Lux de Luna - Capítulo 125
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Capítulo 125: Marcus quiere a Lilian
El aire en la casa de Lilian se volvió denso desde el mismo instante en que Lux regresó.
No lo hizo sola.
Conall y Zeta aparecieron junto a ella, tensos, alertas… peligrosamente cerca de perder el control.
Habían estado a punto de hacerlo, cuando descubrieron que Lux no estaba en la casa de la manada.
Estuvieron a punto de perder el control y de quemarlo todo.
De destruir la manada entera si era necesario.
Y ahora, estaban allí.
Frente a Lilian.
Observados.
Medidos.
Juzgados.
—Mamá… —dijo Lux con suavidad, aunque su voz traicionaba el nerviosismo—. Ellos son mis protectores. Conall y Zeta.
Zeta dio un paso al frente, inclinando ligeramente la cabeza.
—Encantado de conocerte, Lilian.
Conall, en cambio, apenas hizo un gesto.
—Hola.
Lilian no sonrió.
No había calidez en su mirada.
Solo análisis.
—Me gustaría estar feliz con este encuentro… —dijo finalmente—, pero os mentiría si dijera que lo estoy.
El silencio cayó como una piedra.
Lux tragó saliva.
—Mamá…
—Este reino es peligroso.
Su tono no admitía discusión.
—Para cualquier ser sobrenatural.
Su mirada se endureció.
—Y aún más… si tiene poder.
Paseó los ojos por los tres.
—Ninguno de vosotros debería estar aquí.
—Yo quiero saber qué poderes tenéis —intervino Mina con curiosidad, rompiendo la tensión como si no existiera.
Zeta respondió con honestidad.
—Aún no lo sabemos. Nuestro vínculo acaba de consolidarse.
Lilian los observó detenidamente.
—Ya veo…
Pero no parecía tranquila.
En absoluto.
Mina no se detuvo.
—Mamá, necesito respuestas.
Se volteó hacia adelante.
—¿Por qué dejaste el Reino Sagrado? ¿Por qué abandonaste al padre de Lux?¿Papá sabe que eres una especie de ser poderoso?
Aquellas preguntas…
Cortaron el aire.
Lilian bajó la mirada un instante.
Y cuando volvió a alzarla…
Había algo roto en ella.
—He sacrificado toda mi vida… para salvar los a los tres reinos.
No hubo más explicación.
No todavía.
Pero fue suficiente para que el silencio volviera.
Pesado.
Incómodo.
Hasta que Conall habló.
—Marcus quiere hablar contigo.
El ambiente cambió de inmediato.
Lux se tensó.
Zeta también.
—Conall… —susurró Lux—. Dijiste que podías controlarlo.
Él exhaló con cierta ironía.
—Claro.
Se encogió de hombros.
—¿Por qué crees que no bebo alcohol?
Lilian lo observó con intensidad.
Y entonces lo entendió.
—Así que eres tú… el envase de Marcus.
Conall sostuvo su mirada.
—Así es.
El gesto de Lilian se endureció.
—No sabes a lo que te has condenado.
—Algo voy entendiendo.
Conall hizo una pausa.
— ¿Vas a hablar con él o no?
—¿Quién es Marcus? —preguntó Mina, completamente fuera de lugar en aquella conversación.
Lilian dudó.
Y esa duda lo decía todo.
—Mina…
—No, no me ocultes cosas.
Su tono fue firme.
Más adulto de lo que debería.
—Después de todo esto… no puedes tratarme como si no entendiera.
Lilian cerró los ojos un instante.
—Prefiero que no lo sepas.
Abrió los ojos.
—Prefiero que tengas una vida humana lejos de todo esto.
Se suavizó.
—Vete a descansar.
—Ni loca.
Lux intervino.
—Mina… mamá tiene razón.
Se acercó a ella.
—Esto ya es difícil para nosotros.
Le tomó la mano.
—Imagínate para ti.
Mina resopló.
Pero cedió… a medias.
—¿Me prometes venir antes de irte?
Lux sonrío.
—Te lo prometo.
—Más te vale.
Mina se giró, pero no sin antes lanzar una última mirada.
—Primera puerta a la derecha.
Sonrió con picardía.
—No te equivoques otra vez y petrifiques a Ethan.
Su risa llenó el ambiente.
Pero no fue compartida.
—¿Ethan es un macho adulto? —preguntó Conall, tensándose visiblemente.
—Tiene barba y coche —respondió Mina con naturalidad—. Así que sí.
La vena del cuello de Conall se marcó peligrosamente.
Zeta lo miró de reojo.
—Tranquilo…
—Vete a dormir, preciosa —intervino Lilian con firmeza.
Y esta vez… Mina obedeció.
