Lux de Luna - Capítulo 101
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Capítulo 101: La ira de Lux
En la casa de Hanna, la cena había sido un festín, un manjar digno de guerreros. Leo, con una sonrisa satisfecha que reflejaba su plena satisfacción, agradeció a Hanna.
—¡La cena estaba sabrosa, muchas gracias! — exclamó, sus ojos brillando como dos faros después de haber devorado casi un cordero entero.
— No hay de qué —, respondió Hanna, repleta de gratitud, mientras recogía los platos junto a Sabine, quien le echaba una mano en la tarea.
Leo las siguió detrás, arremangándose la camisa se puso a lavar los platos.
— ¿Los Gammas de la manada más importantes del continente me están ayudando? —, bromeó Hanna, lanzando una mirada divertida hacia Leo y Sabine.
— Sí, la educación va primero —, asintió Leo, intentando mantener un semblante serio, aunque su sonrisa traicionó su esfuerzo.
— ¿Desde cuándo? — preguntó Hanna, su risa resonando en el aire. — Ah, espera… desde que intentas impresionar a tu compañera, ¿tal vez?
Sabine no pudo evitar dejar escapar una risita al ver los mofletes rojos de Leo, que se teñían del mismo color que los restos de la cena.
—Mi compañera se merece lo mejor—, insistió él, con un tono serio pero juguetón.
— Leo, tú ya eres el mejor para mí —, respondió Sabine, y, acercándose, lo atrajo hacia su pecho, capturando sus labios en un beso apasionado.
Hanna hizo un gesto despectivo, revoloteando los ojos.
— Agh, que calenturientos sois los lobos, no podéis parar.
Mientras tanto, en el porche, fuera de la cálida casa, Sebástian y Sion mantenían una conversación con tintes de seriedad. La atmósfera se tornaba tensa a medida que Sebástian lo cuestionaba.
— ¿Se puede saber cuál es tu historia?
Sion, con su mirada oscura, le señaló con un gesto al ojo que llevaba un parche.
— La Guerra Fría —, respondió con una voz grave que resonaba en el silencio de la noche.
— Era un cachorro cuando los guerreros de la Manada de las Sombras Plateadas atacaron mi aldea. Tuve que defenderme…— Su voz se apagó por un instante. — Una daga terminó clavada en mi ojo y lo perdi. Fin de la historia.
— Lamento escuchar eso —, murmuró Sebástian, consciente de la carga que esa experiencia representaba.
— Da lo mismo. En las guerras siempre perdemos cosas —, replicó Sion, volviendo la mirada hacia otro lado.
— Ya…
La incomodidad colmaba el ambiente.
— Y tú, ¿cuáles son tus cicatrices? — interrogó finalmente Sion.
Sebástian inhaló profundamente, sintiendo el peso de su historia.
— En la guerra, todos perdemos de alguna manera. Mi situación tampoco ha sido fácil.
— La Real no participó, entonces… ¿Por qué ha sido difícil para ti? — Sion, genuinamente interesado, no podía ocultar su curiosidad.
Sebástian cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, una herida interna brotando en su alma.
— Déjalo, no importa. No lo entenderías.
—Soy bruto, no tonto. —gruñó Sión.
Iris, había llegado hacía un rato y se había escondido entre los arbustos para escuchar la conversación.
— Pobre Sion —, pensó, imaginando el tormento psicológico que debía enfrentar. — Sentir ese sufrimiento por la situación en la que vivía, el miedo a morir, la inseguridad, sentimientos de soledad y abandono…
El rechazo que había sentido Sion por parte de ella, fomentaba su rudeza, sus explosiones de ira y su violencia. Pero esa faceta oscura nunca había sido lo que ella deseaba observar.
— Así que, ¿cómo llegaste a convertirte en el guerrero personal del temible Alfa del Norte? — preguntó Sebástian, tratando de cambiar el tema.
—Ah, eso es fácil. —Sion levantó una ceja conociendo perfectamente la respuesta.
—Soy el mejor.
Iris escondida, revoleó los ojos.
— Seguro, como no . —pensó.
— El Alfa me eligió personalmente. De inmediato, notó que no tengo sentimientos, solo la necesidad de sobrevivir y otros factores… — Sion se detuvo, la tensión en sus palabras palpable.
— ¿Otros factores como la venganza? —retó Sebastián.
El silencio de Sion fue elocuente; la respuesta nunca llegó.
— Eres un tipo duro, Sion —, afirmó Sebástian al ver su expresión inmutable.
—Debo serlo. No puedo permitirme tener un lado vulnerable —, se defendió Sion, su voz un muro de hielo.
El ambiente se aflojó momentáneamente cuando Sebástian, en un intento de hacer reír a su compañero de historias, le guiñó un ojo.
— Yo te conozco un punto sensible.
— ¿Qué dices? — Sion frunció el ceño, intrigado.
— ¿Acaso no es Iris, la sanadora entrometida, tu compañera destinada?
Sion agachó la cabeza, frustración surgiendo de su interior.
— Parece ser que todos se dan cuenta, menos ella —, contestó fríamente, la carga del rechazo de Iris pesándole como una losa.
