Lux de Luna - Capítulo 135
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Capítulo 135: Punto de quiebre
Después de que Conall se recuperara, los tres partieron hacia Tierra de Lobos.
Mientras, en casa de Lilian, todos se preparaban para la gran exposición de arte, que ella manejaba como marchante, y en dónde Ethan sería el protagonista de la gala, como una joven promesa.
——————————-
El centro comercial estaba lleno de vida.
Luces brillantes, música suave y el murmullo constante de la gente creando una atmósfera casi hipnótica. Para cualquiera, era una tarde normal. Para Mina… todo se sintió extraño desde que había descubierto que su mundo no era lo que creía.
Se miró en el espejo una vez más.
El vestido caía con suavidad sobre su figura, elegante, sencillo, pero con un toque que la hacía sentirse diferente.
—Este me gusta —dijo, girándose ligeramente.
Lilian, de pie a unos metros, se acercó con una leve sonrisa.
—Es bonito.
Pero no la estaba mirando a ella.
Mina lo notó al instante.
Su madre observaba el reflejo de la tienda, la entrada, las sombras… como si esperara que algo ocurriera.
—¿Ocurre algo? —preguntó Mina, frunciendo el ceño.
—Nada —respondió Lilian demasiado rápido.
Mina no insistió.
Pero lo sintió.
Ese cosquilleo incómodo en el pecho… esa sensación de que algo no estaba bien.
Ella debía confiar en su madre, Lilian le había pedido paciencia y que pronto Sebástian se convertiría en su guardaespaldas.
Pero no le había dado más información.
Mina no lograba entender, como su madre permitiría que un lobo se encargara de protegerla.
¿Y protegerla de quién?
Por el amor hermoso, ¿acaso ella estaba en peligro?
Mina sentía mucho estrés.
Minutos después, salieron de la boutique con las bolsas en la mano.
El aire del exterior era más frío, más real.
Caminaron hacia el coche.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y entonces ocurrió.
Unos brazos fuertes rodearon a Mina por detrás.
—Pero ¿qué cojones…? —alcanzó a decir.
El mundo se volvió caótico en un instante.
El hombre la sujetaba con fuerza, levantándola casi del suelo.
—¡Auxilio! —gritó Lilian, con una desesperación que heló la sangre—. ¡Que alguien me ayude!
Mina forcejeó mientras intentaba gritar para llamar la atención de los transeuntes.
—¡Suelta!
Pero una mano le cubrió la boca.
Su toque era suave y su aroma le recordaba a alguien, pero su miedo era más fuerte que su curiosidad.
Su corazón comenzó a latir con violencia.
No entendía por qué…
Pero su cuerpo sí.
—¡Suéltala ahora mismo! —gritó Lilian, avanzando hacia él.
El hombre dudó.
Un segundo.
Solo uno.
Y entonces…
Soltó a Mina.
Y salió corriendo.
Desapareciendo entre los coches.
Mina se quedó inmóvil.
Sin aire.
Sin voz.
Su cuerpo temblaba.
Lilian llegó hasta ella y la abrazó con fuerza.
—Mina… ya ha pasado… ya ha pasado…
Pero Mina no reaccionaba.
Había sentido algo.
Algo que no podía explicar.
Horas después, la mansión estaba cargada de tensión.
Genaro, el padre de Mina, caminaba de un lado a otro completamente alterado.
—¿Cómo que no se puede identificar? —gruñó. —¿Y las cámaras de seguridad del parking?
—Llevaba pasamontaña —respondió Lilian con calma aparente—. Y las cámaras no captaron bien su rostro.
—¡Mierda!
Golpeó el mueble con frustración.
—Esto no es normal…
Ethan, apoyado contra la pared, fruncía el ceño.
— ¿Creéis que alguien ha intentado secuestrar a Mina?
El silencio que seguía era incómodo.
—Puede ser —dijo Genaro finalmente—. Tu madre es muy conocida… y yo…
Se detuvo.
Se sirvió un trago.
—Tú qué, cariño? —preguntó Lilian, observándolo con atención.
—Nada… —murmuró—. Solo… cosas del trabajo.
Pero su mirada decía otra cosa.
En ese momento, Mina apareció en la sala.
Más pálida de lo normal.
—Hija, ¿por qué te has levantado? —preguntó Genaro de inmediato—. Deberías descansar.
—Estoy bien —respondió ella—. Solo… un poco asustada.
Ethan se acercó y le revolvió el pelo con suavidad.
—Pecas… si hubiera estado allí, ese tipo no se habría ido tan tranquilo.
Mina sonrió débilmente.
