Magic Demon - Capítulo 88
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Capítulo 88: Capitulo 88: humillación
La pelea siguió, pero algo cambió.
Jung ya no atacaba con desesperación. Sus movimientos, antes erráticos, comenzaron a ganar precisión. Aprovechaba cada espacio, cada milésima de segundo en que Sunzuki bajaba la guardia. Un golpe aquí, una patada allá. Nada mortal, pero constante.
Sunzuki sintió cómo su brazo derecho comenzaba a arder. Miró de reojo y vio la sangre empapando su manga. Un corte profundo, abierto por las garras del demonio en uno de los intercambios. Jung no había dejado de atacar, y aunque Sunzuki bloqueaba la mayoría, algunos golpes lograban pasar.
El demonio sonrió al ver la sangre.
—¿Duele? —preguntó, su voz cargada de veneno—. No eres tan invencible como crees.
Sunzuki no respondió. Apretó los dientes y continuó. Un directo al rostro de Jung, el demonio lo desvió con el antebrazo. Un gancho al estómago, Jung giró y lo esquivó. Una patada lateral, el demonio saltó hacia atrás.
Jung era más rápido ahora. Más calculador. Sus movimientos ya no eran los de un animal acorralado, sino los de un depredador que recuperaba terreno.
Sunzuki sintió cómo la sangre seguía brotando de su brazo. El dolor era constante, una punzada que no lo dejaba concentrarse del todo. Y Jung lo sabía.
El demonio atacó de nuevo. Sus garras rasgaron el aire, buscando el pecho del soldado. Sunzuki se movió a un lado, pero el ataque le alcanzó el hombro. Otro corte. Más sangre.
Jung rió, una risa baja y gutural.
—Ya no tienes tanta ventaja, ¿eh?
Sunzuki retrocedió un paso, evaluando la situación. Su brazo derecho colgaba pesado, la sangre empapando su uniforme. Jung, en cambio, se movía con más soltura. Sus heridas seguían abiertas, pero algo en él había cambiado.
Entonces Sunzuki lo entendió.
Los seis minutos habían pasado.
El brazo derecho de Jung, el que Sunzuki había cortado al inicio de la pelea, estaba completamente regenerado. El demonio movió los dedos, flexionó el codo, y una sonrisa triunfal se dibujó en su rostro.
—Ahora sí —dijo Jung, levantando ambos brazos, sus garras brillando con energía oscura—. Ahora la pelea comienza de verdad.
Sunzuki apretó los dientes. Su brazo sangraba, su respiración era más pesada, pero no retrocedió. Aún tenía su espada en la espalda. Aún tenía su magia.
—Que así sea —respondió, y se preparó para lo que venía.
Sunzuki extendió la mano hacia atrás, y la gran espada que había dejado en el suelo voló hacia él, atraída por su voluntad. El mango encajó en su palma con un golpe seco, y la hoja brilló bajo la tenue luz de la cueva.
—Bueno —dijo Sunzuki, su voz fría, cortante como el acero que empuñaba—, solo quería ver cómo peleabas sin un brazo.
Jung lo miró, sus brazos regenerados listos para atacar, pero algo en la postura de Sunzuki lo inquietó. Ya no era el soldado que peleaba cuerpo a cuerpo. Era algo más. Alguien que había dejado de jugar.
Sunzuki alzó la gran espada, la hoja pesada descansando sobre su hombro. La luz verde del Árbol Divino comenzó a envolver el metal, pero él la apagó con un pensamiento. No la necesitaba.
—Sin magia —dijo, mirando fijamente al demonio—. Solo con la espada te mataré.
Jung apretó los dientes, sus garras brillando con energía oscura.
—¿Crees que puedes?
—No lo creo —respondió Sunzuki, y dio un paso adelante—. Lo sé.
La espada bajó de su hombro y apuntó directamente al pecho del demonio. La hoja, enorme, parecía pesar menos que una pluma en sus manos.
—No debí jugar contigo —continuó Sunzuki, su voz cargada de arrepentimiento—. Debo llegar y salvar al Rey.
Jung sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había peleado contra Sunzuki cuerpo a cuerpo, lo había lastimado, lo había hecho sangrar. Pero ahora, con la espada en sus manos, el soldado era otra cosa. Algo que Jung no estaba seguro de poder enfrentar.
—No te dejaré pasar —dijo el demonio, plantándose firme.
Sunzuki no respondió. Solo corrió. La gran espada silbó en el aire. Y la batalla, la verdadera batalla, comenzó.
La cueva tembló con cada impacto.
La gran espada de Sunzuki descendió como un rayo, y Jung la recibió con sus dos brazos cruzados, las garras brillando al chocar contra el metal. Las chispas iluminaron la penumbra, y el suelo bajo sus pies se agrietó por la fuerza del choque.
