Magic Demon - Capítulo 72
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 72: Capitulo 72: choque de técnicas
Tévez mira a Ganh.
Tévez: ¿Tienes miedo, demonio?
Ganh: ¡Cállate, estúpido!
Lo ve con unos ojos de odio, sus pupilas reptilianas encendidas de furia.
Y vemos que de sus garras hace la misma técnica. Las líneas negras demoníacas vuelven a formarse, listas para lanzarse.
Pero rápido Tévez la corta. Un solo tajo de su espada de tierra, y las líneas se disuelven en el aire.
Pero vemos que Ganh había corrido rápido a unas rocas, usando la distracción para reposicionarse, para buscar ventaja.
Y Tévez, desde su espada de tierra, lanza ráfagas de tierra. Los proyectiles vuelan hacia donde se escondió el demonio.
Impactan en la roca. El bloque de piedra se astilla, se rompe, pero Ganh ya no está allí.
Y Tévez salta esquivando. Justo a tiempo, porque de su cola tira la técnica —las líneas verdes surgen desde detrás de él, buscando atraparlo desprevenido.
Y vemos que Tévez, con la espada, también choca varias técnicas. La hoja de tierra gira, corta, desvía. Una línea, dos, tres, cuatro. Las energías se encuentran en el aire.
Fueron demasiado fuertes. Cuando impactan, explotan ambas. ¡BOOM! La onda expansiva sacude el pasadizo, levantando polvo y destruyendo partes del suelo de la cueva. Minis cráteres pequeños salen por todos lados, marcas del choque entre la tierra y la oscuridad.
Tévez aterriza unos metros atrás, jadeando. La espada aún firme en su mano. Ganh emerge entre el polvo, su cuerpo marcado por las ráfagas, pero aún de pie. Ambos se miden. La cueva cruje a su alrededor. La batalla no ha terminado.
Tévez: No moriré.
Ganh: ¡Yo, el demonio lagarto, te mataré!
Y vemos que extiende su mano, sus dedos largos brillando con energía oscura.
Ganh: Técnica demoníaca… ¡Ráfagas de lagarto!
Y vemos que técnicas demoníacas de color verde oscuro con líneas negras en forma de esfera son varias. Proyectiles retorcidos, densos, que vuelan hacia Tévez como un enjambre de serpientes.
Algunas le dan. Impactan en su costado, en su hombro. Tévez sangra por la boca y parte de su brazo. La sangre brota, mezclándose con la tierra y el polvo.
Pero también corta varias técnicas con su espada, desviando las que puede, resistiendo las que no.
Pero vemos que Ganh con su cola le pegó. Mientras Tévez atacaba, el demonio corrió rápido, aprovechando el caos. El golpe de cola fue certero.
Tévez sangraba por la boca y hace vueltas hacia atrás, rodando por el suelo, buscando recuperar el equilibrio.
Y vemos que Tévez y Ganh chocan espada vs garras. Se lanzan el uno contra el otro, la hoja de tierra contra las garras escamosas.
El impacto es fuerte. Tan fuerte que levanta demasiadas rocas del lugar, rocas pequeñas que saltan por el aire como esquirlas. Pero demasiadas. La onda expansiva sacude el pasadizo entero.
Del impacto, la espada casi se rompe. Grietas recorren la hoja de tierra, amenazando con deshacerla.
Y las garras recibieron daño también. Las escamas de Ganh están rotas, la sangre demoníaca gotea de sus dedos.
Ambos retroceden, jadeando, heridos. La cueva cruje a su alrededor, las rocas caen del techo, el polvo lo cubre todo. Pero ninguno cae. Ninguno se rinde.
Mientras vemos a Zekku y Keds entrenar.
El sol comienza a bajar, tiñendo el recinto sin techo de tonos anaranjados. Keds golpea un tronco clavado en el suelo, sus puños envueltos en un aura roja que parpadea con cada impacto. Zekku está sentado en una piedra, observando, corrigiendo de vez en cuando con palabras cortas.
Keds: ¡Ciento treinta y siete! ¡Ciento treinta y ocho!
El tronco cruje, las marcas de sus golpes se acumulan. El sudor cae de su frente, pero no se detiene. A unos metros, los cocineros preparan la cena, el humo de la fogata elevándose en espiral hacia el cielo que se oscurece.
—
Y en la cueva más adentro, a Yamito y los demás.
Avanzan sobre la rama mágica de Sunzuki, la cueva cada vez más ancha, más oscura. Las antorchas que llevan iluminan formaciones rocosas extrañas, estalactitas que parecen dedos puntiagudos apuntando hacia ellos. El silencio es pesado, solo roto por el crujir de la madera bajo sus pies y el eco de sus respiraciones.
