Lux de Luna - Capítulo 132
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Capítulo 132: Cuando el instinto llama
La noche había caído sobre la manada de la Escarcha Feroz con un silencio inquietante.
No era un silencio natural.
Era el tipo de quietud que precede a una tormenta.
El viento arrastraba el olor de la nieve, de la tierra húmeda… y de algo más. Algo que estaba a punto de cambiarlo todo.
Había tensión en la mandada
Leo caminaba de un lado a otro, claramente alterado. Sus pasos resonaban contra el suelo de piedra mientras pasaba la mano por su cabello una y otra vez.
—Esto es una locura… —murmuró, sin poder ocultar su inquietud. —Si lo hubiera sabido, no le salvaba la vida.
Raunak, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, lo observaba con esa calma calculada que siempre lo caracterizaba.
—Lo es —respondió sin rodeos—. Pero ya conoces a nuestro Alfa.
Leo soltó una risa seca.
—Sí, lo conozco. Y por eso mismo me preocupa. Reunir a todos los alfas despiadados llenos de sed de venganza… traer a la realeza que quiere quedarse con nuestra Luna… y encima, hacerlo cerca de las minas…
Se detuvo frente a él.
—Sin la suficiente protección.
Raunak no se movió.
—Estamos al borde de una guerra —añadió Leo—. ¿Qué puede salir mal?
Raunak lo miró fijamente.
—Todo.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
Leo suspiró y se dejó caer en una silla.
—Desde que apareció ese príncipe… Zeta… todo ha ido a peor.
Raunak entrecerró los ojos.
—No confío en él. Y desde luego, Conall no debería.
—Tú no confías en nadie —replicó Leo.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Raunak.
—Por eso sigo vivo.
Leo negó con la cabeza.
—Me voy junto a mi compañera. Necesito algo de normalidad.
—No hay nada normal en lo que viene, Leo. Debemos estar preparados—respondió Raunak, en voz baja.
Pero Leo ya se había marchado.
Y esto… era la calma antes de la tormenta.
————————
Will llegó a su hogar entrada la noche, con el cuerpo cansado pero la mente inquieta. Había estado entrenando sin descanso, intentando silenciar ese presentimiento que no lo abandonaba, esa sensación de que algo estaba por cambiar, aunque no sabía qué. Cada movimiento, cada respiración, parecía cargarlo con una tensión invisible, como un tambor que retumbaba en el fondo de su alma.
Pero en cuanto cruzó la puerta… todo cambió. Se detuvo en seco, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para él. La mesa estaba puesta con cuidado, algo que rara vez veía en su día a día. Velas encendidas iluminaban suavemente el comedor, bañando el espacio con una luz cálida y acogedora. Los platos, servidos con esmero, desprendían aromas que le hicieron apretar el ceño, confundido y alerta.
—¿Y esto…? —murmuró, su voz quebrándose por la sorpresa y la cautela.
Entonces ella apareció. Electra. Su presencia llenó la habitación de una energía distinta, palpable y electrizante. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, que resaltaba sus rasgos delicados y fuertes a la vez. Su cabello caía suavemente sobre sus hombros, marcando un rostro cuyas facciones parecían iluminadas desde dentro. Pero lo que más lo atrapó fue su mirada. Una mirada que brillaba de una forma distinta.
Más intensa, más profunda, más peligrosa.
—Quería sorprenderte —dijo ella, con una sonrisa suave pero cargada de significado.
Will dio un paso hacia ella, impulsado por algo más allá de la lógica, y entonces lo sintió. Su lobo reaccionó de inmediato.
Fuerte, violento, primario.
Se tensó al instante, como una bestia al acecho, sintiendo que algo en Electra había cambiado, o tal vez siempre había estado oculto bajo la superficie.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz más grave de lo habitual, reflejando su preocupación—. ¿Ha pasado algo?
Electra nego lentamente, sus ojos nunca dejando los de él.
—Todo está perfecto…
Se acercó y lo abrazó, el contacto era eléctrico, como si transmitiera una corriente que despertaba todas las fibras de su ser. Will cerró los ojos por un instante, sumergiéndose en esa sensación que llevaba mucho tiempo deseando sentir.
Su aroma.
Era diferente.
Más fuerte, más dulce, más envolvente de lo que recordaba.
—Te he echado de menos… —susurró ella, su voz un suspiro contra su pecho.
Will rodeó su espalda con una mano, luchando por mantener la calma.
