Lux de Luna - Capítulo 109
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Capítulo 109: Lealtad a la Luna del Norte
De regreso a Tierra de Lobos, el anuncio de la ceremonia de la Luna del Norte cayó como una piedra en un lago en calma… y las ondas no tardaron en expandirse.
En lo más alto de su trono, el Rey Eliseo sostenía entre sus dedos la nota que acababa de recibir. El pergamino temblaba ligeramente, no por debilidad, sino por la furia contenida que recorría cada músculo de su cuerpo. Sus ojos, oscuros y profundos, se estrecharon mientras releía una vez más las palabras que habían cruzado reinos para llegar hasta él.
El Alfa Conall había decidido oficializar a Lux como su Luna del Norte.
Aquello no era solo una ceremonia. Era una declaración de poder. Un movimiento político. Una amenaza.
Eliseo dejó escapar una risa baja, peligrosa.
—Así que ha decidido adelantarse…
Se levantó con lentitud, descendiendo los escalones de su trono como si cada paso pesara siglos. A su alrededor, las sombras parecían moverse con él, como si lo obedecieran.
—Sabrá… ¿lo que realmente es esa chica?
No había nadie que respondiera, pero Eliseo no lo necesitaba. Él ya conocía la respuesta. Si Conall supiera la verdad… si comprendiera el alcance de lo que tenía entre manos… no estaría organizando celebraciones.
Estaría huyendo.
—No puedo permitir que esa ceremonia se celebre —murmuró, casi para sí mismo.
Su mente ya trabajaba, tejiendo planos, anticipando movimientos. La guerra no había comenzado aún… pero el tablero ya estaba en juego.
Y él no pensaba perder.
Días después, en la manada de la Escarcha Feroz, el ambiente era muy distinto… al menos en apariencia.
La vida había retomado cierto ritmo. Los guerreros se entrenaban, las familias se reorganizaban, y la manada intentaba recuperar la normalidad tras semanas de tensión.
Pero bajo esa calma… algo latía.
Algo oscuro.
Algo inevitable.
En una de las salas principales, Conall y Zeta discutían en voz baja, aunque la tensión entre ellos era tan evidente que casi podía palparse en el aire.
—Tenemos que reforzar todo el territorio —dijo Conall, apoyando las manos sobre la mesa—. Cada día hay más movimiento de renegados en las fronteras.
Zeta asintió, serio.
—Estoy de acuerdo. No es solo mi padre. Las otras manadas también están inquietas… y eso nunca es buena señal.
Conall frunció el fruncido.
—La ceremonia atraerá a todos. Aliados… y enemigos.
Zeta dejó escapar una pequeña risa, sin humor.
—La dicha ceremonia de vosotros dos.
Hubo un breve silencio. Incómodo.
—Zeta —respondió Conall finalmente—, sabes que es lo mejor para ella.
Zeta no contestó de inmediato. Su mirada se perdió un instante en la nada, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí.
—Lo sé —admitió al fin—. Pero no puedo evitar sentirme… apartado.
Aquella palabra quedó suspendida entre ellos.
No era un reproche abierto… pero dolía igual.
Conall lo vigiló con detenimiento. Durante mucho tiempo, habrían sido enemigos. Habrían luchado, se habrían destrozado sin dudar.
Y ahora…
Ahora compartían lo único que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
—Será temporal —dijo Conall, con firmeza—. Hasta que podamos aclarar la situación. Cuando todo esto termine… nadie nos separará.
Zeta asintió, aunque la sombra en sus ojos no desapareció del todo.
—Eso espero.
Fue entonces cuando la voz de Lux irrumpió en la conversación.
—¿Sabes ya qué le vas a decir a tu padre?
Ambos hombres se giraron hacia ella.
Lux estaba de pie en la entrada, observándolos con esa mezcla de dulzura y determinación que comenzaba a definirla cada vez más.
Zeta sintió un ligero nudo en el estómago.
—Aún no —respondió—. Pero no te preocupes… se me ocurrirá algo.
Lux lo miró fijamente.
—No dejaré que te marches.
No era una amenaza. Era una promesa.
Y eso la hacía aún más poderosa.
—Y si no encuentras una estrategia… —añadió con calma— lo haremos a mi manera.
Zeta no preguntó qué significaba eso.
Tal vez no quería saberlo.
La conversación se vio interrumpida por la llegada de alguien inesperado.
Electra.
El silencio cayó de golpe.
Conall no disimuló su desagrado. Su mirada se endureció al instante, su postura se volvió rígida.
Zeta, en cambio, se mantuvo en su sitio, aunque su atención se desplazó por completo hacia la recién llegada.
Electra se detuvo a unos pasos, claramente incómoda, pero sin retroceder.
—Permiso…
Su voz ya no era la de antes. Había en ella una fragilidad nueva… pero también una determinación que antes no existía.
—¿Qué quieres? —gruñó Conall.
Ella tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—Luna Lux… me gustaría hablar contigo.
El ambiente se volvió tenso.
Zeta se levantó lentamente.
—Estaré en los campos de entrenamiento —dijo—. Revisaré las nuevas estrategias.
Lux.
—Conall puede acompañarte.
