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Lux de Luna - Capítulo 124

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Capítulo 124: La rebelión de las brujas

—¿Qué ha sido todo eso de recién? —preguntó Mina un poco aturdida.

—Nada de lo que tengas que preocuparte ahora. —contestó Lux, intentando mantener la calma.

—Hablaba muy en serio cuando te dije que quiero pasar tiempo aquí. Este lugar es lo más…

—Mina, tienes que regresar a tu casa, junto a mamá. Te prometo que volveremos a vernos.

—No, Lux. Tengo tantas cosas que preguntarte…

Lux se acercó y extendió sus brazos para recibir a su pequeña hermanita en un fuerte y cálido abrazo.

—Me alegra tanto de conocerte, Mina. Eres un ser muy especial.

—Tú también lo eres, Lux.

—Mina, tenemos que regresar. Es peligroso que te quedes aquí. Sé de lo que estoy hablando.

—¿No deberíamos esperar a tus gorilas?

—No hace falta. Te llevaré y volveré de inmediato. —sonrió Lux.

El regreso fue inmediato.

El mundo se plegó sobre sí mismo en un susurro invisible, y en apenas un latido, Lux y Mina ya no estaban en la Tierra de Lobos.

El aire cambió.

Más denso.

Más… humano.

Mina apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sus pies tocaron el suelo firme de su hogar. Todo parecía igual… y, sin embargo, nada lo era.

Pero lo que realmente la dejó sin aliento…

Fue verla.

—¿Te das cuenta en el peligro que ha puesto a tu hermana al llevártela a Tierra de Lobos?

La voz de Lilian no fue un grito.

Fue peor.

Fría.

Controlada.

Cargada de una autoridad que no admitía réplica.

Lux se quedó inmóvil.

Mina también.

Ambas, por primera vez desde que se habían conocido… se sintieron como niñas pequeñas.

—Ahí tienes a nuestra madre en pleno ataque de ira.—rió Mina con inocencia y algo de diversión en su rostro.

—Puedo explicarlo… —murmuró Lux.

—No hace falta.

Lilian avanzó un paso.

Sus ojos brillaban con una intensidad contenida.

—Lo he visto todo.

Mina frunció el fruncido.

—¿Todo? ¿Cómo?

Lilian no respondió de inmediato.

En su lugar, se dirigió hacia la cocina con movimientos precisos.

—Pondré agua a calentar.

Hizo una pausa.

—Hay mucho de qué hablar esta noche.

El silencio se extendió como una sombra.

Lux intercambió una mirada con Mina.

—Espera… —dijo, siguiéndola—. ¿Y tu familia humana?

Lilian habló sin girarse.

—Están durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Un sueño profundo.

Su tono fue casi indiferente.

—No despertarán hasta mañana.

Mina abrió los ojos de par en par.

—Mamá… ¿has congelado a papá?

Lilian soltó una pequeña exhalación.

—No, cariño.

Se giró finalmente.

—Esa es tu hermana.

Miró a Lux con una leve gravedad.

—Yo solo les di un relajante.

Lux bajó la mirada.

—Lo siento…

Y por primera vez…

Sonó realmente culpable.

—Solo quería conocerla… y verte.

El silencio que siguió fue distinto.

Más suave.

Más humano.

Lilian la observó.

Y durante un segundo…

No vio a la Luna del Norte.

Ni a la sanadora.

Ni al ser poderoso en el que se había convertido.

Vio a su hija.

—Lo sé.

Pero el momento duró poco.

—Será mejor que vayas a por tus protectores.

Su tono volvió a endurecerse.

—Antes de que incendien la fortaleza al darse cuenta de que ha desaparecido otra vez.

Lux avanzando, dejando escapar una pequeña sonrisa.

—Regreso enseguida.

Y desapareció.

El silencio que quedó… fue incómodo.

Mina miró a su madre.

—Mamá, tenemos que hablar.

Se cruzó de brazos.

—Creo que ya es hora de que alguien me explique qué está pasando.

Lilian no respondió de inmediato.

Se apoyó ligeramente en la encimera.

Observándola.

Analizándola.

Como si intentara ver más allá de lo evidente.

—Siéntate.

Mina obedeció, aunque con cierta resistencia.

—Esto no me gusta…

—Lo sé.