— Es raro, sanadoras y cambiaformas. Menuda mezcla. Pero supongo que ellas también lo sienten…— musitó Sebástian.
— El vínculo con las sanadoras no funciona igual —, dijo Sion, resignado ante la realidad de su situación.
—Díselo al Príncipe y a tu Alfa—, bromeó Sebástian, intentando aligerar el ambiente, pero Sion permanecía sombrío.
—Nunca compartiría a mi compañera. No sé cómo ellos… —Sion cerró los ojos por un momento.
—Si te consuela, yo tampoco la compartiría. —confesó Sebástian con toda la seguridad del mundo.
— De todas formas, Iris no me acepta —, respondió con un tono melancólico.
— Espera a que le llegue el celo y ya me lo contarás, guerrero. — La risa de Sebastián rompió el silencio.
Sion giró la cabeza sorprendido por la revelación.
—¡Claro, el celo! —Sion gesticuló una pequeña sonrisa por primera vez en años…
— ¿Pero qué? Como si me vaya a volver loca por aparearme . — Desde su escondite, Iris se incomodó al escuchar el giro que había tomado la conversación.
Justo en ese momento, Hanna salió a tirar la basura y se encontró con Iris en la penumbra.
—¡Oye! ¿Qué haces ahí escondida?
Iris hizo señas a Hanna para que guardara silencio, pero fue demasiado tarde.
— ¿Nos estabas espiando? —, gruñó Sion, mirándola fijamente.
— ¿Yo? ¡No! — Iris se incomodó, afectando una falsa molestia.
—Claro. Seguro que no —, le respondió Sion en tono burlón.
—¡Cómo si no tuviera cosas más importantes que hacer, guerrero! —, replicó Iris, tratando de salir del apuro.
— ¿A qué has venido? —interrumpió Sebástian, intentando aliviar la tensión que había surgido.
— A avisarles que el Rey Cornelius ha decidido ayudar a los lobos en su batalla —, anunció, su voz emocionada.
—Eso es una buena noticia—, exclamó Hanna, iluminando la noche con su optimismo. —Para festejarlo, sacaré un orujo de miel que tiene mil años… estará de muerte.
— Pero bajo una única condición —, Iris tartamudeó al pronunciar esas palabras que podrían cambiarlo todo.
— Lux se quedará para siempre en el Reino Sagrado.
La euforia se desvaneció al instante.
— Eso ya no es una buena noticia —, murmuró Hanna, desmoronándose ante la posibilidad de que Lux y sus compañeros acabasen con todo el Reino Sagrado.
— A sus compañeros no les va a gustar nada de eso —, comentó Sebástian, la preocupación marcando su rostro.
— Ni a la criatura maldita tampoco —, concluyó Sion, consciente del nuevo peligro que se avecinaba.
El peso de la situación se sentía en el aire, cargado de incertidumbre y tensión.
La noche, que había empezado con risas y banquetes, ahora era un campo de batalla emocional donde cada palabra contaba, y donde el destino de todos ellos pendía de un hilo incierto.
—————————
En la habitación donde dormía Lux, Conall y Zeta se encontraban en un silencioso aguardo. Ambos observaban a Lux, que yacía en la cama, ajena a la tormenta que se avecinaba en el aire.
De repente, Conall sintió un escalofrío recorrer su cabeza; era como si alguien le estuviera chistando.
—¡Chist! ¡Chist! — resonó en su cabeza.
Zeta giró la cabeza hacia él, con un ceño fruncido de preocupación.
—¿Qué ocurre? — preguntó Zeta.
Conall, confundido y aturdido, respondió:
—¿Me has llamado? — inquirió, sintiendo el roce de un misterio desconocido.
—Yo no he sido— negó Zeta.
Conall cerró los ojos, tratando de concentrarse en la extraña sensación.
—No lo sé. Parece como si me estuvieran chistando— murmuró, a medida que el sonido resonaba de nuevo en su mente.
—¡Chist! ¡Chist!
No pudo evitarlo; su corazón latía con fuerza. Fue entonces cuando una voz conocida invadió su mente.
—¡Alfa! ¡Soy yo!
—¿Lobo? — preguntó Conall, con la incredulidad marcando cada sílaba.
—Sí. He vuelto. ¿Me extrañaste?
El alivio y el temor se entrelazaron en su pecho.
—Pero ¿cómo? — cuestionó, consciente del peligro que acechaba.
—Marcus me ha encontrado. Me he ido bien lejos del chucho diabólico ese…pero…
La advertencia de su lobo le hizo sentir un frío helado en la espalda.
—¡Corre! ¡Escóndete, rápido! — exclamó Conall, el temor reverberando en su voz.
—No puedo escapar del licántropo— confesó su lobo, resignado.
Conall sintió que la rabia crecía en él.
—Marcus, ¡cómo le hagas daño a mi lobo! — gruño, su sangre hirviendo ante la idea.
—No te sulfures, Alfa. Este lobito es gracioso y me cae bien— respondió la voz con un tono burlón.
Ante la mirada atónita y preocupante de Zeta, Conall se sintió más perdido que nunca.