Yamito: Estamos cerca. Muy cerca.
Sunzuki asiente, sus ojos fijos en el túnel que se abre más adelante. Didsy aprieta sus espadas. Mader y Frank van al fondo, sus cuerpos tensos, listos para cualquier cosa.
—
Y por la parte de atrás, o más atrás, a Danna y Korid caminar.
Danna camina más lenta, apoyándose en Korid de vez en cuando. Sus heridas aún duelen, pero la luz verde de su magia ha cerrado las más profundas. Korid la sostiene con un brazo, con el otro alumbra el camino con una pequeña llama que baila en su palma.
Korid: ¿Segura que puedes seguir?
Danna: No hay opción. El Rey nos necesita.
El eco de sus pasos se pierde en la cueva. Adelante, saben que están los demás. Más adelante, el Rey. Y más allá, los demonios que esperan. Caminan en silencio, cada uno con sus pensamientos, sus miedos, sus promesas. Pero caminan. Porque detenerse no es una opción.
Yamito: Puede que estemos cerca, pero no sabemos dónde se metieron. Sentir el Glos es fácil… pero no saber el lugar es lo más difícil.
Sunzuki deshace la rama mágica, la energía verde disolviéndose en el aire. Se agachan entre las formaciones rocosas, ocultándose en las sombras.
Sunzuki: Debemos hacer un plan.
Didsy: Exacto. Ya dos demonios han salido. No sabemos si hay dos o tres… y claro, falta Jung, el que secuestró al Rey.
Mader: Debemos estar listos para lo peor.
Frank: Morir no es una opción.
Y todos se ven mutuamente. En la penumbra de la cueva, sus rostros apenas iluminados por las antorchas, hay miedo. Pero también determinación. Son jóvenes, pero han peleado. Han sangrado. Han perdido. Y aún así, están aquí.
Sunzuki: Nos dividiremos. Didsy, Mader y Frank, ustedes por la izquierda. Yamito y yo por la derecha. Rodeamos la cámara principal. Los demonios no nos verán venir.
Yamito: ¿Y si hay más?
Sunzuki: Entonces improvisamos. Como siempre.
Una sonrisa tensa cruza el rostro de Didsy. Mader aprieta los puños. Frank asiente.
No hay más palabras. Solo acción. Se levantan, se separan en dos grupos, y avanzan en silencio hacia lo que les espera.
Continuará!
Mientras vemos a Tévez y Ganh verse y atacarse entre sí.
Ambos sangran. Tévez tiene el uniforme roto, el brazo izquierdo manchado de rojo, la boca con restos de sangre seca. Ganh tiene marcas en el torso, las escamas rotas, sangre oscura goteando de sus dedos.
Con las mismas técnicas que antes. Tévez lanza ráfagas de tierra, Ganh responde con sus líneas demoníacas. Explotan, chocan, se anulan.
Al punto que la espada se rompe. La hoja de tierra, agrietada por tantos impactos, finalmente cede. Se quiebra en pedazos que se disuelven en el aire.
Tévez salta hacia atrás. Crea distancia. Sus manos vacías, su respiración pesada, pero sus ojos aún arden.
Y pelea cuerpo a cuerpo contra Ganh. Sin espada. Sin técnicas lejanas. Solo los dos, frente a frente.
Ganh lanza un golpe con su garra. Tévez bloquea con el antebrazo, el impacto retumba. Responde con un puñetazo en el estómago del demonio. Ganh tose, pero contraataca con la cola. Tévez salta por encima, aterriza detrás de él, y le clava una patada en la espalda.
Ganh rueda, se levanta, y vuelven a chocar. Puño contra garra. Rodilla contra cola. Sin pausa, sin tregua.
Ganh: ¡¿Por qué no te rindes?!
Tévez: Porque morir no es una opción.
El demonio gruñe y se lanza con todo. Tévez lo recibe con los brazos abiertos, dejando que el impacto los lleve a los dos contra la pared de la cueva. Piedras caen. Sangre vuela. Pero ninguno suelta al otro.
Tévez corre y esquiva, moviéndose entre las sombras de la cueva. Sus pies apenas tocan el suelo, su cuerpo gira, se agacha, salta. Desde cada posición, lanza varias ráfagas de tierra que vuelan hacia Ganh como proyectiles implacables.
Ganh abre su boca. Más de lo normal. Mucho más. De su garganta emerge una bola negra demoníaca, densa, pulsante, que crece mientras la carga.
La lanza.
¡BOOM!