Lilian colocó una taza frente a ella.

—Pero es necesario.

Mina suspiró.

—Empieza por algo sencillo.

Hizo una pausa.

—¿Los hombres lobo existen de verdad?

Lilian esbozó una leve sonrisa.

—Si.

Mina lentamente.

—Ok…

Miró sus manos.

—Eso explica muchas cosas.

Silencio.

—¿Y Lux? ¿Ella es especial?

—Sí, lo es.

Mina levantó la mirada.

—Eso ya lo imaginaba.

Hizo una pausa.

—Pero hay algo más.

Se llevó una mano al pecho.

—Allí… sentí cosas raras.

Lilian se tensó ligeramente.

—¿Qué tipo de cosas?

Mina dudó.

—No sé explicarlo.

Frunció el ceño.

—Era como… si no fuera solo yo.

El aire se volvió más pesado.

—Como si pudiera sentir…

Cerró los ojos un segundo.

—A alguien más.

Lilian no dijo nada.

Pero su atención se agudizó.

—¿A quién?

Mina abrió los ojos.

—A él.

No necesitó decir su nombre.

—Ese chico… Sebastián.

El silencio se rompió por dentro.

Pero no por fuera.

—Sentía su dolor —continuó—. Como si fuera mío.

Lilian se incorporó lentamente.

—Eso no es posible…

Pero en su mente…

Sabía que sí lo era.

Mina la miró.

—Eso mismo dijo Lux.

Se volteó hacia adelante.

—Pero es real.

Hizo una pausa.

—Y no es lo único.

Lilian frunció el fruncido.

—¿Qué más?

Mina dudó.

—Esto va a sonar raro.

—Dilo.

—Cuando estábamos en ese sitio…

Respiró hondo.

—Podía… escuchar cosas.

—¿Qué cosas?

—Animales. Aunque aquí también me ocurre y sabes que papá dice que estoy loca.

El silencio fue absoluto.

—Los escucho pero no con los oídos.

Se tocó la sien.

—Aquí.

—¿Qué decían?

Mina tragó saliva.

—No eran palabras… exactamente.

Frunció el ceño, buscando la forma de explicarlo.

—Eran… emociones.

Imágenes.

Sensaciones.

Miró a su madre.

—Sabía lo que sentían.

Lilian quedó completamente inmóvil.

—Y había uno…

Mina cierra los ojos.

—Uno muy fuerte.

Su voz bajó.

—Dolía.

Se llevó la mano al pecho otra vez.

—Mucho.

Los ojos de Lilian se oscurecieron.

—El lobo…

Mina abrió los ojos.

—Si.

El aire se volvió denso.

—Era el suyo —susurró—. ¿Verdad?

Lilian no respondió.

Pero no hacía falta.

Porque en ese instante…

Todo encajó.

En ese momento, Lux regresó.

Apareció en medio de la estancia, ligeramente agitada junto con Conall y Zeta.

—Ya estamos aquí.

Pero se detuvo al notar la tensión.

—¿Qué pasa?

Miró a Mina.

Luego a su madre.

—¿Qué ha ocurrido?

Lilian no apartó la mirada de Mina.

—Tu hermana me está contando su experiencia en Tierra de Lobos.

Hizo una pausa.

—Ella dice que puede sentir las emociones de los animales, por ende, se siente conectada a los lobos.

El corazón de Lux se detuvo un segundo.

—Se comunica con los animales.—pensó, confirmando sus sospechas.

El silencio fue brutal.

Lux miró a Mina.

Luego a Lilian.

¿Cómo podría si es humana?

Pero sí.

Todo tenía sentido.

El vínculo.

La conexión.

La intensidad.

—Por eso lo sentía…—Murmuró para sí misma.

Mina las miraba a ambas.

— ¿Podéis dejar de mirarse tan intensamente como si yo no estuviera?

Lux reaccionó.

—Mina…

—¿Podemos dejar esto para después? Creo que aun no nos hemos presentado adecuadamente a nuestra suegra.—dijo Conall intentando aliviar la tensión que se estaba gestando.

——————————-

En lo más profundo de un lugar olvidado —un rincón del mundo donde ni el tiempo ni la vida se atrevían a avanzar— dos figuras se encontraron bajo un cielo inexistente, envuelto en una penumbra espesa como tinta derramada.

