Lux de Luna - Capítulo 123
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Capítulo 123: Lo que no debía despertar
La casa de la manada no dormía.
Aunque el silencio dominaba los pasillos, había una tensión invisible que lo impregnaba todo, como si las paredes mismas eran conscientes de que algo se había quebrado… o peor aún, de que algo acababa de comenzar.
Nada estaba en su lugar.
Y Lux lo sabía.
Sebastián no había regresado.
No podía.
Se encontraba en los límites del bosque, caminando sin rumbo fijo, con la respiración pesada y el cuerpo en constante tensión.
Había intentado mantenerse lejos.
Lo estaba intentando.
Pero su mente… no obedecía.
Su instinto… mucho menos.
—No es real… —murmuró, pasándose una mano por el rostro—. No puede ser real.
Pero lo era.
Cada latido de su corazón lo confirmaba.
Cada vez que inhalaba… la buscaba.
Aunque ella no estuviera.
Aunque estuviera lejos.
Su olor seguía en él.
Y eso lo estaba volviendo loco.
Cerró los ojos con fuerza.
—Aléjate.
Pero en lugar de calma…
Llegó el dolor.
Un tirón invisible en el pecho.
Una presión que no era física… pero que dolía como si lo fuera.
Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas.
—¿Qué… demonios…?
Su lobo rugió dentro de él.
No con rabia.
Con necesidad.
Ella.
—No —gruñó—. No.
Pero su cuerpo temblaba.
Porque una parte de él…
No quería resistirse.
En la casa, Lux no estaba mejor.
Había dejado a Mina en una habitación, bajo la excusa de que necesitaba descansar.
Pero en realidad…
Necesitaba tiempo.
Tiempo para pensar.
Tiempo para evitar que todo se desmoronara.
—Esto no puede pasar… —murmuró para sí misma.
La puerta se abrió suavemente.
Oz apareció sin aviso previo.
—Lo sabía.
Lux no se giró.
—No empieces.
Oz suspiró.
—Has traído a una humana… a este reino… y no cualquier humana.
Lux cierra los ojos.
—Es mi hermana.
El silencio fue breve.
Pero cargado.
—Y ahora también es un problema —añadió Oz.
Lux se giró lentamente.
—No hables de ella así.
—No hablo de ella —respondió Oz con calma—. Hablo de lo que ha provocado.
Lux apretó los puños.
—No fue intencional.
—Pero ocurrió.
Silencio.
Pesado.
Doloroso.
Lux bajó la mirada.
—No debería haberla traído…
La confesión fue apenas un susurro.
Oz la observó.
Y por primera vez… suavizó el gesto.
—No lo sabías.
—Pero ahora sí.
Lux levantó la mirada.
Sus ojos brillaban.
—Y no sé cómo arreglarlo.
Oz se acercó.
—Lo haremos.
—¿Cómo?
—Hablando con Lilian.
Lux negó de inmediato.
—Mi madre me matará cuando se entere.
Oz soltó una leve risa.
—Probablemente.
Hizo una pausa.
—Pero es tu madre.
Lux respiró hondo.
—No quiero que Mina se vea envuelta en esto.
Su voz se quebró ligeramente.
—Ella no pertenece a este mundo.
Oz la miró con atención.
—¿Estás segura?
Lux dudó.
Y ese segundo… fue suficiente.
Mientras tanto, en la habitación, Mina no podía dormir.
Daba vueltas en la cama.
Inquieta.
Confundida.
Molesta.
—Esto es absurdo…
Se sentó de golpe.
—No quiero estar aquí encerrada. No he venido a dormir la siesta. He venido para vivir una aventura y no me iré hasta hacerlo.
Pero no era solo eso.
Había algo más.
Algo que no lograba explicar.
Se llevó una mano al pecho.
—Otra vez…
Esa sensación.
Esa presión.
Ese…
Dolor.
Pero no era suyo.
Frunció el ceño.
—¿Qué me pasa?
Cerró los ojos.
Y entonces lo sintió.
Con claridad.
No era su dolor.
Era… otro.
Más profundo.
Más salvaje.
Más…
Solo.
Mina abrió los ojos de golpe.
—No…
Se levantó.
—Esto no tiene sentido.
Pero sus pies ya se movían.
Sin pensar.
Sin decidirlo.
Como si algo…
La guiara.
En el bosque, Sebastián cayó de rodillas.
