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Magic Demon - Capítulo 85

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Capítulo 85: Capitulo 85: Karen akuman

La cueva tembló con el impacto de las bombas del zorro. El humo aún flotaba en el aire, denso y caliente, mientras los fragmentos de roca caían del techo como una lluvia mortal. En medio de la destrucción, Karen estaba de rodillas, su brazo derecho ensangrentado, la manga del uniforme hecha jirones. La sangre goteaba de su frente, mezclándose con el sudor y el polvo.

Zorking la observaba desde el otro lado del pasadizo, sus nueve colas humeando aún por el esfuerzo. Su pecho subía y bajaba con respiración pesada, pero en sus ojos rojos no había cansancio. Había algo peor: diversión.

—¿Ya te rendiste, hermosa? —preguntó, su voz burlona resonando entre las paredes de piedra.

Karen levantó la cabeza lentamente. Sus ojos castaños, a pesar del dolor, seguían brillando con una intensidad que desmentía su aparente derrota. Se puso de pie, tambaleándose apenas, y sacudió el polvo de sus hombros.

—Rendirme… —murmuró, y una sonrisa se dibujó en sus labios—. No está en mi vocabulario.

Zorking entrecerró los ojos. Algo en esa sonrisa le molestaba. Algo en la forma en que ella se levantaba, herida pero firme, le recordaba a esos guerreros que no saben cuándo caer.

—Entonces morirás de pie —dijo el demonio, y sus colas se tensaron, listas para un nuevo ataque.

Karen no respondió con palabras. En lugar de eso, extendió su mano izquierda —la que aún podía mover sin tanto dolor— y dejó que la electricidad amarilla brotara de sus dedos. Al principio fueron chispas pequeñas, titubeantes, como si la energía dudara en obedecer. Pero luego, el brillo se intensificó. Las chispas se convirtieron en serpientes de luz que danzaban a su alrededor.

—Magia de electricidad —dijo, su voz baja pero clara—. No es solo para esquivar.

Zorking la miró con cautela. Sus colas se movieron, adoptando una formación defensiva.

—¿Qué vas a hacer? ¿Iluminarme hasta que me canse? —bromeó, pero sus ojos no reían.

Karen no se dejó provocar. Cerró los puños, y la electricidad se concentró en ellos, formando dos esferas brillantes que pulsaban con energía contenida.

—Esto no es para ti —dijo, y entonces miró hacia atrás, hacia donde Korid yacía en el suelo—. Es para que él vea lo que un Akuman puede hacer cuando no se rinde.

Zorking lanzó un ataque. Una de sus colas se extendió como una lanza, buscando atravesarla. Karen se movió.

No fue una esquiva común. Fue un desplazamiento tan rápido que el aire pareció partirse a su paso. La cola del demonio pasó rozando su costado, pero ella ya estaba a un lado, su puño cargado de electricidad impactando directamente en el brazo de Zorking.

El demonio rugió, el dolor recorriéndole el miembro mientras la electricidad lo paralizaba por un instante.

—¡Maldita!

Otra cola vino desde arriba. Karen se agachó, y al levantarse, lanzó una descarga directa al rostro del demonio. Zorking giró la cabeza, escupiendo sangre, sus colas azotando el aire sin control.

—¡Te voy a matar! —gritó, y esta vez no había burla en su voz. Solo rabia.

Karen retrocedió un paso, recuperando el aliento. Su brazo derecho sangraba más, su cuerpo entero le dolía. Pero seguía en pie. Y mientras estuviera en pie, seguiría peleando.

Korid, desde el suelo, observaba todo con los ojos muy abiertos. La fuerza de Karen, su determinación, su habilidad… era como ver a alguien de otra liga. Alguien a quien debería aspirar a imitar.

—Karen Akuman —murmuró, probando el nombre en sus labios—. ¿De dónde saliste?

La pregunta flotó en el aire, pero no hubo respuesta. Solo el sonido de la electricidad crepitando y las colas del zorro cortando el viento. La pelea continuaba. Y con ella, las heridas. Y con ellas, la esperanza de que, al final, los Akuman fueran más fuertes que los demonios.

La cueva tembló con el impacto de las bombas del zorro. El humo aún flotaba en el aire, denso y caliente, mientras los fragmentos de roca caían del techo como una lluvia mortal. En medio de la destrucción, Karen estaba de rodillas, su brazo derecho ensangrentado, la manga del uniforme hecha jirones. La sangre goteaba de su frente, mezclándose con el sudor y el polvo.

Zorking la observaba desde el otro lado del pasadizo, sus nueve colas humeando aún por el esfuerzo. Su pecho subía y bajaba con respiración pesada, pero en sus ojos rojos no había cansancio. Había algo peor: diversión.

