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Lux de Luna - Capítulo 95

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Capítulo 95: El viaje al Reino Sagrado

La noche cayó sobre la manada del Norte como una manta pesada.

No era el silencio de la calma, sino el de la expectativa. Algo grande estaba a punto de ocurrir y todos podían sentirlo.

En el patio interior, iluminado por antorchas, se había reunido un pequeño grupo.

Lux permaneció inconsciente.

Zeta la sostenía con sumo cuidado en sus brazos, como si fuera una reliquia sagrada hecha de cristal. Conall caminaba de un lado a otro, inquieto, con las manos tensas detrás de la espalda.

Iris y Hanna hablaban en voz baja junto a una mesa de piedra.

Sion observaba la escena, apoyado contra un pilar, fingiendo indiferencia.

Pero su mirada no se movía de Iris.

Ni un segundo.

—Este veneno es letal si se administra de manera continuada —explicaba Iris mientras sostenía el frasco que Conall le había entregado.

El líquido oscuro en su interior parecía absorber la luz de las antorchas.

— ¿Tiene antídoto? —preguntó Conall con impaciencia.

—La mayoría de los venenos de ese tipo lo tienen.

Iris lo miró con seriedad.

—Este también.

Conall exhaló lentamente.

—Bien.

Pero Iris añadió…

—Electra no lo tiene y no es algo que pueda beberse.

El silencio cayó como una piedra.

Zeta presionó más a Lux contra su pecho.

—Por eso debemos irnos de prisa —continuó Iris—. Cuanto antes lleguemos al Reino Sagrado, antes podremos curarla.

Conall se quedó observando el frasco unos segundos más.

Luego lo cerró con firmeza.

—Entonces vámonos.

Zeta lo miró de reojo.

—Conall… ¿confías en ellas?

El Alfa se quedó pensando.

Un segundo.

Dos.

—No mucho.

La respuesta fue brutalmente honesta.

—Sí, claro.

La voz vino desde atrás.

Todos giraron la cabeza.

Sion estaba allí, con los brazos cruzados y una sonrisa ligeramente provocadora.

Los ojos de Iris se abrieron un poco y sus mejillas se encendieron con el color de su pelo.

—No los pondré en peligro —dijo ella rápidamente, un poco sonrojada—. Sé que todo esto es nuevo para vuestro reino, pero forma parte de nuestros poderes.

Leo levantó una ceja.

—Bueno… eso suena tranquilizador.

Sebástian se inclinó hacia él.

—No, no lo es.

Sabine levantó la mano con timidez.

—Eh… ¿alguien podría explicarme exactamente qué vamos a hacer?

Iris respir hondo, como si estuviera a punto de ofrecer un premio. —Vamos a teletransportarnos.

Sabine palideció. —Ah.

Iris intentó sonreír para brindar algo de seguridad.

—Para hacerlo necesitamos desintegrarnos.

La expresión de Sabine fue de absoluto horror.

— ¿Cómo que desintegrarnos?

—Nuestros átomos y moléculas se separan temporalmente. — explicó Hanna.

Sabine se quedó congelada en su lugar, como si hubiera escuchado que iban a saltar desde un acantilado.

—¿Y luego?

—Luego se vuelve a integrar en el destino final.

Sabine se agarró al brazo de Leo con desesperación, buscando apoyo.

—Yo no quiero ir.

Leo la abrazó con calma, su chiste habitual notoriamente ausente.

—Tranquila, cariño. No tengas miedo. Yo te cuidaré.

Sabine lo miró con ojos de pánico.

—Eso no suena muy tranquilizador.

Hanna, quien siempre parecía disfrutar del drama, soltó una carcajada baja.

—La primera vez siempre suena aterradora.

—No debe ser para tanto. —concluyó Sion, mientras miraba de reojo a Iris.

Ella, tratando de mantener el control de la situación, sacó varias pequeñas piedras grabadas con runas brillantes que destellaban como si contuvieran estrellas. —Apretada bien fuerte la piedra.

Fue entregando una a cada uno, como si cada piedra contuviera parte de su destino.

—Importante, cierra los ojos.

Su voz se tornó seria, un tono que dejaba claro que ningún juego estaba en marcha.

—Por nada del mundo deberán abrirlos durante el viaje.

Leo, siempre el que levantaba la mano con preguntas imprudentes, alzó una vez más la suya.

—Pregunta importante.

Iris suspir, ya preparndose para otra de sus inquietudes.