—Y yo a ti…
Pero su lobo no estaba tranquilo.
Ni siquiera cerca.
Se agitaba dentro de él, reclamándola, reconociéndola de una manera que lo desconcertaba y aterrorizaba a partes iguales.
La conexión era demasiado intensa, demasiado real.
Will inclinó la cabeza, respirando cerca de su cuello, tan cerca que podía sentir su calor.
—Hueles diferentes…
Electra excitante, esa sonrisa que contenía secretos y promesas.
—¿Te gusta?
Will tardó en responder, consciente de que la verdad que estaba a punto de admitir podía cambiarlo todo.
—Sí… —musitó finalmente—. Demasiado.
La noche se cerró a su alrededor, pero dentro de ellos ardía una llama que ni el tiempo ni la distancia podrían apagarse jamás.
Electra alzó el rostro hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y desafío.
—¿Me deseas? —su voz era un susurro cargado de promesas.
La pregunta lo atravesó como un rayo, directa y sin filtro, desnudando cada rincón oculto de su alma. Will la miró fijamente, sin apartar la mirada ni un solo instante.
—Desde el primer momento —confesó con la voz ronca, casi rota por la intensidad del sentimiento.
Ella apoyó su frente contra la de él, cerrando los ojos para sentir su calor, su aroma, su presencia que parecía envolverlo todo.
—Entonces deja de contenerte… —murmuró, entrelazando sus manos con las de Will, invitándolo a dejar atrás cualquier barrera.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de electricidad, de un anhelo tan profundo que parecía surgir de lo más antiguo y sagrado.
Will cerró los ojos un instante, luchando contra la tormenta interna que lo desgarraba. Pero su lobo, esa parte instintiva y salvaje que habitaba en su interior, ya había tomado una decisión irrevocable.
Con movimientos lentos y llenos de ternura, la mano de Will subió hasta el rostro de Electra, apartando un mechón rebelde de su cabello, como si temiera dañarla con su propio toque.
—No sabes lo que provoca en mí… —dijo, su voz quebrándose ligeramente, mientras sus labios temblaban por la urgencia contenida.
—Quiero saberlo —respondió ella, apenas un suspiro, un reto envuelto en cariño.
En ese instante, el mundo pareció detenerse. No existían guerras, ni alianzas, ni peligros que los amenazaran. Solo estaban ellos, atrapados en un momento eterno y perfecto.
Y algo mucho más antiguo que cualquier conflicto: el vínculo que los unía, profundo e irresistible, sellado por el tiempo y el destino.
Era la primera vez que Electra entraba en celo, justo como Lux lo había anunciado días atrás y como pasaba con todas las lobas, su olor era más fuerte y embriagador, atrayendo hasta la locura a su compañero destinado.
Y esa noche, Electra estaba dispuesta a sellar su vínculo con Will.
Ella lo amaba.
Ella lo ya lo había elegido como su compañero, y no era por escapar de esa maldita condena que su madre y padre le habían orquestado como futura Luna del Norte…
No, ella sintió esa conexión real con aquel guerrero que no dudaría en dar su último respiro por protegerla.
Will le atraía de todas las maneras posibles, pero realmente, era su corazón y bondad lo que la habían conquistado.
—Esta noche, cuando me tomes, bendeciremos el vínculo frente a la Diosa Selene.
Will no lo dudó.
El embriagador olor de su compñaera lo estaba llevando al límite.
De inmediato, se quitó la ropa, mientras tenía su boca sobre los pechos de ella para luego, quitarle el vestido accediendo a todo su cuerpo.
—Eres perfecta… un sueño hecho realidad.
—Todo esto es tuyo…
—Te voy a hacer mía, cielo.
Electra sonrió.
—Hace tiempo que ya soy tuya, mi valiente guerrero.
Will la tomó en brazos con una mezcla de firmeza y cuidado que hizo que Electra se aferrara a él instintivamente. El pulso de ambos se aceleraba, el calor entre ellos era innegable, como si el universo mismo conspirara para unir sus almas en esa noche que prometía ser eterna.
—¿Y la cena? —preguntó ella, con una leve risa nerviosa que apenas podía disimular la emoción desbordante en su voz.
Will la miró.
Su mirada sonó de verdad, profunda, sincera, cargada de una promesa que no necesitaba palabras.
