Lux de Luna - Capítulo 136
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Capítulo 136: El comienzo del caos
El agua caía con fuerza sobre el cuerpo de Conall, golpeándolo sin piedad mientras el vapor llenaba el pequeño baño. Los espejos se habían empañado por completo, envolviendo todo en una neblina densa que, por un breve instante, logró darle un respiro, un escape momentáneo de la realidad que lo azotaba sin tregua. Pero ese instante fue efímero; Pronto el mundo volvió a apretarle con su peso.
Apoyó ambas manos contra la fría pared de azulejos, inclinando la cabeza hacia abajo, dejando que el agua recorriera su espalda con una sensación casi punzante. Su respiración era pesada, irregular, como si cada bocanada de aire fuera de una batalla.
Pero lo peor no era el agua ni la opresión del vapor, sino lo que sentía dentro. Esa presencia extraña se movía en su interior, un invasor implacable, que se alimentaba de su energía sin más.
—No es que lo haga a propósito… pero cuando estoy cerca de ella…—susurró una voz en su mente, tan clara que parecía resonar en la habitación, aunque nadie más estaría allí.
Conall cerró los ojos con fuerza, tratando de acallar ese murmullo insoportable.
—Cállate, Marcus —ordenó con voz dura, aunque su corazón latía temeroso.—Necesito espacio.
Y el silencio se apoderó del lugar.
Pero no era un silencio pacífico; era el tipo de calma que anuncia que la tormenta está a punto de desatarse.
Mientras tanto, en la habitación contigua, Lux no podía quedarse quieta. Caminaba de un lado a otro con pasos veloces y nerviosos, como si intentara pisar el tiempo para que avance más rápido, para que las cosas cambien ya. Zeta la observaba de reojo, recostado contra la pared con los brazos cruzados, intentando mantener la calma, aunque la tensión en el aire era palpable.
—Tenemos que encontrar un huésped para Marcus —dijo Lux finalmente, rompiendo el silencio cargado—. Alguien que acepte compartir ese peso.
Zeta frunció el ceño, claramente dudoso.
— ¿Quién en su sano juicio se ofrecería para algo así? Nadie quiere terminar como Conall, sacrificándose por un ente que vive dentro.
Lux se detuvo en seco. Su mirada era firme, decidida.
—Alguien que lo haya perdido todo. Que no tenga nada por lo que luchar.
Zeta negó levemente con la cabeza, incrédulo.
—Y que encima no espere nada a cambio… Porque Marcus no es tonto. Y es capaz de cualquier cosa por continuar en este mundo.
Lux apretó los labios, luchando contra el dolor que le oprimía el pecho.
—Eso era antes —murmuró, como si temiera pronunciar esas palabras.
Zeta la miró con atención.
—¿Antes?
Ella bajó la mirada, perdida en sus pensamientos. Un plan comenzaba a tomar forma, peligroso y arriesgado, pero quizás la única esperanza que tenían.
—Cuando su alma estaba atrapada en la cueva… —susurró, apenas audible. Marcus solo pensaba en venganza, pero ahora que ha podido conectarse con mi madre, sus prioridades han cambiado.
—¿Y eso es bueno o es malo?—preguntó Zeta.
—Eso es el punto de partida para recuperar el alma de Conall…
Zeta se incorporó, serio.
—Lux, ¿qué estás pensando?
Ella levantó la vista y, en ese momento, supo que no había vuelta atrás.
—La clave es la cueva. Eso es —dijo con convicción.
Zeta arqueó las cejas, confundido.
—¿Eso qué?
—Sé dónde está el alma de Conall —respondió Lux sin titubeos.
El aire en la habitación parecía volverse más pesado, más real, como si anunciaran juntos la gravedad de aquella revelación. Zeta dio un paso hacia ella, ansioso por entender.
—Explícate.
Lux respiró profundamente, consciente de que estaba jugando con fuego.
—La cueva del licántropo. Está aquí, a pocos metros de la montaña de Pico Blanco. La misma cueva que todos llaman maldita.
