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Magic Demon - Capítulo 52

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Capítulo 52: capitulo 52: lluvia de sangre

Vemos que todos están asombrados. Los soldados se miran entre sí, incapaces de procesar lo que acaban de presenciar. Un solo demonio, resistiendo el ataque de casi cien.

*Didsy en su mente: *

*Didsy: Pero… se supone que él no es un… bueno, no importa. No he usado mi magia. No debo confiarme. *

Aprieta sus dos espadas, observando cada movimiento de Jung.

Y vemos que un soldado mágico musculoso se lanza, confiado en su fuerza física. Sus brazos, enormes por años de entrenamiento, se preparan para golpear.

Pero Jung le agarra su traje de soldado mágico donde están sus músculos. Sus dedos se hunden en la tela, en la piel, en la carne.

Los aprieta con todas sus fuerzas.

Un crujido horrible. Un grito que se corta de golpe.

Literalmente le destruye el estómago, aplastando órganos, rompiendo huesos, destrozando todo a su paso.

Matándolo en el acto.

El cuerpo cae al suelo, inerte, los ojos aún abiertos por la sorpresa.

Jung observa su mano manchada de sangre, luego al resto de soldados.

Jung: ¿Alguien más quiere intentarlo?

El silencio es la única respuesta. El miedo, el único compañero

Vemos que Jung mata a 10 soldados mágicos con varias técnicas demoníacas moradas. Las explosiones de energía oscura impactan en los cuerpos, lanzándolos por los aires, destrozando sus defensas, acabando con sus vidas en cuestión de segundos.

Didsy: Tú… ¿tú estás por ser?

Jung: Así es.

Didsy: Ya veo… por eso estás así.

Aprieta sus dos espadas con fuerza, sus ojos fijos en el demonio.

Didsy: ¡No importa! ¡Te mataré!

Didsy le lanza un ataque con sus dos espadas, girando sobre sí misma como un torbellino.

Y de sus espadas sale viento. Su magia es viento. Ráfagas afiladas como cuchillas surgen de las hojas, cortando el aire hacia Jung.

Algunas lastiman a Jung, pequeños cortes en su piel pálida. Sangre oscura brota de las heridas.

Pero él esquiva la mayoría y le da una patada a Didsy en el costado, lanzándola varios metros atrás.

Para después matar a 5 más. Golpes en el pecho. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cinco soldados caen muertos en cuestión de segundos, sus cuerpos desplomándose sobre la tierra manchada de rojo.

Didsy se levanta con esfuerzo, el costado ardiéndole. Pero no se rinde. Aprieta los dientes.

Y otra vez intenta lo mismo. Corre hacia Jung, sus espadas girando, el viento arremolinándose a su alrededor. Una y otra vez. Porque rendirse no es una opción

Jung mata a 10 soldados mágicos más.

Se lanza entre ellos como una sombra mortal. Sus garras abren gargantas, perforan pechos, arrancan vidas.

¡Shhhk! ¡Pum! ¡Crack!

Un soldado cae con el cuello abierto. Otro con el pecho perforado. Otro más con la cabeza girada en un ángulo imposible.

Las técnicas moradas explotan entre el grupo, lanzando cuerpos por los aires. Sangre salpica la tierra, tiñéndola de rojo oscuro.

En menos de un minuto, diez soldados yacen en el suelo. Muertos. Silenciosos.

Jung se lame una garra manchada de sangre, su sonrisa más ancha que nunca.

Jung: ¿Treinta ya? Qué debilidad

Didsy: Te distrajiste.

Con una de sus espadas, corta el brazo derecho de Jung. Un tajo limpio, preciso. El miembro cae al suelo con un sonido húmedo.

Jung: ¡No puede ser!

La sangre de Jung cae, oscura y espesa, derritiendo la tierra donde toca.

Todos celebran eso. Gritos de alivio, de esperanza, de furia contenida. Por fin, una victoria. Por fin, el demonio sangra.

Pero Jung retrocede, enojado, viendo a Didsy. Su expresión ya no es de burla. Es de rabia pura.

Didsy lo observa, sus espadas aún listas, su respiración agitada pero firme.

Didsy: ¿Cuánto tiempo te tomará regenerarte?

Jung aprieta el muñón sangrante, sus ojos rojos brillando con odio.

Jung: Suficiente para matarte a ti primero

Vemos que Jung mata a 50 soldados con un solo brazo en unos 10 minutos.

Primer minuto: Jung esquiva un ataque de tres soldados y con su brazo izquierdo perfora el pecho del primero. El segundo intenta huir, pero una garra lo alcanza en la espalda. El tercero recibe un golpe en la cabeza que lo deja inconsciente, luego una patada que le rompe el cuello.

