Lux de Luna - Capítulo 92
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Capítulo 92: Amor entre sombras y escarchas
Mientras en la Manada de las Sombras Plateadas, el ambiente estaba cargado de tensión. Aria se retorcía en su asiento, incapaz de encontrar la calma que tanto anhelaba. La preocupación por su futuro y el destino de aquellos que amaba la consumía.
— ¿Qué te ocurre, Aria? —preguntó Redmond, viendo su inquietud reflejada en cada línea de su rostro.
—No puedo estar tranquiloa, Redmond. Todo por lo que hemos luchado se nos está viniendo abajo —respondió ella, con la voz entrecortada por la ansiedad.
—¿No le has dado a Electra el veneno para la mestiza? —Preguntó Redmond, buscando respuestas en sus ojos.
—Sí, y la he amenazado con matar a su compañero si no coopera, pero ya sabes cómo es ella —Aria suspiró, su frustración evidente.
Un silencio tenso se instaló entre ellos. Redmond, sintiendo la carga que pesaba sobre Aria, decidió abrir su corazón.
—Aria, ya no aguanto más. Deberíamos decirle la verdad a Electra.
Las palabras de Redmond provocaron una reacción inmediata en ella. Se espantó con la idea, la mera sugerencia de traicionar su confianza era insoportable.
—¡No! Y ni se te ocurre traicionarme —exclamó, su voz proyectando una mezcla de miedo e ira.
—Nunca lo haría. Te amo demasiado. Eres mi compañera destinada —respondió él, la sinceridad brillando en sus ojos.
Aria bajó la mirada, recordando las conversaciones que habían tenido en el pasado.
—Redmond, ya hemos hablado de esto muchas veces. No podemos estar juntos, al menos hasta que Bodolf muera.
El argumento resonó en el aire entre ellos. Aria, sin rendirse, continuó.
—Sin hijos varones que puedan heredar su posición de Alfa, tú ocuparás su lugar.
—Quiero lo que me pertenece, incluidos tú y mi hija —declaró él, la determinación grabada en su rostro.
—¡Calla! Por favor… Harás que nos maten —Aria advertía, con pánico en la voz.
—Te amo, Aria, y no soporto que Bodolf te ponga las manos encima —dijo él, mientras su cuerpo se acercaba más al de ella. Aria, sintiéndose frágil ante esas palabras, se acomodó en el pecho de Redmond y lo abrazó cálidamente.
—Soy tuya, siempre será tu compañera. Y cuando Bodolf muera y seas el nuevo Alfa de esta manada, estaráré a tu lado —prometió, dejando que el calor del amor y la esperanza la envolviera.
—Y recuperaremos a nuestra pequeña. No puedo creer que dejara que ese estúpido guerrero se la llevara de esa manera —respondió Redmond, su voz un murmullo lleno de dolor.
—Tranquilo. Era necesario. Ahora confía en ella. Estoy segura de que va a conseguir quitarse a esa bastarda del medio para conseguir ser la Luna del Norte —intentó calmarla Aria, mientras se aferraba aún más a él.
———————
Manada de la Escarcha Feroz, donde Leo y Sabine compartían un momento íntimo en la habitación del joven Gamma.
—Buenos días, compañera —saludó Leo, con una sonrisa que iluminaba la mañana.
—Buenos días, compañero —respondió Sabine, estirándose lánguidamente.
Leo, al ver su belleza en la luz del sol, no pudo evitar acercarse más.
—Te deseo —susurró con lujuria.
—¿Más? —preguntó ella, entre risas.
—Nunca me voy a cansar de ti, Sabi.
— ¿Sabi? —repitió, sorprendida.
—Me gusta como suena —Leo sonriendo con complicidad.
Sabine se echó a reír, su risa llenando la habitación con alegría.
—Está bien. Pero llevamos tres días aquí dentro. ¿No deberíamos salir a que nos dé el aire?