Zeta frunció el ceño aún más, recordando las historias oscuras que rondaban ese lugar.
—Si Marcus fue capaz de encontrar un envase para existir, es porque su vínculo no estaba completo.
—¿Crees que alma de Conall se ha quedada en la cueva?—Zeta suspiró con preocupación.
—Exacto. No significa que el alma de Conall esté enteramente allí… Pero sí hay una parte, una parte que no está aquí.
El silencio cayó otra vez, pesado y expectante.
—Y si logramos encontrarla —continuó Lux—, podremos liberarlo.
Zeta la observó sin palabras, atrapado entre la incredulidad y la esperanza.
—Eso es una locura —dijo al fin.
—Lo sé —respondió ella, sin apartar la mirada—. Pero no voy a rendirme. No voy a perderlo. Ni a él, ni a ti.
El compromiso en su voz era tan fuerte que sacudió a Zeta hasta lo más profundo.
Sabían que esa búsqueda estaba llena de peligros: la cueva no solo estaba maldita, sino que había fuerzas oscuras que acechaban en su interior. Sin embargo, ninguna amenaza parecía tan aterradora como la idea de dejar que Marcus consumiera para siempre a Conall.
Era una apuesta arriesgada, impulsada por la desesperación y el amor.
Pero también era la única luz que les quedaba en medio de la tormenta que los envolvía.
Porque a veces, para salvar a quienes amas, no basta con evitar la tormenta: hay que meterse en ella, empaparse de su furia, y salir vivo del otro lado.
—————————–
Muy lejos de allí…
En la casa de Lilian…
Mina no podía dejar de moverse.
Caminaba de un lado a otro en su habitación, descalza, luciendo un corto y ajustado pijama de seda color azúl marino, con el ceño fruncido y el corazón latiendo demasiado rápido.
—Esto no tiene sentido…
Se llevó una mano al pecho.
Ahí estaba otra vez.
Esa sensación.
Ese tirón invisible.
Como si algo dentro de ella… la llamara.
—No… no… no…
Negó con la cabeza.
—Esto es una locura. ¿Cómo puedo estar sintiendo estas cosas?
Pero no lo era.
Porque realmente tenía una conección con los animales y, en especial con el lobo de Sebástian.
Y cada vez era más fuerte.
Del otro de la puerta, en mitad del pasillo, Sebastián estaba de pie junto a la puerta.
Inmóvil.
Pero completamente fuera de control por dentro.
Su respiración era lenta.
Forzada.
Su lobo… inquieto.
Demasiado inquieto.
—Aléjate… —se dijo a sí mismo.
Pero entonces…
Sintió algo.
Un eco.
Un reflejo.
Un dolor que no era suyo.
Se llevó una mano al pecho.
—¿Qué…?
Y lo entendió.
—Mina.
Del otro lado de la puerta, Mina se detuvo en seco.
El aire desapareció de sus pulmones.
—¿Qué es esto…?
El dolor la atravesó.
Sin examen físico.
Algo más profundo.
Más primitivo.
Más real.
—Para…
Susurró, sin saber por qué.
—Por favor…—susurraba Mina a la puerta. Como si supiera que él, estaba del otro lado.
Sebastián cerró los ojos.
Apretó los dientes.
La sintió…
—No puedo…
Su lobo empujaba.
Exigía.
Reclamaba.
—¡No!
Golpeó la pared con el puño.
El sonido retumbó en toda la casa.
Mina abrió los ojos de golpe.
—Sebas…
No sabía cómo lo sabía.
Pero lo sabía.
Abrió la puerta casi sin pensarlo.
Rápido.
Impulsiva.
Confundida.
—¿Qué estás haciendo…? —se reprochó.
Pero no se detuvo.
Lo vio.
De espaldas.
Tenso.
Respirando con dificultad.
Sebástian tenía los ojos muy abiertos, mirándola fijamente.