Segundo minuto: Cinco soldados lanzan magia de fuego. Jung se agacha, rueda, y aparece entre ellos. Un tajo aquí, una puñalada allá. Dos caen con la garganta abierta. Otro con el estómago perforado. Los últimos dos intentan correr, pero las garras de Jung son más rápidas.

Tercer minuto: Un grupo de diez intenta rodearlo. Jung salta por encima de ellos, cae en el centro, y comienza a girar como un torbellino de muerte. Sus garras cortan brazos, piernas, cabezas. Sangre vuela en todas direcciones. Cuando se detiene, seis cuerpos yacen en el suelo. Los otros cuatro huyen, pero Jung los alcanza uno por uno.

Cuarto minuto: Los soldados intentan una formación organizada. Jung rompe la línea con una técnica morada que explota entre ellos. Cuatro mueren al instante. Los que sobreviven quedan aturdidos, y Jung los remata uno a uno.

Quinto minuto: Un grupo de ocho se protege tras un escudo mágico. Jung golpea una vez, dos veces, tres veces. El escudo se agrieta. A la cuarta, estalla. Los soldados quedan expuestos, y Jung no perdona.

Sexto minuto: Jung ya ha matado a treinta. Su brazo sangra, pero no se detiene. Cada movimiento es eficiente, letal, frío.

Séptimo minuto: Otros diez caen. Algunos por garras, otros por técnicas moradas, otros simplemente por la fuerza bruta de sus golpes.

Octavo minuto: Los soldados empiezan a dudar. A retroceder. Jung lo nota y redobla su ataque, sembrando el pánico.

Noveno minuto: Ya van cuarenta y cinco. La nieve está teñida de rojo por todas partes. Los cuerpos se amontonan.

Décimo minuto: Los últimos cinco caen uno tras otro. Jung respira agitado, su único brazo temblando por el esfuerzo, pero sigue en pie. Cincuenta soldados yacen a su alrededor.

Didsy atacó una vez en ese lapso. En algún momento entre el quinto y sexto minuto, vio una apertura y se lanzó con sus dos espadas. Pero Jung, a pesar de todo, la esquivó parcialmente. Una de las espadas le rozó el costado, nada grave. A cambio, Jung le dio un golpe con el dorso de su garra que la lanzó contra un árbol.

Didsy quedó lastimada. Sangra por la frente y el costado, pero aún respira. Aún observa. Aún espera su oportunidad.

Pero ahora, de los casi cien soldados que había, solo quedan unos veinte. Y Jung sigue allí, de pie, sonriendo

Continuará!

Didsy: Nieve… es verdad. Está nevando. Pero por aquí hay poca nieve.

Observa el suelo a su alrededor. Manchas blancas dispersas, pero no el manto profundo de antes. Suficiente para notarlo, para pensar…

—

Mientras, vemos que donde está Yamito y los demás chicos siguen su camino hacia la capital. El ambiente es distinto ahora.

Se vienen divirtiendo, normal, y hablando. Mader hace una imitación de un demonio que hace reír a Frank. Danna sonríe mientras escucha a Korid hablar de técnicas de agua. Incluso Yamito, el serio Yamito, deja escapar una pequeña sonrisa de vez en cuando.

Tévez, sonriendo y normal, parece otro hombre. Lejos de su pueblo destruido, con estos jóvenes a su alrededor, recuerda lo que es vivir. Lo que es esperar.

Korid: Oye, Tévez, ¿tú conociste a los padres de Keds y míos?

Tévez: Un poco. Eran buenas personas.

Mader: ¡Cuéntanos algo!

Tévez: Quizás después. Ahora solo caminen.

Y siguen adelante, entre risas y charlas, ajenos aún a lo que ocurre en la capital.

—

Mientras, donde van Keds y Zekku, todavía no llegan al lugar de entrenamiento. El camino se extiende interminable ante ellos.

Siguen su camino en silencio la mayor parte del tiempo. Zekku camina con paso firme, Keds lo sigue como puede, sus piernas aún resentidas pero su determinación intacta.

El paisaje cambia lentamente. Menos árboles, más rocas. El cielo sigue gris, la nieve menos abundante. Pronto estarán en las montañas.

Keds: ¿Falta mucho?

Zekku: ¿Cansado?

Keds: Un poco.

Zekku: Bueno. Eso significa que aún tienes fuerzas para quejarte. Cuando ya no puedas ni hablar, sabrás que estás cerca.

Keds sonríe a pesar de todo. Su tío es raro, pero le gusta.

Y siguen. Hacia las montañas. Hacia el entrenamiento. Hacia un futuro incierto pero propio

Didsy ve a Jung y observa con horror cómo regeneró su brazo. La carne se retuerce, los huesos se forman, la piel se cierra. En cuestión de segundos, el miembro está completo otra vez.

Didsy: 12 minutos… parece que no eres demasiado rápida, a pesar de que vas a ser…

Jung: ¡Cállate!