—No —respondió él de inmediato—. Me quedaré contigo.
Los ojos de Lux brillaron, peligrosos.
—He dicho que puedes acompañarle.
—Y yo he dicho que me quedaré.
El aire se volvió denso.
Zeta intervino antes de que aquello escalara.
—Tal vez… necesito tu opinión, Alfa.
Conall lo miró. Durante un segundo, pareció dispuesto a negarse otra vez.
Pero luego suspiró.
Y cedió.
—Esta bien. Vamos.—gruñó Conall.
Al pasar junto a Lux, su mano rozó la de ella apenas un instante. Un gesto casi imperceptible… pero cargado de significado.
—Amo a Zeta por su infinita paciencia para lidiar entre Conall y yo.—pensó Lux solo para ella.
Cuando ambos se marcharon, el silencio que quedó fue diferente.
Más íntimo.
Más peligroso.
Lux se sentó con calma y señaló el asiento frente a ella.
—Siéntate.
Electra dudó un segundo antes de obedecer.
Su cuerpo aún recordaba el dolor de los latigazos diarios durante interminables semanas, las cadenas, la oscuridad de la mazmorra. Sentarse frente a Lux… se sentía casi irreal.
—No temas —dijo Lux suavemente—. No te haré daño.
Había algo en su voz… algo que hacía imposible no creerle.
Lux tomó un pequeño panecillo y se lo ofreció.
—¿Quieres?
Electra nega, tensa.
—No está envenenado —añadió Lux con una leve sonrisa—. Si te quisiera muerta, no habrías salido de la celda.
Eso arrancó una pequeña exhalación nerviosa de Electra.
—De eso quería hablar…
Lux apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.
—Te escucho.
Electra respiró hondo.
—Quería darte las gracias.
Las palabras salieron torpes, pero sinceras.
—Por interceder por mí… ante al Alfa Conall. Y luego, pedirle al hada que hiciera una pócima para ayudarme en la recuperación.
—Ella no recuerda verme brillar mientras la sanaba en la celda. Debe ser una secuela de mis poderes. — pensó.
—¿Eso es lo que te ha contado Will que ocurrió?
Electra asiente.
Lux la observó en silencio por unos instantes. Lugo continuó.
—Will es un gran lobo y merece a una gran loba. ¿Estás preparada para ser esa hembra que un gran guerrero necesita?
—He cambiado —continuó Electra—. Ya no soy la misma.
—Lo sé.
Aquella respuesta fue inmediata.
Y completamente firme.
Electra sintió un nudo en la garganta.
—Amo a Will.
La confesión salió casi como un susurro… pero cargada de todo lo que había callado durante tanto tiempo.
— Quiero ser su compañera, su amiga, su amante, la madre de sus cachorros… todo.
Lux sonrió, y esta vez no hubo rastro de dureza en su expresión.
—Serás una buena madre. Pronto entrarás en celo… puedes aprovechar esta oportunidad.
Electra la miró sorprendida.
—¿Cómo sabes que…?
Lux solo se encogió de hombros sin decir más.
Electra bajó la mirada, emocionada.
Pero entonces… su rostro cambió.
—Mi madre…
Lux se tensó apenas.
—No tiene buenas intenciones contigo.
El silencio se volvió pesado.
—Fue ella quien ideó el plan. Necesitaba debilitarte. Quería que yo ocupara tu lugar para poder darles información sobre los movimientos de esta manada.
Las palabras cayeron como una losa.
Lux no reaccionó de inmediato. Pero en su interior… algo se movió.
Una pieza más encajaba en un rompecabezas mucho más grande.
—Liz… una bruja muy poderosa. Una bruja renegada que espera su momento para cobrar su venganza. Debo tener cuidado de ella. Es quien hechizó a mi madre y por su culpa tengo parte de la oscuridad dentro de mí. —pensó.
Liz era el origen de muchas cosas que aún no comprendedía del todo.
Pero no era el momento.
No todavía.
Lux se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Electra —dijo con suavidad—. Lo pasado… está olvidado.
Electra la miró, sorprendida.
—Pero ahora… como me debes tu vida…
El corazón de la joven dio un vuelco.
—Quiero que me jures lealtad.
Electra dudó.
—¿Y el Alfa?
La respuesta de Lux fue fría.
—Si fuera por él… estarías muerta.
Eso bastó.
Electra se levantó de inmediato, arrodillándose frente a ella. Tomó su mano y besó el dorso con reverencia.
—Haré todo lo que me pidas, mi Luna.
Lux la observó unos segundos… y luego la ayudó a levantarse.
—No quiero esclavos.
Electra parpadeado.
—Quiero aliados.
Sus ojos brillaban con una luz nueva.
Más fuerte.
Más peligrosa.
—Eres parte de esta manada —continuó—. Parte de mi familia.
Hizo una pausa.
Y sonrió.
—Y yo cuido de los míos.
En ese instante, algo cambió.
No fue visible. No hubo luz ni magia.
Pero ocurrió.
Un lazo invisible… firme… irrevocable.
Electra ya no era una amenaza.
Era una pieza más en el tablero de Lux.
Y la guerra…
Estaba cada vez más cerca.
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