Lux de Luna - Capítulo 96
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Capítulo 96: Lazos de sangre
El ambiente era pesado en la sala del trono, una mezcla de tensión palpable y el olor a madera antigua que parecía absorber el eco de las palabras sin salida. Conall y Zeta se encontraban frente al Rey Cornelius, la figura majestuosa que, a pesar de su estatus, había mostrado una vulnerabilidad inusual ante la revelación más insólita de su vida.
— Es mi hija, ¿verdad? — La voz de Cornelius resonó en la habitación cargada de angustia.
Iris asintió con los ojos llenos de preocupación.
—Sí, ella es la hija que has tenido con la Princesa Lilian.
La pregunta que siguió era obvia, pero también brutal.
— ¿Qué ha pasado?
Lilian, su amor perdido, había tomado decisiones drásticas, al parecer.
— Huyó hacia el territorio de los lobos —, respondió Iris, con el tono grave de quien lleva el peso del mundo sobre sus hombros. — Estaba protegiéndote a ti y a su hija no nacida.
Cornelius se quedó en silencio, las emociones cruzándose en su rostro como sombras en un día nublado. — ¿Por qué? —, musitó, casi para sí mismo.
—Sabes la respuesta. — Fue Conall quien habló, la impaciencia comenzando a hacerse evidente en su frente, un latido rítmico que presagiaba la llegada del dolor de cabeza que lo acechaba.
—Marcus murió en combate. Lo he visto con mis propios ojos —, dijo, cerrando los ojos por un instante, recordando la batalla que le había costado la vida al Dios del Poder Oscuro.
El aire en la sala se tornó denso; la ira y el duelo se mezclaban de manera intoxicante.
— Marcus, no es el momento. Cuando crea oportuno, dejaré que salgas —, interrumpió Conall desde su enlace mental con la criatura maldita.
— Más te vale, Conall… — La advertencia de Marcus era clara. No había esperado tantos años en vano.
Zeta miró a Conall con el ceño fruncido, un indicativo de que se preocupaba por su bienestar.
— ¿Estás bien?
— Sí.
Pero la respuesta de Conall sonó vacía, incluso para él mismo.
Mientras Zeta abrazaba a Lux, quien yacía en un sopor profundo, la mirada de su compañero se dirigió a Cornelius. —Ya habrá tiempo para hablar. Ahora lo importante es despertar a Lux.
Cornelius dio un paso adelante, el peso de su realeza resonando en cada movimiento. — ¿Qué le ocurrió?
— La han envenenado con esto —, respondió Iris, su voz temblorosa, entregándole el frasco con el veneno que le dio Electra.
Cornelius se acercó a Zeta, quien retrocedió instintivamente, la desconfianza atravesando su ser. — No voy a hacerle daño. Solo quiero tocarla —, dijo el rey, intentando calmar la tormenta de emociones que generaba su presencia.
Iris ascendió a Zeta, quien, aunque dudoso, dejó que Cornelius se aproximara. Cuando la mano del rey encontró el brazo de Lux, una ola de tristeza lo invadió y cerró los ojos, como si asumiera la carga de su destino. — No es veneno…
Los presentes se miraron con sorpresa.
— ¿Cómo qué no? —, preguntó Conall, su voz incrementando en incredulidad.
— Ella tiene un fuerte hechizo. Algo muy oscuro… demasiado —, continuó Cornelius, dejando caer la bomba.
— ¿Cuál? — La inquietud se apoderaba de ellos.
—El de la bella durmiente. Solo unas pocas brujas son capaces de conjurarlo.
Las palabras cayeron como un rayo, y el ambiente se cargó de una desesperación eléctrica.
— ¿Qué significa? —, preguntó Conall, incapaz de procesar la gravedad de la situación.
Iris se tensó.
— Debí haberlo adivinado, maldita sea.
Cornelius adoptó una postura más firme, como si estuviera registrando un antiguo ritual prohibido.
— Es un hechizo muy fuerte y poco detectable. Solo un Dios con mi poder puede reconocerlo.
— ¿Entonces no hay antídoto? —, preguntó Conall, viendo cómo la esperanza se desvanecía.
Cornelius negó con la cabeza.
— ¿Qué le pasará a Lux? —, continuó Zeta, con la voz entrecortada.
