Lux de Luna - Capítulo 99
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Capítulo 99: Lux de Luna
En el palacio del Reino Sagrado, la noche parecía haber sido detenida.
A pesar de la calma aparente, el ambiente estaba cargado de una difícil inquietud de ignorar.
En una de las habitaciones interiores, Lux permanecía acostada sobre una amplia cama cubierta de sábanas de seda dorada.
Su respiración era tranquila, pero demasiado lenta.
Demasiado lejana.
Parecía más una estatua dormida que una persona.
Hanna estaba sentada a un lado de la cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Su mirada no se apartaba del rostro de la joven, como si temiera que al hacerlo, Lux pudiera desaparecer.
A su lado estaba Sabine, que caminaba de un lado a otro con evidente nerviosismo. Había pedido a su compañero que se llevara a Conall y a Zeta a dar un paseo para que se relajaran un poco.
Finalmente, se detuvo para mirar a Hanna.
—¿Crees que despertará?
Hanna suspiró lentamente.
—No lo sé.
Su voz era suave, pero sincera.
—Ella es la única que puede lograrlo.
Sabine se acercó a la cama y observó a Lux con detención.
La muchacha parecía tranquila.
Demasiado tranquilo.
—No me gusta esto —murmuró—. Es como si no estuviera aquí.
Hanna la miró de reojo.
—Porque en cierto modo… no lo está. El hechizo solo fue para enfermarla, pero lo que no sabían fue que sus poderes la encapsularían para protegerla del daño.
Sabine abrió la boca para preguntar algo más, pero en ese instante algo cambió.
Primero fue un pequeño movimiento.
Un leve temblor en los dedos de Lux.
Luego sus párpados se estremecieron.
Hanna se inclinó hacia adelante inmediatamente.
—¿Lux?
El pecho de la joven aumentó con una respiración más profunda.
Sus manos se tensaron.
Y entonces…
Abrió los ojos.
Cuando Lux recuperó la conciencia, lo primero que vio fue luz. Una claridad absoluta se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había paredes. No había techo. Solo un vasto campo abierto que parecía no tener final.
Desde luego, esa no era su habitación, dónde recordaba estar acostada en medio de sus compañeros descansando después de haberse apareado hasta el agotamiento.
El aire era cálido y ligero, como si cada partícula estuviera cargada de energía. Lux parpadeó varias veces, desorientada. —¿Qué… ha pasado? —musitó, sintiéndose flotante y confusa al mismo tiempo. Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor con incredulidad. — ¿Dónde estoy? Giró la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, pero solo encontró el horizonte.
Y entonces una voz habló detrás de ella, sacándola de su aturdimiento.
—¡Al fin!
Lux dio un pequeño salto del susto y se giró rápidamente. Un hada estaba de pie a pocos metros.
Era joven… o al menos lo parecía. Su cabello plateado caía de forma despreocupada sobre su frente, y sus ojos esmeraldas brillaban con una mezcla curiosa de inteligencia y picardía. Estaba apoyado contra una roca inexistente con una actitud relajada, como si hubiera estado esperando allí durante mucho tiempo.
Lux frunció el ceño, irritada por la sorpresa.
—¿Quién eres?
El hada levantó una mano en señal de saludo, dándole un aire de confianza que le resultaba extraño.
—Me llamo Oz.
Lux, todavía tratando de similar la situación, se presentó.
—Hola, soy Lux —respondió ella, su voz temblorosa.
Oz rodó los ojos con exageración.
—Lo sé.
Lux inclinó la cabeza, perpleja. —¿Me conoces?
Oz susspiró dramáticamente, como si cargar con esta conversación fuese una de las mayores pruebas de su existencia. —Sí, tonta. Sé quien eres.
— ¿A quien esperas? —preguntó Lux incrédula.
—A ti. — Contestó Oz con la poca paciencia que le quedaba.