-¿Si?

—¿Qué pasa si los abrimos?

Ella lo miró fijamente, como una madre que le dice a su hijo que no toca el fuego.

—Te desintegras en medio del vacío.

Leo se quedó muy quieto, su rostro transformándose lentamente en una mezcla de asombro y miedo.

—Ah.

Pausa.

—Pues no los abriré.

Iris se colocó en el centro del grupo, un verdadero capitán listo para guiar a su tripulación hacia lo desconocido. Las runas comenzaron a brillar intensamente, pulsando en un ritmo vibrante, como un corazón latiendo ansioso por salir de su pecho.

—A la cuenta de tres.

Todos se prepararon, la adrenalina comenzando a bombear en sus venas. Zeta, quien tenía a Lux, ajustada contra su pecho, miró a su alrededor. Conall presionó su piedra con tal fuerza que sus nudillos se blanquearon.

—Uno.

El aire vibró, cargando su esencia con un magnetismo palpable.

—Dos.

La luz azul comenzó a girar a su alrededor, bailando como un torbellino lleno de energía cósmica.

—Tres.

Y el mundo explotó en millas de fragmentos.

Cuando la luz se disipó, en lugar de aterrizar en otro lugar, Sabine sintió que flotaba. El vacío la envolvía, y por un instante, el terror se apoderó de ella nuevamente. Sin embargo, Leo aún sujetaba su brazo, transmitiéndole una calma que solo él podía proporcionarle.

—Recuerda, no abras los ojos. —le trasmitió por su enlace de pareja.

La sensación de desintegrarse era extraña, como si todo su ser se estuviera deshilachando y reorganizando. Había fragmentos de colores, formas y sonidos por todas partes, como un caleidoscopio hecho de sueños y realidades.

De repente, hizo clic. Sabine comprendió que no estaba sola en esta experiencia; todos estaban juntos, todos sintiendo lo mismo. Una risa burbujeante se escapó de sus labios, una risa que pronto contagió al resto del grupo.

—¿Así que esto es lo que se siente? —preguntó Sion, su voz resonando en la inmensidad.

—No está mal —contestó Conall, riendo.

La luz se intensificó, y Sabine sintió que sus átomos comenzaban a reconectarse, como piezas de un rompecabezas que finalmente encontraron su lugar.

—Estamos llegando —anunció Iris con una sonrisa triunfal que apenas pudo ver.

Un instante después, un estallido de luz blanca les dio la bienvenida a un nuevo mundo. De repente, se encontraron en un bosque exuberante, donde los árboles parecían tocar el cielo y criaturas fantásticas pululaban entre los arbustos. Las runas en las piedras comenzaron a brillar suavemente, y Sabine sintió que la magia comenzaba a fluir a su alrededor.

Cuando Iris habló de nuevo, su voz sonaba distante.

—Ya podéis abrir los ojos.

Uno a uno obedeció.

Y todos se quedaron petrificados.

Ante ellos se extendía un paisaje imposible.

Cascadas flotantes descendían desde montañas suspendidas en el aire.

El cielo tenía tonos dorados y violetas, como si el amanecer estuviera permanentemente atrapado allí.

Árboles gigantes con hojas luminosas susurraban con el viento.

Leo fue el primero en hablar.

—De acuerdo…

Miró alrededor lentamente.

—Esto sí que es impresionante.

Sion frunció el ceño.

—¿Este es el Reino Sagrado?

Iris sonrió.

—No exactamente.

Hanna alzó los brazos emocionada.

—¡Oh, mi casa!

Giró sobre sí misma.

—Estoy tan feliz de volver aquí después de tantos años. ¿Me habrán echado de menos?

Iris se rió.

—Para los que viven aquí solo han pasado unos días, Hanna. Nadie te ha echado de menos.

Hanna se detuvo.

—Cierto.

Sebástian miró alrededor.

—Entonces… ¿dónde estamos?

Iris señaló una pequeña casa de piedra rodeada de jardines flotantes.

—La casa de Hanna.

Conall ladeó la cabeza.

—¿Nos has traído primero a casa de tu amiga?

Iris cruzó los brazos.

—Necesito hablar con Cornelius primero.

Zetal dio un paso adelante.

—Iremos contigo.

Iris negó rápidamente.

—No puedo aparecer en el palacio con todos vosotros de la nada.

Su expresión se volvió seria.

—Nos mataría en el acto.