—Vamos, acompañarme a llevarla a una habitación—, ordenó Cornelius, tratando de mantener la calma mientras su corazón palpitaba con fuerza.
Tras un corto trayecto, Lux fue llevado a una de las habitaciones del palacio divino, un lugar decorado con hermosos tapices que narraban leyendas antiguas. El silencio era ensordecedor mientras Conall y Zeta se mantenían firmes en su decisión de encontrar respuestas.
— Está estable y su condición no va a empeorar —, dijo Cornelius, intentando ofrecer algo de consuelo.
— ¿Cómo la despertaremos? —, inquirió Conall, aferrándose a cada palabra como si fueran salvavidas.
Pero la respuesta de Cornelius fue un jarro de agua helada.
— Existe la posibilidad de que no lo haga.
Conall sintió como si el suelo se abriese bajo sus pies.
—¡Eres un Dios, joder! Y siendo su padre, no me creo que no puedas hacer nada.
— ¿Ella despertó sus poderes antes de la Luna de Sangre? —, preguntó Cornelius, buscando cada detalle, cada fragmento de información que pudiera ayudarles.
Iris ascendió, su rostro pálido aún.
—Si.
— ¿Con ambos protectores?, la voz de Cornelius era ahora casi un susurro, como si no quisiera escuchar la incómoda respuesta.
Iris se movió nuevamente, algo de temor brillando en sus ojos.
—Si.
— Bueno, ahí tenéis la respuesta —, concluyó Cornelius, su voz temblorosa. — No hay nadie más poderoso que ella en este universo. Solo Lux puede hacer algo, pero ese hechizo la ha encapsulado.
—Pero no entiendo algo… ¿por qué Luna Aria querría dañar a Lux? —preguntó Zeta.
—¡Maldición! —, exclamó Conall, dando un puñetazo en la mesa cercana, haciendo que todo temblara. —Todo ha sido mi culpa. Esa loba de Aria no tiene escrúpulos y desde que asumió como Luna de la Manada de las Sombras Plateadas, me tiene en la mira. Quiere, a toda costa, apoderarse del Norte junto a Bodolf y planificó, estratégicamente, que su hija Electra se metiera bajo mis sábanas para que yo la marcara bajo un falso vínculo de compañeros.
Conall se llevó las manos a la cabeza en señal de desaprobación.
—Al no ser yo quien cayó bajo ese hechizo, los planes de ellos fracasaron y han estado intentando eliminar a Lux para que Electra ocupe su lugar.
—¡Por eso nunca me habéis gustado los lobos! ¡Todos sois muy codiciosos y no medís las consecuencias de vuestros actos!
Conall alzó su mano con las garras ya expuestas decidido a degollar a Cornelius, pero el propio Marcus, fue quien lo detuvo.
— ¡Ni se te ocurra! Tu suegro es cosa mía…
Conall se detuvo, respiró y volvió a contraer sus garras. Iris volvió a respirar.
—Debemos permanecer tranquilos. Ahora lo que importa es Lux. —concluyó Iris.
Zeta también se tensó, la frustración tomando forma en su pecho. —¡No podemos dejarla así! Debe haber alguna manera de ayudarla.
— Necesito pensar, y con vosotros gritándome al lado no puedo —, dijo Cornelius, aunque sabía que su tono no era suficiente para ahogar el miedo que se cernía sobre ellos.
— Zeta y yo somos sus protectores y de aquí, no nos movemos —, respondió Conall, mostrando firmeza a pesar de su angustia.
— Está bien—, dijo Cornelius, rindiéndose ante la determinación de los dos. — No puedo impedirles que estén aquí con ella. Pero no intentéis nada o puede que terminen provocando una reacción peor.
Más tarde, Cornelius, Iris y Hanna estaban reunidos en la sala del trono, donde el rey demandó la historia completa con una intensidad que hacía eco en las paredes.
— Ahora, que por fin estamos solos, necesito la historia completa. Desde el momento en que esta hada, traicionó a su Reino y ayudó a escapar a la futura Reina…
Sus ojos ardían con una mezcla de furia y desesperación, como si cada palabra fuera un hechizo destinado a desatar un tormento aún mayor.
