Lux de Luna - Capítulo 102
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Capítulo 102: La reliquia familiar
El despertar de Lux no fue como el de cualquier otra persona.
Cuando abrió los ojos, el mundo parecía distinto. No porque el lugar hubiera cambiado —la habitación seguía siendo la misma, amplia y silenciosa, con los pesados cortinajes ondeando suavemente por la brisa nocturna—, sino porque algo en ella era diferente.
Algo profundo.
Algo que apenas comenzaba a comprender.
Durante varios segundos permaneció inmóvil, respirando lentamente, permitiendo que su mente regresara por completo a su cuerpo. La sensación era extraña, como si acabaría de regresar de un viaje demasiado largo.
Pero no era solo una sensación.
Había viajado.
Había cruzado un lugar que no pertenecía a ese mundo.
Había conocido a Oz.
Y había visto a su madre.
Mientras sus pensamientos aún se acomodaban, una oleada de emociones tocó suavemente su mente. No eran propios. Eran ajenas… pero también suyas.
Preocupación.
Miedo.
Alivio.
Amor.
Lux reconoció inmediatamente aquellas presencias.
Conall.
Zeta.
El vínculo que los unía se había vuelto mucho más fuerte. Tan fuerte que ahora podía sentirlos incluso antes de verlos.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Levantó lentamente la cabeza.
Los dos hombres estaban cerca de la cama, observándola con una mezcla de ansiedad y esperanza. Sus rostros reflejaban horas de tensión contenida, como si hubieran estado luchando contra la posibilidad de perderla.
Lux los miró con serenidad.
En ese instante comprendió algo con absoluta claridad.
Nada volvería a ser igual.
Respiró hondo antes de hablar. Le contó algunas cosas de su viaje…
Su voz salió suave, pero con una firmeza nueva.
—Se acabaron las tonterías, lobitos.
La frase sorprendió a ambos.
Lux se incorporó lentamente, sintiendo una energía distinta recorrer su cuerpo.
—A partir de ahora —continuó— no dejaré que nadie nos lastime.
Las palabras no fueron una promesa impulsiva.
Fueron una declaración.
Conall reaccionó primero. Su instinto fue más rápido que cualquier pensamiento. Se acercó a ella en apenas dos pasos y la envolvió en un abrazo fuerte, casi desesperado.
Zeta llegó inmediatamente después, rodeándolos a ambos.
Durante un momento ninguno habló.
Simplemente permanecieron así, respirando el mismo aire, recuperando el contacto que temieron haber perdido.
Conall había intentado mantener la calma durante todo el tiempo que Lux permaneció dormida. Pero en el fondo sabía que aquella quietud no era natural. Había algo más, algo que no lograba entender, y esa incertidumbre lo había mantenido al borde de la desesperación.
Por eso, cuando finalmente habló, su voz llevaba una ligera aspereza.
No era enfado.
Era miedo acumulado.
—No sabes lo preocupados que estábamos, pequeña.
Lux no respondió con sorpresa. Ni siquiera parecía necesitar escucharlo para saberlo.
Ella cerró los ojos.
—Sí lo sé.
Abrió los ojos nuevamente y los miró a ambos.
—Puedo sentir sus emociones a través del vínculo.
Zeta parpadeado, sorprendido.
— ¿Desde cuándo puedes hacer eso?
Lux se encogió ligeramente de los hombros.
—Desde ahora, supongo.
El vínculo que compartían había cambiado. Ahora podía percibir sus emociones con una claridad inquietante, como si sus corazones estuvieran conectados por hilos invisibles.
Se lo explicó con calma.
Y aquello solo aumentó la confusión de ambos lobos.
Conall frunció el ceño, todavía procesando todo.
—¿Dónde estabas, Lux?
La joven dudó un instante.
No porque no quisiera contarlo, sino porque ni siquiera sabía por dónde empezar.
¿Cómo podía explicar algo que ni siquiera ella comprendía del todo?
Lo intentó de la forma más simple posible.
—Es complicado de explicar…
Miró sus propias manos, como si aún pudiera ver la energía que había brotado de ellas.
—Pero mis poderes son… inimaginables.
Zeta levantó una ceja.
