Magic Demon - Capítulo 57
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Capítulo 57: capitulo 57: la cueva por dentro
Vemos que Jung entra a la cueva, sus pies cruzando el umbral de piedra. La oscuridad lo envuelve por un instante…
Y vemos una gran cueva por dentro.
El interior es inmenso, mucho más de lo que sugiere la entrada. Estalactitas cuelgan del techo como dientes de piedra, algunas de ellas brillando débilmente con una luz mineral propia. El suelo es irregular, con charcos de agua cristalina que reflejan lo poco de luz que se filtra desde alguna grieta lejana.
Las paredes están cubiertas de formaciones rocosas que parecen esculpidas por el tiempo, y en algunas partes, extraños símbolos grabados que podrían ser de otra era. El eco de cada paso de Jung retumba, multiplicándose en las profundidades.
Jung se detiene un momento, ajustando el cuerpo del Rey Fah sobre su hombro. Su respiración ecoa en la inmensidad.
Jung: Llegamos… finalmente.
Al fondo de la cueva, una tenue luz parpadea. No es natural. Parece… mágica.
Y hacia allí se dirige, adentrándose en las entrañas de la montaña, con el Rey de la capital como su trofeo
Vemos que Jung se adentra más adentro de la cueva, sus pasos resonando en la inmensidad rocosa. Las estalactitas cuelgan sobre él como amenazas silenciosas. Los charcos de agua reflejan su figura deformada mientras avanza.
Entrando poco a poco más al fondo, la luz tenue que antes parpadeaba ahora se hace más clara. Una luz verdosa, antigua, que parece venir de algún tipo de altar o formación mágica.
Jung aprieta el paso, el cuerpo del Rey Fah pesando pero la emoción de completar su misión lo impulsa.
Jung: Ya casi… ya casi…
Los demás chicos están por llegar a la cueva. Yamito al frente, su rostro una máscara de determinación y furia. Sunzuki a su lado, la espada gigante lista. Didsy, aún lastimada, pero negándose a quedarse atrás.
Korid, Danna, Mader y Frank corren con todas sus fuerzas, sus jóvenes corazones latiendo con una mezcla de miedo y valor.
Tévez cierra la marcha, sus ojos de veterano escaneando cada sombra, cada posible emboscada.
Yamito: ¡Allí! ¡La entrada!
Sunzuki: Lo alcanzamos. Tiene que estar dentro.
Se detienen a unos metros de la cueva. La entrada es una abertura oscura en la ladera de la montaña, como una boca gigante esperando tragarlos.
Korid: ¿Entramos?
Danna: Esperen… podemos sentir algo.
Tévez: El Glos del Rey… está ahí dentro. Débil, pero presente.
Mader: ¿Qué esperamos? ¡Vamos!
Frank: Cálmate. Hay que pensar.
Yamito observa la entrada, su respiración agitada, sus manos temblorosas. Su padre está ahí. Tan cerca. Pero también está el demonio. Y no saben qué más puede haber en la oscuridad.
Yamito: Vamos… pero con cuidado. Todos juntos.
Sunzuki: Sí. No nos separamos.
Didsy: Listos.
Y así, lentamente, comienzan a acercarse a la entrada. Sin entrar aún. Solo observando. Sintiendo. Preparándose para lo que viene
Vemos donde están Keds y Zekku, dormidos.
El recinto sin techo está en calma. La luz de las estrellas baña las piedras y la tierra, creando sombras suaves que se mecen con la brisa nocturna.
Keds duerme en un rincón, acurrucado sobre una manta delgada. Su respiración es profunda, tranquila. Por primera vez en días, su rostro no muestra preocupación. Solo el descanso de un niño que ha dado todo lo que tenía.
Zekku está un poco más allá, recostado contra una piedra plana. Sus brazos cruzados sobre el pecho, sus ojos cerrados. A sus 94 años, duerme con la liviandad de quien sabe que puede despertar en cualquier momento si es necesario.