—¿De verdad estás bien? — preguntó Zeta, con angustia reflejada en sus ojos.
—¿Me podéis decir lo que ocurre? — inquirió Conall, atrapado en el caos de su propia mente.
—No mataré a tu lobo, al menos, que no cumplas con lo pactado— replicó Marcus con desprecio, como si todo fuera un juego.
—Ya estamos, Ahora resulta que vamos a estar los dos en la cabeza de Conall…— gruñó el lobo sin mucho ánimo, mientras las tensiones aumentaban.
—Conall, dime, ¿todo bien? — volvió a preguntar Zeta, preocupado por la salud mental de su amigo.
—No sabría qué decirte, Zeta— contestó Conall, totalmente desubicado ante esta nueva realidad.
—No, si ya te digo que nos la vamos a pasar genial…— concluyó irónicamente el lobo, la burla en su tono no ayudaba a calmar la situación.
En ese instante, Lux abrió los ojos. Su mirada, llena de desasosiego, se enfocó rápidamente en ellos.
—¡Mi padre es un traidor! — gritó con una intensidad que hizo vibrar la habitación.
Ambos se levantaron, sacudidos por la revelación que parecía cambiarlo todo.
—¡Lux! — llamaron, desesperados.
Corrieron hacia ella, abrazándola con fuerza, buscando asegurarla en medio de la tormenta emocional.
—¿Estás bien? — preguntó Conall, aferrándose a su mano como si fuera su única ancla en ese momento.
—Sí, no… bueno, no lo sé. Pero mi padre no tiene buenas intenciones— respondió Lux, su voz temblorosa. —Nos quiere separar…
Zeta miró a Conall, quien no sabía cómo afrontar la magnitud de la afirmación.
—Lux, ¿cómo has podido regresar? — cuestionó Zeta, intentando entender el desenlace de los eventos.
—Una larga historia. Ahora solo necesito recuperar energías— dijo Lux, su mirada centelleante revelaba un poder oculto. —Llevo semanas entrenando…
Conall y Zeta se intercambiaron miradas confusas.
— ¿Recargar energías? ¿Cómo? — preguntó Conall, inocente en su búsqueda de respuestas.
—Como lo hemos hecho la última vez… los tres juntos— explicó Lux, su rostro iluminándose con un atisbo de complicidad.
Zeta se quedó boquiabierto mientras Conall se inquietaba.
—Lux, tu padre duerme a pocas habitaciones de aquí— advirtió Conall, consciente del peligro inminente.
—No haremos ruido— le aseguró Lux, pero su cuerpo comenzó a temblar de inmediato.
Sus mejillas se tornaron rojas, y una creciente energía emanó de ella.
—¡Quiero aparearme! Ya…— exclamó impulsivamente mientras sus manos amenazaban con incendiarse.
—¡Maldición, Lux, no! — gritó Conall, horrorizado ante la idea de morir chamuscado.
Lux empezó a hiperventilar, el humo rojo brotaba de su cuerpo a medida que el pánico se apoderaba de sus compañeros.
—¡Haz algo, Zeta! ¡Tú eres el estratega de la relación! — chilló Conall, desesperado.
Zeta frunció el ceño y se acercó a Lux para calmarla.
—Princesa, tranquila. Haremos lo que quieras. Pero no despiertes tu poder rojo…— dijo, intentando mantener la calma.
—He descubierto que cuando me enfado, puedo prenderme fuego…— reveló ella, su voz sonó determinante.
—Lux, la ira es muy mala— advirtió Zeta preocupado, añadiendo tensión a la escena.
—¡Cálmate! Zeta y yo, cuidaremos de ti— aseguró Conall, con sudor profuso en la frente, consciente de que no sabía cómo hacerlo realmente.
Pero inesperadamente, Lux se calmó, soltando una risita picarona.
—¡Habéis caído, tontos! ¡Era broma! — se rió, disfrutando de la confusión que había sembrado.
Conall y Zeta se congelaron, asimilando el giro inesperado. Luego, exhalaron el aire que habían estado conteniendo y se desplomaron al lado de ella en la cama como dos muñecos de trapo.
—¡Lux, eso no se hace! Casi me da algo… — regañó Conall, su voz temblando entre el alivio y la frustración.
—¿Ya puedes controlarlos por tu cuenta? — preguntó Zeta un poco más animado.
—De dónde vengo, me han enseñado a controlar todos mis poderes— señaló Lux con orgullo.
—¿Eso qué quiere decir? — indagó Conall, aún aturdido por la revelación.
Lux los miró con una nueva determinación.
—Se acabaron las tonterías, lobitos. Puedo controlarlo todo.
—A partir de ahora, no dejaré que nadie nos separe.
Y con esas palabras, se selló su destino.
A partir de ahora, no dejaría que nadie los separara.
La unión en su trío se tornaba más fuerte, dejando atrás sombras del pasado y abriéndose a un futuro lleno de magia y desafíos que solo ellos podrían enfrentar juntos.
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La imagen de Sebástian, el guerrero personal del Príncipe Zeta, os la dejo en los coentarios.
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