—Eso suena preocupante.
Lux sonrió.
—Ha venido a buscarme un hada.
Conall parpadeado.
—Ha venido a buscarte… ¿quién?
Lux levantó una mano con tranquilidad.
—Un hada. Diferente a Hanna. Pero igualmente hermoso.
Zeta y Conall se miraron.
Luego volvieron a mirarla a ella.
—Lux —dijo Conall lentamente—. No nos hemos despegado ni un minuto de ti.
Lux ascendió. Sabía que no había abandonado su cuerpo.
—Lo sé.
Se levantó de la cama.
Ahora se movía con una seguridad distinta.
—Puedo cruzar portales astrales y dimensionales.
Conall se llevó una mano a la frente. La frase lo dejó completamente desconcertado.
El mundo ya había sido bastante complicado antes de que aparecieran criaturas malditas, guerras entre reinos y vínculos imposibles. Pero aquello superaba cualquier lógica que conociera.
—Todo esto comienza a superarme.
Zeta, en cambio, reaccionó con su habitual sarcasmo.
Aunque incluso él parecía ligeramente abrumador.
—Bienvenido al club.
Lux caminó hacia ellos y tomó las manos de ambos.
—Tranquilos.
Sus ojos brillaban con determinación.
Lux no tardó en tranquilizarlos.
Ahora sabía qué hacer.
————————
Poco tiempo después, los tres se encontraron en el salón del trono del Reino Sagrado.
Era una sala impresionante, diseñada para inspirar respeto y obediencia.
Las columnas de mármol blanco se elevaban hacia un techo decorado con antiguos frescos que narraban la historia de los primeros reyes. El suelo pulido reflejaba la luz que entraba por los enormes ventanales, creando un ambiente solemne y casi sagrado.
Lux permanecía en el centro del salón, observando el trono vacío.
Pero ella no estaba mirando la arquitectura.
Estaba esperando.
Conall y Zeta estaban a su lado.
Los dos parecían inquietos.
Zeta rompió el silencio.
—¿Estás lista para conocer a tu padre?
Ella asintió.
Pero dentro de ella no estaba tan tranquila como aparentaba.
Había imaginado ese momento muchas veces en los últimos minutos.
Tenía pensado decirle muchas cosas.
Reclamarle.
Enfrentarlo.
Decirle exactamente lo que pensaba de su plan absurdo de separarla de sus compañeros.
Había preparado mentalmente cada palabra que pensaba decirle. Tenía la intención de enfrentarlo. De exigir respuestas. De dejar claro que nadie decidiría por ella.
Pero cuando las enormes puertas del salón se abrieron…
Todo cambió.
Cornelius entró con paso firme.
Su presencia llenó la sala.
Era alto, imponente, con el porte de alguien acostumbrado a ser obedecido.
Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Lux.
El parecido con Lilian era innegable.
Los mismos ojos. Su mismo pelo…
El mismo brillo en la mirada.
Durante un instante ninguno de los dos habló.
Entonces Lux susurró:
—¿Padre?
Cornelius no respondió con palabras.
Pero su expresión cambió.
Se suavizó.
Cornelius respondió con una sensación de que no correspondía a la imagen temible que tenían muchos de él.
—Hola, hija.
Eso fue todo lo que necesitaba.
Lux corrió hacia él impulsivamente.
Lo abrazó con fuerza.
Cornelius la rodeó con sus brazos, sorprendido por la intensidad de aquel gesto.
—Hola, pequeña luz.
La llamó hija.
Y aquello bastó para romper la distancia entre ambos.
El abrazo que siguió fue largo, silencioso y lleno de emociones que ninguno de los dos sabía cómo expresar con palabras.
Cornelius la sostuvo como si temiera que pudiera desaparecer.
Ahora la tenía delante.
El tiempo suficiente para que Lux dejara escapar las lágrimas que había estado conteniendo.
Cornelius cerró los ojos.
—Al fin estás en tu casa, Lux.
Cuando finalmente se separaron, Lux respiró hondo.
Se limpió discretamente el rostro.
Luego lo miró directamente a los ojos.
—Sabes lo que soy… y lo que puedo hacer.