—Todos los nuevos compañeros necesitamos nuestros días para afianzar el vínculo —explicó Leo, sabiendo que el tiempo juntos era invaluable.
—¿Y no crees que lo hemos afianzado ya muchas veces? —dijo Sabine, con un guiño.
Leo, mejorando su expresión, se acercó aún más a ella.
—Te amo…
—Y yo… —contestó Sabine, su voz suave, casi un susurro.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Leo, buscando la verdad en sus ojos.
—Si. La marca en mi cuello ha liberado esa inseguridad que tenía hacia ti. Ahora sé que eres mío y yo soy tuya —afirmó, mientras el amor florecía entre ellos, un vínculo que se fortalecía con cada latido.
— Uff, ahora quiero hacerte cachorros…
-¡Leo! —gruñó Sabine entre risas.
— Me pones muy caliente, Sabine, y no puedo parar de llenarte con toda mi hombría.
Leo se acomodó encima de ella para comenzar a besarla apasionadamente. Luego bajó por su cuello, lamiendo cada punto exacto, donde ella se excitaba.
Llegó hasta su marca y se quedó lamiendola un rato, hasta que olió la excitación de su compañera. Señal de que ella estaba lista para tomarlo otra vez.
— ¿Me dejas estar dentro de ti un poco más?
— ¿Deberíamos aparearnos ahora mismo? —susurró Sabine sin intenciones de negarse realmente.
—Sí. Nunca tengo suficiente de ti, cariño.
—Está bien, Leo. No puedo esperar a sentirte dentro mío.
Inmediatamente, Leo la besó en la boca apasionadamente, mientras le introducía tres dedos dentro de su ya, húmeda y excitada vagina.
—¡Ahh! —exclamó Sabine.
—Estás muy lubricada, Sabi.
Sabine gimió, mientras la presión aumentaba hasta estremecerla profundamente.
—¡Oh! Me encanta como me tocas…
— Sí, cariño… prepárate para sentirme al completo.
Una oleada de electricidad invadió el cuerpo de Sabine, provocándole convulsionar, mientras se liberaba sobre los dedos de Leo.
Él se los llevó hasta su boca y los lamió como si fuera su última cena.
— Sabes delicioso y nunca me voy a cansar de tu sabor.
Sin esperar, la cogió de las nalgas, acomodándola sobre su gran pene erecto y duro como un mástil.
—¡Sí! —exclamó Sabine, al introducirse en él, cuando Leo la sostuvo y bajó de un tirón hacia su miembro.
Sabine era quien tenía el mando. Ella se movía de arriba a abajo sobre el miembro de Leo, otorgándote un placer único y delicioso.
—¡Joder, Sabi! Me estás matando…
—Te voy a montar hasta dejarte seco, Leo.
Ella se inclinó apoyando sus manos sobre el fuerte pecho de Leo sin dejar de menear su cuerpo sobre su pene.
Mientras Sabine lo montaba como un potro en celo, él usó sus manos para posarlas sobre sus caderas y facilitarle el movimiento.
— ¿Te gusta?
— Me encanta, cariño. Eres perfecta por dónde te mire.
—¡Oh! —jadeó ella, cuando sintió que Leo la empujaba más para profundizar las embestidas.
Sabine perdió completamente la compostura hasta que una energía lujuriosa y placentera se apoderó de su cuerpo.
— Leo, estoy llegando a mi liberación…
—¡Correte, Sabi! Pienso llenarte esa estrecha vagina tuya con mi semilla caliente.
—¡Ay, Reino Sagrado!
Unas pocas meneadas más por parte de Sabine provocaron los orgasmos en cadena.
Primero ella, otorgándole calor y estrangulamiento al pene de Leo, quien no puedo controlarse descargándose dentro de ella.
—¡Maldición!
—¡AHHHHH! —gimió finalmente Sabine.
— Eres única y te adoro, eres mía y solo mía.
