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Magic Demon - Capítulo 71

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Capítulo 71: Capitulo 71: El poder de la tierra

Narrador: Mientras Tévez estaba así, recordó algo.

—

Año 678.

Vemos un niño muy motivado de 10 años. Sus ojos brillan con emoción, sus pies apenas pueden quedarse quietos.

Tévez: ¡Papá, vamos a ir!

Papá de Tévez: Claro, hijo. Iremos.

Vemos que van para un lugar. El pueblo de Tévez, para ser exactos. Un pueblo pequeño, perdido entre montañas, donde el frío es más fuerte que en cualquier otro lugar.

El papá de Tévez era alguien muy fuerte, muy respetado por los soldados mágicos. Su nombre resonaba en la capital, en las misiones, en las historias que los niños escuchaban antes de dormir. Pero ahora, colgaba su espada. Iban a un pueblo donde vivirían por lo que les quedaba de vida.

Y vemos que llegan y se mudan. Una casa pequeña, paredes gruesas para el frío, un jardín trasero que en primavera florecería.

Mamá de Tévez: Hijo, ¿te gusta el lugar?

Tévez: Sí, mamá. Aunque hace frío.

Ese lugar es muy conocido por ser muy frío. Cuando cae nieve, cae bastante. Techos hundidos, caminos cubiertos, el blanco dominando todo. Pero cuando no hay, como en este momento, el frío se siente igual. Un frío que cala los huesos, que empaña la respiración, que hace que la gente se arrope junto al fuego.

Tévez: Me voy a congelar.

Papá: No te preocupes.

Y entran en la casa normal. Una mesa de madera, una chimenea apagada, cajas por abrir. Un hogar nuevo para una familia que buscaba paz.

Tévez, el niño de 10 años, no sabía entonces que ese frío sería su compañero de vida. Que ese pueblo lo vería crecer, pelear, perder. Que años después, estaría en una cueva, herido, recordando la calidez de esa primera noche en su nuevo hogar.

Tévez: Todavía no sé por qué mi papá se retiró.

—

Año 679.

Se cuenta que el papá de Tévez murió. Enfermedad, decían. El cuerpo desgastado de tantas batallas finalmente dijo basta. Tévez no se lo creía. Un hombre tan fuerte, tan grande, tan invencible… ¿muerto por una simple fiebre?

Después vio morir a su mamá. Un demonio. Atacó el pueblo una noche, cuando la nieve caía más fuerte que nunca. Ella lo protegió. Lo escondió detrás de una pared mientras ella enfrentaba a la criatura. Tévez la vio caer. La vio sangrar. La vio dejar de moverse.

Declarada. Otra víctima. Otro número en la lista que los soldados mágicos llevaban a la capital.

En el mismo año. El 679. Tévez, un niño de 11 años que casi no peleaba, lo tuvo que ver. Todo. La sangre en la nieve. El cuerpo de su madre inmóvil. El demonio riéndose mientras los soldados mágicos llegaban demasiado tarde.

Además, casi muere. Fue salvado por esos mismos soldados, los que llegaron cuando ya no había nada que salvar. Lo curaron, lo consolaron, le dijeron que todo estaría bien. Pero no estaba bien. Nunca volvió a estar bien.

Desde ese día, Tévez no fue el mismo. El cambio fue profundo. No se volvió muy serio —todavía podía reír, podía bromear, podía ser humano— pero fue lo suficiente para odiar a los demonios. Con cada fibra de su ser. Con cada latido de su corazón. Con cada herida que cicatrizaba en su cuerpo y en su memoria.

Tévez: Me quedaré en este pueblo por el resto de mi vida. Cosas que mamá y papá no hicieron.

Y vemos que mira hacia adelante. La nieve cae a su alrededor. Es joven, apenas 11 años, pero sus ojos ya tienen esa dureza que solo la pérdida puede dar.

El tiempo pasa. Los años corren. Entrena, lucha, sobrevive. Hasta que un día, con tan solo 11 años, se convierte en soldado mágico. El más joven del pueblo. El que nunca abandonaría su hogar. El que esperaría, durante décadas, que los demonios volvieran para cobrar venganza.

Año actual, 714.

Vemos que Tévez, después de recordar eso, se levanta. Su cuerpo duele, la sangre aún moja su uniforme, pero sus ojos arden con una determinación que los años no han apagado.

Tévez: No me rendiré.

Y extiende su mano, la energía café pulsando en su palma.

Tévez: Magia de tierra… ¡Ráfagas de tierra!

Varias técnicas de tierra compacta salen disparadas hacia Ganh, un aluvión de proyectiles sólidos.

El demonio esquiva algunas, moviendo su cuerpo ágil entre las ráfagas. Y otras las da, impactando en sus brazos y torso, dejando marcas.

Él se defiende con su cola y tira la misma técnica desde su cola: las líneas verdes oscuras vuelan hacia Tévez.

Y choca con las ráfagas de Tévez. Las energías se encuentran en el aire, explotando en un choque de tierra y oscuridad que sacude el pasadizo. El polvo de las rocas y la tierra suelta se levanta, cubriéndolo todo.

También vemos que Tévez hace algo. En medio del humo, su figura se agazapa. Su mano derecha se extiende hacia el suelo de piedra, los dedos abiertos.

Tévez: Magia de tierra… ¡Espada de tierra!

Hace una espada como si fuera real, pero hecha de tierra. La hoja emerge de su mano, sólida, pesada, con un filo que promete cortar. La sostiene con ambas manos, la punta apuntando al suelo detrás de él.

Y hace un movimiento rápido. Gira su cuerpo, un giro poderoso que arrastra la espada en un arco amplio. Levanta todo el polvo y los fragmentos sueltos del suelo de la cueva. No rocas enteras, pero sí piedras pequeñas, tierra acumulada, todo lo que hay detrás de él es levantado por la fuerza del movimiento, como si la cueva misma fuera parte de su ataque.

El polvo y los fragmentos vuelan hacia Ganh, una cortina sólida de roca triturada y tierra.

Ganh: ¡¿Qué?!

El demonio alza los brazos para protegerse, pero la nube de fragmentos lo golpea, cegándolo, arañándole la piel escamosa.

Tévez queda de pie, la espada de tierra humeando en sus manos, su respiración pesada pero su postura firme. No ha terminado. Apenas empieza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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