Lux de Luna - Capítulo 97
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Capítulo 97: El nacimiento de la mestiza
Dieciocho años antes…
La luna llena colgaba sobre la Manada de las Sombras Plateadas, grande y blanca como un ojo vigilante. El viento agitaba los pinos del bosque y el aullido lejano de un lobo resonaba entre las montañas.
En la casa de la manada, la atmósfera era muy distinta.
Allí no había paz.
Solo ambición.
Aria caminaba lentamente por la habitación, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Su vestido oscuro rozaba el suelo de madera con un sonido suave, pero su mirada era tan fría como el hielo.
Bodolf estaba frente a ella.
El Alfa de la manada parecía inquieto, aunque pretendía ocultarlo.
Aria se detuvo.
—Bodolf —dijo con una calma peligrosa—. En cuanto la humana dé a luz a tu bastardo… la quiero lejos de aquí.
Bodolf frunció ligeramente el ceño.
—Aria, no te pongas celosa.
Ella soltó una pequeña risa seca.
—No tengo celos.
Lo miré con desprecio.
—Son principios. No toleraré a ninguna amante más.
Bodolf suspiró.
—Lilian no molestará. Ella puede encargarse de cuidar a nuestros cachorros.
Aria levantó una ceja lentamente.
—¿Nuestros cachorros?
Su voz era venenosa.
—Yo solo tengo una cachorra.
Se acercó a él hasta quedar unos pocos centímetros.
—Y será la única con derechos.
Bodolf no respondió.
Sabía que ese tema siempre terminaba igual.
—Si Lilian llega a tener un cachorro macho…
Hizo una pausa.
—Él será mi heredero —. Proclamó Bodolf.
Aria levantó la cabeza y terminó la frase.
—Pero si es una niña…
Su sonrisa fue cruel.
—Será una omega sin privilegios.
Sus ojos brillaron con desprecio.
—Una sucia y apestosa bastarda.
El silencio se extendió entre ellos.
Bodolf se tensó.
Dentro de su pecho algo rugía con fuerza. Porque la verdad era que amaba a Lilian y deseaba con todo su corazón a ese bebé no nato.
No era solo un capricho.
No era solo deseo.
Era algo más profundo.
Algo que lo hacía sentir culpable cada vez que veía como era maltratada.
Pero Aria era su Luna.
Y había algo dentro de él… algo oscuro y primitivo… que no le permitía contradecirla.
Así que al final hizo lo que siempre hacía.
Agachó la cabeza.
—Claro, mi amor.
Su voz fue sumisa.
—Lo que tú digas.
Aria sonrió.
Había ganado.
Otra vez.
Pocas horas después, Bodolf patrullaba las fronteras de la manada.
La tormenta se estaba formando lentamente sobre las montañas, y el aire tenía ese olor metálico que anunciaba lluvia.
Pero de pronto…
Un grito atravesó la noche.
—¡¡AAAAAH!
Bodolf se detuvo.
Era un grito femenino.
Un grito de dolor.
Uno que conocía muy bien.
El de Lilian.
Pero en la casa donde la habían recluido, la situación era muy diferente.
Lilian estaba en el suelo.
Sudorosa.
Pálida.
Temblando.
Su vientre se contraía con violencia.
—¡Ya viene! —gritó entre lágrimas—. ¡Ya viene!
Junto a la puerta, Liz observaba la escena con total indiferencia.
—Señora… —dijo con aburrimiento—. ¿Qué hacemos?
Aria estaba sentada en una silla, contemplando a la humana como si fuera un insecto.
—No pienso ayudarla.
Se cruzó de brazos.
—Que se desangre.
Su voz fue fría.
—Y con suerte… se muere.
Lilian gritó de nuevo.
El sonido hizo eco en las paredes.
Liz suspiró.
— Deberíamos ayudarla.
Aria la miró con fastidio.
—¿Y por qué haría eso?
Liz señaló la ventana.
—Sus gritos despertarán a toda la manada.
Sonrió de lado.
—Y pondrán en sobre aviso al Alfa.