Los 19 soldados mágicos se lanzan contra él en un último intento desesperado. Gritos de batalla, magias preparadas, armas en alto. Todo su valor concentrado en un instante.

Pero todos mueren con una técnica de Jung.

Extiende sus dos brazos, las garras brillando con energía morada. La técnica explota desde él en todas direcciones: ¡BOOM!

Las muertes:

El primero recibe la onda de lleno en el pecho, su cuerpo volando hecho pedazos. El segundo y tercero intentan protegerse, pero la energía los atraviesa como papel. Cuatro más caen por el impacto, sus cuerpos destrozados contra las rocas.

Un grupo de cinco intenta correr, pero la técnica los alcanza por la espalda. Sus gritos se cortan de golpe. Otros tres, que estaban más lejos, son lanzados por los aires y caen inertes, sus cuellos rotos.

Los últimos cuatro intentan proteger a Didsy, formando un muro con sus cuerpos. Pero la técnica de Jung no perdona. Los atraviesa uno por uno, sus cuerpos cayendo como muñecos de trapo.

Y Didsy cae desmayada. Mientras morían los 19, ella intentó defenderlos. Usó su magia de viento como escudo, se puso frente a ellos, recibió parte del impacto.

Pero perdió demasiada sangre. Sus heridas, acumuladas durante la batalla, finalmente la vencen. Cae de rodillas primero, luego de lado, sus dos espadas soltándose de sus manos.

Inconsciente. Viva, pero inconsciente.

Jung observa los cuerpos a su alrededor. Sangre. Muerte. Silencio.

Jung: 100 soldados mágicos… qué molestia.

Mira a Didsy, inconsciente en el suelo. Podría matarla. Debería matarla.

Pero no. Algo lo detiene. O quizás solo quiere que viva para contar lo que vio. Para que el miedo se esparza.

Jung: Que vivas… por ahora.

Y se da la vuelta, caminando hacia donde escondió al Rey Fah. La misión está completa. El secuestro, un éxito

Jung agarra al rey del tronco donde lo escondió y corre, saltando árboles, alejándose del campo de batalla con su preciado cargamento. Su silueta desaparece entre la nieve y las ramas.

Y vemos que llega Sunzuki.

Corriendo a toda velocidad, su espada gigante en la espalda, llega al claro donde yacen los cuerpos de casi cien soldados. Su rostro se desencaja.

Sunzuki: ¿¡Pero qué demonios pasó!?

Y ve a Didsy, inconsciente en el suelo, pero aún viva. Se arrodilla junto a ella, revisando sus heridas. Ella abre los ojos con esfuerzo, reconociéndolo.

Didsy despierta y le cuenta todo entre jadeos: el ataque, el secuestro, la masacre.

Sunzuki: Me di cuenta mientras entrenaba… sentí cómo varios Glos en la capital desaparecían. Pero dices que el que lo hizo no fue un…

Didsy: Exacto. Debemos ir, ¡debemos rescatar al Rey de la capital!

Sunzuki se pone de pie, su mandíbula apretada, sus ojos llenos de una furia fría.

Sunzuki: ¡Vamos!

Ayuda a Didsy a levantarse, y ambos corren en la dirección que tomó Jung. La nieve vuela tras sus pasos. El Rey Fah debe ser rescatado. Cueste lo que cueste

Y vemos que Jung sigue y sigue, saltando entre los árboles con el cuerpo del Rey Fah sobre su hombro. No mira atrás. No se detiene. Su misión está casi completa.

Y Sunzuki y Didsy en el camino se encuentran a Yamito y los demás. El grupo que caminaba tranquilo hacia la capital se detiene en seco al verlos llegar corriendo, desesperados.

Todos se asombran. Las sonrisas de antes desaparecen. La diversión se congela.

Yamito da un paso al frente, su rostro pálido.

Yamito: ¿Qué pasó? ¿Por qué vienen así?

Didsy, apenas sosteniéndose, responde:

Didsy: Un demonio… atacó la capital… mató a casi 100 soldados… y secuestró al Rey Fah.

El silencio es absoluto. Nadie respira.

Korid: ¿¡Qué!?

Danna: ¡No puede ser!

Mader y Frank se miran, sin palabras.

Pero es Yamito quien reacciona primero. Su expresión cambia por completo. El hijo del Rey, el soldado sereno y controlado, deja ver por primera vez una emoción cruda: desesperación. Furia. Miedo.

Yamito: ¡Vamos a salvar a mi papá!

Su voz es un rugido. No espera respuestas. Ya está corriendo, siguiendo las indicaciones de Didsy.

Sunzuki: ¡Síganlo!

Tévez: ¡Rápido!

Y todos, sin dudar un instante, corren tras Yamito. Hacia el bosque. Hacia el demonio. Hacia el Rey secuestrado

Continuará!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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