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Magic Demon - Capítulo 70

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Capítulo 70: Capitulo 70: la fuerza de un soldado magico

Ganh: Vaya, eso me dolió. Pero no me matarás, soldado mágico.

Tévez: Yo soy Tévez, un soldado mágico de un pueblo remoto. Y claro… no te confíes.

Y vemos que Tévez se mueve rápido y da unos golpes directos al torso de Ganh. El demonio retrocede, pero no cae.

Ganh se defiende, levantando sus brazos escamosos para bloquear. Intenta hacer lo mismo, contraatacando con sus garras, pero Tévez esquiva por poco.

Ambos pegan puño varias veces. El sonido de los impactos retumba en el pasadizo. Puño contra garra. Magia contra demonio. Golpe tras golpe, ninguno cede terreno.

Ganh: Eres más fuerte de lo que pareces, anciano.

Tévez: Anciano tú. Apenas tengo 46 años. Y recién empiezo.

Ganh: ¡Atácame con todo, estúpido!

Y vemos que Ganh extiende su mano, sus dedos largos y escamosos brillando con energía oscura.

Ganh: Poder demoníaco… ¡Garras del juicio!

Y vemos que de la garra salen líneas negras demoníacas, como zarpazos de sombra que atraviesan el aire hacia Tévez.

Algunas lastiman a Tévez. Las líneas negras rozan su brazo, su costado, su pierna. Haciendo líneas y sangrando. No es grave ni profundo, pero la sangre comienza a brotar de los cortes.

Tévez: Vaya… tendré que atacar con mi magia. No debo confiarme.

Tévez: Aumentaré mi Glos.

Y vemos desde su pecho cómo crece el Glos de color café. La energía brota de su núcleo, expandiéndose como raíces de un árbol. No es tan grande ni tan intenso como le pasó a Danna con su transformación, pero sí suficiente para mandar por todas las venas de su cuerpo. Su piel parece endurecerse, sus músculos tensarse. Su aura café lo envuelve como una armadura de tierra.

Ganh observa, sus ojos reptilianos entrecerrados.

Ganh: ¿Y eso?

Tévez: Magia de tierra… a mi manera.

Tévez: Magia de tierra… ¡Explosión de tierra!

Y vemos que de su mano salen minis bombas hechas de tierra, pequeñas esferas compactas que vuelan hacia Ganh.

¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!

Todas explotan. Las explosiones levantan polvo y fragmentos de roca. Algunas lastiman al demonio Ganh, dejando marcas en su piel escamosa.

Pero él no se dio cuenta de algo.

Tévez se movió rápido mientras tiró su magia. Aprovechando el humo y la confusión, ya está frente a él.

Y le conectó una patada en la cara otra vez.

El impacto es seco, contundente. Esta vez fue más fuerte. La cabeza de Ganh gira violentamente, y sangró por la boca, escupiendo un hilo oscuro que cae al suelo.

Ganh retrocede, tambaleándose, tocándose el labio roto.

Ganh: Maldito…

Ganh se quita la sangre con el dorso de su mano escamosa. Su sonrisa se ensancha, pero no es una sonrisa normal. Es torcida, alargada, demasiado amplia para su rostro reptiliano. Sus dientes afilados brillan en la penumbra.

Ganh: Veo que eres fuerte. Pero yo te mataré.

Y vemos que desde su cola se abre. La punta se divide en tres, como una flor carnívora, revelando un interior pulsante de energía oscura.

Ganh: Poder demoníaco… ¡Ráfagas demoníacas!

Y vemos que de la cola salen varias energías verde oscuro, proyectiles retorcidos que silban hacia Tévez.

Algunas le dan, impactando en su brazo y costado. Sangra. Los cortes arden con un dolor extraño, como si algo quisiera consumirlo desde adentro.

Pero otras las esquiva. Tévez rueda, salta, se mueve entre las sombras con la agilidad de años de combate.

Tévez: Magia de tierra… ¡Muro de tierra!

Ahora hace un muro que brota del suelo frente a él, grueso y sólido. Las ráfagas restantes impactan contra la pared de piedra, astillándola pero sin atravesarla.

Tévez respira tras el muro, mirando sus heridas. No son profundas, pero sangran. Y el demonio aún está en pie.

Y vemos que el demonio salta ágilmente, sus piernas impulsándolo hacia arriba. Y está arriba de la barrera, posado sobre el muro de tierra como si no pesara nada.

