Lux de Luna - Capítulo 110
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Capítulo 110: Ecos de una sangre compartida
Anaisha estaba con Lux ayudándola a peinarse, sus manos expertas desenredaban suavemente los mechones rebeldes mientras las dos compartían un momento de calma.
—¿Cómo van los entrenamientos? —preguntó Lux, echando un vistazo al reflejo en el espejo.
—Conall y Zeta están armando equipos de diferentes disciplinas —respondió Anaisha, pasando un peine entre el cabello rizado de Lux.
—Cada vez hay más miembros de la manada que se ofrecen para luchar. La tensión crece, pero también la unidad.
Lux asintió, sintiendo una mezcla de orgullo y preocupación.
—Perfecto —dijo en voz baja, como si quisiera conjurar esa palabra para alejar cualquier sombra.
Anaisha continuó, bajando la voz—: Tu padre está ayudando con ciertos trucos para debilitar a los enemigos. Eso podría marcar la diferencia en la batalla que se avecina.
Lux frunció ligeramente el ceño, aliviada de saber que, al menos, no se estaban destruyendo entre ellos mismos.
—Es bueno saber que, al menos, no se están matando entre ellos —comentó con una pequeña sonrisa triste.
—¿Estás feliz por tu ceremonia de coronación? —inquirió Anaisha, mirando ahora con atención el rostro de su Luna, pero también de su amiga.
Lux suspiró, dejando caer su mirada hacia el collar que llevaba en el cuello.
—Si pudiera hacerse para los tres juntos, estaría feliz —respondió con un dejo de melancolía—. Amo tanto a Zeta como a Conall por igual. Me mata no poder estar abiertamente con ambos.
Anaisha hizo una pausa, comprendiendo la profundidad del conflicto que habitaba en el corazón de Lux.
—Vuestro vínculo es algo nuevo y poco común. La manada tardará en aceptarlo —dijo con suavidad.
Lux apretó los labios, consciente del peso que eso implicaba.
—Por eso, hay que mantenerlo en secreto —murmuró, casi para sí misma.
—¿Y cómo lo lleva Zeta? —preguntó Anaisha con curiosidad.
El rostro de Lux se ensombreció.
—Mal. Él no lo dice, pero puedo leer sus pensamientos —confesó—. Está luchando con sus propios demonios, y eso me duele más que cualquier amenaza exterior.
Anaisha quiso darle ánimos, pero prefirió cambiar de tema.
—¿Y qué tal os lleváis entre todos? —consultó.
Lux parpadeó, sorprendida por la pregunta tan directa.
—¿Todos? —repitió, buscando en su mente la respuesta.
—Bueno, ahora que tu padre vive aquí y que, encima, Conall está poseído por el espíritu de Marcus… —recordó Anaisha, frunciendo el ceño ligeramente.
Lux inhaló profundo, tratando de contener la ansiedad que le oprimía el pecho.
—Al momento, no hubo incidentes —aseguró—. Todos sabemos que debemos dejar nuestras diferencias de lado para poder enfrentar lo que está por venir.
Mientras Anaisha recogía el pelo de Lux para abrochar el lazo de su vestido, una pequeña piedra negra llamó su atención en el cuello de ella.
—¿Y esta piedra? —preguntó señalándola.
Lux miró el collar con ternura.
—Es una obsidiana. Pertenecía a mi madre —contestó, su voz temblando apenas—. Me da fuerzas cuando más lo necesito.
Anaisha acarició la superficie lisa de la piedra con reverencia.
—Es hermosa —dijo, entendiendo sin palabras el valor sentimental que encerraba ese pequeño amuleto.
Lux sonrió débilmente.
—Sí, lo es —confirmó.
Entonces Anaisha se levantó.
—Voy a buscar un poco de agua para recogerte esos mechones rebeldes —anunció.
Lux asintió, quedándose sola en la habitación silenciosa. A medida que la puerta se cerraba detrás de Anaisha, su mirada volvió una vez más hacia la obsidiana. Un extraño magnetismo comenzó a llenar su pecho, una atracción profunda e inexplicable que parecía conectar su alma con la piedra, como si aquella obsidiana guardara secretos y promesas que solo ella podía desentrañar. Un escalofrío recorrió su espalda, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba sola en la oscuridad que se avecinaba.