Karen levantó la cabeza lentamente. Sus ojos castaños, a pesar del dolor, seguían brillando con una intensidad que desmentía su aparente derrota. Se puso de pie, tambaleándose apenas, y sacudió el polvo de sus hombros.

—Morirás —dijo Karen.

—¡Cállate, maldita estúpida! —rugió Zorking, sus nueve colas erizándose detrás de él.

Las puntas de sus colas se abrieron como cañones, la energía demoníaca concentrándose en cada una. Las bolas amarillas comenzaron a formarse, brillando con una intensidad que iluminó toda la cueva.

Pero Karen ya no estaba donde él creía.

Con un destello de luz, desapareció. La electricidad la impulsó hacia adelante como un rayo, cruzando la distancia que los separaba en una fracción de segundo. Su mano, cargada de electricidad, atravesó el cuerpo del demonio como si fuera papel. El corte fue limpio, perfecto, una línea recta que dividió a Zorking desde el hombro hasta la cadera.

—Ya gané —dijo Karen, retirando su mano mientras la electricidad se disipaba lentamente.

Zorking abrió los ojos, desorbitados, incrédulos. Su boca se movió, pero las palabras apenas salían.

—¿Qué… qué mierda? —atinó a decir, su voz un gorgoteo.

Su cuerpo partido a la mitad cayó: la mitad superior hacia un lado, la inferior hacia el otro. La sangre demoníaca brotó en cantidades, empapando el suelo de la cueva. Y en medio de los dos fragmentos, su cadena interior brilló, expuesta, rota, desvaneciéndose.

Zorking intentó hablar de nuevo, pero ya no tenía cuerpo para sostener las palabras. Sus ojos se apagaron, sus colas cayeron inertes, y la energía que lo mantenía vivo se dispersó en el aire como polvo de estrellas.

Karen observó el cadáver del demonio mientras se desvanecía lentamente. No celebró. No sonrió. Solo respiró hondo, y el cansancio comenzó a pesar en sus hombros.

Korid, desde el suelo, miraba la escena con una mezcla de asombro y respeto. Karen se giró lentamente y caminó hacia él. Le tendió la mano.

—¿Puedes levantarte? —preguntó.

Korid la miró un momento, luego tomó su mano.

—Creo que sí —respondió, incorporándose con esfuerzo.

Karen soltó su mano y miró hacia el pasadizo que se extendía más allá.

Korid asintió, apretando los puños.

Karen observó a Korid un momento, sus ojos castaños brillando con una mezcla de emociones que el joven no lograba descifrar. El cansancio de la batalla aún pesaba en sus hombros, pero algo más la impulsaba a seguir adelante.

—Me tengo que ir —dijo Karen, rompiendo el silencio.

Korid frunció el ceño, confundido. Acababa de llegar, acababa de salvarle la vida, y ya se iba.

—¿Pero por qué? —preguntó, dando un paso hacia ella.

—Tengo que ir a informar unas cosas —respondió Karen, evitando su mirada—. No sé qué está haciendo, pero espero que lo hagas.

Korid negó con la cabeza, sin entender nada. Hablaba como si supiera cosas que él ignoraba por completo.

—¿Pero qué? —insistió, buscando respuestas que ella parecía no querer dar.

Karen lo miró directamente a los ojos, y por primera vez, algo en su expresión se suavizó.

—Korid, cuida de tu hermano menor, Keds.

Korid sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El nombre de su hermano en labios de una desconocida. Algo que ella no debería saber.

—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó, la voz cargada de desconfianza.

Karen esbozó una sonrisa triste, una que no llegaba a sus ojos.

—¿Cómo no saber el nombre de mis dos hermanos? —dijo, y su voz se quebró apenas—. Lo siento, ya me voy. Tengo cosas que informar

Antes de que Korid pudiera reaccionar, Karen se giró y corrió hacia la oscuridad del pasadizo. La electricidad amarilla brilló a su alrededor, impulsándola, y en un instante desapareció en las sombras.

Korid se quedó paralizado, la mano aún extendida hacia el vacío.

—¡Oye! —gritó, pero el eco de su voz rebotó en las paredes vacías—. ¿Adónde vas? ¿Por qué te vas? ¿Por qué dijo “mis hermanos”?

Las preguntas flotaron en el aire, sin respuesta. Karen ya no estaba. Solo el silencio y la oscuridad lo acompañaban.

Korid bajó la mano lentamente, apretando los puños. Su mente era un torbellino de confusiones. ¿Quién era ella? ¿Por qué lo llamó hermano? ¿Cuántos Akuman más había en el mundo?

No tenía respuestas. Solo el eco de sus propias preguntas rebotando en las paredes de la cueva.

Continuará!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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