El suelo, negro y agrietado, parecía latir débilmente, como si algo antiguo aún viviera bajo su superficie.

Liz fue la primera en aparecer.

Su silueta se materializó entre sombras, formando lentamente su cuerpo hasta volverse tangible. No era un bruja común. Sus ojos brillaban con un leve destello violáceo, reflejo de años sirviendo a fuerzas que ningún mortal debería siquiera nombrar.

Avanzó unos pasos.

Y se detuvo.

Porque ella ya estaba allí.

No había llegado.

Nunca lo hacía.

Simplemente… era.

—Mystra… —susurró, inclinando la cabeza y luego el cuerpo entero en una reverencia profunda—. Aquí estoy.

Durante unos segundos… nada ocurrió.

El silencio se estiró.

Se volvió incómodo.

Pesado.

Hasta que la oscuridad misma pareció contraerse… y tomar forma.

Primero fue un susurro.

Luego un aliento.

Después… unos ojos.

Dos abismos brillantes, flotando en la nada.

—Liz… —la voz no sonó en el aire—. Resonó dentro de él—. Al fin has venido a verme.

Liz mantuvo la cabeza inclinada.

No por respeto.

Por supervivencia.

—Las cosas no están saliendo como lo planeamos, mi Diosa.

Un murmullo recorrió el entorno.

Como si la propia realidad temblara ante sus palabras.

—Lo sé.

La forma de Mystra comenzó a definirse lentamente, como si la oscuridad se resistiera a contenerla por completo. Su silueta era inestable, fragmentada… incompleta.

Y eso la enfurecía.

—He percibido… algo.

Liz alzó levemente la mirada.

—¿Algo?

—Poder.

La palabra vibró con intensidad.

—Oscuro… pero contenido.

Sus ojos se afilaron.

—Entre los cambiaformas.

Liz frunció el ceño.

—Hay demasiada conexión con el Reino Sagrado últimamente.

—Demasiada luz… —susurró Mystra con desagrado—. Demasiada pureza.

La sombra a su alrededor se agitó.

—Eso… debe romperse.

Liz asintió.

—Estamos movilizando a los brujos renegados y La Orden sigue a fiel a tu causa.

—¿Están cumpliendo su función?

Hubo un breve silencio.

—Están intentando reunir las piedras rúnicas.

El ambiente se tensó.

—Intentando… —repitió Mystra lentamente.

Su voz descendió.

Más fría.

Más peligrosa.

—No es suficiente.

La oscuridad estalló alrededor de ella, como una llamarada silenciosa.

—¡Más, Liz!

El suelo vibró.

—¡Necesitamos más!

Liz apretó los dientes.

—Estamos haciendo todo lo posible—

—No.

Mystra avanzó.

O al menos… pareció hacerlo.

Porque su forma nunca tocaba realmente el suelo.

—No estás entendiendo.

Sus ojos brillaron con una intensidad casi insoportable.

—Nada de esto importa… si no conseguimos la obsidiana.

El nombre resonó como un eco antiguo.

Prohibido.

Peligroso.

Liz bajó la mirada.

—Esa piedra lleva siglos perdida.

—¡Mentira!

La palabra fue un golpe.

El aire se comprimió.

—No está perdida.

Su voz se volvió más baja.

Más íntima.

Más aterradora.

—Está… escondida.

Liz dudó.

—¿Y cómo puedes saberlo?

Silencio.

Y luego…

—Porque la siento.

La confesión fue un susurro… cargado de obsesión.

—Cada día.

—Cada noche.

La oscuridad a su alrededor comenzó a latir.

—Más cerca.

Liz levantó lentamente la mirada.

Y por primera vez… vio algo que no esperaba.

Desesperación.

—Pero eso solo puede ocurrir si…

Tragó saliva.

—La sanadora elegida ha aparecido.

Los ojos de Mystra se ensancharon ligeramente.

—Efectivamente.

Una sonrisa oscura se dibujó en su forma inestable.

—Ya está aquí.

El silencio se volvió denso.

—Entre nosotros.

Liz sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Entonces…

Dudó.

—¿Debemos capturarla?

Mystra negó lentamente.

—No.

Su sonrisa se ensanchó.

—No hará falta.

Se inclinó levemente hacia él.