La explosión sacude la cueva entera. Levanta mucho humo, una nube espesa que lo cubre todo. Los fragmentos de roca caen del techo, el polvo lo invade todo.
Tévez desaparece entre la cortina gris. Ganh escanea la oscuridad con sus ojos reptilianos, buscando, esperando.
Ganh: ¿Dónde estás, soldado?
El humo se mueve. Una sombra. Un crujido. Pero nada más.
Tévez sangra. El muñón de su brazo derecho sigue goteando sangre, empapando el suelo de la cueva. Su visión está nublada, el mundo girando a su alrededor como si fuera a desmayarse. Pero no cae. Aprieta los dientes. Clava sus pies en el suelo.
Tévez le dice a Ganh:
Tévez: Soy un soldado mágico. No importa si pierdo dos brazos. Mi determinación y deseo es matar a todos los demonios, sea quien sea. Todo para salvar a mi pueblo y a mi nación. ¡Yo soy Tévez!
Su voz retumba en la cueva, más fuerte que el dolor, más fuerte que la sangre que no deja de caer.
Tévez: Además, vine a salvar al Rey. No me importa si muero. Con tal de cumplir la misión… ¡todo bien!
Aprieta su puño izquierdo. Su Glos café comienza a arder en su pecho, extendiéndose por su brazo restante, por sus piernas, por todo su cuerpo herido.
Ganh lo observa, su sonrisa burlona congelándose lentamente.
Ganh: Estás loco. No puedes ni pararte.
Tévez: ¿Quién dijo que necesito estar parado para pelear?
Da un paso. Luego otro. Su cuerpo tiembla, su brazo sangra, pero avanza. Porque es Tévez. Porque es un soldado mágico. Porque no se rinde. Porque morir no es una opción si aún no ha cumplido su misión.
Tévez quiere concentrarse en el único brazo que le queda en una técnica. Su mano izquierda se eleva, la energía café comenzando a formarse en su palma. Solo necesita unos segundos. Solo unos.
Pero Ganh:
Ganh: Te respeto, soldado mágico. Eres alguien de quien admirar.
El demonio, con el mismo brazo potenciado, traspasa casi por el pecho en medio del cuerpo de Tévez. No en el estómago, pero casi. El brazo entra por un lado, sale por el otro, dejando un hueco en su torso.
La sangre brota. La técnica de Tévez se desvanece. Su mano izquierda cae.
El demonio quita su brazo y vemos que tiene un hueco en su cuerpo. Un agujero limpio, mortal.
Tévez, sangrando, dice:
Tévez: No lo logré… pero por lo menos te frené.
Dice eso antes de que el muriera.
Sus rodillas ceden. Su cuerpo cae hacia adelante, golpeando el suelo de la cueva con un sonido sordo. La sangre se extiende bajo él, formando un charco oscuro que refleja la tenue luz de la cueva.
Ganh observa el cuerpo caído, su brazo aún manchado de sangre. Su expresión ya no es burlona. Hay algo en sus ojos que parece… respeto.
Ganh: Descansa, soldado. Cumpliste tu misión. Al menos, me detuviste el tiempo suficiente.
Detrás de él, en la oscuridad del pasadizo, el grupo de Yamito avanza sin saberlo. El sacrificio de Tévez les ha comprado los segundos que necesitaban.
Yamito y Sunzuki en su camino dicen:
Yamito: No siento el Glos de Tévez. ¿Y tú?
Sunzuki: Tampoco yo. ¿Crees que él…?
Yamito: Si pasó lo que pensamos… pues murió como un héroe.
Siguen avanzando en silencio, sus pasos más pesados ahora. La pérdida aún no termina de asentarse, pero saben que no pueden detenerse.
—
Y vemos que donde va Didsy, Mader y Frank:
Didsy: ¿Adónde van? ¡No creo que para allá! ¡No vayan, morirán también!
Pero Mader y Frank ya han tomado su decisión. No miran atrás. Corren en dirección contraria, hacia el pasadizo por donde vinieron, hacia donde peleó Tévez.
Didsy se queda un instante, dudando. Luego aprieta los dientes y sigue adelante sola. Porque alguien tiene que llegar hasta el Rey. Porque Tévez dio su vida por eso. Porque no puede dejar que ese sacrificio sea en vano.
—
Mader y Frank corren entre las sombras, sus pasos resonando en la cueva. La luz de sus antorchas apenas ilumina el camino, pero no se detienen.
Mader: ¡Tévez!
Frank: ¡Tévez, responde!
El eco de sus voces se pierde en la oscuridad. Adelante, donde la batalla ocurrió, el silencio es absoluto. Y en ese silencio, algo se mueve. Alguien espera.
Continuará!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com