Lux de Luna - Capítulo 120
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Capítulo 120: Compañeros destinados (Segunda parte)
—¡Ya está bien! Tú te vienes conmigo ahora mismo.
La voz de Oz retumbó con autoridad en la estancia, pero Mina, lejos de intimidarse, inclinó la cabeza con una sonrisa traviesa que desentonaba completamente con la tensión del momento.
—Oh, querido elfo… —replicó con descaro—. Para eso, primero tendrás que atraparme.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar, salió disparada.
No fue una huida torpe ni improvisada.
Fue rápida.
Demasiado rápida.
Lux parpadeó, sorprendida, viendo cómo su hermana cruzaba la habitación y desaparecía por la puerta en apenas un parpadeo.
—¡Jolín!
Oz maldijo entre dientes.
—¡No te quedes ahí mirando! Tenemos que encontrarla antes de que lo haga alguien más. Te dije que sería un problema y no me has querido escuchar… total ¿para qué? —resongaba Oz.
Lux reaccionó de inmediato y salió tras ella.
Pero en cuanto cruzó el umbral, se encontró con dos figuras que no esperaba.
Will y Sebastián.
Ambos estaban en el pasillo, alertas… confundidos.
—Para ¿dónde se fue? —preguntó Lux sin detenerse.
Will frunció el ceño.
—Mi Luna… pensamos que eras tú.
Sebastián no habló.
No podía.
Había algo que no encajaba.
Algo que lo había golpeado en cuanto aquel olor cruzó el pasillo.
Un aroma.
Sutil.
Pero imposible de ignorar.
Se parece…
Su mente intentaba ordenar la sensación, pero cuanto más lo hacía… más incómodo se sentía.
Es como el de Lux… pero no es igual…
Era más suave.
Más joven.
Más… inestable.
Sebastián tragó saliva, sin apartar la mirada del lugar por donde Mina había desaparecido.
—Lo que me ha dejado muy afectado… —pensó— es que su aroma… se parece al de Luna Lux.
Y aquello… no era normal.
Lux no tenía tiempo para explicaciones.
—Luego os cuento —dijo con urgencia—. Tenemos que encontrarla.
Will se levantó y salió corriendo.
Sebastián tardó un segundo más.
Un segundo en el que su instinto gritaba. Su bestia se lo estaba diciendo, pero él no lograba entenderlo.
—Encuéntrala.
Y eso lo asustó.
Pero aun así… obedeció.
En otro punto de la casa, el vínculo mental vibró con intensidad.
—Lux nos necesita —dijo Zeta de inmediato mientras dejaba los planos arriba de la mesa.
Conall suspiró, cruzndose de brazos.
—¿Cuánto ha tardado en meterse en problemas esta vez?
Zeta no pudo evitar una leve sonrisa.
—La pequeña hermana se ha escapado.
Conall alzó una ceja.
—Perfecto. Justo lo que faltaba. Una humana entre una jauría de lobos…
Se giró con decisión.
—Avisaré a los guardias.
Su expresión se endureció.
—No irá muy lejos.
Pero, en el fondo, algo le decía que eso no era del todo cierto.
La casa de la manada se convirtió en un hervidero silencioso.
Sombras moviéndose.
Pasos rápidos.
Miradas alerta.
Todos buscaban a Mina.
Todos… excepto ella.
Mina corría por los pasillos frios de la Fortaleza con una mezcla de pánico y emoción, como si estuviera protagonizando su propia película de ciencia ficción. Su respiración era irregular, pero no por cansancio… sino por la pura adrenalina que la recorría. No entendía cómo podía moverse así, cómo su cuerpo respondía con una agilidad que hasta hacía minutos creía imposible. Era como si un motor invisible se hubiera encendido dentro de ella.
Giró una esquina y luego otra, cada movimiento una coreografía improvisada al ritmo acelerado de sus latidos. El mundo parecía doblarse y estirarse frente a sus ojos, como una escena en cámara lenta y luego rápido replay. Los pasos detrás de ella resonaban como un tambor incansable, pero Mina sabía que no podía detenerse.
—¿Qué me está pasando…? —se preguntó con una sonrisa nerviosa mientras esquivaba un grupo de turistas que no tenían idea de que formaban parte de su búsqueda.
—Veras, cuando se lo cuente a la Maika, va a flipar pepinillos… —Mina hablaba sola mientras se reía.
Era como si alguien —o algo— hubiese activado un programa secreto en su cuerpo, transformándola en una versión turboalimentada de sí misma. Sus músculos respondían con precisión milimétrica, sus sentidos estaban en alerta máxima, y su mente saltaba de pensamiento en pensamiento como un rayo.