Tévez: ¿Pero qué?

Y el demonio cae sobre él, sus garras extendidas, su cola listo para atacar.

Le intenta pegar a Tévez con un golpe directo al rostro.

Rápido, Tévez se defiende poniendo su palma, bloqueando el impacto justo a tiempo. El choque retumba.

Y se intercambian golpes. Mano contra garra, puño contra cola. Es un intercambio rápido, brutal, un baile de movimientos fluidos y contundentes.

Ganh ataca con un gancho, Tévez desvía. Tévez responde con una patada baja, Ganh salta por encima. Giran, se esquivan, se reincorporan. Los golpes no dejan de sonar: un bloqueo aquí, un roce allá, un impacto que hace retroceder a ambos.

Ganh: ¡Eres rápido!

Tévez: Y vos, torpe.

Se separan un instante, midiéndose. La respiración de ambos es más agitada. El muro de tierra detrás de ellos humea aún por las explosiones.

Tévez: Vamos.

Tévez: La verdadera fuerza de un soldado mágico no es con la que naces, es con la que perfeccionas.

Ganh: ¿Qué quieres decir con eso?

Tévez: Que te mataré.

Y vemos que siguen en cuerpo a cuerpo. Los golpes vuelven a cruzar el aire. Tévez ataca con una combinación rápida: directo, gancho, patada baja. Ganh bloquea los dos primeros, pero la patada le roza la rodilla. Retrocede un paso. Tévez avanza. Ganh contraataca con un golpe de cola que Tévez esquiva agachándose, y desde abajo, le clava un puñetazo en el estómago. Ganh tose, retrocede otro paso. Tévez no lo deja respirar. Un codo aquí, una rodilla allá, un cabezazo que hace girar la cabeza del demonio. Golpe tras golpe, sin descanso. La precisión de años de entrenamiento frente a la fuerza bruta de un demonio. Y por ahora, la experiencia está ganando.

Ganh: ¡Toma esto!

Y vemos que de sus garras sale la misma técnica. Las líneas negras demoníacas vuelan hacia Tévez, más rápidas que antes.

Y lastiman a Tévez. Los zarpazos de sombra le atraviesan el costado y el brazo. Sangra. La sangre brota de las heridas, manchando su uniforme.

Y con su cola le pega. El golpe es brutal, un latigazo que lo toma desprevenido. Y lo manda a unas rocas cercanas.

Tévez impacta contra la piedra con un golpe seco, cayendo al suelo entre los fragmentos. Escupe sangre, su respiración entrecortada.

Ganh: ¿Ves? La fuerza se nace, no se perfecciona.

Continuará!

Narrador: Mientras Tévez estaba así, recordó algo.

—

Año 678.

Vemos un niño muy motivado de 10 años. Sus ojos brillan con emoción, sus pies apenas pueden quedarse quietos.

Tévez: ¡Papá, vamos a ir!

Papá de Tévez: Claro, hijo. Iremos.

Vemos que van para un lugar. El pueblo de Tévez, para ser exactos. Un pueblo pequeño, perdido entre montañas, donde el frío es más fuerte que en cualquier otro lugar.

El papá de Tévez era alguien muy fuerte, muy respetado por los soldados mágicos. Su nombre resonaba en la capital, en las misiones, en las historias que los niños escuchaban antes de dormir. Pero ahora, colgaba su espada. Iban a un pueblo donde vivirían por lo que les quedaba de vida.

Y vemos que llegan y se mudan. Una casa pequeña, paredes gruesas para el frío, un jardín trasero que en primavera florecería.

Mamá de Tévez: Hijo, ¿te gusta el lugar?

Tévez: Sí, mamá. Aunque hace frío.

Ese lugar es muy conocido por ser muy frío. Cuando cae nieve, cae bastante. Techos hundidos, caminos cubiertos, el blanco dominando todo. Pero cuando no hay, como en este momento, el frío se siente igual. Un frío que cala los huesos, que empaña la respiración, que hace que la gente se arrope junto al fuego.

Tévez: Me voy a congelar.

Papá: No te preocupes.

Y entran en la casa normal. Una mesa de madera, una chimenea apagada, cajas por abrir. Un hogar nuevo para una familia que buscaba paz.

Tévez, el niño de 10 años, no sabía entonces que ese frío sería su compañero de vida. Que ese pueblo lo vería crecer, pelear, perder. Que años después, estaría en una cueva, herido, recordando la calidez de esa primera noche en su nuevo hogar.