Cornelius avanza lentamente.
Lux corrió hacia él impulsivamente. Si.
Él era plenamente consciente del poder que poseía su hija.
—Tengo una idea del alcance de tus poderes.
Sin embargo, mientras hablaban, algo curioso comenzó a ocurrir.
Desde que Lux se había unido a Conall y Zeta mediante el vínculo de compañeros, sus mentes ya no estaban completamente separadas.
Las bestias de ambos lobos también compartían ese enlace. Y Lux lo podía oír todo en su cabeza.
— Si es que nuestra compañera es lo más… — comentó el lobo de Conall.
— Al parecer, la pequeña tiene carácter. —Mencionó el lobo de Zeta.
— Todas las pelirrojas lo tienen. —bromeó el de Conall.
— ¿Se pueden callar que quiero escuchar?
Zeta hizo una mueca.
— Zeta ¿por qué tengo que escuchar también a tu bestia?
Conall miró a Zeta con fastidio.
— Con la mía tenía suficiente. —gruñó mentalmente Conall.
El lobo de Conall respondió con una risa mental.
— Bendito vínculo, compañero.
Desde el momento en que los tres habían aceptado su unión, los enlaces mentales se habían entrelazado.
Y eso incluía a las bestias.
Zeta suspiró.
—Santo Reino…
Zeta fue el primero en notar aquel pequeño caos mental.
Su expresión de fastidio produjo una ligera sonrisa en Lux.
A pesar de todo lo que estaba ocurriendo, aquel detalle resultó casi cómico.
Pero la conversación pronto se convirtió en un terreno más serio.
—Padre… también sabes que yo no elegí nada de esto.
Cornelius bajó la mirada.
—Nunca debí descuidar a tu madre.
Su voz se volvió más grave.
—Si hubiera estado más atento… si hubiera protegido mejor a Lilian, todo habría sido diferente.
Lux dio un paso hacia él.
—Padre… tenemos mucho de qué hablar.
Hizo una pausa.
Lux no había venido solo a hablar del pasado.
Había algo que necesitaba.
El collar de su madre.
—Necesito que me entregues el collar de mi madre.
La petición sorprendió al rey.
Hasta ese momento había creído que aquel objeto permanecía en secreto.
Cornelius alzó las cejas.
—¿Cómo sabes sobre ese collar?
Lux lo miró con una calma que resultaba inquietante.
—Sé muchas cosas.
Sus ojos se aguantaron un poco.
—Entre ellas… tus intenciones para mí.
Cornelius se tensó.
El aire en la sala parecía volverse más pesado.
Lux no tenía intención de abandonar a sus compañeros.
Y estaba dispuesta a luchar contra cualquiera que intentara separarlos.
Incluído, su propio padre.
Ella respiró profundamente antes de decirlo.
—No pienso dejar a mis compañeros.
Sus palabras fueron claras.
—Y no intentas separarnos… o tendré que matarte.
—¡Hija! — Cornelius se estremeció ante tal respuesta.
La reacción de Conall y Zeta, aunque silenciosa, se sintió inmediatamente en su mente.
Ambos intentaron calmarla.
No querían que aquella reunión se convirtiera en un enfrentamiento.
Lux comprendió su preocupación.
Pero también sabía que aquel momento era necesario.
— Lux… no seas dura con él.
— Zeta tiene razón —añadió Conall—. A tu padre le cuesta confiar en los lobos.
Lux respondió mentalmente.
— Mi padre solo ayudará con la guerra si me quedo aquí para siempre. Intenta alejarme de vosotros.
Zeta se quedó helado.
—¿Qué?
Conall gruñó.
El sonido resonó en el enorme salón.
Lux levantó una mano.
—Tranquilos.
Luego miró a Cornelius.
—Sé cómo convencerle.
Hizo una pausa.
—Pero necesito estar a solas con él.
Conall nega de inmediato.
—No pienso abandonarte.
—Yo tampoco —añadió Zeta.
Lux los miró con cariño.
—Confíen en mí.
Sonrió.
—Puedo con esto.
Conall miró a Zeta.
Zeta miró a Conall.
Finalmente, ambos asintieron.
—Esperaremos fuera.
