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Lux de Luna - Capítulo 128

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Capítulo 128: El principio del desastre

—Pasaron muchas cosas y yo ya no soy aquella sanadora inocente, Marcus.

—Para mí, siempre serás el amor de mi vida.

—Has intentado matar a Cornelius… —recriminó Lilian.

—Lo sé y no ha estado bien. Pero creí que te unirías a él y me dejarías de lado. —dijo Marcus, visiblemente afectado.

—Ahora de eso, ya nada importa.

—Cornelius merece saber la verdad, Lilian. Lo he visto y no es ni la sombra de lo que ha sido alguna vez.

—Ahora soy como una humana. Y tengo una familia que no merece estar involucrada en nada de esto. — confesó Lilian.

—Lilian, no puedes olvidarte de nosotros. Sabes que, por separado ninguno de nosotros tiene poder, pero los tres juntos… podríamos vencerlos a todos.

—No puedo, Marcus. Tengo que ocuparme de ayudar a Lux con la profecía. Ella tiene que vencer a Mystra y no caer bajo su poder oscuro.

—Lili… — Marcus pronunció su nombre con anhelo…

—Marcus, no puedo dejar que Lux tenga descendencia con los lobos.

—Te sorprenderías saber lo que yo ya sé…

—Entonces habla, dímelo. —exigió Lilian con desespero.

—Me tengo que marchar. La energía de Conall no está bien, él necesitará de sus compañeros de vínculo para recuperarse.

Lilian lo entendió al instante. Marcus debía irse o Conall moriría…

—Si sigo consumiendo su energía. me quedaré sin el envase. Volveremos a vernos muy pronto, mi amor. Te lo prometo.

El silencio que quedó tras la despedida de Marcus no fue un silencio cualquiera.

Fue uno cargado.

Denso.

Doloroso.

Como si las paredes mismas de la casa hubieran sido testigos de una historia que se negaba a morir.

Lilian permanecía inmóvil, con la mirada perdida en algún punto inexistente, mientras las últimas palabras de Marcus aún resonaban en su mente.

“Volveremos a vernos, mi amor.”

Aquello no era una promesa vacía.

Era una amenaza disfrazada de amor.

Y ella lo sabía.

Pero no tuvo tiempo de procesarlo.

El cuerpo de Conall cayó de golpe.

—¡Ay, reino santo! —exclamó Lux, corriendo hacia él.

El impacto contra el suelo resonó con fuerza, arrancando a todos sus pensamientos.

—¡Rápido! —ordenó Lilian, reaccionando al instante—. Marcus se ha ido, pero ha consumido más energía de la que debería.

Se arrodilló junto al alfa, colocando sus manos sobre su pecho, evaluando su respiración.

—No está bien.

Zeta dio un paso adelante, con los ojos ardiendo.

—¡Voy a matar a esa criatura…!

—Ahora no —cortó Lilian con firmeza—. Si pierdes el control, no ayudarás a nadie.

Zeta presionó la mandíbula, conteniéndose.

Sebástian ya estaba al otro lado del cuerpo, ayudando a incorporarlo.

—Está demasiado débil.

—Llevadlo al coche —ordenó Lilian—. Rápido.

Lux quedó paralizada por un segundo.

El miedo la atravesó de lleno.

— ¿Qué haremos, mamá? —su voz tembló—. No puedo perderlo…

Lilian la miró.

Y en esa mirada… había algo más que urgencia.

Había decisión.

—No lo perderás.

Se inclinó levemente hacia ella.

—Eres la sanadora más poderosa de los tres reinos.

Lux entendió.

Y el rubor le subió al rostro de inmediato.

—¿No estarás insinuando que…?

—Sí —respondió Lilian sin titubear—. Y no hay tiempo para dudas.

Lux tragó saliva.

Asintió.

—De acuerdo…

No hacía falta decir más.

Zeta y Sebástian cargaron a Conall con cuidado, pero con rapidez. El cuerpo del alfa parecía pesar menos de lo normal, como si la energía que le faltaba se hubiera llevado también su esencia.

Salieron al exterior.

El aire frio de la noche les golpe de lleno.

El coche de Lilian esperaba.

Una máquina completamente ajena para los lobos.

— ¿Qué es este cacharro? —preguntó Zeta, desconfiado.

—Sube y ponte el cinturón —respondió Lilian mientras abría la puerta.

No hubo tiempo para más preguntas.

Lo acomodaron como pudieron.