—Soy tuya, Leo. Para siempre.
En ese instante, ambos se sumergieron en un mar de sentimientos, entregándose el uno al otro, conscientes de que su amor podía resistir cualquier tormenta, y su futuro juntos estaba destinado a brillar.
———————–
El despacho del Alfa del Norte estaba inusualmente silencioso aquella mañana. La luz gris del cielo se filtraba por las altas ventanas, iluminando los mapas de territorio extendidos sobre la gran mesa de madera.
Leo entró sin llamar.
Raunak ya estaba allí, apoyado en el escritorio de Conall con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno. Leo lo observó unos segundos antes de hablar.
—¿Por qué presiento que me vas a dar malas noticias?
Raunak levantó una ceja.
—Porque te voy a dar malas noticias.
Leo suspiró y se dejó caer en una de las sillas.
—Cuéntame, pues.
Raunak caminó despacio por la habitación antes de responder, como si cada palabra que fuera a pronunciar tuviese el peso de toda la manada.
—Conall aún no ha oficializado nada… pero estos últimos días han pasado muchas cosas.
Leo apoyó los codos sobre la mesa, su interés ahora plenamente cautivado.
—Eso ya lo sé. El pasillo de la habitación de nuestra Luna parece una mini fortaleza encantada, llena de luces brillantes y ruidos potentes.
Raunak lo miró de reojo, como si estuviera valorando qué tanto debería revelar.
—Luna Lux tiene poderes divinos.
Leo frunció el ceño, la incredulidad pintándose en su rostro.
—Eso ya lo sospechábamos.
Un destello de seriedad surcó la mirada de Raunak mientras añadía…
—Y nuestro Alfa ha sido poseído por la criatura maldita.
El silencio cayó de golpe en la habitación, un vacío que parecía absorber la luz misma.
Leo se enderezó.
—¿Lo puedes confirmar?
Raunak asintió con gravedad, su rostro reflejando la urgencia de la situación.
—Tú también lo viste el día de tu ceremonia.
Leo se frotó la barbilla, pensativo ante el recordatorio de aquel oscuro incidente.
—Bueno… sabíamos que podía pasar.
Miró hacia el techo, como si esperara encontrar respuestas en la fría estructura.
—Siempre supimos que Conall hizo un trato con esa criatura.
—Sí —respondió Raunak—, pero se suponía que no se apoderaría de él hasta que todo estuviera resuelto.
Leo ladeó la cabeza, la intriga creciendo.
—Entonces… ¿qué ha cambiado?
Raunak soltó un suspiro largo, dejando entrever su desesperación.
—Todo es culpa de nuestra Luna.
Leo lo miró con escepticismo, intentando comprender.
—¿Lux?
—Por si no te has dado cuenta —continuó Raunak—, tiene al príncipe heredero a sus pies.
Leo soltó una pequeña risa, la tensión en el ambiente suavizándose momentáneamente.
—Eso sí lo he notado.
Luego añadió, con un tono más serio…
—Los he visto bastante… juntos.
Raunak negó con la cabeza, su rostro pálido revelando la gravedad de la situación.
—Pero eso no es lo peor.
Leo alzó una ceja, su curiosidad avivándose.
—¿Hay más?
—Ese vínculo de tres nos está exponiendo.
El aire de la habitación pareció volverse más pesado, como si una tormenta se acercara.
—¿Qué crees que va a pasar cuando las demás manadas se enteren?
Leo se recostó en la silla, sintiendo el peso de lo inevitable.
—Nada bueno.
En ese momento, la mirada de Raunak se quedó fija en un punto vacío, y Leo lo conocía demasiado bien para no reconocerlo.
—¿Enlace mental?
Raunak no respondió, sus ojos desenfocados mientras escuchaba algo que Leo no podía oír. Un segundo después, su expresión cambió.
—¿Qué? —preguntó Leo.
Raunak se incorporó de golpe.