Los cocineros también descansan en sus espacios, algunos roncando suavemente, otros en silencio absoluto.
El viento sopla, trayendo el aroma del bosque y la tierra. En el cielo, las estrellas parpadean como testigos silenciosos de todo lo que ocurre en el mundo.
Keds murmura algo en sueños. Quizás el nombre de su hermano. Quizás una técnica. Quizás solo un sonido sin sentido.
Y la noche sigue su curso, mientras en una cueva no muy lejana, un demonio y un Rey esperan. Y mientras, en la entrada de esa cueva, un grupo de jóvenes soldados se prepara para lo imposible
Vemos lo inmenso que es la cueva desde la entrada. Las paredes se pierden en la penumbra, el techo tan alto que apenas se distingue. Estalactitas cuelgan como lanzas de piedra, y el eco de sus propias respiraciones les devuelve un susurro fantasmagórico.
Y entran todos. Yamito primero, su mandíbula apretada. Sunzuki a su lado, espada en mano. Didsy cojeando pero firme. Tévez con la mirada de quien ha visto demasiadas cuevas en su vida. Danna, Mader y Frank pegados unos a otros, sus jóvenes ojos adaptándose a la oscuridad.
Pero Korid ve algo raro y dice: una grieta en la pared, un destello tenue, algo que los demás no notan en su urgencia.
Korid: Adelantense. Yo después los alcanzo.
Sunzuki se detiene un momento, evaluando.
Sunzuki: No te preocupes. Dormiremos un poco, pero avanzaremos. Espéranos o alcanzanos, como puedas.
Yamito asiente, confiando en el joven Akuman.
Yamito: Ten cuidado.
El grupo sigue adelante, sus siluetas desapareciendo lentamente en la penumbra de la cueva. Linternas mágicas se encienden, proyectando sombras danzantes en las paredes.
Korid se queda solo en la entrada, mirando esa grieta que nadie más vio. Algo le dice que debe revisar. Algo en su instinto de hermano mayor, de protector, le susurra que no todo es lo que parece.
Respira hondo y se acerca a la grieta, listo para lo que sea
Continuará!
Vemos que Korid se duerme de tanto sueño. Después de que el grupo sigue adelante, él se queda en la entrada, sus párpados pesando como piedras. El cansancio de la misión, la pelea, la persecución… todo se acumula.
Se sienta contra la pared de la cueva, apoyando la cabeza. Sus ojos parpadean una, dos, tres veces.
Y se cierran.
Korid se duerme sin ver nada. Ninguna grieta, ningún destello. Solo el agotamiento de un niño de 15 años que ha dado todo lo que tenía.
Su respiración se vuelve profunda, regular. Por primera vez en horas, descansa.
—
Y pasa un día. Bueno, no es de día, si no de madrugada.
Vemos cómo Keds y Zekku se levantan. El cielo aún está oscuro, con apenas un tenue brillo en el horizonte anunciando el amanecer. Las estrellas comienzan a desvanecerse.
Keds abre los ojos lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar. El frío de la madrugada lo envuelve, pero también una extraña energía. Como si supiera que hoy empieza algo importante.
Zekku ya está despierto, sentado en una piedra, observando a su sobrino con una mirada que mezcla paciencia y expectativa.
Zekku: ¿Dormiste bien?
Keds: Creo que sí… ¿qué hora es?
Zekku: Las 4 de la madrugada. Hora de empezar.
Keds se incorpora, frotándose los ojos. Los cocineros aún duermen, algunos roncando suavemente.
Keds: ¿Ya? ¿Tan temprano?
Zekku: El sol no espera, Keds. Y tú tampoco deberías.
Keds asiente, poniéndose de pie. Su cuerpo duele, pero su mente está clara. Hoy empieza su entrenamiento. Hoy empieza su camino para ser más fuerte.
Zekku: Primero, desayuno. Los cocineros se encargarán cuando despierten. Luego… el infierno.