Y justo cuando el motor rugió…

la puerta de la casa se abrió.

—¿Pero a dónde vais?

Mina.

Descalza.

Con el ceño fruncido.

Y los ojos llenos de sospecha.

Lilian respiró hondo.

Y entonces miró a Sebastián.

Ese instante fue breve.

Pero decisivo.

—Confío en tu palabra —dijo con firmeza—.

Sebastián se tensó.

—Y si tanto la quieres… —añadió—, puedes empezar ahora mismo.

Él no dudó.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Si.

Una pausa.

—Pero ni tocarla.

Sus ojos se resistieron.

—Ella no tiene que saber la verdad. No todavía.

Sebastián inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo que ordenes.

Lilian esbozó una leve sonrisa.

—Me gustas más así.

Y entonces, con un gesto, lo expulsó del coche.

—Baja. Y cuida de mi hija.

Sebastián salió en un movimiento ágil.

Y en cuanto sus pies tocaron el suelo…

el coche arrancó.

Lux los miró por la ventana.

Confundida.

—¿Qué ha sido eso?

—No querrás tener espectadores —respondió Lilian sin mirarla.

Zeta solo frunció el ceño.

—Será mejor que nos demos prisa.

Y desaparecieron.

Dejando atrás…

a Mina.

Y a Sebástian.

Mina cruzó los brazos.

Lo miró de arriba abajo.

Sin disimulo.

—Esta bien… ¿qué acaba de pasar?— cuestionó Mina.

—¿Qué ha pasado en el salón de mi casa? ¿Por qué el gorila hormonado se daba cabezasos contra la pared mientras todos parecian que estaban a punto de ser devorados por un demonio?

Sebástian la observó.

Y en ese instante…

todo volvió.

El olor.

El vínculo.

El tirón.

Como si algo dentro de él rugiera:

“Ahí está.”

Se obligó a respirar.

A controlar.

—Tu madre los ha llevado a su estudio.

—¿Para qué?

Él dudó.

No sabía cómo explicarlo sin cruzar una línea.

—Tienen que… hacer cosas en privado.

Mina arqueó una ceja.

—Ya.

Pausa.

—Bueno.

Se encogió de hombros.

—¿Y ahora qué hacemos tú y yo?

Error.

Grave error.

El lobo dentro de Sebástian reaccionó al instante.

Imágenes.

Deseos.

Impulsos.

Demasiado intensos.

Demasiado inapropiados.

Apretó los puños.

—Tu madre me cortaría el cuello si te dijera lo que mi lobo quiere hacer…

Mina parpadeó.

—¿Perdona?

—Nada.

Se pasó la mano por el rostro.

—A partir de hoy… soy tu guerrero personal.

Silencio.

—¿Perdona?

—Tu madre me ha pedido que te proteja.

Mina lo miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.

—Alucino.

Sebástian intentó mantener la calma.

—No es opcional.

—Ah, genial.

—Un guardaespaldas.

—Qué ilusión.

Su tono era puro sarcasmo.

—¿No te gusta la idea? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.

—No.

Directa.

—No me gusta tener a un gorila siguiéndome todo el día.

Eso dolió más de lo esperado.

Pero lo ignoró.

—Ahora que sabes sobre nuestra existencia…

Se acercó un paso.

—Necesitas protección.

Mina no retrocedió.

Pero su pulso se aceleró.

—Vale.

Suspiró.

—Menos mal que me caes bien.

Sebástian se quedó quieto.

—¿Te caigo bien?

Ella sonrió de medio lado.

—Sí.

—Eres raro.

—Pero interesante.

Error número dos.

El lobo reaccionó otra vez.

Más fuerte.

Más posesivo.

“Nuestra.”

Sebástian tensó la mandíbula.

—Gracias… supongo.

Mina se giró.

—Ven.

Señaló hacia la casa.

—Subamos a mi habitación. Podemos ver la tele.

No.

No.

NO.

—¡A tu habitación, definitivamente NO!

Su voz fue más dura de lo que pretendía.

Mina se giró, sorprendida.

—¿Perdona?

—Eso podría malinterpretarse.

Ella lo miró.

Y luego…

rió.

—No seas ridículo.

Se acercó.

Sin miedo.

—Nadie pensaría que tú y yo tenemos algo.

Eso…

lo rompió.

—¿Y eso por qué? —preguntó, tenso.

Mina se encogió de hombros.

—Porque no eres mi tipo. Y… ¿me doblas la edad?