—Ella vendrá derecho hacia mí.

Liz frunció el ceño.

—¿Por qué lo haría?

La respuesta fue… inquietante.

—Porque su propia oscuridad… la traerá.

El aire se congeló.

—Todos la tienen, Liz.

Su voz se volvió casi… seductora.

—Incluso los más puros.

Hizo una pausa.

—Especialmente los más puros.

Liz guardó silencio.

—Y cuando lo haga…

La oscuridad vibró con anticipación.

—Será mía.

Sus ojos brillaron con una intensidad casi divina.

—Su cuerpo…

—Su alma…

—Su poder…

La palabra final fue un susurro reverente.

—Mi recipiente.

Liz sintió que el mundo se inclinaba.

—Entonces… la profecía es real.

Mystra no respondió de inmediato.

Pero su silencio… lo confirmó todo.

—El envase ya ha sido elegido.

Su voz descendió hasta convertirse en un eco profundo.

—Y yace entre nosotros.

Liz apretó los puños.

—¿Quién es?

Una pausa.

Larga.

Tensa.

—Aún no lo ves…

Mystra se desvaneció parcialmente.

Como si algo la debilitara.

—Pero pronto… lo harás.

Liz dio un paso adelante.

—Mi Diosa… ¿y el Rey Eliseo?

La reacción fue inmediata.

La oscuridad se agitó con violencia.

—Él…

Su voz cambió.

Más profunda.

Más cargada.

—Será la llave.

Liz frunció el ceño.

—¿La llave?

—Su oscuridad… la que habita dentro de él y yo supe alimentar.

El suelo volvió a latir.

—Abrirá el portal.

Un susurro atravesó el espacio.

—El inframundo.

Liz contuvo la respiración.

—Y entonces…

Mystra alzó la mirada hacia el vacío.

—Regresaré.

La palabra no fue una promesa.

Fue una certeza.

—Esta vez…

La oscuridad se expandió.

—Nada me detendrá.

Sus ojos brillaron con un hambre antiguo.

—Ni la luz.

—Ni los dioses.

—Ni la vida misma.

El silencio que siguió… fue aterrador.

Liz volvió a inclinarse.

—¿Qué debo hacer?

Mystra lo observó.

—Encuentra la obsidiana.

Cada palabra fue un mandato.

—Mata si es necesario.

—Traiciona si es necesario.

—Destruye si es necesario.

Su voz descendió una última vez.

—Pero tráemela.

Liz alzó la mirada.

—¿Y la sanadora?

Mystra sonrió.

Una sonrisa que no tenía nada de humano.

—Déjala…

Su forma comenzó a desvanecerse.

—El destino… ya la está guiando hacia mí.

El espacio volvió a oscurecerse por completo.

El latido cesó.

El aire se volvió inerte.

Y Liz…

Se quedó sola.

Pero esta vez…

No se sintió poderosa.

Se sintió pequeña.

Porque había visto algo que ningún ser debería ver jamás.

El hambre de un dios caído.

Y la certeza…

De que estaba despertando.

El aire en la casa de Lilian se volvió denso desde el mismo instante en que Lux regresó.

No lo hizo sola.

Conall y Zeta aparecieron junto a ella, tensos, alertas… peligrosamente cerca de perder el control.

Habían estado a punto de hacerlo, cuando descubrieron que Lux no estaba en la casa de la manada.

Estuvieron a punto de perder el control y de quemarlo todo.

De destruir la manada entera si era necesario.

Y ahora, estaban allí.

Frente a Lilian.

Observados.

Medidos.

Juzgados.

—Mamá… —dijo Lux con suavidad, aunque su voz traicionaba el nerviosismo—. Ellos son mis protectores. Conall y Zeta.

Zeta dio un paso al frente, inclinando ligeramente la cabeza.

—Encantado de conocerte, Lilian.

Conall, en cambio, apenas hizo un gesto.

—Hola.

Lilian no sonrió.

No había calidez en su mirada.

Solo análisis.

—Me gustaría estar feliz con este encuentro… —dijo finalmente—, pero os mentiría si dijera que lo estoy.

El silencio cayó como una piedra.

Lux tragó saliva.

—Mamá…

—Este reino es peligroso.

Su tono no admitía discusión.

—Para cualquier ser sobrenatural.