Sunzuki retrocedió un paso, giró la espada y atacó de nuevo. Un tajo horizontal que buscaba el costado del demonio. Jung saltó, la hoja pasando bajo sus pies, y al caer, sus garras rasgaron el aire hacia el pecho del soldado. Sunzuki desvió con el canto de la espada, el sonido del metal contra las garras resonando como un gong.
No había magia. No había técnicas demoníacas. Solo acero contra garra, fuerza bruta contra fuerza bruta.
Jung atacó con ambas manos, un golpe directo que Sunzuki bloqueó con la espada. El impacto fue tan fuerte que sus pies se hundieron en el suelo, las piedras rompiéndose bajo sus botas. Respondió con un rodillazo en el estómago del demonio, y Jung escupió sangre, pero no cayó. Contraatacó con un cabezazo que hizo girar la cabeza de Sunzuki.
La sangre voló por el aire, de ambos. Sunzuki sentía el calor de sus propias heridas abiertas. Jung sentía sus brazos entumecerse por los golpes de la espada. Pero ninguno se detenía.
Sunzuki levantó la espada sobre su cabeza y la dejó caer como un hacha. Jung la esquivó por centímetros, y la hoja impactó en el suelo, partiendo una roca en dos. Fragmentos volaron por todas partes, cortando la piel de ambos.
Jung aprovechó el momento. Sus garras se cerraron en el brazo de Sunzuki, apretando, hundiéndose en la carne. El soldado apretó los dientes, sintiendo la sangre brotar, y con un movimiento brusco liberó su brazo, dejando tiras de piel en las garras del demonio.
Golpeó con el mango de la espada en el rostro de Jung. El demonio retrocedió, aturdido, pero sus garras siguieron moviéndose, buscando cualquier espacio. Un rasguño en el pecho de Sunzuki. Un corte en su mejilla.
Sunzuki giró la espada y la usó como un bastón, golpeando las costillas de Jung con el extremo del mango. Se escuchó un crujido. El demonio tosió sangre, pero sus brazos no se detuvieron. Una garra se clavó en el hombro de Sunzuki. Otra en su costado.
Ambos sangraban. Ambos rugían. Ambos se negaban a caer.
El suelo a su alrededor era un campo de escombros. Rocas partidas, fragmentos de piedra, grietas que se extendían como telarañas. Y en medio de la destrucción, dos figuras seguían golpeándose, sin magia, sin trucos, solo con la furia de quien sabe que el próximo golpe podría ser el último.
La pelea había llegado a su límite. Sunzuki sintió el peso de la espada en sus manos, la sangre corriendo por sus brazos, el cansancio acumulado en cada músculo. Pero también sintió algo más. La certeza de que ya no podía seguir alargándolo.
—Se acabó —dijo, su voz apenas un susurro, pero cargada de una determinación absoluta.
Jung lo miró, confundido. Sus garras aún brillaban, su cuerpo aún estaba en pie. Pero algo en la mirada de Sunzuki le heló la sangre.
—¿Qué dices? —atinó a preguntar, sus palabras entrecortadas por la respiración agitada.
Sunzuki no respondió. Simplemente corrió.
No fue un movimiento espectacular. No hubo destellos de luz ni técnicas especiales. Solo un soldado moviéndose más rápido de lo que el demonio podía seguir. La gran espada trazó un arco perfecto en el aire, y la hoja, cantando, atravesó el cuerpo de Jung de lado a lado.
El demonio sintió el corte antes de verlo. Un frío inmenso recorriéndole el torso, y luego, la separación. Su cuerpo se partió en dos mitades, cayendo pesadamente al suelo. La sangre brotó en cantidades, empapando las piedras a su alrededor.
Y en medio de los fragmentos de su ser, algo brilló. Su cadena interior, expuesta, rota, desvaneciéndose como polvo de estrellas.
Jung intentó hablar, pero ya no tenía cuerpo para sostener las palabras. Solo sus ojos, aún abiertos, reflejaron la sorpresa de quien no creyó que llegaría el final.
—Mierda —atinó a decir, su voz un gorgoteo que se perdió en el eco de la cueva.
Luego, el silencio. Su cuerpo se desvaneció lentamente, convertido en partículas oscuras que se elevaban hacia el techo. La cueva quedó en paz, rota pero en paz.
Sunzuki bajó la espada, jadeando. La sangre aún goteaba de sus heridas, pero su misión no había terminado. Miró hacia el pasadizo que se extendía más allá, donde Yamito había corrido. Donde el Rey Fah lo esperaba.
—Aún no termina —murmuró, y apretó el mango de su espada con más fuerza.
Y entonces, caminó hacia adelante, dejando atrás los restos del demonio y la batalla que había quedado atrás.
Continuará!
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