Después de una breve resistencia, los dos lobos aceptaron retirarse.
Cuando quedaron solos, Cornelius no tardó en expresar sus verdaderos temores.
—Eres la única a la que hacen caso.
Lux sonrió ligeramente.
—Saben lo que ocurre si me enfado.
Cornelius suspiró.
—Lux… tus protectores son peligrosos.
La miró fijamente.
—Conall está poseído con el espíritu de Marcus. Que si sabes, es el Dios del Poder Oscuro…
Hizo una pausa.
—Y Zeta es el hijo de nuestro peor enemigo. El Rey Eliseo tiene intensiones de convertirte en su criadora de cachorros súper poderosos.
Lux cruzó los brazos.
—Lo sé, pero eso no los hace peligrosos.
Lux no vio esas circunstancias como una amenaza.
Al contrario.
Le parecían una muestra de que el destino tenía planes más complejos de lo que cualquiera imaginaba.
Sus ojos brillaron con ironía.
—Eso los hace más interesantes.
Cornelius negó con la cabeza.
—Ahora que sé de tu existencia… no puedo permitir que regreses al Reino de los Lobos.
Lux dio un paso hacia él.
—Esa no es tu decisión, padre.
Luego añadió con calma:
—Y sé sobre el colgante de mi madre… porque ella misma me lo ha dicho.
Cornelius palideció.
—¿Puedes comunicarte con tu madre?
Se acercó rápidamente.
—¿Sabes dónde está?
Su voz tembló.
—¿Está viva?
Lux negó suavemente.
—Solo te diré que ella me ha dejado instrucciones que debo seguir.
Cornelius respiró hondo.
—Está bien.
Se dirija hacia una mesa de madera oscura.
Abrió uno de los cajones.
De allí sacó un collar.
Era hermoso.
Una cadena delicada sostenía una piedra negra pulida.
Obsidiana.
La piedra parecía absorber la luz de la habitación.
Cornelius lo sostuvo un momento.
—Aquí está.
La voz se le volvió más suave.
—Es una piedra protectora.
La miró con nostalgia.
—Absorbe energías negativas… y promueve la claridad mental.
Se lo entregó.
Cuando Lux lo tomó, sintió una vibración suave recorrer su mano.
Era como si el objeto reconociera su presencia.
Cornelius murmuró:
—Eres mi pequeña…
Lux señala ligeramente.
—Ya soy adulta, padre.
Los ojos de Cornelius se llenaron de tristeza.
—No he podido verte crecer.
Lux bajó la mirada.
—No te habría gustado ver cómo me trataron.
Cornelius apretó los puños.
—¡Por eso quiero matar a todos los lobos!
Lux alzó la cabeza.
—La que maldijo a mi madre… fue una bruja, padre.
La maldición que había caído sobre su madre y sobre ella, aquella noche de su nacimiento, no provenía del Reino de los Lobos.
Provenía de su propio reino.
Cornelius quedó helado.
—¿CÓMO? ¿QUIÉN?
Lux lo miró con calma.
—Hay muchos secretos que revelar.
Luego añadió suavemente:
—Pero todo será a su debido tiempo.
Cornelius suspiró.
—Solo intento protegerte.
Lux dio un paso hacia él.
Antes de marcharse, tomó la mano de su padre.
Su expresión era tranquila.
Segura.
La seguridad de alguien que había aceptado su destino.
Sonrió.
—Entonces debes confiar en mí, padre.
Sus ojos brillaban con una luz nueva.
—Ahora tengo el poder suficiente para hacer el bien…
Hizo una pausa.
—Y destruir al mal.
Apretó suavemente la mano de Cornelius.
Pero para lograrlo necesitaba algo fundamental.
Confianza.
Por eso le hizo una última pregunta.
No como hija.
Sino como la futura reina que estaba destinada a convertirse.
Quería saber si, llegado el momento, él estaría a su lado.
—Solo necesito saber algo.
Lo miró con seriedad.
—¿Estarás de mi lado o…? ¿En mi contra?
—————————–
La imagen del salón del trono, con Lux flanqueada por sus protectores enfrentándose a su padre, el Dios de la Guerra os la dejo en comentarios.
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