Tévez: Todavía no sé por qué mi papá se retiró.

—

Año 679.

Se cuenta que el papá de Tévez murió. Enfermedad, decían. El cuerpo desgastado de tantas batallas finalmente dijo basta. Tévez no se lo creía. Un hombre tan fuerte, tan grande, tan invencible… ¿muerto por una simple fiebre?

Después vio morir a su mamá. Un demonio. Atacó el pueblo una noche, cuando la nieve caía más fuerte que nunca. Ella lo protegió. Lo escondió detrás de una pared mientras ella enfrentaba a la criatura. Tévez la vio caer. La vio sangrar. La vio dejar de moverse.

Declarada. Otra víctima. Otro número en la lista que los soldados mágicos llevaban a la capital.

En el mismo año. El 679. Tévez, un niño de 11 años que casi no peleaba, lo tuvo que ver. Todo. La sangre en la nieve. El cuerpo de su madre inmóvil. El demonio riéndose mientras los soldados mágicos llegaban demasiado tarde.

Además, casi muere. Fue salvado por esos mismos soldados, los que llegaron cuando ya no había nada que salvar. Lo curaron, lo consolaron, le dijeron que todo estaría bien. Pero no estaba bien. Nunca volvió a estar bien.

Desde ese día, Tévez no fue el mismo. El cambio fue profundo. No se volvió muy serio —todavía podía reír, podía bromear, podía ser humano— pero fue lo suficiente para odiar a los demonios. Con cada fibra de su ser. Con cada latido de su corazón. Con cada herida que cicatrizaba en su cuerpo y en su memoria.

Tévez: Me quedaré en este pueblo por el resto de mi vida. Cosas que mamá y papá no hicieron.

Y vemos que mira hacia adelante. La nieve cae a su alrededor. Es joven, apenas 11 años, pero sus ojos ya tienen esa dureza que solo la pérdida puede dar.

El tiempo pasa. Los años corren. Entrena, lucha, sobrevive. Hasta que un día, con tan solo 11 años, se convierte en soldado mágico. El más joven del pueblo. El que nunca abandonaría su hogar. El que esperaría, durante décadas, que los demonios volvieran para cobrar venganza.

Año actual, 714.

Vemos que Tévez, después de recordar eso, se levanta. Su cuerpo duele, la sangre aún moja su uniforme, pero sus ojos arden con una determinación que los años no han apagado.

Tévez: No me rendiré.

Y extiende su mano, la energía café pulsando en su palma.

Tévez: Magia de tierra… ¡Ráfagas de tierra!

Varias técnicas de tierra compacta salen disparadas hacia Ganh, un aluvión de proyectiles sólidos.

El demonio esquiva algunas, moviendo su cuerpo ágil entre las ráfagas. Y otras las da, impactando en sus brazos y torso, dejando marcas.

Él se defiende con su cola y tira la misma técnica desde su cola: las líneas verdes oscuras vuelan hacia Tévez.

Y choca con las ráfagas de Tévez. Las energías se encuentran en el aire, explotando en un choque de tierra y oscuridad que sacude el pasadizo. El polvo de las rocas y la tierra suelta se levanta, cubriéndolo todo.

También vemos que Tévez hace algo. En medio del humo, su figura se agazapa. Su mano derecha se extiende hacia el suelo de piedra, los dedos abiertos.

Tévez: Magia de tierra… ¡Espada de tierra!

Hace una espada como si fuera real, pero hecha de tierra. La hoja emerge de su mano, sólida, pesada, con un filo que promete cortar. La sostiene con ambas manos, la punta apuntando al suelo detrás de él.

Y hace un movimiento rápido. Gira su cuerpo, un giro poderoso que arrastra la espada en un arco amplio. Levanta todo el polvo y los fragmentos sueltos del suelo de la cueva. No rocas enteras, pero sí piedras pequeñas, tierra acumulada, todo lo que hay detrás de él es levantado por la fuerza del movimiento, como si la cueva misma fuera parte de su ataque.

El polvo y los fragmentos vuelan hacia Ganh, una cortina sólida de roca triturada y tierra.

Ganh: ¡¿Qué?!

El demonio alza los brazos para protegerse, pero la nube de fragmentos lo golpea, cegándolo, arañándole la piel escamosa.

Tévez queda de pie, la espada de tierra humeando en sus manos, su respiración pesada pero su postura firme. No ha terminado. Apenas empieza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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