—Hay un gran alboroto en la habitación de Luna Lux.
Leo ya estaba de pie, el instinto de protección surgiendo.
—Vamos.
————————–
La habitación del Alfa era un caos contenido. Hanna caminaba de un lado a otro, su humor pareciendo a punto de explotar.
—¡Comienzo a perder la paciencia!
Su voz resonó con irritación, una mezcla de enojo y preocupación.
—Cada vez que os dejamos solos con ella… ¡algo pasa!
El gruñido de Conall fue inmediato, su voz dura como el acero.
—¿Nos estás culpando?
Hanna se giró hacia él, su determinación firme.
—Sois sus protectores. Y no hacéis más que dañarla.
Zeta frunció el ceño, inquieto.
—Ella ha estado perfectamente durante todos estos días.
Su voz sonaba preocupada, casi suplicante.
—No me explico por qué ahora no despierta.
Iris, inclinada sobre la cama examinando a Lux, frunció el ceño.
—Está fría…
Pasó una mano por la frente de la joven, aumentando la tensión a su alrededor.
—Esto no parece estar relacionado con sus poderes.
Conall avanzó, decidido.
—¡Despiértala ahora mismo!
Hanna apretó los labios, el miedo cruzando su rostro.
—¡No puedo!
El aura del Alfa vibró peligrosamente.
—Entonces te mataré y buscaré a alguien que sí pueda hacerlo.
Conall la miró con advertencia, pero Iris ni siquiera se inmutó. Ella levantó la cabeza de repente, su voz grave generando un escalofrío.
—Alfa…
Conall centró su furia en ella.
—¿Qué?
Iris tragó saliva, la peligrosidad de su siguiente palabra a punto de estallar.
—Veneno.
Zeta abrió los ojos, incredulidad y temor cruzando su rostro.
—¿Veneno?
Uno a uno, los presentes asimilaron la noticia, el silencio siendo su único consuelo.
—Alguien la ha envenenado —concluyó Iris, la gravedad de sus palabras resonando como un gong.
La mandíbula de Conall se tensó tanto que parecía que iba a romperse.
—¿Y no puedes curarla? ¿Acaso no eres una sanadora con poderes también?—sus palabras sonaban desesperadas e impotentes ante la delicada situación.
Iris negó lentamente, una tristeza profunda en su mirada.
—Aquí no.
Miró a Hanna.
—Necesitamos llevarla al Reino Sagrado.
—¿Estás segura? —preguntó Zeta, tensionado.
—Es la única forma.
Los rostros de Conall y Zeta se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, ambos parecieron pensar exactamente lo mismo.
Zeta asintió, su voz oscura.
—Ella lo es todo para nosotros, compañero.
De repente, la puerta se abrió. Raunak y Leo entraron en la habitación, la escena dejándolos helados.
Lux yacía en la cama, completamente inmóvil, sumida en un sueño profundo. Conall sostenía una de sus manos, Zeta la otra. La tensión en la habitación era tan densa que casi se podía tocar.
Leo habló primero, rompiendo el silencio.
—¿Qué ha pasado, Alfa?
Conall levantó la mirada, sus ojos negros brillando con una furia silenciosa.
—Reúne a los mejores guerreros en el despacho.
Raunak frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Nos iremos de viaje.
Leo parpadeó, la incredulidad abrumándole.
—¿Un viaje… ahora?
Conall se levantó lentamente de la cama, su mirada fija en el horizonte.
—Sí.
Dobló su cuerpo hacia Zeta, el compañero comprendiendo aquel llamado implícito.
—El príncipe y yo nos llevaremos a nuestra compañera al Reino Sagrado.
Hanna frunció el ceño en señal de desaprobación, mientras Iris negaba con la cabeza.
Raunak dejó escapar un suspiro largo y resignado.
—Ya estamos otra vez… —murmuró—.
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La imagen del Beta Raunak os la dejo en los comentarios. 🥰🐺💞😉
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