Su mirada se endureció.

—Y aún más… si tiene poder.

Paseó los ojos por los tres.

—Ninguno de vosotros debería estar aquí.

—Yo quiero saber qué poderes tenéis —intervino Mina con curiosidad, rompiendo la tensión como si no existiera.

Zeta respondió con honestidad.

—Aún no lo sabemos. Nuestro vínculo acaba de consolidarse.

Lilian los observó detenidamente.

—Ya veo…

Pero no parecía tranquila.

En absoluto.

Mina no se detuvo.

—Mamá, necesito respuestas.

Se volteó hacia adelante.

—¿Por qué dejaste el Reino Sagrado? ¿Por qué abandonaste al padre de Lux?¿Papá sabe que eres una especie de ser poderoso?

Aquellas preguntas…

Cortaron el aire.

Lilian bajó la mirada un instante.

Y cuando volvió a alzarla…

Había algo roto en ella.

—He sacrificado toda mi vida… para salvar los a los tres reinos.

No hubo más explicación.

No todavía.

Pero fue suficiente para que el silencio volviera.

Pesado.

Incómodo.

Hasta que Conall habló.

—Marcus quiere hablar contigo.

El ambiente cambió de inmediato.

Lux se tensó.

Zeta también.

—Conall… —susurró Lux—. Dijiste que podías controlarlo.

Él exhaló con cierta ironía.

—Claro.

Se encogió de hombros.

—¿Por qué crees que no bebo alcohol?

Lilian lo observó con intensidad.

Y entonces lo entendió.

—Así que eres tú… el envase de Marcus.

Conall sostuvo su mirada.

—Así es.

El gesto de Lilian se endureció.

—No sabes a lo que te has condenado.

—Algo voy entendiendo.

Conall hizo una pausa.

— ¿Vas a hablar con él o no?

—¿Quién es Marcus? —preguntó Mina, completamente fuera de lugar en aquella conversación.

Lilian dudó.

Y esa duda lo decía todo.

—Mina…

—No, no me ocultes cosas.

Su tono fue firme.

Más adulto de lo que debería.

—Después de todo esto… no puedes tratarme como si no entendiera.

Lilian cerró los ojos un instante.

—Prefiero que no lo sepas.

Abrió los ojos.

—Prefiero que tengas una vida humana lejos de todo esto.

Se suavizó.

—Vete a descansar.

—Ni loca.

Lux intervino.

—Mina… mamá tiene razón.

Se acercó a ella.

—Esto ya es difícil para nosotros.

Le tomó la mano.

—Imagínate para ti.

Mina resopló.

Pero cedió… a medias.

—¿Me prometes venir antes de irte?

Lux sonrío.

—Te lo prometo.

—Más te vale.

Mina se giró, pero no sin antes lanzar una última mirada.

—Primera puerta a la derecha.

Sonrió con picardía.

—No te equivoques otra vez y petrifiques a Ethan.

Su risa llenó el ambiente.

Pero no fue compartida.

—¿Ethan es un macho adulto? —preguntó Conall, tensándose visiblemente.

—Tiene barba y coche —respondió Mina con naturalidad—. Así que sí.

La vena del cuello de Conall se marcó peligrosamente.

Zeta lo miró de reojo.

—Tranquilo…

—Vete a dormir, preciosa —intervino Lilian con firmeza.

Y esta vez… Mina obedeció.

Cuando se quedaron solos, la atmósfera se tornó densa, como si el aire mismo contuviera secretos largamente ocultos a los que apenas ahora podían acercarse. La verdadera conversación comenzó, dejando atrás las formalidades y las evasivas que habían marcado sus encuentros anteriores.

—Lux… —la voz de Lilian adquirió una gravedad inusitada, cargada de años de silencio—. Te pedí que no vinieras.

Lux mantuvo la mirada firme, aunque su interior era un torbellino de emociones contenidas.

—Necesito respuestas —replicó con determinación, consciente de que aquel era el momento para desenterrar verdades dolorosas.

—Necesitas paciencia —contestó Lilian con voz seca, casi imperceptible, mientras un hilo de resignación se filtraba en sus palabras—. Se avecina una guerra.

El silencio que siguió fue pesado, casi tangible. Ambas mujeres comprendían la magnitud de lo que se avecinaba, una tormenta que prometía arrasar todo a su paso.