El silencio que envolvió a Lux no fue inmediato, sino progresivo. Primero desaparecieron los sonidos de la habitación, luego el murmullo lejano de la manada, y por último, incluso el latido de su propio corazón pareció diluirse en una negrura suave y envolvente.
La obsidiana colgando de su cuello ardía.
No era un dolor punzante, sino una calidez insistente, como si la piedra hubiera cobrado vida y ahora respirara al ritmo de algo más antiguo que ella misma. Lux cerró los ojos con fuerza, obedeciendo aquella voz que no solo oía… sino que sentía dentro de cada rincón de su ser.
Uno… dos… tres…
Y entonces, todo cambió.
Cuando volvió a percibir el mundo, lo hizo a través de la luz.
Una luz cálida, dorada, distinta a la energía brillante y eléctrica que ella misma podía generar. Esta era más… terrenal. Más viva.
Lux abrió los ojos con cautela.
Lo primero que notó fue el aire. Era diferente. Más denso, cargado de aromas desconocidos: madera recién cortada, pan horneándose, hierbas frescas. Nada de humedad, nada de piedra fría ni del aroma salvaje de los lobos.
Era… hogar.
Pero no el suyo.
Sus pupilas se dilataron mientras observaba a su alrededor. Se encontraba en lo que parecía una lujosa habitación.
Y frente a Lux…
Estaba ella.
—Mamá… ¿Eres tú de verdad?
La palabra escapó de sus labios sin permiso, cargada de incredulidad, de esperanza… y de miedo.
Porque tenia que todo desapareciera.
Lilian sonrió.
No era una sonrisa triste ni distante como la que Lux había visto en sus recuerdos o en aquel plano astral. Era una sonrisa real, cálida, llena de vida. Sus ojos brillaban con una emoción contenida, como si hubiera esperado ese momento durante años.
Y entonces se movió.
Dio un paso.
Y otro.
Hasta que la distancia entre ambas desapareció.
—Lux, soy tu madre y estoy viva.
El abrazo fue inevitable.
Lux se lanzó hacia ella con una necesidad casi desesperada, aferrándose como si el mundo entero dependiera de ello. Sus manos se hundieron en la tela de su vestido, en su cabello, en su espalda… comprobando una y otra vez que era real.
Y lo era.
Podía sentir su calor. Su respiración. Su corazón latiendo.
Lilian la rodeó con fuerza, cerrando los ojos mientras hundía el rostro en el cabello de su hija.
Durante unos segundos —o quizás minutos—, el tiempo dejó de existir.
Todo lo que Lux había sido hasta ese momento… la soledad, el hambre, el dolor, el rechazo… todo pareció desvanecerse en ese abrazo.
Era como si algo dentro de ella, algo roto desde su nacimiento, finalmente se recomponía.
Su respiración se volvió irregular.
Sus manos temblaron.
Y sin darme cuenta, comenzó a llorar.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de alivio.
De pertenencia.
—Pensé que… —su voz se quebró—… pensé que habías muerto.
Lilian se separó apenas lo suficiente para mirarla a los ojos, sosteniendo su rostro entre sus manos con una delicadeza infinita.
—Nunca te dejé, Lux.
Había verdad en sus palabras. Una verdad profunda, imposible de encontrar.
Lux la observar con atención, como si intentara memorizar cada rasgo. Su cabello, su mirada, la forma en la que sus labios se curvaban al hablar.
—Pero… —tragó saliva—… ¿cómo es posible? ¿Dónde estamos?
Lilian dejó escapar una pequeña risa, suave, casi tímida.
—Lux, este es el Reino de los Humanos.
—¿Perdona?—preguntó Lux un poco aturdida con lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
—Estamos en un lugar donde los destinos aún pueden cambiar… si se tiene el valor de aceptarlos.
Lux frunció el ceño.
—Eso no responde nada.