Ella llevaba puesto un pijama corto y sexy, que ella misma había elegido esa mañana pensando en él. La tela apenas cubría su piel, insinuando curvas peligrosas y una confianza que quería probar.
—Sebastián…
Él se giró lentamente.
Sus ojos…
No eran los mismos.
Había algo salvaje en ellos.
Algo contenido a la fuerza.
—Cierra la puerta—dijo.
Su voz era grave.
Mina frunció el fruncido.
—¿Qué te pasa?
—He dicho que cierres la puerta.
—No.
Silencio.
Peligro. Todas las alarmas en la cabeza de Mina, se encendieron.
Pero a ella, no le importó.
Sin perder tiempo, Mina dio un paso hacia él, su cuerpo moviéndose con intención.
—¿Sabes? —musitó con una sonrisa ladina—. Creo que este pijama me queda mejor cuando tienes problemas para concentrarte.
Se paseó delante de él, sus dedos rozando apenas el borde de su camisa blanca, dejando claro que quería acercarse más.
Sebastián apretó los puños.
Su mirada trataba de mantenerse firme, pero se escapaba un brillo de deseo y tormento.
—Mina…
Ella dio otro paso más cerca, acortando la distancia que él tan desesperadamente intentaba mantener.
— ¿Por qué has venido hasta aquí? Explícame qué está pasando.
—No puedo.
—Pues inténtalo.
—¡No puedo!
El estallido la hizo retroceder, pero ella no se rindió.
Comenzó a juguetear con un mechón de su cabello, lanzándole miradas provocadoras.
—Sabes, cada vez me divierto más con tus rarezas —dijo con voz baja.
Se acercó casi para susurrarle…
—Pero me estás asustando… —murmuró.
Sebastián tragó saliva, intentando ignorar el palpitar feroz en su pecho.
Eso…
Lo rompió.
Sebastián cerró los ojos.
Respiró hondo.
Intentó calmarse.
Pero su lobo no se lo permitió.
—Tienez razón, no debería estar aquí…
—Espera —Mina se plantó frente a él y lo miró desafiante. —¿Por qué?
—Porque no puedo controlarlo.
Silencio.
—¿Controlar qué?
Él abrió los ojos.
Y la miró.
—A mí.
El corazón de Mina se detuvo.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Y entonces volvió a sentirlo.
Ese dolor.
Esa presión.
Esa necesidad.
—Estás… sufriendo —susurró.
Sebastián se tensó.
—No.
—Sí.
Se llevó la mano al pecho.
—Lo siento…
Lo miró, confundida.
—No entiendo por qué… pero lo siento.
Entonces Mina sonrió con malicia.
—¿Sabes qué? —siguió ella, caminando lentamente hasta quedar demasiado cerca—. Voy a quedarme aquí, justo donde quieres que no esté.
Se apoyó en él con descaro, dejando que su cuerpo rozara el suyo, sintiendo cómo la tensión entre ambos crecía hasta hacerse insoportable.
Sebastián apartó la mirada, el dolor de no poder tocarla estallando en su interior.
—No es posible…
—¿Qué no es posible?
—Que tú…
Se detuvo.
Apretó los dientes.
Mina avanzó, lenta, cautelosa, pero decidida.
Sus dedos se deslizaron por la camisa de Sebastián, subiendo hasta su cuello.
—No voy a irme.
—Deberías.
—No quiero.
Estaban cerca ahora.
Demasiado cerca.
El aire entre ellos vibraba.
Su respiración entrecortada.
—Eres… desesperante —murmuró él.
—Y tú insoportable —respondió ella con una sonrisa pícara.
Y sin aviso, Mina se apoyó más, intentando robar un beso, un roce, cualquier contacto.
Sebastián se apartó con dificultad, luchando contra el deseo y el miedo al mismo tiempo.
—No me gustas, Sebas. No creas que tienes una oportunidad conmigo —añadió Mina, levantando la barbilla.
Mentira.
Y ambos lo sabían.
Sebastián se tensó por completo. Pero mantuvo el poco control que le quedaba.
