalair simplemente sonrió de lado, aceptando la jarra gigante que la camarera acababa de golpear contra su mesa.
El romance de Joe y Maybell estaba salvado, los bolsillos volvían a pesar y la cerveza era gratis.
Azeroth no estaba tan mal después de todo.
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