En un instante, se encontró frente a un pasillo oscuro y decidió esconderse tras unas columnas. Apenas respiraba, casi podía escuchar el eco de sus propios latidos. Ahí, entre sombras, se dio cuenta de que esto ya no era un simple juego de esconderse y buscar. Era una misión. Una aventura de esas que solo había leído en libros o visto en películas futuristas.
Los pasos se acercaban. Mina sentía la vibración del suelo bajo sus pies, como si cada paso tuviera un código secreto que sólo ella podía descifrar. De repente, todo su cuerpo se tensó y con un movimiento rápido y silencioso desapareció de ese rincón, corriendo hacia otro lado como si tuviera un mapa mental invisible.
Recordó entonces aquella frase mágica que le dijo su mejor amiga, Maika: “Si alguna vez te sientes atrapada, mira dentro de ti. Allí encontrarás la clave.”
Y, sin saber muy bien cómo, Mina empezó a creer que ella tenía razón.
De repente, la carrera la llevó hasta su destino final: la cocina.
Mina sonrió. Sabía que todos seguían buscándola, pero nadie podía imaginar lo que realmente estaba viviendo. La aventura apenas comenzaba y, por primera vez, se sentía viva como nunca antes.
Y ahí estaba ella, lista para enfrentar lo desconocido. Porque a veces, la verdadera aventura no está afuera, sino dentro de uno mismo.
Y Mina… Mina estaba lista para cualquier cosa.
Silencio.
Calma.
—Vale… —murmuró—. Piensa.
Se acercó con cautela.
Todo parecía… normal.
Demasiado normal.
Y entonces…
Su estómago rugió.
Mina se llevó una mano a la tripa.
—Genial…
Abrió la nevera.
Y su expresión cambió al instante.
—¿Pero qué…?
Carne.
Carne.
Más carne.
Frunció la nariz con desagrado.
—Soy lactoovovegetariana… ¿qué clase de sitio es este?
Se inclinó hacia atrás, como si aquello pudiera atacarla.
—Pobrecitos… —murmuró—. ¿Qué habrán hecho esos pollitos para acabar así?
— ¿Quieres un poco de leche?
La voz grave le susurró al oído.
Mina pegó un salto.
—¡Mierda!
Se giró de golpe.
Sebastián estaba allí.
Inmóvil.
Observándola.
Mina tragó saliva.
—Si no quieres que te encuentren… será mejor que no grites.
Mina lo miró, aún sobresaltada.
—¿Eres un… un… lobo?
Sebastián no apartó la mirada.
—Sí. La mayoría aquí lo somos.
Su tono era tranquilo.
Pero por dentro…
Nada estaba en calma.
El olor la envolvía.
Lo invadía.
Y su instinto… reaccionaba.
—Es ella.
No.
—No puede ser.
Había algo en la forma en que él la miraba… algo que no encajaba con la naturalidad de sus palabras. Como si cada frase estuviera cuidadosamente elegida para no asustarla… pero su cuerpo dijera todo lo contrario.
Sebastián no apartaba los ojos de ella.
Y eso empezaba a inquietarla de verdad.
—¿Te transformas en luna llena? —preguntó Mina, intentando parecer tranquila.
Sebastián negó levemente.
—Me transformo cuando es necesario.
La miró con una intensidad que hizo que Mina se removiera incómoda.
No era miedo.
Era algo distinto.
Algo difícil de nombrar.
Sebastián señaló el banco.
—Siéntate.
Mina dudó… pero obedeció.
Había algo en él que, a pesar de todo, no le resultaba amenazante.
Sebastián se movió con naturalidad.
Sacó un vaso.
Lo llenó de leche.
Y luego tomó unos panecillos.
—He oído que son la debilidad de Lux.
Mina sonrió levemente.
—Gracias… pero tengo que irme antes de que el elfo malhumorado me encuentre.
Sebastián apoyó el vaso frente a ella.
—Todos te están buscando.
Se inclinó un poco más cerca.
—¿Has hecho algo malo?
Mina negó.
—No.
Dudó un segundo.
—Soy la hermana de Lux.
El mundo de Sebastián… se detuvo.
—¿Qué?
Su expresión cambió por completo.
Su cuerpo se tensó.
—¿Otra sanadora?
Mina negó rápidamente.
—¡No! Yo no… soy humana.
Silencio.
Sebastián palideció.
—No puede ser.
Pero el olor…
El maldito olor…
Estaba ahí.
Y no mentía.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
Confusión.
Atracción.
Inquietud.
—Debo avisar que estás aquí…
—¿Y… es necesario ahora? —preguntó Mina, intentando mantener un tono ligero que no sentía.
Él tardó un segundo en responder.
Un segundo demasiado largo.
—No —dijo finalmente.
Pero no sonó convencido.
El silencio volvió a caer entre ambos, espeso, incómodo.
