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Lux de Luna - Capítulo 127

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Capítulo 127: Perdiendo a Conall

La tensión en la casa era casi irrespirable.

No era solo por todo lo que estaba ocurrido esa noche…ni por los secretos revelados…ni siquiera por la presencia de seres que no pertenecían a ese mundo.

Era algo más.

Algo primitivo.

Algo inevitable.

Lilian lo sintió antes de verlo.

Ese olor.

Ese vínculo.

Ese peligro.

Cuando levantó la mirada hacia la entrada del salón… allí estaba.

Sebástian.

De pie.

Inmóvil.

Pero firme.

Sus ojos no buscaban a nadie más.

Solo a ella.

Mina.

La joven no estaba. Ya hacía un rato que había abandonado el salón cuando Lilian la mandó a descansar.

Lux lo notó al instante. Sebástian estaba intentando rastrear su olor para encontrarla.

Y se tensó.

—Sebástian… —su voz fue baja, pero cargada de advertencia.

—Me has dado tu palabra de que te comportarías.

Él no dejaba de mirar para todos lados…

Pero habló.

—Necesitaba venir y te he dado mi palabra, Luna Lux.

Zeta, que estaba apoyado contra la pared, cruzó los brazos con calma.

—Yo respondo por él.

—¿Y éste quien es?—preguntó Marcus curioso.

—Alguien que no se va apoderando de cuerpos que no le pertenecen.—dejó caer Lux, directa y punzante.

—Lili, tu niña, definitivamente sacó tu carácter. —rió Marcus.

Lilian avanzó un paso hacia Sebástian.

Su presencia cambió el aire.

—Así que eres tú.

Sebástian, por primera vez, desvió la mirada.

Y la miró a ella.

A la madre de su compañera.

A la sanadora mayor.

A la mujer que… podía arrebatárselo todo.

Pero no retrocedió.

—Soy Sebástian.

Su voz fue firme.

—Guerrero del Príncipe Zeta.

Una pausa.

—Y compañero de su hija.

El silencio cayó como una piedra.

Lux frunció el ceño.

—¡Sebástian!

Lilian alzó una mano.

Deteniéndola.

Sus ojos no se apartaban de Sebástian.

—No.

Su voz fue fría.

Controlada.

—Quiero escucharle.

Sebástian asintió levemente.

Como si hubiera esperado ese momento.

—No he venido a imponer nada.

Lilian arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

—No.

Él dio un paso adelante.

Lento.

Medido.

—He venido a hacer una promesa.

Eso… llamó la atención de todos.

Incluso de Lux.

Incluso de Zeta.

—Habla —ordenó Lilian.

Sebástian inspiró hondo.

Y por primera vez… mostró algo más que firmeza.

Respeto.

—No pondré una mano sobre ella.

Silencio.

—Ni ahora… ni hasta que ella me acepte como su compañero.

El peso de esas palabras era demasiado grande.

Demasiado serio.

Demasiado real.

—No la marcaré.

—No la reclamaré.

—No la tocaré… si ella no lo desea.

Cada frase caía como un juramento sagrado.

—Pero…

Ahí estaba.

Lo inevitable.

—No me iré.

Lilian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Porque sabía lo que eso significaba.

No era una petición.

Era una verdad.

—No puedo.

No era deseo.

No era impulso.

Era algo mucho más profundo.

Más antiguo.

Más peligroso.

—Aunque lo intente… —añadió en voz baja—, algo en mí siempre la encontrará.

Lux apretó los puños.

—Sebástian, ya es suficiente.

Pero Zeta intervino.

—No.

Todos lo miraron.

—Debe decirlo.

Lux frunció el ceño.

—Zeta…

—Esto no es un juego —respondió él con calma—. Ni para él… ni para ella.

Lilian desvió la mirada hacia Zeta.

—¿Y tú apoyas esto?

—No.

Una pausa.

—Pero lo entiendo.

Sus ojos se suavizaron apenas.

—El vínculo de compañeros no es una elección.

—Es destino.

Eso hizo que Lilian se tensara.

Porque ella…

sabía muy bien lo que significaba eso.

—El destino también se puede romper —replicó.

Zeta negó lentamente.

—No sin consecuencias.

El silencio volvió a llenar la estancia.

Pesado.

Incompleto.

—Yo no pedí esto —añadió Sebástian—.

—Ni ella tampoco.—replicó Lilian.

—Pero ha ocurrido.

Lilian tragó saliva. Ya tenía sufience con que Lux, tuviera que pasar el rresto de su vida con sus protectores lobos…

¿Ahora Mina también?

¿Cúando se fue todo al carajo? ¿En qué momento se enredó todo tanto?

Lux dio un paso hacia ella. Pudo sentir las emociones de su madre y la cogió de la mano.

—Si quieres que Mina se quede en este mundo…

Lilian la miró.