—Perfecto.—gruñó de mala gana.
—Perfecto.—Mina le guiñó el ojo con satisfacción.
Pero el vínculo…
Seguía creciendo.
Dentro de ella.
Dentro de él.
Incontrolable.
Y mientras Mina seguía jugando, provocándolo, acercándose y alejándose como una tormenta dulce y peligrosa, Sebastián luchaba contra ese fuego interno que amenazaba con consumirlo.
Para ella era un juego. Para él, una cadena de sufrimiento que no podía romper.
Pero ninguno se rendía.
Porque en ese espacio tenso y eléctrico, algo nuevo nacía.
Algo que ninguno de los dos sabía cómo controlar.
—Las niñas pequeñas deberían dormir a su hora… —susurró él.
Mina se enfureció. Su cara cambió radicalmente y su buen humor, cayó de inmediato.
—Y los viejos como tú, deberían estar jubilados.
—¿Crees que estoy aquí porque quiero?
Sebástian cambió de táctica. Si ella iba a volverlo loco, no sería esta noche.
—¿Ah, y si no quieres por qué estás aquí?
—No tengo más remedio que aceptar las órdenes de mi príncipe y de su compñaera. Y nadie quiere que una niña malcriada corra riesgos innecesarios, por meter las narices en donde no debería.
La vos de Sebástian, salió un poco más fuerte de lo que pretendía, pero su control ya estaba en su límite.
—Asique, no creas que intento algo contigo o no sé que ideas locas tienes respecto a mí. Soy un guerrero real y me tomo mi trabajo enserio. Tú eres mi misión, nada más.
Sebástian comenzo a sentir el malestar de Mina y eso, por alguna razón que no lograba entender… lo satisfació.
—Y por si te quedaba alguna duda, no eres mi tipo. Me gustan las hembras fuertes y con carácter.
La cara de Mina, ardía por la mezcla de ira, vergüenza e impotencia al escuchar a Sebástian hablar de esa manera.
—Eres un grosero. Y que sepas que tú tampoco me gustas.
La puerta de cerró detrás de Mina segundos despúes, dejando un espeso aire de sensaciones inestables.
Y en el silencio que siguió, solo quedó la certeza de que muy pronto, ambos perderían el control para bien o para mal…
Pero tampoco les importaba.
“El amor no es algo natural, el amor es un arte. Y como arte, requiere disciplina, concentración, paciencia, fe y la superación del narcisismo. El amor no es un sentimiento… el amor es una práctica”…
—————————-
El aire del Reino Sagrado estaba cargado de una tensión silenciosa, como si la propia tierra supiera que algo estaba a punto de romperse. La luz dorada que normalmente bañaba los jardines aquella tarde más tenue, más pesada… casi expectante.
Cornelius había preparado a su propio batallón de sanadoras, faes, hechiceros y brujas para que se mantuvieran alerta ante su llamado.
Él permanecía erguido frente a ellos, con la mirada fija en el horizonte. Su postura era firme, pero sus ojos… sus ojos delataban un cansancio que no era físico. Era el peso de los años, de las decisiones, de los errores.
Iris lo observaba desde unos pasos atrás, con las manos entrelazadas frente a su pecho.
—Entonces… ha llegado el momento —dijo finalmente, con una voz suave pero tensa.
Cornelius no se giró.
—Así es, Iris. —Su tono fue grave, definitivo—. Volveremos al Reino de los Cambiaformas. La ceremonia de Lux será en pocos días.
Un silencio se extiende entre ambos. No era incómodo… pero sí estaba lleno de todo lo que no se decía.
Iris bajó la mirada.
—¿Cómo te sientes?
Cornelius soltó una leve exhalación, como si esa pregunta pesara más que cualquier batalla.
—No tengo más opciones que aceptar lo que mi hija quiere.
Iris frunció ligeramente el ceño.