Aria entrecerró los ojos.
Luego suspiró.
—Tienes razón, Liz.
Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—¿Qué haría yo sin ti?
En ese momento, la puerta se abrió.
Redmond apareció en el umbral.
— ¿Qué ocurre aquí? Bodolf me envió un enlace mental, quiere saber a que se deben los gritos de la humana.
Liz respondió sin emoción.
—La humana está de parto.
Redmond miró a Lilian, que se retorcía en el suelo.
— ¿Quieres que le avise a Bodolf?
Aria lo miró como si hubiera dicho algo estúpido.
—Ni se te ocurra. Dile que, por aquí, todo sigue igual.
Otro grito desgarró la habitación.
—¡DUELO! —sollozó Lilian—. ¡Necesito ayuda! ¡Por favor!
Aria hizo una mueca.
—Los humanos sois tan débiles…
Negó con la cabeza.
—¿Qué espera Bodolf que salga de ahí?
Liz dijo con malicia.
—Las mujeres humanas no suelen soportar partos mestizos.
Sus ojos brillaron con verdadera malicia.
—Podríamos sacar al bebé… y dejar que ella muera.
Lilian levantó la cabeza horrorizada.
-¡NO!
Intentó arrastrarse.
—¡Por favor! ¡No me hagan daño!
Aria golpea la mesa con irritación.
—¡Calla!
Su voz retumbo.
—No te apoyo más.
Se giró hacia Liz.
Y dijo con absoluta frialdad:
—Mátalos.
Lilian dejó de respirar por un instante.
—¿Qué…?
—A ella y al bebé.
Aria se encogió de hombros.
—No los necesitamos. Diremos que el parto se complicó y que no pudimos hacer nada para salvarlos.
Liz.
—Prepararé un hechizo muy oscuro.
Redmond dudó.
—Crees que es lo correcto?
Aria se acercó a él lentamente.
Luego le acarició el rostro.
—Amor…
Su voz se volvió suave.
—Necesito que confies en mí.
Sus ojos brillaron.
—Si queremos estar juntos…
Susurró.
—Debemos eliminar todas las piedras del camino.
Redmond tragó saliva.
Luego participa.
—Claro.
El abrazo.
—Te apoyaré en todo… mi amor.
Liz comenzó a preparar el hechizo.
Arrancó algunos cabellos de la cabeza de Lilian.
Luego tomó saliva de su boca.
Y empezó a recitar palabras antiguas.
Oscuras.
Prohibidas.
La energía de la habitación cambió.
Las velas se apagaron.
Y afuera…
Una tormenta estalló sobre la manada.
El cielo se volvió negro.
Los truenos retumbaron en las montañas.
La lluvia comenzó a caer con furia.
Los manantiales amenazaban con desbordarse.
Redmond miró por la ventana.
—Iré a reforzar las protecciones.
Aria.
—Hazlo.
Cuando él salió…
La habitación quedó en silencio.
Solo se escuchaban los jadeos de Lilian mientras pronunciaba algunas palabras que ninguna logró entender.
Y de pronto…
Todo se detuvo.
Lilian dejó de gritar.
El silencio fue absoluto.
Aria se levantó.
—¿Ya está? ¿Han muerto?
Liz caminó hasta Lilian.
Comprobó sus signos vitales.
La observ unos segundos y luego dijo:
—Ya no respira.
Aria sonrió.
—Perfecto.
Suspiró con satisfacción.
—El hechizo ha funcionado.
Pero entonces…
Un sonido rompió el silencio.
—¡Bua!
—¡Bua!
Aria frunció el fruncido.
—¿Qué es ese ruido?
Liz suspiró con irritación.
Luego metió la mano debajo del cuerpo de Lilian.
Y sacó algo pequeño.
Algo envuelto en sangre.
Un bebé.
Una niña.
Que lloraba con todas sus fuerzas.
Liz la miró con fastidio.
—Es una niña.
Hizo una pausa.
—Y ha sobrevivido.
Aria palideció.
—¡Maldición!