—Sí, quiero. No puedo perder a Mina como te he perdido a ti, hija.

Lux se sonrojó.

—Entonces él también tendrá que quedarse. Nos guste o no, él es su compañero destinado.

El silencio fue inmediato.

Denso.

Lilian abrió los ojos.

—¿Qué?

—No puedes separarlos —continuó Lux—.

—No sin romper algo en ambos.

Su voz se quebró apenas.

—Y ya he roto demasiadas cosas en mi vida para saber que duele.

Sebástian bajó la mirada.

No como señal de debilidad.

Sino de respeto.

—No seré una carga.

Lilian soltó una pequeña risa sin humor.

—Eso lo decidiré yo.

Una pausa.

Larga.

—Pero si te quedas…

Se acercó.

Lo suficiente para que él sintiera su poder.

—Vivirás bajo mis reglas.

Sebástian asintió sin dudar.

—Las aceptaré todas.

—No te acercarás a ella sin mi permiso.

—No la presionarás.

—No la arrastrarás a tu mundo.

—Y si veo que sufre por tu culpa…

Sus ojos brillaron.

—Te arrancaré ese vínculo yo misma.

Lux sintió la energía en el aire.

Zeta también.

Pero Sebástian…

no retrocedió.

—Lo entiendo. Y lo acepto.

Y entonces dijo algo que hizo que todo cambiara.

—Pero no podré evitar sentirla.

Esa conexión.

Ese tirón invisible.

—Porque ella también me siente a mí.

Silencio.

Lux cerró los ojos.

Porque sabía que era verdad.

Lilian también lo sabía.

Y eso…

era lo más peligroso de todo.

—Siempre fuiste igual…

La voz en su cabeza la atravesó.

Suavemente.

Marcus le habló por el enlace mental.

—Nunca sabes cuándo rendirte.

Lilian no se giró.

—Y tú nunca supiste cuándo parar.

Silencio.

—Eso también es cierto.

Ella cerró los ojos.

—Tienes que dejar que el lobito proteja a tu otro pequeño retoño. No conozco al humano de su padre, pero sabes que no hay nada más adecuado que un protector para una sanadora.

La mirada de Marcus, destellante y cargada de promesas no dichas, sonrojó a Lilian.

—¿Por qué ahora, Marcus?

Su voz tembló apenas.

—¿Por qué vuelves…ahora?

—No elegí el momento.

Hizo una pausa.

—Pero sí elegí quedarme.

—No deberías.

—Lo sé.

—Entonces vete.

Eso dolió.

Más de lo esperado.

Silencio.

Largo.

—No puedo.

Lilian se giró por fin.

Lo miró.

No, a Conall.

A él.

—Siempre dices eso.

Marcus la sostuvo con la mirada.

—Y siempre es verdad.

Ella negó.

—Podrías haber elegido distinto.

—¿Cómo tú?

El golpe fue directo.

—Tú también elegiste.

—Te encerré para salvarte.

—Me condenaste.

—Te protegí de algo peor.

—Nunca me diste la opción.

El silencio se rompió entre ellos.

—¡Porque ibas a matarlo! —explotó Lilian—. ¡Ibas a matar a Cornelius!

—¡Porque creía que me había traicionado!

—¡Y te equivocaste!

—¡Lo sé!

Ese reconocimiento…

fue devastador.

Ambos se quedaron en silencio.

Respirando.

Recordando.

—Éramos felices… —susurró Marcus.

Lilian cerró los ojos.

—Si.

—Los tres.

Una lágrima cayó.

—Eso era lo que más me dolía.

—¿Qué?

—Que era real.

Lilian lo miró.

—Y lo destruimos.

Marcus negó.

—No.

Su voz fue firme.

—Nos lo arrebataron.

Silencio.

—Tu padre.

El nombre volvió como una herida abierta.

—No hables de él.

—Es la verdad.

—No ahora.

Marcus asintió.

Y esta vez… cedió.

—Está bien.

Se acercó un paso.

Sin tocarla.

Lux, Sebástian y Zeta se miaraban en silencio mientras elegían darles algo de espacio para que pudieran decirse un par de cosas sin testigos curiosos por delante.

—Lili, solo dime una cosa.

Ella no respondió.

Pero tampoco se fue.

—¿Alguna vez me amaste?

El tiempo se detuvo.

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

Pesada.

Irreversible.

Lilian respiró hondo.

—Si.

La palabra salió sin adornos.

Sin defensa.

—Te amé.

Marcus cerró los ojos.

Como si eso… fuera suficiente.

—Gracias.

Una sola palabra.

—Pero eso ya no es suficiente —añadió ella con firmeza—.

Marcus.

—Lo sé.

—Ya no somos esos.

—No.

—Y no podemos volver.

Silencio.

—No.

Pero entonces…

Marcus sonrió levemente.

—Pero al menos…

La miró por última vez.

—Podemos dejar de ser enemigos.