Pero su mente no estaba allí.
Seguía sintiendo…
Esa presión en el pecho.
Esa inquietud.
El timbre sonó.
Todos se giraron.
Lilian respiró hondo.
—Ya está aquí.
Mina frunció el ceño.
—¿Quién?
—Tu nuevo guardaespaldas
La cara de Mina fue de horror.
Cuando la puerta se abrió…
El mundo de Mina se detuvo.
Sebastián.
De pie.
Serio.
Intenso.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Luciendo extraordinariamente guapo.
Llevaba un traje hecho a su medida, negro, con el cabello engominado hacia atrás y luciendo unas exclusivas gafas de sol.
—Espera un momento, — pensó Mina.
¿Su madre orquestó lo del centro comercial para poder traer a Sebástian a casa?
Definitivamente, su madre era una loca temeraria…
Mina se sonrojó y Sebástian clavó sus ojos en los de ella.
Y algo… vibró.
—Buenas tardes —dijo él.
Pero no apartó la mirada.
Ni un segundo.
Entró.
Y caminó directamente hacia Mina.
Cada paso era firme.
Decidido.
Inevitable.
—Hola, señorita Mina —dijo con voz grave—. A partir de ahora… le protegeré con mi vida si es necesario.
El lobo de Sebástian aulló de satisfacción.
Al fin, podría estar a su lado.
El aire entre ellos se tensó.
Mina tragó saliva.
—Oh… bueno…
No sabía qué decir.
No sabía por qué su corazón latía tan fuerte.
—¡Cuánta intensidad! —bromeó Ethan, rompiendo el momento.
Genaro se adelantó.
—Soy Genaro, su padre.
Sebastián le estrechó la mano.
—Mucho gusto, señor Van Helsing.
Genaro dudó un instante.
—¿Te conozco de algún sitio?
—No lo creo —respondió Sebástian sin titubear—. Acabo de llegar.
Pero sus ojos volvieron a Mina.
Siempre a Mina.
—Mamá —murmuró ella—. ¿Puedes explicarme esto?
Lilian la miró.
Y, por un segundo, su expresión cambió.
Culpa.
Preocupación.
Decisión.
—Lo de hoy ha sido peligroso —dijo finalmente—. No voy a arriesgarme a que te pase algo.
Le guiñó un ojo.
—Alguien de la galería me lo ha recomendado. Sebástian es el mejor en lo suyo.
Su padre asintió en señal de aprobación.
Mina suspiró.
—Supongo que tendré que aguantar al gorila…
Sebastián no reaccionó.
Pero por dentro…
Su lobo rugió.
Minutos después, Lilian lo guió por la casa.
—Tu habitación estará aquí —dijo.
Sebastián apenas miró el espacio.
—Gracias.
Lilian lo observó con atención.
—No hacía falta que vinieras tan pronto.
—Sí hacía falta.
Silencio.
—No pienso alejarme de ella —añadió.
Directo.
Sin rodeos.
Lilian cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—Entonces entiendes que no es una opción.
—Lo entiendo demasiado bien.
Sus miradas se cruzaron.
—Pero también debes entender algo tú —continuó Lilian—. Mina no sabe nada sobre vuestro vínculo de compañeros predestinados.
—No lo sabrá —respondió él con firmeza.
—Y no puedes tocarla. Bajo ningún concepto.
Sebastián tensó la mandíbula.
—Lo sé, Lilian. te he dado mi palabra.
—Ni acercarte más de lo necesario.
Sebástían se tensó.
—Eso no puedo prometerlo.
Y de nuevo, el silencio.
Un ambiente tenso.
Pesado.
—Sebástian…
—La siento —la interrumpió—. Aunque no quiera. Aunque lo intente.
Lilian lo observó.
Y vio la verdad.
—Entonces esto será más difícil de lo que pensaba.
————————–
Esa noche, Mina no podía dormir.
Daba vueltas en la cama.
Molesta.
Irritada.
Confundida.
—¿Qué demonios le pasa a ese tío…?
Se levantó.
Salió de la habitación.
Y bajó las escaleras con la intención de ir a la cocina por un vaso de agua.
Sebastián estaba allí.
En la oscuridad.
Como si nunca se hubiera movido.
Mina se asutó al verle. Luego cogiéndose el pecho por la impresión le hablo con seriedad.
—¿No duermes?
Él no respondió de inmediato.
—Los guerreros no duermen cuando deben proteger.
—Eres un exagerado.
Silencio.
—¿Por qué me miras así? —soltó Mina de pronto, su voz un susurro cargado de desafío.