El dolor se intensificó de golpe.
Más fuerte que antes.
Más agudo.
—¡¿Qué está pasando?!
Su respiración se volvió errática.
Su visión… borrosa.
Pero entonces…
Lo sintió.
No solo el vínculo.
Algo más.
Una conexión distinta.
Como si…
Ella pudiera sentirlo.
—No…
Levantó la cabeza.
—No te acerques… pequeña humana problemática.
Pero ya era tarde.
Mina salió de la casa sin ser vista.
Caminó por los frondosos bosques helados del Norte.
Luego corrió.
Siguiendo algo que no podía ver… pero que sentía con total claridad.
—¿Dónde estás…?
Su voz fue apenas un susurro.
Pero el vínculo respondió.
Más fuerte.
Más claro.
Hasta que lo encontró.
Sebastián alzó la mirada.
Y la vio.
El mundo se detuvo.
—¡No…! ¡Debes alejarte de mí! ¡AHORA!
Intentó levantarse.
Pero no pudo.
—Vete, regresa a la casa.
Mina se acercó un paso.
—¿Qué te pasa? Pareces herido…
Su voz estaba cargada de preocupación.
Real.
Genuina.
Y eso…
Lo hizo peor.
—No deberías estar aquí.
—Te estaba buscando.
Silencio.
—No sé por qué… pero…
Se llevó una mano al pecho.
—Siento algo raro.
Sebastián cerró los ojos.
—No lo entiendes.
—Entonces explícamelo.—Mina le susurró, desarmándolo con cada letra que sus labios pronunciaban.
Él negó.
—No puedo.
Mina dio otro paso.
—Estás sufriendo.
—No es tu problema.
—Sí lo es.
Sus palabras lo hicieron abrir los ojos.
—¿Por qué?
Mina dudó.
—Porque… lo siento.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
—Tu dolor.
Sebastián quedó inmóvil.
—Eso no es posible.
Mina negó.
—No sé cómo… pero lo siento.
Se acercó más a él. Sebástian intentaba con todas sus fuerzas mantener a su lobo a raya.
—Y me duele. Siento que mi presencia te ha provocado lo que sea que te está pasando y no era mi intención lastimar a nadie…
Sebastián retrocedió instintivamente.
—No.
—¿Qué pasa?
—No te acerques más.
Su voz fue más dura ahora.
Más tensa.
—¿Por qué?
—Porque no tengo el control.
El aire se volvió pesado.
Mina lo miró fijamente.
—No me das miedo.
Error.
Error grave.
El lobo dentro de Sebastián reaccionó.
Su respiración se volvió más profunda.
Más peligrosa.
— Deberías.
Mina dio otro paso.
—No.
Y entonces…
Paso.
El control se rompió.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Sebastián se levantó de golpe.
En un movimiento rápido.
Instintivo.
Acortó la distancia entre ellos.
Demasiado rápido.
Demasiado cerca.
Pero no la tocó.
No podía.
No debía.
Sus ojos estaban fijos en los de ella.
Intensos.
Oscuros.
Llenos de algo que Mina no comprendía…
Pero que la hizo temblar.
— ¿Qué… te ocurre…? —susurró ella.
Sebastián no respondió.
Porque si hablaba…
Perdería el control del todo.
Pero su cuerpo…
Su respiración…
Su mirada…
Decían demasiado.
Mina tragó saliva.
Su corazón latía con fuerza.
—Esto no está bien…
Pero no se movía.
No podía.
Porque algo en su interior…
También respondería.
Sebastián apretó los dientes.
—Vete…
Pero su voz no sonó como una orden.
Sonó como una súplica.
Mina negó lentamente.
—No… hasta que me digas qué está pasando.
El silencio entre ellos era eléctrico.
Cargado.
Peligroso.
Y entonces…
—¡SEBASTIÁN!
La voz de Lux rompió el momento.
Ambos se separaron de golpe.
Lux apareció entre los árboles.
Furiosa.
—¿Qué estás haciendo?
Su mirada se clavó en él.
—Te lo advertí.
Sebastián bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No vuelvas a acercarte a ella.
Su tono fue frío.
Inquebrantable.
—¿Me oyes?
—Si.
—No fue él. He sido yo quien ha venido a buscarle.—respondió Mina, aun mas preocupada.
—Pues, muy mal hecho.
Lux tomó a Mina del brazo.