Todos se quedaron callados.

Hanna se llevó una mano a la barbilla.

—Tengo una idea.

Y cuando Hanna tenía ideas… normalmente significaba problemas.

Un rato después, el grupo caminaba hacia las enormes puertas del Reino Sagrado.

Torres blancas brillaban bajo la luz dorada del cielo.

Los guardianes del portón observaban al extraño grupo con desconfianza.

Un hada.

Dos sanadoras.

Y seis… individuos sospechosamente grandes que olían a perro muerto.

Cuando el mensaje llegó al palacio, el Rey en funciones, respondió con una sola orden.

Autorizados.

Las puertas se abrieron lentamente.

Iris miró al grupo.

—Iremos los protectores y yo.

Señaló a los demás.

—Vosotros esperáis aquí.

Leo levantó una ceja.

—¿Perdón?

Iris continuó.

—Lux no puede esperar.

Luego miró a los demás.

—Hanna, puedes quedarte con ellos.

Leo cruzó los brazos.

—¡No somos niños!

Sion gruñó.

—Yo no atiendo las órdenes de una bruja.

—Ya empezamos? —Iris frunció el ceño.

Pero Hanna levantó una mano.

—Lobitos, no os gustará presenciar el mal humor del Rey Cornelius.

Leo sonrió.

—Eso suena interesante.

Hanna negó con la cabeza.

—Digamos que a ningún padre le gustará ver a su pequeña en brazos de dos lobos feroces. Mejor le hacemos caso a Iris y nos quedamos tranquilos por aquí.

Leo miró a Zeta.

—Bueno… cuando lo dice así…

Sion se rió.

—Disfrutada del espectáculo.

—¡Calla, Leo! —gruñó Conall.

———————-

Dentro del palacio, Iris fue la primera en entrar al salón del trono.

Cornelius caminaba de un lado a otro con evidente irritación.

En cuanto la vio, la abordó.

— ¿Dónde has estado toda la mañana?

Su tono no era precisamente amable.

—He intentado contactarte.

Iris levantó las manos.

—Unos días en el reino de los lobos.

Cornelius frunció el ceño.

—Aquí solo han pasado unas horas.

—Exacto. Ya sabes el cambio de horarios…

—¿Y qué se supone que hacías por esos lados?

Ella respiró hondo.

—Cornelius… tenemos que hablar.

Cornelio suspiró.

—Eso ha sonado muy mal.

-Perder.

Iris lo miró directamente.

—Pero no tengo tiempo para adornar la situación.

Cornelius cruzó los brazos.

—¿Qué ocurre?

Iris dudó. Luego habló.

—Se trata de Lilian.

El efecto fue inmediato.

El cuerpo de Cornelius se tensó.

— ¿Qué tienes que decirme sobre ella? ¿La ha encontrado? ¡Habla!

Iris se giró hacia la puerta.

—Necesito que veas primero a alguien.

Cornelius frunció el ceño.

Iris salió del salón del trono.

Un momento después regresó.

Acompañada.

Los dos hombres que entraron parecían sacados de una leyenda guerrera.

Altos.

Peligrosos.

Vestidos con el uniforme ceremonial de los protectores.

Uno de ellos sostenía a una joven inconsciente en brazos.

Cornelius los observó con desconfianza.

—¿Qué demonios es esto?

Iris habló con calma.

—Ellos son Conall y Zeta.

Hizo una pequeña pausa.

—Los protectores de la princesa Lux.

Cornelio parpadeó.

—¿Princesa Lux?

Zeta avanzó lentamente.

Y acercó el cuerpo de Lux.

El Rey la observó.

Su expresión cambió.

Primera confusión.

Luego incredulidad.

Luego algo más profundo.

Su mano tembló ligeramente cuando apartó un mechón del rostro de la joven.

Sus ojos recorrieron sus facciones.

Su nariz.

Su mandíbula.

Su cabello.

El color de su piel.

Y finalmente suspiró.

Un suspiro cargado de incertidumbre.

—Es mi hija…

Su voz fue apenas un susurro.

—¿Verdad?

Iris no respondió.

No hacía falta.

Porque en ese instante, por primera vez en meses, Cornelius estaba mirando el vivo reflejo de su amada sanadora Lilian.

————————–

Las imágenes de Conall y Zeta con el vestuario de Protectores de Lux os la dejo en comentarios. Espero que os esté gustando la historia 😉💞🐺

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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