—Hoy mi cena, eres tú. —respondió, acariciándole la cara suavemente antes de elevarla a sus labios en un beso tierno y lleno de significado.
La llevó hasta la habitación con pasos seguros, cada movimiento envuelto en la tensión eléctrica que crecía entre ellos. La colocó con delicadeza sobre la cama, sin apartarse nunca, protegiéndola como si fuera el bien más preciado del mundo. Sus miradas se entrelazaron, y esta vez no hubo dudas, solo verdad desnuda, pura y absoluta.
Electra alzó la mano temblorosa y rozó el rostro de Will con la suavidad de quien sostiene un milagro.
—Te amo… —susurró, como si pronunciar esas palabras fuera revelar el secreto más sagrado de su corazón.
Will apoyó su frente contra la de ella, sintiendo que el mundo se redujo a ese instante, a ese latido compartido.
—Y yo a ti… —respondió, con una voz profunda y segura que parecía venir de un lugar donde solo existían ellos dos.
El beso que compartieron fue profundo, intenso, pero también distinto. No era solo deseo; era reconocimiento. Era destino. Un vínculo que trascendía la carne y tocaba el alma, un lazo que ninguna fuerza podría romper.
Fuera, la luna brillaba con fuerza, bañando la habitación con su luz plateada. Era como si la propia diosa Selene observara en silencio aquel momento, bendiciéndolo sagrado, o quizás marcándolo para siempre.
Sin embargo, en las sombras más allá del brillo lunar, un eco oscuro reverberó.
Muy lejos de allí, en un lugar donde la luz no se atrevía a penetrar, una presencia similar con malicia.
—Los vínculos se están sellando… —una voz antigua, oscura, hambrienta, susurró con deleite.
—Perfecto —replicó otra voz igual de sombría.
La energía oscura pareció disiparse en el aire frío.
—Cuanto más fuerte sea el lazo… más dulce será su caída… —la risa resonó con un eco siniestro en la oscuridad infinita.
—Sigan amándose… pequeños lobos… —la voz finalizó con un tono de amenaza disfrazado de consejo.
—El final será aún más delicioso —añadió, mientras la penumbra engullía todo a su paso.
En aquella habitación, entre los suspiros y latidos entrelazados, Will y Electra no sabían que su amor estaba siendo observado, medido, y destinado a enfrentarse a fuerzas mucho mayores que ellos, fuerzas que esperarían pacientemente a que el lazo que ahora los unía se tensara hasta su límite.
Pero por ahora, solo existía el presente: el roce de sus pieles, el calor de sus cuerpos, la intensidad de un amor que ardía con la fuerza de mil estrellas bajo la atenta mirada de la luna. Y aunque la oscuridad acechaba, ellos tenían un momento que pertenecía solo a ellos, un instante robado al destino, sellado con un beso que era mucho más que pasión: era eternidad.
El aire en Tierra Media se volvió denso.
De pronto, todo se quedó quieto.
No por magia.
No por peligro inmediato.
Sino por algo mucho más devastador:
La verdad.
Lux estaba de pie, inmóvil, con la mirada clavada en Oz. Sus manos apenas temblaban, aunque intentaba mantener la compostura. Su respiración se había vuelto irregular, como si su propio cuerpo rechazara lo que estaba a punto de escuchar.
—Habla ya mismo, Oz —exigió, con una voz que pretendía ser firme… pero que se quebraba en los bordes.
Oz tragó saliva.
Por primera vez desde que lo conoció, Lux no vio en él al ser burlón e impredecible… sino a alguien que dudaba.
Y eso… nunca era buena señal.
El hada bajó la mirada un instante, como si buscara las palabras adecuadas.
—Habéis estado en el manantial… —comenzó, despacio—. Y ahí es donde las almas perdidas encuentran su vínculo… si es que hay uno.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Lux sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
Algo invisible.
Algo profundo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, dando un paso hacia él.
Oz levantó la vista.
—Pequeña luminiscencia… estoy casi seguro de que el Alfa Conall no es tu compañero predestinado.
El mundo se detuvo.
Literalmente.
El sonido desapareció.
El aire se volvió pesado.
Y Lux… dejó de respirar.
— ¿Qué has dicho? —la voz de Zeta rompió el silencio, cargada de incredulidad.
Pero Lux no reaccionó de inmediato.
Sus ojos estaban abiertos, fijos, pero vacíos.
Como si su mente hubiera decidido desconectarse para no enfrentar lo que acababa de escuchar.