Cuando se quedaron solos, la atmósfera se tornó densa, como si el aire mismo contuviera secretos largamente ocultos a los que apenas ahora podían acercarse. La verdadera conversación comenzó, dejando atrás las formalidades y las evasivas que habían marcado sus encuentros anteriores.
—Lux… —la voz de Lilian adquirió una gravedad inusitada, cargada de años de silencio—. Te pedí que no vinieras.
Lux mantuvo la mirada firme, aunque su interior era un torbellino de emociones contenidas.
—Necesito respuestas —replicó con determinación, consciente de que aquel era el momento para desenterrar verdades dolorosas.
—Necesitas paciencia —contestó Lilian con voz seca, casi imperceptible, mientras un hilo de resignación se filtraba en sus palabras—. Se avecina una guerra.
El silencio que siguió fue pesado, casi tangible. Ambas mujeres comprendían la magnitud de lo que se avecinaba, una tormenta que prometía arrasar todo a su paso.
—Lo sé —murmuró Lux, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y resolución.
Lilian suspir profundamente, como si intentara expulsar un último que había llevado durante demasiado tiempo.
—Pensaba volver contigo… pero… —su voz se quebró ligeramente—. Han pasado demasiados años.
La mirada de Lilian se perdió momentáneamente en el vacío, como si buscara fuerzas en un pasado que se resistía a dejarla ir.
—Papá está en el Reino Sagrado —añadió Lux con suavidad, intentando ofrecer un ancla en medio de aquella tormenta emocional—. Te espera.
Esas palabras parecieron atravesar a Lilian con la fuerza de un puñal invisible. Por un instante, su fachada severa se resquebrajó, dejando entrever la vulnerabilidad oculta tras años de distancia.
—¿Cómo está? —logró preguntar, la voz casi un susurro.
—Desesperado por saber lo que ha ocurrido contigo —replicó Lux, y en ese instante la culpa se hizo patente en los ojos de Lilian—. Mamá… necesito saber más.
—Y yo necesito tiempo —respondió Lilian con franqueza, consciente de que la verdad no era una botella que pudiera destaparse apresuradamente, sino un vino añejo que requería paciencia para ser plenamente apreciado.
En ese momento, Zeta intervino con una voz firme que interrumpió la tensión creciente.
—Nos estamos preparando para lo que viene —dijo con seriedad—. Sabe lo que hará mi padre cuando confirme quién es Lux.
Lilian esbozó una sonrisa amarga, una mezcla de aceptación y desafío.
—El destino… siempre jugando conmigo de formas implacables —murmuró, sus ojos posándose en Zeta con una intensidad que desnudaba una historia tejida por redes invisibles.
—El hijo de Eliseo… protegiendo a mi hija —continuó, como si pronunciar esas palabras sellara un pacto silencioso entre ellos.
—Tiene gracia… y tú, Conall, no tienes desperdicio albergando al ser más oscuro que conozco que no dudaría ni un segundo en utilizar a mi pequeña para vengarse de mí.
Lilian tuvo que sentarse. La situación la desbordó por completo.
¿En qué momento se había enredado todo de esa manera?
La conversación continuó, cada palabra cargada de significado y de un pasado que se negaba a permanecer enterrado. En aquel espacio reducido donde el tiempo parecía detenerse, se revelaban no solo secretos sino también las heridas abiertas, las esperanzas y los temores de quienes debían enfrentar un futuro incierto.
El peso de las decisiones tomadas años atrás se hacía sentir con fuerza, y sin embargo, la determinación de encarar lo que estaba por venir brillaba con una luz inquebrantable. Porque en medio de la amenaza de la guerra, y de las complejas redes familiares, la necesidad de comprensión y reconciliación se erigía como el faro que podría guiarlos a través de la oscuridad.
Así, entre confesiones y silencios, entre miradas que hablaban más que las palabras mismas, se forjaba la frágil alianza capaz de sostenerlos ante la tormenta que se aproximaba. La verdadera conversación, aquella que había estado postergada por años, finalmente había comenzado.
—¿Nos ayudarás? —preguntó Conall.
Lux dio un paso al frente.
—Mamá… ¿cuáles son tus poderes?
Lilian respondió sin rodeos.
—Visiones.
—Proyección astral.
—Y nada más.
Lux frunció el fruncido.
—¿Y la obsidiana?
El nombre cambió el ambiente.
De inmediato.
—Esa piedra…
La voz de Lilian se volvió más baja.
—No es solo una reliquia.
Se acercó lentamente.
—Es un fragmento de poder primigenio. Algo que debe permanecer a buen recaudo.
Sus ojos se oscurecieron.
—Con ella…
—¿Puedes recuperar tus poderes?—interrumpió Lux.