—Lo sé —murmuró Lux, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y resolución.

Lilian suspir profundamente, como si intentara expulsar un último que había llevado durante demasiado tiempo.

—Pensaba volver contigo… pero… —su voz se quebró ligeramente—. Han pasado demasiados años.

La mirada de Lilian se perdió momentáneamente en el vacío, como si buscara fuerzas en un pasado que se resistía a dejarla ir.

—Papá está en el Reino Sagrado —añadió Lux con suavidad, intentando ofrecer un ancla en medio de aquella tormenta emocional—. Te espera.

Esas palabras parecieron atravesar a Lilian con la fuerza de un puñal invisible. Por un instante, su fachada severa se resquebrajó, dejando entrever la vulnerabilidad oculta tras años de distancia.

—¿Cómo está? —logró preguntar, la voz casi un susurro.

—Desesperado por saber lo que ha ocurrido contigo —replicó Lux, y en ese instante la culpa se hizo patente en los ojos de Lilian—. Mamá… necesito saber más.

—Y yo necesito tiempo —respondió Lilian con franqueza, consciente de que la verdad no era una botella que pudiera destaparse apresuradamente, sino un vino añejo que requería paciencia para ser plenamente apreciado.

En ese momento, Zeta intervino con una voz firme que interrumpió la tensión creciente.

—Nos estamos preparando para lo que viene —dijo con seriedad—. Sabe lo que hará mi padre cuando confirme quién es Lux.

Lilian esbozó una sonrisa amarga, una mezcla de aceptación y desafío.

—El destino… siempre jugando conmigo de formas implacables —murmuró, sus ojos posándose en Zeta con una intensidad que desnudaba una historia tejida por redes invisibles.

—El hijo de Eliseo… protegiendo a mi hija —continuó, como si pronunciar esas palabras sellara un pacto silencioso entre ellos.

—Tiene gracia… y tú, Conall, no tienes desperdicio albergando al ser más oscuro que conozco que no dudaría ni un segundo en utilizar a mi pequeña para vengarse de mí.

Lilian tuvo que sentarse. La situación la desbordó por completo.

¿En qué momento se había enredado todo de esa manera?

La conversación continuó, cada palabra cargada de significado y de un pasado que se negaba a permanecer enterrado. En aquel espacio reducido donde el tiempo parecía detenerse, se revelaban no solo secretos sino también las heridas abiertas, las esperanzas y los temores de quienes debían enfrentar un futuro incierto.

El peso de las decisiones tomadas años atrás se hacía sentir con fuerza, y sin embargo, la determinación de encarar lo que estaba por venir brillaba con una luz inquebrantable. Porque en medio de la amenaza de la guerra, y de las complejas redes familiares, la necesidad de comprensión y reconciliación se erigía como el faro que podría guiarlos a través de la oscuridad.

Así, entre confesiones y silencios, entre miradas que hablaban más que las palabras mismas, se forjaba la frágil alianza capaz de sostenerlos ante la tormenta que se aproximaba. La verdadera conversación, aquella que había estado postergada por años, finalmente había comenzado.

—¿Nos ayudarás? —preguntó Conall.

Lux dio un paso al frente.

—Mamá… ¿cuáles son tus poderes?

Lilian respondió sin rodeos.

—Visiones.

—Proyección astral.

—Y nada más.

Lux frunció el fruncido.

—¿Y la obsidiana?

El nombre cambió el ambiente.

De inmediato.

—Esa piedra…

La voz de Lilian se volvió más baja.

—No es solo una reliquia.

Se acercó lentamente.

—Es un fragmento de poder primigenio. Algo que debe permanecer a buen recaudo.

Sus ojos se oscurecieron.

—Con ella…

—¿Puedes recuperar tus poderes?—interrumpió Lux.

Silencio.

—Para eso, necesito a mis protectores.

A los dos.

El significado cayó como una piedra en un vaso de agua.

Conall habló.

—Marcus insiste en hablar contigo.

Lilian negó.

—Él no me ayudará.

Su voz tembló apenas.

—Me odia.

—¿Segura? —replicó Conall—. ¿No te amaba?

Zeta intervino.

—No perdemos nada por intentarlo.

Lilian dudó.

—Esto no terminará bien.