————————–
Dieciocho años después…
El salón del trono estaba en silencio.
Cornelius permanecía sentado, con el rostro sombrío.
Hanna había terminado su relación.
—Hanna…
Su voz estaba rota.
— ¿Qué se dijo sobre el cuerpo de Lilian?
Hanna negó lentamente con la cabeza.
—Nadie sabe qué hicieron con ella.
El rey cerró los ojos, mientras respiraba profundamente.
Las palabras parecían clavarse en su pecho.
—Los lobos la mataron…
Murmuró con una ira inminente.
—¿Esperan que los acepten?
Hanna dio un paso adelante.
—Mi rey, he vivido mucho tiempo entre ellos.
Su voz fue suave.
—No todos son malos.
Miró hacia la puerta.
—Conall y Zeta aman a tu hija.
Hizo una pausa.
—Darían la vida por ella.
Cornelius apretó los puños.
—Nunca permitiré que se queden con Lux. ¡Nunca! —sentencia visiblemente dolorida.
Hanna dudó.
—Cornelio…
Lo miré con preocupación.
—Hay algo que no te hemos contado.
Iris tragó saliva. Sabía lo que Hanna le contaría a continuación.
El rey la miró lentamente.
—¿Hay más?
Hanna.
—Se trata de lo que pasó con el alma de Marcus.
————————–
En una habitación.
Lux dormía en la cama.
Su piel estaba pálida.
Su respiración era débil.
Zeta permanecía de pie junto a la ventana.
Conall caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
—No soporto esta espera —gruñó.
Zeta suspiró.
—Tranquilo.
Se volvió hacia él.
—Estoy convencido de que esto es lo correcto.
Conall frunció el fruncido.
—Siento que algo no está bien en este lugar.
Zeta sonrió levemente.
—Eso será tu criatura.
Le dio una mirada divertida.
—Seguro que está deseando meterle las garras a Cornelius.
Conall resopló.
—Será eso.
Se acercó a la cama.
Estaba a punto de sentarse junto a Lux…
Cuando una fuerza invisible lo lanzó hacia atrás.
—¿Qué demonios…?
La puerta se abrió de golpe.
Cornelius entró como una tormenta.
Sus ojos ardían de furia.
—¡Puedes darte por muerto, Marcus!
Zeta se puso en guardia.
—Esto no pinta bien…
Dentro de la mente de Conall, una voz oscura habló.
— Alfa …
La criatura maldita sonó divertida.
—Creo que es el momento de que me dejes salir.
Conall suspiró mentalmente.
— ¿Tú crees?
Marcus Río.
— En tu reino eres fuerte.
Su voz era burlona.
— Pero aquí no puedes convertirte en lobo.
Pausa.
— Y los poderes de Cornelius son… impresionantes. Por algo le llaman el Dios de la Guerra.
Conall suspiró.
— ¿Entonces propones que te deje tomar el control?
— Exacto.
Marcus sonó encantado.
— Déjame salir.
— ¿Para armar un desastre?
— Algo así.
Conall pensó un segundo.
Luego sonrió.
— De acuerdo.
En cuestión de segundos…
Su cuerpo cambió.
La energía oscura llenó la habitación.
Sus ojos se volvieron rojos.
Su sonrisa… salvaje.
Zeta tragó saliva.
—Espero que sepas lo que haces, Conall…
Cornelius lo miró con odio.
—¡Traidor!
Marcus reafirmó la cabeza.
Y seguramente como si estuviera reencontrándose con un viejo amigo.
—Al fin…
Su voz fue gruesa y sarcástica al mismo tiempo.
—¡Tú y yo tenemos algo pendiente! ¡Tú me debes algo y lo sabes!
Sus ojos brillaron por la sensación de haber llegado al momento que tanto había esperado…
—He vuelto para terminar lo que comenzó aquel día en la arena, compañero.
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La imagen de la bruja Liz, y Redmond, os la comparto en comentarios. Gracias por leerme y agradezco a todas aquellas que me envían piedras y dejan comentarios.
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