Silencio.

Y entonces…

el mundo de Sebástian se volvió rojo.

No externamente.

Internamente.

Un golpe seco en el pecho.

El lobo rugió.

“Miente.”

“Nos quiere.”

“La queremos.”

Él cerró los ojos un segundo.

Respiró.

Uno.

Dos.

Tres.

—No quiero hablar más.

Su voz fue fría.

Cortante.

—Será mejor que te vayas a dormir.

Mina se quedó quieta.

—¿Perdona? ¿desde cuándo me das órdenes?

—desde ahora. Esperaré aquí a tu madre.

Mina entrecerró los ojos.

—¿Pero qué te pasa?

Se acercó más.

Demasiado.

—Hace dos segundos estabas normal.

—Y ahora…

—¿esto?

Sebástian no la miró.

Porque si lo hacía…

perdía el control.

—Las niñas de tu edad deberían estar durmiendo.

Silencio.

Y entonces…

explosión.

—¡¿NIÑAS?!

Mina dio un paso atrás.

Indignada.

—¡Increíble! ¡Eres increíble!

Se llevó las manos a la cabeza.

—Primero me dices cosas raras, luego me miras como un psicópata salido de una peli de asesinos seriales, luego te conviertes en mi gorila personal, y ahora…

—¡Ahora me dices que soy una niña!

Sebastián apretó los dientes.

—No he dicho eso.

—¡Sí lo has dicho!

—He dicho que—

—¡Da igual!—interrumpió Mina dando media vuelta.

Furiosa.

—Eres un imbécil.

Se dirigió hacia la casa.

Pisando fuerte.

Pero se detuvo en la puerta.

Sin girarse.

—Y no necesito que nadie me proteja.

Silencio.

—Y menos tú.

Entró.

Y cerró la puerta de golpe.

El sonido resonó.

Fuerte.

Definitivo.

Sebastián se quedó fuera.

Solo.

Inmóvil.

Respirando con dificultad.

Y entonces…

cedió.

Apoyó las manos en la pared.

Bajó la cabeza.

Y dejó salir un gruñido bajo.

Doloroso.

—Esto no está bien…

Pero lo estaba.

Porque era real.

El vínculo latía.

Fuerte.

Irrompible.

Y lo peor de todo…

no era lo que él sentía.

Era que ella…

también empezaba a sentirlo.

Aunque no lo entendería.

Aunque lo rechazaría.

Aunque lo odiara por ello.

Cerró los ojos.

Y en algún lugar dentro de él…

su lobo susurró:

“No se irá.”

“Es nuestra.”

Sebastián negó.

-No.

Pero ni él mismo se lo creyó.

El aire en el estudio de Lilian era distinto.

No era solo el olor a óleo y lienzo húmedo, ni la tenue luz cálida que iluminaba cada rincón con una delicia casi sagrada. Era algo más profundo… como si aquel lugar estuviera impregnado de recuerdos, de sueños no dichos y de verdades ocultas durante demasiado tiempo.

Lilian avanzó en silencio, abriendo la puerta con cuidado, como si temiera perturbar la calma que ella misma había construido allí.

—Pasad —indicó con voz suave, pero firme.

Zeta no dudó. Llevaba a Conall entre sus brazos, el peso de su compañero no era nada comparado con la preocupación que le comprimía el pecho. El alfa respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si su cuerpo estuviera luchando por no rendirse.

Lux entró detrás de ellos, pero sus ojos no estaban en Conall… al menos no del todo.

Recorrió el estudio lentamente.

Las paredes estaban cubiertas de cuadros.

Paisajes imposibles, cielos que parecían latir, montañas que respiraban magia… y sin embargo, todo se sentía real. Demasiado real.

Hasta que se detuvo.

Un lienzo cubierto por una tela blanca captó su atención.

Sin pensarlo, se acercó y retiró el paño.

Y entonces… el mundo se detuvo.

—¿Y esto? —susurró, sin poder apartar la mirada.

Lilian se tensó al instante.

Un leve rubor tiñó sus mejillas.

—Esa… eres tú, hija.

Lux entendió de inmediato.

En el lienzo… estaba ella.

No como se veía ahora. Era una versión más etérea, más pura… casi divina. Sus ojos brillaban con una luz que ella misma no reconocía, como si la pintura capturara algo que aún no había despertado completamente.

—Te sueño desde siempre… —añadió Lilian, con una mezcla de orgullo y dolor en la voz.