Silencio.
—Para eso, necesito a mis protectores.
A los dos.
El significado cayó como una piedra en un vaso de agua.
Conall habló.
—Marcus insiste en hablar contigo.
Lilian negó.
—Él no me ayudará.
Su voz tembló apenas.
—Me odia.
—¿Segura? —replicó Conall—. ¿No te amaba?
Zeta intervino.
—No perdemos nada por intentarlo.
Lilian dudó.
—Esto no terminará bien.
Lux habló en voz baja.
—Ya nada está bien.
Lilian la miró.
Y entendió algo más.
Celos.
Se acercó y tomó su mano.
—Nunca haré nada que te hiera. Conall es tu protector, no dejaré que Marcus lo tenga.
Lux asintió… pero no del todo convencida.
Entonces ocurrió.
Conall se tensó. El dolor en su cabeza se hizo evidente.
Su respiración cambió.
—No… —murmuró Zeta—. Ahora no creo que sea…
Los ojos de Conall se tornaron rojos.
—¡Lux! —alertó Zeta.
—Mamá…
—Ya lo veo.
El aire se volvió pesado.
Oscuro.
Y entonces…
—Por fin…
La voz no era de Conall.
Era más profunda.
Más antigua.
—Este Alfa gruñón me deja salir.
—Marcus… —susurró Lilian.
Pero no veía a Conall.
Lo veía a él.
—Hola, Lilian.
Su sonrisa era peligrosa.
—Cuánto tiempo.
Lux dio un paso adelante.
—Ni se te ocurra hacerle daño a mi madre o ya sabes de lo que soy capaz.
Marcus la miró con diversión.
—Y ¿qué harás? ¿Intentarás ahogarme de nuevo?
Se inclinó ligeramente.
—Al final, terminarás matando a tu amado Alfa, pequeña antorcha.
Lux no respondió.
Pero el fuego chisporroteó a su alrededor y Zeta se alarmó un poco. No era el momento para que su princesa tuviera un ataque de ira y se incendiara la casa.
—Marcus, yo que tú, no la provocaría.—alertó Zeta.
—Solo quiero hablar.—continuó Marcus, calmado.
Lilian asintió levemente con su cabeza.
—Sabía que este momento llegaría.
Marcus se acercó un poco más.
—¿Puedo?
Lux se interpuso.
—Ni un paso más.
Zeta la sujetó.
—Lux… déjale.
Marcus suspiró.
—No he venido a hacer daño.
Miró a Lilian.
—Si quisiera… ya lo habría hecho.
—Entonces habla.
—Busco a alguien.
—¿A quién?
Una sonrisa lenta pero peligrosa, cargada de emociones guardadas durante mucho tiempo.
—A tu padre.
El silencio fue absoluto.
—El Rey Lucius… —susurró Lux.
—Nadie sabe dónde está —dijo Lilian.—Posiblemente esté muerto…
—Eso no es cierto. Yo sé dónde está y no es una tumba precisamente.
—¿Insinúas que no ha muerto? —preguntó Lux, totalmente incrédula.
Los ojos de Marcus brillaron.
—Y sé algo más.
Se disuade.
—La obsidiana ha despertado. Ha regresado a ti.
El aire se congeló. Lilian se extremeció.
—¿Qué…?—preguntó Lux.
—La siento.
Su voz se volvió más oscura.
—Y ella también puede sentirla, Lilian.
Lux se tensó.
—¿Quién?
Marcus sonrió.
—Supongo que has oído hablar de Mystra.—Marcus se dirigió a Lux.
—La diosa de la magia oscura.—confirmó Lux.
—Eso no puede ser, Marcus. He tenido mucho cuidado al…—Lilian se detuvo ante una revelación.
—La elegida.—concluyó Marcus.
Lilian dio un paso atrás.
—No… ella no puede ser…
—Sí. Y la ha desperado.
El tono fue firme.
—Ahora Mystra la está buscando.
El nombre cayó como una maldición.
—Y cuando encuentre la obsidiana…
Su voz descendió.
—Regresará.
El silencio fue aterrador.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Lilian.—¿Por qué nos cuentas todo esto?
Marcus la miró fijamente.
—Yo te quiero a ti.
La tensión explotó.
—No. Eso ni hablar.
—Si. Me necesitas para despertar tus poderes, Lilian.
Se acercó más.
—Y yo…
Marcus se detuvo un segundo para pensar en las siguientes palabras.
—Yo te quiero, mi sanadora.
El mundo se detuvo.
Lux abrió los ojos por la revelación.
Marcus no hizo todo lo que hizo para vengarse de su madre, lo hizo para volver con ella porque la quería.
Lilian no respondió.
Pero su silencio…
Lo confirmó todo.
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