—Ella no sabe toda la verdad, Cornelius…
Esa vez, él sí giró el rostro hacia ella. Sus ojos brillaron con una mezcla de dolor y resignación.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó con amargura contenida—. ¿Que me siente con mi pequeña Lux y le cuente que su abuelo ordenó destruir el reino de los lobos despúes de que Lilian desapareció?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia.
Iris presionó los labios.
—Estábamos muy equivocados con respecto a ellos…
Cornelius negó lentamente.
—Lilian nunca aceptó mezclarse con ellos…
—Porque ella sabía —interrumpió Iris con suavidad—. Conocía la profecía.
Cornelius la miró fijamente.
—¿Crees que será verdad?
Iris mantuvo su mirada sin titubear.
—Hasta ahora… todas sus visiones han ocurrido.
El silencio volvió, más denso esta vez.
Cornelius desvió la vista.
—¿Dónde está Lilian?
Iris no respondió de inmediato. Su silencio fue, en sí mismo, una respuesta.
—¿No crees que es hora de recuperar a mi compañera? —insistió él, ahora con un deje más humano, más quebrado.
Iris negó suavemente.
—No soy quien puede contestarte a eso, Cornelius.
Él cerró los ojos un instante.
—Está bien. —Su voz se volvió a endurecerse—. Prepara a tu lobo. Nos marcharemos esta misma noche.
Iris ascendió, aunque en su interior algo se encogió.
Sin decir más, se dio la vuelta y caminó hacia los pasillos del ala este, donde se encontraban las habitaciones privadas.
Cada paso resonaba en su pecho.
Sabía lo que significaba volver.
Sabía lo que les esperaba.
Y, sobre todo… sabía lo que podía perder.
Cuando abrió la puerta de su habitación, lo encontré allí.
Sión.
De pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el exterior. La luz del atardecer dibujaba su silueta con tonos cálidos, pero su presencia seguía siendo imponente, salvaje.
Al escucharla entrar, giró la cabeza.
—¿Por qué esa cara? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
Iris cerró la puerta con suavidad.
—Tenemos que regresar.
Sion no se sorprendió.
Solo la observará unos segundos más, como si intentara leer más allá de sus palabras.
—¿Tan pronto?
Iris asintió.
—Recuerda que el tiempo pasa diferente. En Tierra de Lobos, han pasado varias semanas desde nuestra partida…
Sion soltó una leve risa sin humor.
—Claro… suficiente tiempo como para que todo estalle.
Ella no respondió.
Él suspiró.
—De acuerdo.
Se hizo un breve silencio antes de que Iris preguntara:
—¿Irás con el parche?
Sion llevó una mano a su rostro, rozando la zona donde cubría su ojo.
-Si. Nadie tiene que saber que recuperé mi ojo. —Su voz se volvió más fría—. Me dará ventaja en las batallas.
Iris se tensó.
Ese tono… ese tono era el que más temía.
El del guerrero.
El del lobo feroz, dispuesto a arrasarlo todo.
El compañero que podía perder.
— ¿Qué ocurre, pequeña bruja? —preguntó él al notar su silencio.
Iris lo miró detenidamente.
Como si quisiera memorizar cada rasgo.
—No quiero que te ocurra nada…
Las palabras salieron más frágiles de lo que pretendía.
Sion la observaró en silencio durante un segundo… y luego caminó hacia ella.
Sin prisa.
Sin dudas.
Cuando estuvo frente a ella, no dijo nada.
Simplemente la rodeó con sus enormes y fuertes brazos.
El abrazo fue firme. Seguro. Protector.
Iris cerró los ojos al instante, apoyando la frente contra su pecho.
El latido de su corazón era fuerte.
Constante.
Real.
—No me pasará nada —murmuró él, apoyando el mentón sobre su cabeza—. Y si me pasara…
Hizo una pausa.
—…mi compañera es una buena sanadora. Intentará aliviar mi dolor de inmediato.
Iris soltó una pequeña risa entrecortada.
—No es tan fácil…
—Nunca lo ha sido —respondió él.
Ella alzó la mirada, encontrándose con sus ojos.