Sebastián apartó la mirada, pero no pudo evitar que una sombra de sonrisa se dibujara en sus labios.
—No lo hago —negó con firmeza, aunque sus ojos delataban todo lo contrario.
—Sí lo haces —insistió ella, acercándose un poco más con una mirada que desafiaba su negación.
—No es asunto tuyo —respondió él, la voz baja, casi ronca, tratando de mantener una distancia invisible que ambos sabían que era inexistente.
—¡Claro que lo es! —replicó Mina, sin dar un paso atrás, su presencia ocupando cada milímetro de espacio entre ellos.
Se acercó.
Demasiado.
El corazón de Sebastián latía con fuerza, pero mantuvo la compostura.
—No deberías acercarte tanto, Mina. Me haces sentir incómodo —dijo finalmente, y aunque sus palabras sonaron firmes, hubo en ellas un matiz vulnerable que lo sorprendió.
Eso dolió. Ahora era el turno de ella de sentirse lastimada por sus palabras.
Dolió más de lo que debería.
Sebastián dio un paso atrás, el frío de su respuesta contrastando con la intensidad del momento.
—Entonces mantendré la distancia —declaró ella con tono cortante, queriendo imponer un muro invisible.
Sebástian parpadeó, como si hubiera esperado otra cosa.
—Entonces no te necesito como mi guardaespaldas.—sentenció Mina.
Sebástian la miró con desafío. Ambos sabían jugar al mismo juego.
—No tienes opción. Eres una pequeña y débil humana que necesita que alguien la cuide.
En vez de enfadarse, Mina sintió como una ola de excitación se anidaba en sus zonas más vulnerables.
¿Las palabras de Sebástian, la habían excitado?
Ella negó con la cabeza queriendo alejarse de esos pensamientos.
Él podría ser su padre… ¡¡¡qué horror!!!
Pero si algo tenía Mina, era su incanzable filosofía de vida.
“Toca los cojones y no mires a quien…”
—Ah, ¿sí? —preguntó, su voz teñida de una mezcla irresistible de provocación y reto.—¿Y esa persona que cuidará de esa pequeña y débil humana eres tú, lobito?
Sebástian tragó saliva. Su tensión ya estaba por las nubes y su lobo amenazaba con salir y devorarse a esa malcriada sexy de compañera que la diosa de la luna, le había otorgado como un miserable castigo por sus acciones.
—Si. —Fue la única respuesta, breve pero categórica.
—Perfecto —concluyó ella, cruzándose de brazos, su actitud desafiante más evidente que nunca.
—Mejor así.
Silencio.
Pero ninguno se movió.
El aire entre ellos parecía vibrar, electrificado por las palabras no dichas y los sentimientos contenidos.
Tenso.
Insoportable.
En ese instante, una tensión palpable los envolvía, un juego sutil y peligroso donde las miradas eran balas y el deseo un campo de batalla.
—Eres raro —murmuró ella.
—Y tú imprudente.
—Y tú un borde.
—Y tú una niña malcriada.
Eso fue demasiado.
—¡¿Perdona?!
Sebastián apretó los puños.
Su lobo luchaba por salir.
—Vete a dormir, Mina.
—No me des órdenes.
—No es una orden.
—Pues lo parece.
—Es por tu bien.
—¡No necesito que me cuides!
Silencio.
Pesado.
—Sí lo necesitas —dijo él en voz baja.
Mina se quedó quieta.
Algo en su tono…
La hizo estremecerse.
—No pienso hacerte caso, nunca.—sentenció ella.
Sebástian aunque intentó respirar, no logró contenerse y la cogió de las muñecas y la embistió a la primera pared que tenía al alcance.
Su cuerpo se apoyó sobre el de ella, mientras se inclinó sobre su cuello para olerala mientras sujetaba sus manos sobre su cabeza.
—No tienes ni idea… —añadió.
Y entonces ocurrió.
Mina sintió algo.
Un titón.
Un dolor.
Sin examen físico.
Emocional.
Profundo.
Como si algo dentro de él… estaría sufriendo.
Mina abrió los ojos como platos.
—¿Qué… es esto…?
Sebastián la miró.
Alarmado.
—¿Qué pasa?
—No lo sé…
Respiró hondo.
—Siento…
Lo miró.
Directamente.
—Te siento.
Silencio.
Sebástian la soltó de inmediato y salió a toda prisa de la casa.
Mina se quedó agitada, respirando con dificultad apoyada en la pared inmtentando encontrar una explicación a todo lo que estaba pasando.
Pero…
el mundo acababa de cambiar.
Y ella ya estaba dentro.
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