Hanna miró a Iris, buscando respuestas en su mirada, y viceversa. Ambas compartían una profunda inquietud, un entendimiento silencioso de lo que estaba en juego.
— Mi rey…—susurró Hanna con temor.
— ¿Dónde está Lilian? ¿Qué le ha pasado?
La pregunta de Cornelius flotó en el aire, pesada como una piedra. Fue un reclamo más que una consulta; Necesitaba respuestas, y las quería ahora.
Hanna negó con la cabeza y exhaló el aire que no sabía que tenía retenido en su pecho.
— Ella despertó una parte de su poder divino después de que vosotros… ya sabes.
Cornelius la miró inquisitivamente, pero permaneció en silencio.
— Lilian fue tras sus visiones. Intentó anunciar a su padre que no debíamos mezclarnos con los lobos, pero ya sabes que no tuvo éxito. El Rey Lucius siempre ha sido… complicado con esas cosas.
Cornelius frunció el ceño, su mente girando entre recuerdos y pesares.
— Pero eso no explica su ausencia. ¿Qué más?
La mirada de Hanna se hundió en el suelo.
— En medio de todo esto… descubrió que estaba embarazada, y tenía miedo de que te lastimaran. No quería que el Rey Lucius actuara en tu contra.
Las palabras golpearon a Cornelius como una bofetada.
— Embarazada ¡¿Y no me lo dijo?!
— Tenía miedo por ti —, respondió Hanna, lanzando una mirada significativa hacia Iris — El Rey Lucius nunca habría aceptado ese embarazo. Él ya había hecho un pacto con el Rey Eliseo… la entregaría como moneda de cambio.
La tensión se volvió casi insoportable.
— ¿Qué ocurrió en el combate? ¿Por qué está desaparecida?
—Marcus estaba al tanto de todo. —mencionó Hanna.
—Eso lo sé. Él mismo me contó sus propios planes… pero me refiero a lo que ocurrió de verdad… yo estaba casi muerto tendido en la arena cuando, literalmente se esfumó.
—Lilian lanzó un hechizo contra Marcus—, Iris continuó, las palabras fluyendo de su boca como agua turbia. — No con la intención de matarlo, sino solo para despojarlo de su poder. Pero algo salió mal con el manejo de sus poderes… y él perdió su alma.
—Sí, esa alma que se supone que debería estar encerrada en un frasco a buen recaudo, pero… las cosas se han complicado un poquito y el alma de Marcus anda por ahí, haciendo lio…—intervino Hana, intentando quitarle barro al asunto.
El aire se volvió más denso. Cornelius apretó los puños, sintiendo cómo la rabia y la impotencia luchaban por salir.
— Y entonces, ¿qué? ¿Adónde fue Lilian? ¿Por qué no tengo noticias de ella?
— Escapó esa misma noche—, dijo Hanna, con tristeza en sus ojos. — Encontré la manera de camuflar su olor y se fue con los lobos, donde se ocultó. Ella pensó que allí estaría a salvo.
— ¿Sigues en contacto con ella? — Cornelius preguntó, casi suplicando, pero su corazón sabía que la respuesta no sería la que deseaba.
Hanna se estremeció, el peso de la verdad a punto de aplastarla.
— No… Solo he tenido las noticias que circulaban entre las manadas sobre lo que le ocurrió a Lilian, y no te gustará saberlo.
Cornelius sintió que el mundo se apagaba a su alrededor.
— Quiero saberlo…— su voz apenas era un susurro, un eco de la angustia que le atravesaba. —Necesito saberlo.
— Los lobos no son criaturas bondadosas; su naturaleza es salvaje y primitiva. —confesó Hanna entre un mar de lágrimas.
—Ellos… la mataron.
El silencio que siguió fue electrizante, como si todos los secretos del reino quedaran atrapados entre ellos, esperando ser liberados. Cornelius sintió que su corazón se fracturó al escuchar la confesión de Hanna.
Y mientras las sombras seguían danzando, un nuevo peligro acechaba, y su nombre resonaba en su mente como un canto de sirena: Marcus. ¿Qué pasaría si, de alguna manera, él regresaría con más fuerza y sed de venganza? La incertidumbre se deslizó en la sala, un frío indescriptible que helaba el alma.
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