Algo dentro de Lux se rompió.

O quizás… se reconstruyó.

—¡Ay, mamá…!

No lo pensó. No lo midió.

Corrió hacia ella.

Y la abrazó.

Fue un abrazo desesperado. Necesario.

Sanador.

Lilian cerró los ojos al sentir el calor de su hija, aferrándose a ella como si el tiempo pudiera deshacerse entre sus brazos.

Porque en ese instante…

no había guerra,

no había profecías,

no había oscuridad.

Solo madre e hija.

—No sabes lo que necesitaba esto… —susurró Lux, con la voz rota.

—Lux de Luna… —respondió Lilian, apretándola con más fuerza— te prometo que voy a reparar todo el daño que te he causado.

Lux negó suavemente.

—No ha sido tu culpa…

Pero Lilian sí sentía que lo era.

Y ese peso… no se iba a ir tan fácilmente.

—Hay cosas que no visualizo —murmuró, separándose apenas para mirarla—. Pero si hubiera visto que te tratarían peor que a un omega… jamás lo habría permitido.

Zeta observaba la escena en silencio, pero no podía relajarse.

No cuando Conall…

—Necesita ayuda —interrumpió finalmente, su tono grave—. No puede respirar bien.

El momento se rompió.

Lux reaccionó de inmediato.

— ¿Qué hacemos si no está consciente?

Lilian ya estaba moviéndose.

—Conall no necesita conciencia… necesita vínculo.

Zeta frunció el fruncido.

—Explícate.

Lilian los miró a los tres.

—Vuestro vínculo no es solo emocional. Es energético. Es vital. Cuando uno cae… los otros deben sostenerlo.

Lux entendió antes que nadie.

Sus mejillas se tiñeron de rojo.

—¿Estás diciendo que…?

—Sí —afirmó Lilian sin rodeos—. Necesita cercanía. Contacto. Intimidad.

Zeta apartó la mirada, incómoda.

—Esto va a ser raro…

—Esto va a salvarle la vida —corrigió Lilian con firmeza.

Mientras ella comenzaba a preparar el sofá cama, Lux se arrodillo junto a Conall.

Le tomó la mano.

Estaba frío.

Demasiado frío.

—No te voy a perder… —susurró.

Zeta se colocó al otro lado.

—Ni de broma.

Pero mientras la vida de Conall pendía de un hilo…

muy lejos de allí, en la oscuridad del bosque…

otro hilo comenzaba a romperse.

——————————

El bosque de la manada de las Sombras Plateadas estaba inquieto aquella noche. El viento susurraba entre los árboles, como si intentara anunciar algo que nadie deseaba escuchar.

Bodolf caminaba sin rumbo fijo, sus pasos crujían sobre las hojas secas. No podía dormir. Algo en su interior le carcomía profundamente. Una sensación… un presentimiento oscuro que le anudaba el estómago y aceleraba su pulso.

Entonces, los escuchó.

Voces.

Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. Reconoció esas voces al instante.

Aria.

Y Redmond.

Con cautela, se acercó entre las sombras, fundiéndose con la penumbra del bosque, dejando que su instinto de alfa lo protegiera como una segunda piel, afilando sus sentidos para no ser descubierto.

Entonces, las palabras llegaron a sus oídos.

—No deberíamos estar aquí —dijo Aria, su voz temblaba, impregnada de nerviosismo e incertidumbre—. Esto es demasiado peligroso. ¿Y si alguien nos encuentra? Podría significar el fin de todo.

—Estoy harto de esperar —respondió Redmond, con rabia contenida, haciendo vibrar cada sílaba con frustración y amargura—. Llevo años esperando pacientemente mientras tú te escondías bajo tu corona de mentiras y silencios. Ya basta.

Bodolf frunció el ceño, sintiendo que algo no encajaba, que las piezas de ese rompecabezas oculto comenzaban a tener sentido.

—¿Crees que para mí ha sido fácil? —replicó Aria, con voz cortante, casi quebrada—. ¿Qué crees que es vivir en una mentira, teniendo que ocultar mi verdadero dolor?

—Renunciar a ti ha sido una decisión desgarradora…

—No compares tu vida con la mía —escupió Redmond con desprecio, la ira rebosando en cada palabra—. Tú no has tenido que renunciar a tu hija. No has sufrido lo que yo he sufrido en estos años.

El mundo de Bodolf se tambaleó.

Hija.

Sus pensamientos se dispararon. Electra.