Mina dio un pequeño paso hacia atrás.
Instintivo.
Defensivo.
Sebastián lo notó.
Claro que lo notó.
Y algo dentro de él se tensó.
—No la asustes.—gruñó el lobo de Sebastián.
Pero su lobo no pensaba lo mismo.
—Es ella.
El pensamiento fue más claro esta vez.
Más firme.
Más peligroso.
Sebastián apretó la mandíbula.
—No deberías estar aquí —añadió, ahora con un matiz distinto en la voz—. Este lugar no es seguro para alguien como tú.
Mina frunció el ceño.
—¿Alguien como yo?
Él dudó.
Por primera vez desde que había aparecido frente a ella.
—Humana —corrigió, demasiado rápido.
Pero Mina no era tonta.
—Eso ha sonado a excusa.
Sus palabras lo atravesaron más de lo que esperaba.
Sebastián desvió la mirada un instante, pasando una mano por su nuca, visiblemente tenso.
El olor seguía ahí.
Más fuerte.
Más claro.
Y ahora… imposible de ignorar.
No era solo humano.
No.
Había algo más.
Algo que su lobo reconocía… pero que su mente se negaba a aceptar.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó, cambiando de tema bruscamente.
Mina dudó.
No sabía si debía confiar.
Pero tampoco tenía muchas opciones.
—Me perdí —mintió a medias—. Estaba siguiendo un pasillo y… aparecí aquí.
Sebastián la observó en silencio.
No le creyó.
Pero tampoco la presionó.
Aún no.
—Este territorio pertenece a una manada —explicó—. Y no todos reaccionarán como yo.
—¿Cómo tú? —replicó Mina, alzando ligeramente la barbilla.
Él esbozó una media sonrisa.
—Con paciencia.
Eso la hizo dudar.
Porque en esa sonrisa… había algo peligroso.
Algo que no tenía nada que ver con paciencia.
Mina volvió a dar otro pequeño paso atrás.
Y esta vez, Sebastián reaccionó.
—No corras.
La orden fue inmediata.
Instintiva.
Demasiado dominante.
Mina se quedó quieta.
—No iba a correr —respondió, aunque su pulso se había acelerado.
Sebastián respiró hondo, intentando recuperar el control.
—Si corres… otros te olerán.
Mina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y eso es malo?
Él volvió a mirarla.
Directo.
Intenso.
—Depende de quién te encuentre.
Y entonces ocurrió.
Por un instante…
apenas un segundo…
los ojos de Sebastián cambiaron.
Un destello dorado.
Salvaje.
Innegable.
Mina lo vio.
Y esta vez… no pudo disimular.
—Tus ojos…
Sebastián cerró los suyos con fuerza.
—Contrólate.
Cuando volvió a abrirlos, el color había desaparecido.
Pero ya era tarde.
Mina dio un paso atrás, esta vez más firme.
—Algo te ha pasado.
No era una pregunta.
Era una conclusión.
Y Sebastián lo supo.
El momento de fingir… se estaba acabando.
El aire entre ambos se volvió más pesado.
Más real.
Más peligroso.
—Y tú… —dijo él en voz baja, casi como un susurro— tampoco eres solo una humana.
El corazón de Mina dio un vuelco.
Porque, sin saber por qué…
una parte de ella…
sabía que tenía razón.
No era miedo.
Era algo distinto.
Algo difícil de nombrar.
Todo al mismo tiempo.
—Esto no tiene sentido…—gruñó Sebástian.
Y entonces…
—¡Aquí estabas!
La voz de Lux rompió el momento.
Mina se giró.
—Lo siento… pero no quiero irme aún.
Se cruzó de brazos.
—Dile a ese elfo que se vaya a la—
No terminó la frase.
Lux no la estaba mirando.
Estaba mirando a Sebastián.
Con atención.
Demasiada atención.
Lux dio un paso más cerca.
Inspiró profundamente.
Y lo sintió.
Sus ojos brillaron.
—Sebastián… ¿estás bien?
Él negó… y luego dudó.
—Sí… no…
Se llevó una mano al pecho.
—No lo sé.
Lux sonrió.
No una sonrisa alegre.
Una sonrisa… reveladora.
—Vaya… vaya…
Mina los miró a ambos, confundida.
—Lux… este lobo me mira raro.
Se inclinó un poco hacia atrás.
—No querrás comerme, ¿verdad?—le acusó a Sebástian con el dedo.
Lux soltó una carcajada suave.
—Me temo que sí, querida hermana.
Hizo una pausa.
Sus ojos brillaban con conocimiento.
—Pero no de la manera que imaginas.
El silencio cayó.
Y en ese silencio…
Algo cambió.
Para todos.
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Os dejo la imagen de Mina y Sebástian en la cocina, en los comentarios.
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