Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 10
- Inicio
- Manual para rechazar al psicopata
- Capítulo 10 - 10 Aferrate a la poca luz que hay
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: Aferrate a la poca luz que hay.
10: Aferrate a la poca luz que hay.
Bruno se despertó bajo la luz blanquecina de la habitación.
Lo segundo que vio, después de aquella aparatosa lámpara hospitalaria, fue a Lucas mirándolo de frente sin siquiera parpadear.
Parecía una estatua que representaba a algún tipo de demonio.
Era inevitable que despertara miedo en cualquiera que lo viera de esa manera.
«¡Increíble!
Ni siquiera muerto me dejará este cabrón».
Intentó sentarse, pero su abdomen le dolía como si una espada estuviera atravesada de lado a lado, traspasándole los órganos.
—Ugh… El hombre de cabello castaño se levantó con calma y se sentó en el banco que estaba al lado de la cama.
—Deberías apresurarte a dejar de quejarte.
Necesito tiempo para comer.
La ceja rota del rubio casi se volvió a romper al escuchar esas palabras.
—Eres un… No pudo terminar la maldición cuando la voz escandalosa de una mujer se entrometió.
—¡Bruno!
Ay, ay, ay… —hizo una pausa para no soltarse a llorar antes de decir—.
No sabes cuánto lo siento.
Mi cobardía hizo que te arriesgaras.
El rubio no sabía cómo responder; solo sentía un poco de pena por aquella joven.
Ahora que la veía de cerca y sin tanta presión, se daba cuenta de que era una belleza poco común.
A simple vista no podías notarlo, pero al observarla con atención, todo era diferente.
—No se preocupe, doctora —sin darse cuenta soltó una risa algo coqueta—.
Es lo que cualquiera habría hecho.
La vida de una doctora es muy valiosa.
Los ojos del tercer presente temblaban por el desagrado que sentía.
Su sangre, ya caliente de nacimiento, ahora hervía con furia dentro de él, como si quien se burlara en su cara fuera su mismísima madre muerta.
—Ahora entiendo… Pues me alegra no haber sido yo, porque no soy doctor.
Mónica no pudo evitar sonrojarse por las palabras de ambos.
Después dio las gracias con entusiasmo y les dejó un par de cajas de almuerzo; cada una contenía huevos revueltos con ensalada y una pequeña lata de leche de almendras.
La noche ya había pasado y el sol se encontraba alto en el cielo.
Antes de irse, la mujer los invitó a quedarse en su casa mientras Bruno se recuperaba por completo.
—En caso de emergencia, no estarán tan lejos de la clínica.
Aquellas palabras fueron como agua en el desierto para el joven que permanecía acostado.
No dudó en aceptar la invitación, sin temor a que su victimario se interpusiera.
«Tus manos están atadas ahora, imbécil».
Esta nueva oportunidad era la herramienta perfecta para que Bruno pudiera liberarse.
Luego de que Mónica regresara a trabajar en la misma clínica, los ojos rasgados y oscuros se posaron sobre la barbilla clara del rubio, que comía como si no hubiera un mañana.
Lucas no se molestó en dirigirle la palabra ni en negarle la ilusión de que podría liberarse de él.
Incluso si él mismo quisiera dejar libre a su víctima, ya lo habría hecho: nadie creería su versión de los hechos, y había sido lo suficientemente cauteloso como para no ser sospechoso de nada, a pesar de todos los crímenes que había cometido.
Desafortunadamente, tanto para él como para la herramienta humana que había elegido, no existía salida para la maldición que los perseguía.
Hasta un loco como él había perdido la poca cordura que le quedaba tras el estrés que aquella situación le causaba.
Lucas empezaba a sentir cómo sus ojos caían y se desenfocaban del rostro desabrido pero atractivo del enfermo.
Ni siquiera podía permitirse dormir sabiendo que Bruno podría huir en cuanto cerrara los ojos.
Mientras soportaba la mirada de odio y rencor del que estaba acostado, sacó un cigarro.
—No me mires así… ¿O quieres algo?
Preguntó esto último en referencia a cuando se había aprovechado de él.
La boca del joven citadino casi babeó a causa de la bilis que amenazaba con desbordarse.
Cada vez que escuchaba esa voz sentía unas náuseas que ni siquiera su propio padre le había provocado.
Ahora se lamentaba de todo lo que había hecho.
Vivir infeliz en un matrimonio era mil veces mejor que ser secuestrado para ser anzuelo.
—¿Por qué yo…?
¿Por qué me usas a mí y no a otra persona?
El castaño adormilado exhaló el humo y dejó que el silencio respondiera por él.
—No debes fumar en el hospital.
Esta vez recibió una mirada lenta por parte del fumador.