—Te recuerdo que estuviste de acuerdo —insistió Aria, tratando de mantener la calma, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de culpa y desafío—. No puedes echarme la culpa ahora. Firmaste ese pacto con plena conciencia.

—Antes de ver en qué se ha convertido —respondió él con amargura—. Se suponía que sería la Luna de la Manada de la Escarcha Feroz… no una simple omega sin fuerza ni futuro.

Bodolf sintió un golpe directo en el pecho, como si alguien hubiera incrustado una daga invisible.

Electra.

Electra era la hija de Redmond, no era suya.

—Electra se ha vuelto loca —dijo Aria con voz apenas audible, como si temiera pronunciar estas palabras—. No sé qué le ha pasado realmente. Es como si una tormenta interna la consumiera.

—Se cansó —la interrumpió Redmond, su voz fría y cortante como acero—. Se cansó de tu control, de tu manipulación enfermiza. De cómo la convertiste en prisionera de tus mentiras.

El silencio cayó denso, pesado, como una condena irrebatible.

—No te atrevas a culparme —siseó Aria, sus dientes apretados, la furia contenida apenas disimulada—. Tú has hecho lo mismo. O peor.

—Desde que descubrimos que éramos compañeros —continuó Redmond, con voz baja y amarga— decidimos ocultarlo. Fingir. Fingir que eras la compñaera de Bodolf, para que pudieras ser la Luna de esta manada. Pero eso solo sirvió para envenenar nuestra vida.

El corazón del alfa dentro de Bodolf pareció detenerse por un instante. No podía creerlo.

No.

No.

No podía ser verdad.

—Funcionó —insistió Aria, con desesperación—. Nadie sospechó nada. Fue un sacrificio necesario para mantener la paz. Funciono cuando convencí a Bodolf que te eligiera como su nuevo beta después de matar al anterior.

—¿Funcionó? —rió él con sorna, sin humor—. Poco funcionó cuando él se buscó a su amante humana, y tú te quedaste atrás, vacía, perdiéndote en tu propia farsa.

Bodolf apretó los puños, sintiendo que el mundo que conocía se desmoronaba ante sus ojos.

Su mente corría a mil por hora.

Demasiadas piezas encajaban con demasiada crueldad.

Demasiadas mentiras.

—¿Qué insinúas? —preguntó Aria, intentando mantener la máscara de fortaleza aunque su voz traicionaba su miedo.

—Nada —respondió Redmond, agotado, pero con una determinación helada—. Mañana partimos hacia la ceremonia. La Luna del Norte será coronada.

Se dio la vuelta, sus pasos resonaron firmes sobre la hojarasca.

—Un título que sería de mi hija… si no la hubieras arrojado a los cerdos.

Y se marchó.

Dejando a Aria sola, temblando.

Y a Bodolf…

Roto.

Completamente roto.

—Maldición… —murmuró Aria antes de desaparecer entre los árboles.

Pero Bodolf no se movió. No podía.

Su mundo acababa de colapsar en una tormenta de dolor y traición.

—He sacrificado al amor de mi vida… —susurró con la voz rota, ahogada por el peso de la verdad.

Las piezas finalmente encajaban.

Demasiado bien.

—¿Por una falsa compañera…?

Recordó a Lilian.

A aquella mujer a la que había amado profundamente.

A la que había apartado.

Por deber.

Por honor.

Por una mentira.

Le tardo poco caer en su triste realidad.

—¿He despreciado a mi verdadera hija… por una que no lo era?

Su mirada llena de sufrimiento y arrepentimiento.

Su dolor.

Su rebeldía.

Todo cobraba sentido ahora.

—¿Mi Beta… y mi Luna…?

Su respiración se volvió errática, convulsa.

—¿Me han engañado durante dieciocho años?

El Alfa dentro de él rugió. No de ira.

Todavía no.

Sino de dolor.

De traición.

De pérdida.

El bosque respondió a su emoción.

Las hojas temblaron con violencia.

El viento se alzó, arrastrando consigo un eco de antiguo poder.

Algo ancestral despertaba dentro de él.

Algo oscuro.

Algo peligroso.

—Pero ya no más… —murmuró, con los ojos brillando en la oscuridad—

—Pienso vengarme de todos los traidores.

—————————-

La imagen del capítulo de hoy, os la comparto en comentarios. Si os está gustando mi historia, podéis apoyarme con piedras de poder, comentarios y reseñas ❤️

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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