Keds sonríe a pesar del miedo.
Keds: Estoy listo
El entrenamiento inicia.
El cielo aún oscuro comienza a aclararse lentamente. El recinto sin techo se convierte en un ring de batalla.
Keds pega golpes a Zekku. Directos, ganchos, combinaciones. Todo lo que sabe. Todo lo que ha practicado.
Zekku se defiende con movimientos mínimos, casi imperceptibles. Un giro de cabeza aquí, un desplazamiento de hombro allá. Los golpes de Keds pasan rozándolo, sin tocar nunca.
Zekku: Más rápido. Más fuerte. No te detengas.
Keds aprieta los dientes y acelera. Sus puños silban en el aire, pero Zekku sigue esquivando como si bailara.
Zekku: Los golpes no son solo fuerza. Son técnica. Son precisión. Mira.
Zekku les enseña unos golpes de técnicas. Muestra la posición de los pies, el giro de la cadera, la respiración. Cada movimiento explicado con la paciencia de quien ha enseñado por décadas.
Keds intenta imitarlo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Falla, falla, falla.
Zekku: No te frustres. El cuerpo necesita aprender lo que la mente ya sabe.
Y se defiende de otro ataque de Keds, esta vez bloqueando con el antebrazo. El impacto resuena.
Zekku: Duele, ¿verdad? Así debe doler. Así aprendes.
Keds asiente, masajeándose los nudillos. Pero vuelve a la carga. Una y otra vez. Golpe tras golpe.
El sol comienza a asomarse en el horizonte, pintando el cielo de tonos dorados. Y en el recinto, un anciano de 94 años y un niño de 14 continúan su danza de golpes y enseñanzas.
El entrenamiento ha comenzado. El infierno, también
Y vemos que Keds sigue y sigue intentando.
Sus golpes son más rápidos ahora. Más precisos. El sudor comienza a brotar de su frente, deslizándose por su rostro y cayendo al suelo de tierra.
¡Pah! ¡Pah! ¡Pah!
Cada impacto contra los antebrazos de Zekku resuena en el recinto. Los cocineros ya han despertado y observan desde sus lugares, algunos con tazas de té en las manos, otros simplemente mirando en silencio.
Zekku: Buena combinación. Pero tu pie izquierdo se arrastra. Corrige eso.
Keds asiente, ajusta su postura, y vuelve a atacar.
¡Pum! ¡Pum! ¡Dah!
Diez golpes. Veinte. Treinta. Sus brazos arden, sus nudillos duelen, pero no se detiene.
Zekku: Más rápido.
Keds acelera.
Zekku: Más fuerte.
Keds golpea con más potencia.
Zekku: Otra vez.
Keds repite la combinación.
El sol ya está más alto. Han pasado dos horas. Quizás tres. Keds ha perdido la noción del tiempo.
Zekku: Descansa.
Keds se detiene, jadeando. Sus manos apoyadas en las rodillas, el pecho subiendo y bajando violentamente.
Zekku: Bebe agua. Cinco minutos. Luego continuamos.
Mujer 1 se acerca con un jarro de agua fresca.
Mujer 1: Toma, pequeño. Lo necesitas.
Keds bebe como si no hubiera un mañana, el agua fresca bajando por su garganta reseca.
Keds: Gracias.
Hombre 1: Estás aguantando bien. El viejo no suele ser tan duro el primer día.
Keds: ¿Esto no es duro?
Los cocineros ríen suavemente.
Hombre 2: Esto es un calentamiento, niño.
Keds abre los ojos con sorpresa. ¿Esto es solo calentamiento?
Zekku, desde su lugar, lo observa con una sonrisa.
Zekku: ¿Listo para seguir?
Keds deja el jarro, se endereza y asiente.
Keds: Listo.
Y vuelve a la carga. Golpe tras golpe. Error tras error. Corrección tras corrección.
Porque así se forja un soldado. Así se forja un Akuman
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