Lux parpadeó, dándose cuenta de que no sólo estaba perdida, sino que también estaba hablando con un ser alado que parecía enojado con el universo.
—¿Qué hago aquí? —preguntó, sumida en una espiral de preguntas. Oz se encogió de hombros.
—Estás transitando.
La palabra “transitando” resonó en su mente como un eco distante. Lux frunció aún más el ceño, tratando de comprender.
—¿Transitando?
El hada dejó escapar otro suspiro, este más largo y exasperado.
—Uff… —murmuró, llevándose una mano a la cara, como si intentara contener un inminente estallido de frustración.
—¿Acaso tu cuidadora no te explicó nada?
Lux negoció lentamente, sintiéndose aún más confundida.
—¿Cuidadora? ¿Qué cuidadora?
Miró a su alrededor una vez más, como si esperara que apareciera alguien más, alguien que pudiera darle respuestas.
—No entiendo nada.
Oz miró al cielo invisible, como si esperara que el mismo cosmos le proveyera de una solución.
—Siempre me toca hacer todo a mí —se quejó, sin poder contener un toque de amargura en su voz.
Lux sintió un pequeño destello de indignación.
—No es mi culpa que me haya despertado aquí —replicó, cruzando los brazos.
Oz se giró hacia ella, su expresión cambiando de la frustración a la divertida incredulidad.
—Claro, porque es lo más normal del mundo despertar en un lugar sin límites ni reglas. ¿No te parece emocionante?
Ella lanzó una mirada escéptica, pero algo en su tono hizo que se sintiera un poco más ligera.
—Bueno, sí, pero… —comenzó a argumentar, aunque se dio cuenta de que no tenía un buen punto a seguir.
Oz hizo un gesto amplio, como si pudiera abarcar toda la inmensidad que los rodeaba.
—¡Mira a tu alrededor! ¡Aquí no hay más que oportunidades! ¿Nunca soñaste con una aventura?
Lux se quedó en silencio, recordando sus días en la Manada de las Sombras Plateadas, luego su complicada relación con Conall y Zeta, el despertar de sus poderes, su verdadero linaje…
Algo en su interior comenzó a responder a la propuesta de Oz.
—Tal vez… —musitó, a regañadientes. —Pero no sé lo que tengo que hacer.
Oz se acercó un paso, sus ojos brillando como estrellas.
—Eso es precisamente el punto. Todo lo que tienes que hacer es avanzar. Pero antes de eso, debemos aclarar un par de cosas —dijo mientras sacaba un dedo y hacía círculos en el aire—. Primero, debes dejar atrás tus miedos. Y segundo… —se detuvo un momento, como si estuviera sopesando la importancia de su siguiente afirmación—. Debes aprender a reírte de lo absurdo.
Lux entrecerró los ojos, ya intrigada.
—¿Reírme de lo absurdo?
Oz sonriendo de manera traviesa, como un niño que acaba de recordar un secreto infinito.
—Exactamente. Una vez que consigas eso, estarás lista para tu verdadero viaje.
Con esas palabras resonando en su mente, Lux sintió que algo dentro de ella comenzaba a cambiar. Tal vez el lugar en el que se encontraba no era tan aterrador después de todo. Con un profundo suspiro, finalmente se permitió sonreír.
—Está bien, Oz. Avancemos.
El hada estalló en una risa contagiosa.
Sacudió la cabeza.
—Tendré que pedir un aumento. esto no está pagado ni con todo el oro del mundo.
Lux dio un paso hacia él con timidez.
—Oz… perdona.
Sus ojos eran sinceros.
—¿Podrías ayudarme? No sé qué hago aquí, en realidad.
Oz la miró unos segundos.
Luego sonrió.
Una sonrisa cálida y tranquila. Extendió su mano hacia ella.
—Por eso estoy aquí, guapa. Te llevaré a dónde perteneces.
Lux dudó un instante.