Y ahí estaba.
Ese vínculo.
Invisible… pero imposible de ignorar.
—Ahora entiendo el poder del vínculo de pareja —susurró ella—. Cada segundo me siento más unida a ti, Sion.
Él la observará con intensidad.
—El vínculo no se puede medir con palabras.
Iris se inclinó suavemente para alcanzar sus labios y depositarle un afectuoso beso sobre sus labios.
—Te quiero… mi lobo gruñón.
Sion ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa suave.
—Te quiero, mi bruja peleona.
Iris frunció el ceño, fingiendo molestia.
—Te he dicho que no soy una bruja…
Sion se inclinó apenas, acercándose más.
—Para mí sí lo eres… —murmuró—. Me has embrujado con tu belleza.
El rubor apareció de inmediato en las mejillas de Iris.
—Oh… vaya…
No pudo evitarlo.
Y él lo notó.
Claro que lo notó.
Su mano subió lentamente hasta su rostro, apartando un mechón de cabello detrás de su oreja.
El gesto fue simple… pero cargado de algo mucho más profundo.
Algo que no necesitaba palabras.
—Te necesito, Iris… —dijo él, con una voz más baja, más intensa—.
Ella contuvo el aliento.
No había urgencia en su tono.
No había exigencia.
Solo verdad.
Pura.
Directa.
Sus manos se aferraron suavemente a la tela de su ropa.
—Sión…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Él inclinó la cabeza y apoyó su frente contra la de ella.
Sus respiraciones se mezclaron.
El mundo… desapareció.
No había guerra.
No había profecías.
No había reinos.
Solo ellos.
Y ese hilo invisible que los unía cada vez más.
— ¿Confías en mí? —preguntó él en un susurro.
Iris cierra los ojos.
—Siempre.
Fue suficiente.
Sion no necesitó más.
Sus labios rozaron los de ella con suavidad al principio… como si temiera romper algo.
Pero no se rompió.
Se fortaleció.
El beso creció lentamente, cargado de emoción contenida, de necesidad silenciosa, de todo lo que habían callado hasta ese momento.
Iris respondió sin dudar.
Sus manos subieron hasta su cuello, acercándolo más.
Aferrándose.
Como si, de alguna forma, ya supiera que el tiempo juntos no sería suficiente.
Sion la mantuvo con firmeza, como si quisiera protegerla incluso de lo inevitable.
El beso no fue solo deseo.
Fue promesa.
Fue refugio.
Fue despedida… aunque ninguno quisiera admitirlo.
Cuando finalmente se separaron, sus frentes volvieron a encontrarse.
Ambos respiraban más rápido.
Ambos sabían.
—Esto… —susurró Iris—. Esto es lo que me da miedo perder.
Sion la miró fijamente.
—No lo perderás.
Pero incluso él sabía… que esa promesa era más deseo que certeza.
Aún así, la sostuvo un poco más fuerte.
Como si pudiera detener el tiempo.
Aunque fuera solo por unos segundos más.
—¿Me dejarás tomarte aquí y ahora? —preguntó Sion así, sin más.
Iris se sonrojó mientras sentía la erección de Sion presionando contra ella.
— No seré gentil, mi pequeña. Hoy no soy capaz de hacerlo.
—Sion, no quiero que seas gentil. —confesó Iris con una nueva ola de determinación.
Ella necesitaba a su lobito gruñón, a su guerrero fuerte y despiadado…
Ella quería a su compañero dentro suyo…
Muy dentro suyo.
Sion le sonrió y luego se inclinó para besarla en la marca de su clavícula. Allí, donde le decía a todo el mundo, que esa bruja era suya para reclamarla y hacerla suya hasta su último suspiro.
Ahora, Sion entendía muchas cosas…
Entendía lo ciego que se puede estar por el vínculo y entendía mejor a Will… porque él también moriría por ella sin dudarlo siquiera un segundo…
— ¡Ah! —Iris gimió y Sion regresó de sus pensamientos, solo para continuar dedicándole tiempo a su pequeña bruja.