—Nos vamos.
—¡Espera! —protestó Mina—. Él está mal.
—No es asunto tuyo.
—Sí lo es.
Lux la miró con dureza.
—No.
Y en ese momento…
Tomó una decisión.
Una que cambiaría todo.
Guardaría el secreto. Había descubierto cual era el poder de su hermana. Ella no era solo humana, albergaba su parte de sanadora… pero no quería involucrarla en este mundo a punto de explotar para exponerla en una guerra que sangraría a todos.
No le diría nada.
Ni sobre Sebastián.
Ni sobre el vínculo.
Ni sobre su poder.
Porque Mina…
No debía formar parte de esto.
Aún no.
Más tarde, en la casa, el ambiente era tenso, pesado como una tormenta a punto de estallar. Conall y Zeta fijaban la mirada en Sebastián con una mezcla de reproche y preocupación que no dejaba espacio a la duda. El silencio se extendía entre ellos, como un abismo insondable.
—Has cruzado una línea —dijo Zeta finalmente, su voz firme pero cargada de tristeza.
Sebastián permaneció inmóvil, evitando responder. No había palabras que pudieran justificar lo ocurrido ni aliviar la culpa que le asfixiaba el pecho.
—Podrías haberle hecho daño —añadió Conall, con un tono que combinaba censura y petición.
—No lo hice —replicó Sebastián, apenas audible, pero sin convicción.
—Pero casi —insistió Conall, y en sus ojos se reflejaba el miedo genuino. —Fue un acto impulsivo, Sebastián. No podemos permitir que esa desesperación guíe tus acciones.
El silencio se volvió aún más opresivo.
—No puedo más… —susurró Sebastián, y fue la primera vez que admitía en voz alta la batalla interna que libraba.
Zeta exhaló profundamente.
—Entonces tendremos que encontrar una solución —dijo con gravedad—. Y rápido.
—La coronación se acerca —añadió Conall con urgencia—. Mina no puede estar aquí.
Las palabras cayeron como una sentencia inamovible. El temor a que Mina estuviera en peligro o comprometida se hacía insoportable.
Sebastián cerró los ojos con fuerza, luchando contra la tormenta emocional que lo invadía.
—Lo sé —confesó—. Pero saberlo… no lo hace más fácil.
Sabía que debía mantenerse alejado de Mina, aunque su corazón le gritara lo contrario. Como su compañero destinado, sentía un vínculo irrevocable con ella, una conexión profunda que trascendía cualquier regla impuesta por ese caótico destino. No podía reclamarla como suya, pero sí tenía la responsabilidad –y el poder– de impedir que fuerzas externas los separaran.
La situación era un laberinto sin salida clara. Nadie sabía con certeza qué camino tomar para proteger a Mina sin poner en riesgo todo lo que amaban. Mantenerla lejos era la medida más prudente, aunque dolorosa.
Zeta propuso entonces:
—Debemos establecer protocolos estrictos. Que Sebastián se mantenga alejado de Mina hasta que ella regrese al reino de los humanos. No es solo por seguridad física, sino emocional y política.
Conall asintió con pesar.
—Podríamos diseñar un sistema de vigilancia discreto para asegurar que nadie interfiera en su ausencia. Sebastián, podrías utilizar tus habilidades para protegerla desde la distancia, sin exponerte.
Sebastián alzó la mirada, todavía marcado por la incertidumbre.
—¿Y si Mina necesita algo? ¿Si está en peligro y yo no estoy cerca para ayudarla?
—Ahí es donde confiaras en nosotros —respondió Zeta—. En tu capacidad para avisarnos y en nuestra habilidad para actuar rápidamente.
El silencio regresó, esta vez no solo cargado de miedo sino también de una inesperada esperanza. La tormenta no había pasado, pero al menos habían trazado un plan, por frágil que fuera.
Sebastián sabía que la espera sería cruel y que la distancia entre él y Mina podría quebrar lo que los unía. Sin embargo, era un sacrificio necesario. En ese momento, más que nunca, comprendió que protegerla significaba, ante todo, respetar el equilibrio delicado entre ellos y el mundo que se avecinaba.
La corona estaba por caer sobre la cabeza de Lux, y con ella, una responsabilidad que ninguno estaba dispuesto a enfrentar solo. Unidos en medio del caos, buscarían la manera de salir adelante, sin certezas, pero con la determinación intacta.
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