Pero algo en la energía de aquel lugar le decía que no corría peligro.
Tomó su mano.
Oz la ayudó a levantarse.
—Ven.
Empezaron a caminar.
El paisaje parecía cambiar lentamente mientras avanzaban, aunque Lux no lograba entender cómo.
Era como si el mundo se reordenara a su alrededor.
Después de un rato llegaron frente a un árbol.
Un árbol enorme.
Antiguo.
Su tronco era tan ancho que podría haberlo rodeado diez personas tomadas de la mano.
Sus ramas se extendían hacia el cielo invisible, cargadas de hojas que brillaban con una luz suave.
Oz se detuvo.
—Es aquí.
Lux miró el árbol confundida.
—¿Aquí?
Señaló el tronco.
—¿Pertenezco a un árbol?
Oz dejó caer los hombros con frustración.
—Madre mía…
Se pasó la mano por el cabello.
—Cuánto daño le han hecho a nuestro mundo.
Lux levantó las manos.
—No entiendo nada, Oz.
Oz la miró con una sonrisa más paciente esta vez.
—Ten paciencia, mi querida Lux.
Se colocó frente a ella.
—Esto recién empieza.
Oz se puso frente a Lux y le pidió que extendiera sus brazos con las palmas de las manos hacia arriba.
— Vamos a probar tus nuevas energías. Cierra los ojos y piensa en algo que anheles mucho.
Lux sintió cómo la energía empezaba a recorrer su cuerpo. Las chispas sobre sus palmas danzaban, como si respondieran a un ritmo que solo ellos dos podían oír. Cada destello era una pequeña promesa, un recordatorio de que había algo más allá de lo cotidiano, algo lleno de posibilidades.
—Siente eso —susurró Oz, su voz resonando en el silencio que los rodeaba—. Eso es tu poder, lo que llevas dentro.
Lux apretó los ojos con fuerza, concentrándose. Los rostros de Conall y Zeta se regresaron más nítidos en su mente, cada uno enviando olas de calidez hasta sus extremidades. Conall, siempre tan protector, con esos ojos oscuros que podían iluminar hasta los días más grises. Zeta, con su mirada profunda y misteriosa, capaz de hacerla sentir como si fuese la única persona en el mundo. Era un poder que no solo emanaba de sus cuerpos, sino también de sus corazones, entrelazados en un vínculo que Lux nunca había experimentado antes.
La chispa inicial creció en intensidad, convirtiéndose en un pequeño remolino de luz que giraba alegremente sobre sus manos. Oz observaba, su rostro iluminado por el resplandor que emanaba de Lux. Con un gesto suave, invitó a la energía a expandirse.
—Ahora, deja que fluya —instruyó. Su tono era firme, pero estaba impregnado de un cariño palpable—. No tengas miedo. Deja que todo lo que sientes salga.
Las palmas de Lux comenzaron a vibrar, y el flujo de energía se convirtió en algo casi tangible. Sus pensamientos se centraron en el amor que sentía por ambos, el deseo de protegerlos y estar siempre cerca. La luz tomó formas, destellos de colores que danzaban en la atmósfera, transformando el aire en un espectáculo místico.
De repente, una ráfaga de viento pasó por el lugar, como si la misma naturaleza estuviera celebrando ese momento de conexión. Lux irritante, sintiendo cómo su corazón latía en armonía con la energía que ahora brotaba de sus manos. Cada latido era un eco de los sentimientos compartidos, un recuerdo tangible de la unión que habían forjado juntos.
Oz, emocionado, extendió su mano hacia Lux, tocando la luz con suavidad. En ese simple gesto, una oleada de energía fluyó entre ellos, uniendo sus poderes y pensamientos, creando un lazo aún más fuerte.
—Veo que te estás recreando, picarona.
Oz se divertía con las sensaciones abrumadoras que emergían de Lux al recordar el toque de sus protectores.