Sus besos fueron viajando por el cuello de ella hasta llegar por encima de sus redondos y perfectos senos.
Sion la atrajo hacia él, rozando su enorme pene, quien luchaba por liberarse de la prisión de los pantalones.
Sin decir nada, Iris bajó sus manos desabrochándoselos.
Le quitó los pantalones liberando su pene completamente erguido.
Él deslizó su mano por el muslo de ella y enganchó su pantalón para quitárselo también.
En pocos minutos, ambos se quedaron desnudos.
—Eres la mujer más bella que he visto nunca.
—Eso lo dices porque soy tu compañera…
—Dame tiempo para demostrarte, porque la Diosa Selene, tiene ese poder de unir a las almas gemelas, Iris.
Iris sonrió y, poniendose en puntillas de pie, atrapó los labios carnosos de Sion. El beso fue gentil, al principio…
Luego ambos se dejaron llevar por sus necesidades de estar entrelazados.
Sion, sin cortar el beso, cogió a su pequeña sanadora en brazos y la acomodó sobre la cama.
Mientras, Iris con su mano, tomó el pene de su compañero para aliñarlo en su húmeda abertura,
—Lobito… necesito tu pene ahora mismo.
Sion gimió mientras cogió su pene para empujarlo dentro de su pequeña bruja. Ambos jadearon con la embestida.
—¡Oh, maldición! Estás muy apretada, Iris.
—¡Ahhh! Y tú, eres enorme, lobito.
Sus miradas se encontraron llenas de deseo y de un sentimiento más profundo…
Sion comenzó despacio, permitiendo que Iris se acomodara a su terrible tamaño.
—¡Me encanta mi lobito! Me llena por completo.
Él gemía de placer, mientras comenzó a moverse más rápidamente maldiciendo en su cuello.
Iris le rodeó con sus brazos, para empujarlo aún más dentro de ella.
Las embestidas, pronto comenzaron a ser más fuerte. Ella lanzando sonidos de placer al sentir el pene de Sion deslizándose, dentro y fuera de ella… llegando a cada punto exacto.
—¡Mierda! —exclamó Sion, sin dejar el ritmo. —¡Voy a llenarte de cachorros, Iris!
—Él no sabe que estoy tomando el tónico que prepara Hanna para evitar a los cachorros… Aún no estoy preparada para eso. —pensó Iris, mientras su lobito la penetraba una y otra vez…
Antes de que alguno de los dos pudieran reaccionar, Sion, aúlla fuerte.
—¡Aaaaauuuuuuuu!
Apretó sus caderas, mientras se descargaba dentro de Iris.
La sensación de su pene pulsante, también envió a Iris al límite haciendo sentir su clímax alrededor de su miembro.
iris gimió mientras se contraía una y otra vez.
—¡Aaaahhhh! —gritó cuando su orgasmo se intensificó para luego disminuir paulatinamente.
Ambos colapsaron sobre la cama con sus respiraciones aceleradas.
—Te amo, Iris. La diosa de la luna, me ha bendecido contigo y no podría ser más feliz.
Iris se quedó callada, mientras sintió como su corazón se le salía del pecho.
Muchas emociones en tan poco tiempo, que ella no supo reaccionar y prefirió el silencio.
Un silencio que no pasó desapercibido para Sion, pero lo dejó estar.
Él la volvió a besar dulcemente para luego ponerse de pie.
—Debemos prepáranos para reunirnos con Cornelius y regresar a mi reino.
iris asintió con la cabeza, eligiendo el silencio, viendo como su compañero entraba al baño para ducharse, mientras ella reflexionaba con preocupación.
—Llegará un momento en el que no podré negarme a tener un cachorro mestizo. —pensó Iris.
Un mal pensamiento arruinó el mágico clima que Iris estaba teniendo hasta hace un momento.
—¿Y si el hijo mestizo de la profecía es el mío, y no el de Lux, como todos creen?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com