—¿Te preocupas por mí?
—Apesta a marihuana.
Lucas tiró el cigarro y lo aplastó.
Luego caminó hacia la camilla del rubio y lo tomó de la mandíbula con fuerza, sin importarle el dolor que pudiera causarle.
—Te escogí porque eres lindo… Pensé que las bestias se compadecerían de ti y no te comerían.
Pero al parecer no piensan lo mismo.
El rubio intentó zafarse del agarre, pero su fuerza había disminuido después de la pelea.
—Deja de preguntar tonterías y sé un perro obediente.
En realidad, Lucas no planeaba encontrarse con aquel nuevo extranjero que había llegado de la ciudad a Cipre.
Pero, en medio de un torbellino de desesperación este joven desesperado se topó con un rostro nuevo.
No era costumbre suya obsesionarse con personas; le atraía más lo material.
¿Pero quién pensaría que este joven rubio sería como un imán que provocaba al demonio que llevaba dentro?
Apenas vio aquel rostro tan blando, sintió el deseo de hacer temblar a una familia rica y convertir a ese afortunado en la persona con peor suerte.
Aquella sensación de volver a ser el hombre que mataba para sentirse bien lo tranquilizó entre tanto miedo interno.
Se dijo a sí mismo: «Esta vez dejaré de lado a las bestias y me enfocaré en este pequeño ángel que alimentará mi energía».
No esperaba que, además de él, sus propios enemigos lo consideraran un dulce con el cual divertirse y alimentarse.
Eso lo llevó a preguntarse: «¿Por qué estas criaturas lo dejaron entrar a este juego?».
Asombrosamente, se sentía revitalizado al pensar que no estaría solo en aquella pesadilla y que, además, tenía una marioneta que lo divertía y que podría desechar en cualquier momento.
Aunque quisiera averiguar por qué razón las mismas criaturas lo habían convertido en un platillo deseable, no tenía forma de encontrar pistas, ni siquiera para sí mismo.
La única solución que le quedaba era esperar y conservar aquel valioso comodín en caso de no tener otra opción.
Pasaron las horas y, por fin, la doctora los llevó en su propio auto a la casa que tenía en el pueblo.
No pasó mucho tiempo antes de que Mónica y Bruno iniciaran una conversación amena.
—Estudié en la ciudad.
Mi mamá siempre se esforzó por darme todo lo posible, pero regresé porque ella enfermó… La verdad es que me gustó mucho estar aquí.
Incluso conseguí trabajo en la clínica.
Claro que no se compara con la ciudad, pero aquí me crié.
—¿No piensas regresar?
—vio el reflejo del hombre que aparentaba dormir en el asiento trasero—.
Yo planeo volver a la ciudad muy pronto.
—Por el momento estoy terminando unas cosas para poder vender la casa de mamá y reunir lo suficiente para una renta en la ciudad, además… Interrumpió sus propias palabras porque, al final de la calle —donde la oscuridad ahogaba el espacio—, las casas de estilo humilde pero ordenado iban disminuyendo hasta llegar a la zona más “residencial” del pueblo.
Allí había más luz, los vecinos parecían más alegres y el lugar ya no se sentía tan antipático.
—Ya casi llegamos… Debo admitir que vender esta casa me está costando; es muy bonita.
«Por aquí sí debe haber internet.
Solo tengo que esperar a que Lucas se distraiga y pedirle su celular a Mónica».
La casa era acogedora, con una calefacción que les permitía sentirse cómodos.
Los jóvenes fueron invitados a sentarse en la sala mientras Mónica preparaba té.
El aroma de hojas de limón salía de la cocina, provocando una calidez inesperada en el corazón del herido, casi atreviéndose a pensar en lo bien que se sentiría tener a alguien que lo acompañara así siempre.
La doctora les ofreció un par de tazas de barro y un plato con algunos panqueques calientes, creando una combinación irresistible para cualquier estómago hambriento.
Incluso Lucas, que se había mantenido distante y en silencio, se acercó y comió con rapidez.
A los ojos de Mónica, solo parecían dos hombres agotados que habían atravesado una situación muy dura.
—Les bajaré un par de sábanas.
La mujer caminó hacia las escaleras, pero se detuvo.
—¿No quieren dormir en la parte de arriba?
Ambos se negaron.
Por un lado, Lucas debía mantener su apariencia de héroe serio; por el otro, Bruno ya sentía suficiente culpa.
La oscuridad comenzaba a imponerse sobre las lámparas tenues de la sala, así que era momento de decidir la organización de los sillones.
«Tengo que estar lo más lejos posible de este psicópata para poder escabullirme durante la noche».
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nann_ Gracias por leer!!
Por favor deja tu comentario.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com