—Lo sé —admitió—. Pero no todo puede explicarse de golpe.
Antes de que pudiera insistir, una voz femenina que sonó a lo lejos, interrumpió el momento.
—¡Mamá! ¡La comida está lista!
Lux se quedó completamente inmóvil.
Su cuerpo se tensó.
Sus ojos se abrieron de par en par.
El mundo parecía detenerse de nuevo… pero esta vez no era por emoción, sino por desconcierto.
—¿Mamá?
La palabra resonó distinta esta vez. Más baja. Más incrédula.
Lilian se sonrojó ligeramente.
Y eso fue todo lo que Lux necesitaba para entender que algo… no cuadraba.
—¿Qué…? —retrocedió un paso—. ¿Qué significa eso?
Lilian tomó aire, como si se preparara para una conversación que había evitado durante mucho tiempo.
Y entonces, con una suavidad que no lograba ocultar la magnitud de sus palabras, dijo:
—Lux… tienes una hermana.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Lux parpadeado.
Una vez.
Dos.
Como si su mente necesitara tiempo para procesar aquello.
—No… —negó lentamente—. No, eso no tiene sentido.
Su voz no era de enfado.
Era de pura confusión.
—Tú… tú moriste. Eso es lo que todos dijeron. Eso es lo que… —su voz se quebró de nuevo—… lo que me hicieron creer.
Lilian bajó la mirada un instante, cargando con el peso de aquella verdad.
—Tenía que hacerlo.
Luxió frunció el ceño, esta vez con una chispa de dolor mezclándose con algo más oscuro.
—Tenías que… ¿abandonarme?
La palabra quedó suspendida entre ellas.
Lilian levantó la vista de inmediato.
—Nunca te abandoné.
—¡Pero no estabas! —exclamó Lux, sin poder contenerse—. ¡Nunca estuviste!
El aire se tensó.
Por primera vez, la calma del lugar parecía agrietarse.
Lilian dio un paso hacia ella.
—Si me hubiera quedado… tú no estarías aquí ahora.
Lux se quedó en silencio.
—¿Qué…?
—Había fuerzas moviéndose en la oscuridad —continuó Lilian, más seria ahora—. Mucho antes de que nacieras. Y cuando supe lo que eras… lo que podrías llegar a ser… tuve que tomar una decisión.
Lux sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué decisión?
—Salvarte.
El corazón de Lux latió con fuerza.
—¿De qué?
Lilian no respondió de inmediato.
Sus ojos, por un breve instante, se ensombrecieron.
—De aquellos que te ven como una herramienta… y no como una persona.
Lux pensó en el Rey Eliseo.
En los brujos.
En la Orden.
En todo lo que había descubierto recientemente.
Y, por primera vez, comenzó a comprender que su historia… nunca había sido simple.
—Entonces… —murmuró—… ¿todo esto… todo lo que pasó…?
—Fue parte de algo mucho más grande —asintió Lilian—. Y aún no has visto ni la mitad.
El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo.
Era Denso.
Lleno de preguntas.
—Y mi…hermana? —preguntó finalmente Lux, con voz más baja.
Lilian sonoro de nuevo, aunque esta vez había algo distinto en su expresión. Algo… protector.
—Ella no sabe quién eres.
Lux sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque aún no está preparada.
—¿Y yo sí?
La pregunta salió casi sin pensar.
Lilian la observó con una mezcla de orgullo y tristeza.
—Tú no tuviste elección.
Aquello dolio más de lo que Lux esperaba.
Bajó la mirada, apretando los puños.
—Siempre es lo mismo… —susurró—. Todo el mundo decide por mí.
Lilian se acercó de nuevo, pero esta vez no la tocó.
—No más.
Lux alzó la vista.
—¿Qué?
—A partir de ahora… decides tú.
Las palabras fueron firmes.
Reales.
Y por primera vez, Lux sintió que alguien realmente confiaba en ella.
No en su poder.
No en su destino.
En ella.
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Os dejo en comentarios la imagen del reencuentro entre Lilian y Lux 🥰😉
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