Un leve mareo la obligó a tambalearse.
Zeta la sostuvo al instante con una inminente preocupación en su rostro.
—Lux…
Pero ella apenas lo sentía.
—No… —susurró—. No…esto no…
Oz dio un paso hacia ellos.
—La influencia de Marcus ha corrompido el vínculo verdadero —continuó, como explicando una herida invisible—. Conall lucha con una cadena invisible, obligado a reclamarte como suya, pero no por voluntad propia.
Lux alzó la mirada lentamente.
Y en sus ojos… ya no había duda.
Había miedo.
—Sigue hablando —ordenó, con una calma peligrosa.
Oz nuevamente dudó.
Pero no podía detenerse ahora.
—Marcus buscaba a Lilian…—hizo una pausa—. El vínculo se forzó para poder llegar a ella por intermedio de ti.
El corazón de Lux se detuvo un segundo.
—Oz… —su voz se quebró—. ¿Me estás diciendo que Conall no es mi protector?
Oz cerró los ojos un instante.
Y al abrirlos, una nueva determinación abordó su pálido rostro.
—No lo es, Lux. Lo siento mucho.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
Sin magia.
Sin explosión.
Pero con un impacto devastador.
Lux se quedó paralizada, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor. Las palabras de Oz resonaban en su mente con la fuerza de una tormenta implacable. “No lo es, Lux. Lo siento mucho.” Cada sílaba caía con un peso insoportable, aplastando la esperanza que había anidado en su pecho desde que Conall apareció en su vida.
El mundo parecía desmoronarse ante sus ojos; el aire, antes fresco y vivificante, ahora era denso y opresivo, como si cada bocanada le robara más fuerzas. Sus manos temblaban levemente, la piel palidecía, y su corazón latía con una intensidad que casi parecía querer romper su pecho. No podía comprenderlo, no quería aceptarlo.
Conall, su protector, su macho alfa, el faro en la oscuridad que la había acompañado sin importar el peligro… no era su verdadero compañero…
Zeta tensó la mandíbula.
—Eso es imposible —intervino, firme—. Yo también lo siento. Siento a Conall como mi compañero vinculado.
Oz negó lentamente.
—Eso es por el poder de Lux. Su energía une, amplifica… crea lazos más fuertes de lo normal.
Lux negó con la cabeza, retrocediendo un paso.
—No… no… no…
Ella apretó los dientes con fuerza, intentando contener un alarido que brotaba desde lo más profundo de su ser, un impulso primario que pedía justicia, respuestas, aunque solo fuera una chispa de verdad que iluminara aquella oscuridad.
—Entonces ¿qué soy yo? —su voz, quebrada y temblorosa, apenas pudo sostenerse—. ¿Una ilusión? ¿Una pieza en un juego para alguien más?
Una moneda de cambio y ella lo sabía. Su destino siempre había sido ese.
Oz la miró, con pesar y comprensión. —Eres mucho más que eso. Eres un símbolo de resistencia, de luz en medio de la tormenta. Pero para poder protegerte verdaderamente, debes conocer la realidad, aunque duela.
Las manos de Lux comenzaron a temblar con más fuerza.
El silencio se volvió a envolverlos, pesados y cargados de una tensión insoportable. Lux bajó lentamente la mirada, sintiendo cómo sus fuerzas se escapaban lentamente, como granos de arena que se deslizaban entre los dedos. El lugar parecía cerrarse a su alrededor, oscureciéndose hasta que lo único que pudo ver fue la sombra de sus propias dudas.
Un nudo en la garganta le impedía respirar con normalidad.
Recordó cada gesto de Conall, cada promesa, cada caricia, cada beso, cada toque…
Cada momento en que creyó estar segura a su lado. ¿Todo había sido una mentira? ¿Un engaño tejido en las sombras?
Entonces, con un esfuerzo titánico, levantó la cabeza y miró directamente a Oz.
Sus ojos, aún empañados por las lágrimas contenidas, brillaban con una nueva determinación.
—Dime la verdad completa —exigió—. No quiero medias verdades ni mentiras disfrazadas.
Oz suspiró y luego habló.
—Conall te protege porque su esencia quiere liberarte —explicó —, pero mientras Marcus mantenga su influencia, la conexión será falsa y peligrosa.
Lux escuchaba cada palabra, pero en su interior estaba batallando con su poder oscuro para no arrasar con todo el maldito mundo y reducirlo solo a cenizas.