Lilian no respondió.

Pero tampoco lo negó.

Y eso… era un comienzo.

Lilian sintió algo que no quería sentir.

Cercanía.

Demasiada.

—Esto no puede durar mucho más —murmuró Zeta, con el ceño fruncido—. Marcus le está consumiendo demasiada energía vital a Conall.

Marcus ladeó la cabeza de mala gana.

—Corta rollo.

Y entonces… ocurrió.

Un espasmo.

El cuerpo de Conall se tensó de golpe.

Sus dedos se crisparon.

La respiración se volvió irregular.

—¿Qué…? —empezó Lux, alerta.

Marcus apretó los dientes.

—Está… empujando.

La voz salió entrecortada.

Forzada.

Y en ese instante… los ojos de Conall cambiaron.

Rojo.

Negro.

Rojo otra vez.

—¡Conall! —gritó Zeta, dando un paso adelante.

El cuerpo se dobló hacia delante como si algo lo estuviera desgarrando desde dentro.

Un gruñido bajo, animal, emergió de su garganta.

Pero no era uno solo.

Eran dos.

—¡No…ahora! —escupió Marcus, sujetándose la cabeza—. ¡Aún no!

—¡Sal de su cuerpo! —ordenó Lux, su energía comenzando a vibrar.

—¡No puedo!

Y entonces…

Conall habló.

—…Lux…

La voz era suya.

Débil.

Lista.

Pero suya.

El corazón de Lux se detuvo un segundo.

—Conall…

Él alzó la mirada.

Sus ojos… eran los suyos.

—Aléjate…

Pero no lo hizo.

—No voy a dejarte.

El cuerpo se extremó con violencia.

—¡LUX, ALÉJATE! —rugió Marcus, recuperando el control por un segundo.

—¡NO! —respondió ella con firmeza.

Y entonces…

la lucha comenzó de verdad.

Conall se puso en pie de golpe.

Pero el movimiento era antinatural.

Descoordinado.

Como si dos voluntades tiraran en direcciones opuestas.

Su brazo se alzó…

y se detuvo a mitad de camino.

Temblando.

—¡Sal… de… mí! —gruñó Conall, luchando por cada palabra.

—¡Este cuerpo… también es mío ahora! —respondió Marcus desde la misma boca.

La dualidad era aterradora.

Zeta retrocedió un paso.

—Esto es peor de lo que pensaba…

Mina escuchó gritos y gemidos de dolor desde la planta de arriba y bajó sin pensarlo. Cuando llegó al salón, se quedó helada al ver la escena que se desarrollaba frente a ella.

Sebástian es quien, de un solo movimiento, la cogió del brazo y la protegió con su propio cuerpo.

—No deberías haber bajado.

Mina no reaccionaba, pero lo que más la asustaba era la extraña sensación de estar entre los brazos de aquel lobo tan raro que no dejaba de mirarla.

—¡Sebástian, llevátela ahora mismo!—suplicó Lilian.

Y no hicieron falta más palabras, Sebástian cargó a Mina en sus brazos y se la llevó fuera de la casa.

Mientras, el cuerpo de Conall se giró bruscamente hacia la pared…

y la golpeó.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¡BASTA! —gritó Lux, avanzando.

Pero Zeta la detuvo.

—¡No! ¡Si te acercas, puedes hacerte daño!

—¡No me hará daño!

—¡No es él ahora mismo!

Y esa era la verdad más cruel.

El cuerpo de Conall cayó de rodillas.

Temblando.

Sudando.

Luchando.

—Lux… —volvió a susurrar Conall—. No… dejes…

Su voz se rompió.

Marcus rugió.

—¡CÁLLATE!

El cuerpo se arqueó hacia atrás.

Un grito desgarrador salió de su garganta.

No era humana.

No era bestia.

Era algo… atrapado.

—¡Esto no puede seguir así! —dijo Lilian con urgencia—. Se destruirán mutuamente.

Lux dio un paso más.

Esta vez nadie la detuvo.

—Conall.

Su voz fue distinta.

Afable.

Firme.

Conectada.

—Mírame.

El cuerpo tembló.

Los ojos se fijaron en ella.

Rojo.

Luego… negro.

—No estás solo.

El silencio cayó un segundo.

—Yo estoy aquí.

Algo cambió.

Pequeño.

Pero real.

—Lucha.

Conall respiró hondo.

Como si volviera a la superficie.

—Siempre…

Una pausa.

Dolorosa.

—Lucho por ti.

Marcus gruñó.

—¡No… otra vez no!

El cuerpo se tensó…

y luego…

se desplomó.

Silencio.

Pesado.

Zeta fue el primero en moverse.

—Conall…

Se arrodilló a su lado.

El cuerpo respiraba.

Débil.

Pero estable.

—Está inconsciente…

Lux exhaló.

Pero no se relajó.

Porque sabía…

que aquello no había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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