Lux habló en voz baja.

—Ya nada está bien.

Lilian la miró.

Y entendió algo más.

Celos.

Se acercó y tomó su mano.

—Nunca haré nada que te hiera. Conall es tu protector, no dejaré que Marcus lo tenga.

Lux asintió… pero no del todo convencida.

Entonces ocurrió.

Conall se tensó. El dolor en su cabeza se hizo evidente.

Su respiración cambió.

—No… —murmuró Zeta—. Ahora no creo que sea…

Los ojos de Conall se tornaron rojos.

—¡Lux! —alertó Zeta.

—Mamá…

—Ya lo veo.

El aire se volvió pesado.

Oscuro.

Y entonces…

—Por fin…

La voz no era de Conall.

Era más profunda.

Más antigua.

—Este Alfa gruñón me deja salir.

—Marcus… —susurró Lilian.

Pero no veía a Conall.

Lo veía a él.

—Hola, Lilian.

Su sonrisa era peligrosa.

—Cuánto tiempo.

Lux dio un paso adelante.

—Ni se te ocurra hacerle daño a mi madre o ya sabes de lo que soy capaz.

Marcus la miró con diversión.

—Y ¿qué harás? ¿Intentarás ahogarme de nuevo?

Se inclinó ligeramente.

—Al final, terminarás matando a tu amado Alfa, pequeña antorcha.

Lux no respondió.

Pero el fuego chisporroteó a su alrededor y Zeta se alarmó un poco. No era el momento para que su princesa tuviera un ataque de ira y se incendiara la casa.

—Marcus, yo que tú, no la provocaría.—alertó Zeta.

—Solo quiero hablar.—continuó Marcus, calmado.

Lilian asintió levemente con su cabeza.

—Sabía que este momento llegaría.

Marcus se acercó un poco más.

—¿Puedo?

Lux se interpuso.

—Ni un paso más.

Zeta la sujetó.

—Lux… déjale.

Marcus suspiró.

—No he venido a hacer daño.

Miró a Lilian.

—Si quisiera… ya lo habría hecho.

—Entonces habla.

—Busco a alguien.

—¿A quién?

Una sonrisa lenta pero peligrosa, cargada de emociones guardadas durante mucho tiempo.

—A tu padre.

El silencio fue absoluto.

—El Rey Lucius… —susurró Lux.

—Nadie sabe dónde está —dijo Lilian.—Posiblemente esté muerto…

—Eso no es cierto. Yo sé dónde está y no es una tumba precisamente.

—¿Insinúas que no ha muerto? —preguntó Lux, totalmente incrédula.

Los ojos de Marcus brillaron.

—Y sé algo más.

Se disuade.

—La obsidiana ha despertado. Ha regresado a ti.

El aire se congeló. Lilian se extremeció.

—¿Qué…?—preguntó Lux.

—La siento.

Su voz se volvió más oscura.

—Y ella también puede sentirla, Lilian.

Lux se tensó.

—¿Quién?

Marcus sonrió.

—Supongo que has oído hablar de Mystra.—Marcus se dirigió a Lux.

—La diosa de la magia oscura.—confirmó Lux.

—Eso no puede ser, Marcus. He tenido mucho cuidado al…—Lilian se detuvo ante una revelación.

—La elegida.—concluyó Marcus.

Lilian dio un paso atrás.

—No… ella no puede ser…

—Sí. Y la ha desperado.

El tono fue firme.

—Ahora Mystra la está buscando.

El nombre cayó como una maldición.

—Y cuando encuentre la obsidiana…

Su voz descendió.

—Regresará.

El silencio fue aterrador.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Lilian.—¿Por qué nos cuentas todo esto?

Marcus la miró fijamente.

—Yo te quiero a ti.

La tensión explotó.

—No. Eso ni hablar.

—Si. Me necesitas para despertar tus poderes, Lilian.

Se acercó más.

—Y yo…

Marcus se detuvo un segundo para pensar en las siguientes palabras.

—Yo te quiero, mi sanadora.

El mundo se detuvo.

Lux abrió los ojos por la revelación.

Marcus no hizo todo lo que hizo para vengarse de su madre, lo hizo para volver con ella porque la quería.

Lilian no respondió.

Pero su silencio…

Lo confirmó todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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