Ella sabía que podía, que su poder era inalcanzable.
Pero también sabía que justo eso, era lo que quería Mystra.
Su vulnerabilidad para poder hacerse con ella y sus poderes.
Lux se obligó a respirar y centrarse en lo que Oz le estaba diciendo.
—Si Conall realmente fuera tu compañero… —continuó Oz, con suavidad—. Su alma la habrían encontrado en el manantial.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez… era más pesado.
Más oscuro.
Lux llevó una mano a su pecho.
Como si intentara aferrarse a algo que se le escapaba.
El dolor era abrumador.
—Esto… no puede estar pasando… —susurró.
Zeta la abrazó sin dudarlo.
Fuerte.
Protector.
Desesperado.
—Lo resolveremos —murmuró contra su cabello—. Encontraremos su alma… y verás que sí es nuestro compañero.
Pero incluso mientras lo decía…
Había una grieta en su voz.
Porque, en el fondo…
También había escuchado a Oz.
Y había sentido el peso de la verdad.
Lux cerró los ojos contra el pecho de Zeta.
Quería creerle.
Necesitaba creerle.
Pero algo… algo dentro de ella… no encajaba.
Un recuerdo cruzó su mente.
El manantial.
El silencio.
La ausencia.
No había sentido a Conall allí.
No como esperaba.
No como debería haber sido.
Y ahora… entendía por qué.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Entonces… —murmuró, separándose lentamente—. ¿Qué es Conall para mí?
Oz no respondió de inmediato.
—Es alguien importante —dijo finalmente—. Muy importante. Pero no tu destino.
Lux rió.
Una risa suave.
Vacía.
—Qué bien…
Levantó la mirada hacia él.
—Y mi destino sí decide jugar conmigo ¿verdad?
Zeta dio un paso hacia ella.
—Lux…
—No —lo detuvo ella, alzando una mano—. Déjame pensar.
Se llevó ambas manos a la cabeza.
—Esto no tiene sentido…
—Tiene demasiado sentido —intervino Oz, en voz baja—. Y por eso duele tanto.
El conflicto interno.
Zeta observaba a Lux como si el mundo dependiera de ella.
Porque, en cierto modo…
Así era.
—Yo te siento —dijo, con firmeza—. Te siento como mi compañera.
Lux lo miró.
Y por un segundo…
Todo se detuvo.
Porque lo que había en los ojos de Zeta…
Era real.
Profundo.
Innegable.
Ella veía a su P´rincipe Encantador y sabía que se pertenecían.
—Yo también… —susurró ella.
Y ahí estaba el verdadero problema.
—Pero ahora… ¿si lo nuestro también es falso?—sugirió Lux.
No sabía si confiar en ese sentimiento.
Oz cruzó los brazos, inquieto.
—No estoy diciendo que lo que sentís sea falso —aclaró—. Solo… que no es lo que creéis.
Lux dejó caer los brazos.
—¿Y entonces qué es?
Oz no respondió.
Porque ni siquiera él lo sabía con certeza.
Había una grieta en el vínculo.
Zeta volvió a acercarse a ella.
Más despacio esta vez.
Como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
—No importa lo que diga Oz —dijo, con suavidad—. Yo no me voy a ir.
Lux lo miró.
Y esa vez…
Sus ojos brillaban.
—No es tan fácil, Zeta.
—Para mí sí lo es.
Zeta llevó su mano hasta la de ella… pero no llegó a tocarla.
Dudó.
Y esa duda…
Dijo más que cualquier palabra.
Lux lo notó.
Y le dolió.
— ¿Amor? —susurró—. Ya no es igual.
Zeta apretó la mandíbula.
—No… —negó—. Es más complicado. Pero no es menos real.
Lux cerró los ojos.
—Ojalá eso fuera suficiente…
Oz los observaba en silencio.
Y por primera vez…
No tenía ninguna broma que hacer.
Porque sabía algo más.
Algo que no había dicho.
Algo que podía romperlos aún más.
La energía de Lux…
Se estaba volviendo inestable.
Y eso…
Solo significaba una cosa.
Qué la oscuridad…
… había comenzado a notar su grieta.
Y eso…
Era justo lo que Mystra buscaba.
A todas los lectores que apoyan mi obra, os quiero dar las gracias de todo corazón. Espero seguir compartiendo con vosotros mucha más aventura… esto recién comienza.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com