—Eres más poderosa de lo que crees —dijo Oz, retirando su mano con una sonrisa—. Ahora, vamos a explorar juntos.
Lux ya no parecía escuchar.
Había entrado en un trance profundo.
Sus pupilas se volvieron completamente blancas.
La energía que emanaba de su cuerpo creció.
Se volvió intensa.
Pura.
Era como mirar directamente al sol.
La luz que surgia de ella vibraba con una potencia comparable a la energia de una estrella.
Como el calor inagotable del sol.
Electricidad pura.
Infinita.
Renovable.
Oz cruzó los brazos.
—Pobres lobitos.
Negó con la cabeza divertido.
—No me gustaría estar en su lugar.
Miró a Lux con admiración.
—Debe ser agotador energizar a nuestra futura Reina.
En apenas un segundo…
Lux dejó de parecer humana.
Se convirtió en una masa de luz radiante.
Una presencia brillante que iluminaba todo el campo.
Ella era luz.
De ahí su nombre.
Lux.
La medida de la luz.
La intensidad con la que la claridad alcanza una superficie.
La cuantificación de lo visible.
Oz la observó con respeto.
—Eres incluso más poderosa de lo que esperaba…
Luego extendió la mano y tomó suavemente su brazo.
—Vamos a casa, Lux.
La guio hacia el árbol.
Ambos avanzaron lentamente.
Paso a paso.
Hasta que llegaron al tronco.
Lux, todavía envuelta en luz, caminó junto a Oz.
Y sin detenerse…
Atravesaron el árbol.
Como si fuera aire.
Cuando estaba al otro lado, la luz de Lux se apagó poco a poco.
Sus pupilas volvieron a su color normal.
—Estamos… ¿dentro del árbol? —preguntó Lux totalmente incrédula con lo que acababa de ocurrir.
Oz soltó una carcajada sonora.
—¡Me parto contigo!
Lux lo miró con total seriedad.
Oz dejó de reír.
—Oh… espera…
Se llevó la mano al pecho.
—Lo dices en serio.
Suspiró resignado.
—Vaya faena me espera contigo, pequeña luminiscencia.
Señaló el lugar donde habían entrado.
—Eso era un portal.
Lux ladeó la cabeza.
—¿Qué es un portal?
Oz levantó un dedo como si fuera un maestro.
—Un portal dimensional es una entrada hacia otra dimensión.
Empezó a caminar mientras hablaba.
—Un punto donde las realidades se conectan.
Lux abrió mucho los ojos.
—¡Oh!
Oz sonrió.
—Si. Lo sé, es increíble.
Oz se detuvo frente a una puerta luminosa.
—Pero lo mejor viene ahora.
Abrió la puerta y ambos entraron.
Dentro había una sala amplia.
Una mesa.
Varias sillas.
Todo estaba iluminado por una luz suave que parecía surgir de las mismas paredes.
Lux se sentó.
Y en ese momento ocurrió algo extraño.
Una luz apareció sobre la mesa.
Primero fue solo un destello.
Luego una forma.
Una silueta.
Humanoide.
Lux se inclinó hacia adelante.
—¿Qué es eso?
Oz la miró con ternura.
—Un portal astral.
Lux lo miró confundida.
Oz explicó con calma.
—Es cuando el alma abandona el cuerpo físico.
Señaló la figura.
—Y viaja lejos de él.
La forma de luz empezó a definirse.
Rostro.
Cabello.
Rasgos.
Lux dejó de respirar por un instante.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Porque reconoció aquella cara.
—¡Yo te conozco!
—Hola, hija.
La voz era suave.
Familiar.
Lux se levantó de golpe.
—¿Mamá?
La figura luminosa sonrió con amor.
Sus ojos brillaron.
—Al fin estás en casa… Lux de Luna.
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La imagen de Oz, os la comparto en comentarios.
Espero os esté gustando la historia. Podeís compartir vuestras opiniones. Gracias.
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