Magic Demon - Capítulo 51
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Capítulo 51: capitulo 51: la verdadera fuerza
La chica de las dos espadas cada vez está más cerca. Sus pies apenas tocan el suelo mientras corre, decidida a alcanzar al demonio antes de que escape.
Vemos que Jung salta la muralla en un solo movimiento, pero varios soldados mágicos lo esperaban a él del otro lado. Diez, quince, veinte figuras preparadas para detenerlo.
Jung: Puras moscas.
Soldado mágico 1: ¡No dejaremos que escapes!
Soldado mágico 2: ¡Nosotros somos fuertes!
Soldado mágico 3: ¡Deja al Rey!
Jung los observa con desprecio, el cuerpo del Rey Fah aún sobre su hombro.
Jung: Par de imbéciles.
Y vemos que Jung sonríe. Pero no es una sonrisa normal. Es una sonrisa que da terror. Su boca se alarga, se estira más allá de lo humano, mostrando hileras de dientes afilados que no deberían caber en ningún rostro.
Es algo perturbador. Una mueca que congela la sangre de los soldados por un instante.
Jung: Ahora… mueran.
Y antes de que puedan reaccionar, el demonio se lanza contra ellos
Los soldados mágicos, algunos congelados, solo ven. El terror los ha paralizado, sus cuerpos incapaces de reaccionar ante esa sonrisa demoníaca.
Y otros lanzan sus magias. Agua, fuego, viento, rayo. También vemos espadas volando, técnicas de todo tipo cruzando el aire hacia Jung.
Pero Jung esquiva todas. Se mueve como una sombra, como si el cuerpo del Rey no pesara nada, como si las magias fueran solo brisa.
Jung, cargando el cuerpo, hace algo. Con una rapidez imposible de seguir, salta hacia abajo, fuera de la capital, cayendo al exterior de la muralla.
Soldado mágico: ¡Nooo! ¡Escapa!
Pero vemos que la chica de las espadas llega arriba. Sin dudar un instante, se tira abajo, siguiendo al demonio en su caída.
Estando en el suelo con Jung, la chica aterriza en cuclillas, sus dos espadas listas. Pero cuando levanta la vista…
Jung escondió el cuerpo del Rey Fah en un tronco. Un árbol hueco, oculto entre la maleza. El cuerpo está oculto, nadie lo ve. Ni siquiera ella.
Jung: Ahora sí… pelearé sin preocuparme.
Su sonrisa vuelve a aparecer, esa mueca alargada y terrible. Pero ahora no carga ningún peso. Ahora está libre para matar
Todos los soldados mágicos caen afuera de la capital. Todos los que están. Una treintena de guerreros rodean a Jung en un semicírculo, sus armas y magias listas.
Soldado mágico 1: Oigan… ¿y dónde está Sunzuki?
Soldado mágico 2: Creo que dijo que iría a entrenar. No sabemos dónde está.
Soldado mágico 3: ¡No puede ser!
La preocupación cruza los rostros de algunos. Sunzuki es uno de los más fuertes. Sunzuki es el amigo de Yamito, el hijo del Rey. Sunzuki debería estar aquí.
La chica de las dos espadas, Didsy, da un paso al frente. Su voz es firme, decidida.
Didsy: No se preocupen. Con las fuerzas de nosotros unidas, podemos vencerlo. Además… no es alguien tan fuerte. Ya saben a lo que me refiero.
Soldado mágico 1: Tienes razón, Didsy.
Los soldados asienten, recuperando la confianza. Treinta contra uno. Un demonio que, según Didsy, no es especialmente poderoso. Las probabilidades están a su favor.
Jung los observa, su sonrisa perturbadora aún en su rostro.
Jung: ¿No soy fuerte? ¿Eso creen?
Estira sus brazos, sus garras brillando bajo la luz gris.
Jung: Demuéstrenlo.
El silencio se tensa. Treinta soldados mágicos. Un demonio. Y un Rey escondido en un tronco, esperando ser rescatado o llevado para siempre
Vemos que arriban 67 soldados mágicos más que caen desde lo alto de la muralla, lanzándose al exterior para unirse a la batalla. Ahora son casi cien rodeando a Jung.
Jung: Vaya… parecen que quieren la muerte.
Su voz es un susurro que helaría la sangre de cualquiera. Pero antes de que alguien pueda responder…
Vemos que de la nada, Jung está detrás de un soldado mágico. Nadie lo vio moverse. Nadie supo cómo.
Didsy: ¡No puede ser!
Vemos que el estómago del soldado mágico está abierto. Un tajo limpio, profundo, mortal. El soldado se lleva las manos al vientre, intentando contener lo que ya no se puede contener.
Cae y muere desangrado en cuestión de segundos.
Jung: Uno menos.
Y vemos que su sonrisa aparece. Esa mueca alargada, esos dientes infinitos, esa expresión que no debería existir en ningún rostro
Los soldados retroceden instintivamente. El miedo comienza a extenderse entre ellos como un virus.
Jung: ¿Cien contra uno? ¿Seguros?
Sus garras brillan, manchadas de sangre fresca. La batalla apenas comienza
Varios soldados se lanzan hacia él, un mar de uniformes y armas convergiendo en un solo punto.
Pero Jung esquiva sus golpes. Se mueve como agua, como sombra, como si su cuerpo no tuviera peso. Cada ataque pasa rozándolo, sin tocarlo nunca.
¡Puch!
Jung le pega en la cara a uno. El impacto es seco, brutal. El soldado vuela hacia atrás, sangre saliendo de su nariz.
Le da unas patadas y golpes a otro soldado mágico. Rápido. Preciso. Aunque no los mata, los lastima. Los cuerpos caen a su alrededor, quejándose de dolor.
Vemos que varios van, más y más soldados uniéndose al ataque. Y esta vez tiran su magia: bolas de fuego, chorros de agua, cuchillas de viento, descargas de rayo. Todo converge hacia Jung.
Pero Jung levanta sus garras, la energía oscura arremolinándose a su alrededor.
Jung: ¡Magia demoníaca: Clash Bang!
Una técnica morada sale de sus garras, una onda expansiva de energía pura que impacta en todas las técnicas mágicas de los soldados.
¡BOOM!
Bastante humo se levanta, una cortina espesa que lo cubre todo. Mini cráteres aparecen en el suelo por las explosiones. El humo lo envuelve todo.
Cuando comienza a disiparse, los soldados buscan a Jung entre la bruma…
Y lo ven. De pie. Intacto. Sonriendo.
Jung: ¿Eso es todo?
Continuará!
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