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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 14

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  3. Capítulo 14 - 14 El pasado del psicópata
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14: El pasado del psicópata.

14: El pasado del psicópata.

Los nervios de Bruno estaban a nada de colapsar después de quedarse sin aire y de gastar sus inútiles fuerzas en hacer cosas que le causaban náuseas.

No soportaba tener que recibir este trato tan humillante por parte de su némesis.

¡¿A quién le gustaría ser besado por un hombre así de loco?!

Sin importar su apariencia o su dinero, terminaría pareciendo asqueroso.

Cuando Bruno vio con atención los ojos del castaño, pudo observar el derrame que le había causado en el ojo derecho, el cual se hacía cada vez más fuerte hasta parecer una bola roja.

Sin poder explicarlo, sentía una especie de culpa que él denominaba “inútil”.

Nunca antes se había odiado tanto a sí mismo como ahora, cuando su yo interno lo volvía un hombre lleno de moralidad; esa moralidad que lo había traído hasta aquí.

De no haberse apiadado de este hombre de buena apariencia, no estaría en esta situación.

Su respiración empezó a ser cada vez más descontrolada; su espalda se movía con velocidad.

Sin poder retener su propia ira, terminó golpeando la mejilla de Lucas, quien se recuperó con facilidad y volvió a posar sus ojos filosos sobre él.

Lucas quería volver a tomar el cuello claro y suave, pero la voz temerosa de Mónica golpeaba la puerta.

—¡Ey!

¿Todo bien?

¿Ya te has despertado, Bruno?

—“…“—.

Por alguna razón, Bruno se quedó congelado; no sabía si por el shock de su propio comportamiento o porque tenía a una mujer preocupada por él mientras estaba siendo acorralado por otro hombre.

—¡El niño rico está bien!

—habló, mientras ignoraba la expresión confusa del rubio y salía de la habitación, dejando a la doctora confundida.

Una vez que Lucas llegó al ático, que se encontraba un poco destruido, se dispuso a arreglar las maderas y sustituirlas por unas más rígidas.

Le preocupaba no estar lo suficientemente preparado.

Aunque sabía que esta situación ya lo había cansado, no tenía otra opción; su única esperanza era ese hombre de ciudad que se convirtió no solo en una carnada, sino en una especie de amuleto.

Mientras él estuviera allí, sería él quien recibiría el daño.

Aunque no le gustaba la idea de tener a alguien cerca, cuando se encontró con esos ojos confundidos, un deseo había despertado en él.

(Una vista al pasado).

Lucas se encontraba caminando por el pueblo, tratando de buscar y recabar ideas.

Su cerebro ya ni siquiera podía recibir dopamina después de burlarse de alguien o hacer alguno de sus trabajos usuales.

Incluso matar ancianos y ancianas ya no le producía mariposas en el estómago.

Esto lo preocupaba tanto que tenía que salir a buscar una solución.

Era un poco tarde; ya estaba entrando la noche y la única opción que le quedaba era buscar algunos recursos que le permitieran saber de dónde salían esas horripilantes criaturas.

Lo que sabía era que, después de haber matado a ese anciano y heredar la mansión, las bestias se habían presentado.

Si retrocedía en sus acciones, no había hecho algo que pudiera haber desatado algo así.

Después de enterarse de que había un anciano que vivía solo en las afueras del pueblo, que además tenía una mansión del tamaño de una cuadra y con un área increíblemente grande, sus ojos se llenaron de brillo y dejó de divertirse con pequeñas cosas para poder iniciar su plan.

Había llegado a la mansión después de haber recorrido un gran tramo a pie y tratando de no perderse.

Cuando por fin se encontró frente a la enorme casa, además de la rara sensación de soledad, su corazón brincó de emoción; era como obtener dos cosas con un solo esfuerzo: podía matar a un anciano y divertirse, y además convertirse en el heredero de una propiedad tan valiosa.

Después de poner una cara triste frente al hombre y suplicar que le diera algún trabajo en el que él pudiera servirle, consiguió el primer paso, convirtiéndose en su sirviente.

Lucas era quien iba al centro del pueblo a hacer los mandados, ayudaba al anciano a caminar y hacía los quehaceres difíciles o que requerían gran esfuerzo.

Poco a poco fue ganando la confianza del anciano que, al ser alguien que llevaba una vida solitaria y de repente recibía ese tipo de servicio y alegrías que le regalaba su joven asistente, no tardó en encariñarse con Lucas, hasta llegar a considerarlo como un hijo.

Para la suerte de Lucas, el anciano enfermó de gravedad; así se ahorraría el ocultar pistas u otro tipo de rastros que lo pudieran delatar.

Después de todo, lo señalarían como sospechoso, ya que sería demasiado evidente que, después de que él empezara a trabajar en la mansión, el anciano muriese.

No contaba con que la doctora Mónica, una doctora joven que había regresado al pueblo tras trabajar dos años en la ciudad, se volviera la cuidadora del señor.

Ahora su suerte se invertía y tenía que pensar en algo que funcionara para que sus problemas, específicamente dos, desaparecieran.

Después de pensar por varios días, la opción más discreta era envenenarlo con el medicamento; tal vez una sobredosis o inyectar sus propias composiciones dentro de alguna cápsula, lo cual al principio se complicó un poco, pues quien administraba el medicamento era la doctora, quien también ya se había ganado la confianza de su patrón.

¿Quién diría que una cara amable y una voz arrulladora a la hora de leer podrían hacer feliz a un anciano cerca de la muerte?

A Lucas no le quedó opción más que ganarse la amistad de la doctora; de tal manera, se le facilitaría ayudarla con sus deberes y, en la primera ocasión que se presentara, envenenar al anciano.

Los días pasaron y así fue como resultó: Lucas había logrado la gran imagen de joven honorable con mala fortuna que lo había convertido en un chico que pedía trabajo para sobrevivir, pero que, a pesar de eso, era dulce, atento y protector.

¿Por qué no simplemente cuestionaron un poco este comportamiento tan perfecto?

Cuando Lucas tuvo la oportunidad, no la dejó escapar y envenenó el medicamento del hombre ya cansado.

Conociendo su estado, el veneno solo sería un pequeño empujoncito a lo que ya tenía que pasar.

Solo que, por alguna razón, el anciano no podía morir; sus pesadillas y dolores eran más fuertes que sus súplicas para poder descansar.

Si lo veíamos de esa manera, era más un favor que un asesinato.

¿Quién pensaría que esta “buena” obra sería tan kármica?

Tanto, que ahora un hombre como Lucas empezó a creer en el karma, o al menos a no pelearse con él.

Lo que no esperaba era que ese viejo supiera todo el plan de inicio a fin.

Después de tomarse el medicamento que le tendió su “hijo adoptivo”, dijo: —Es sorprendente que un extraño se haya vuelto mi hijo.

Lucas no respondió; solo concentró su mirada en las pupilas cansadas.

—¿Por qué me diste el medicamento hoy?

—Mónica estaba ocupada con unas cosas de su casa.

No le dio un tono significativo; parecía demasiado concentrado en el cuerpo del anciano.

—Lamentarás mucho estar en esta mansión —empezó a toser sin control—.

Me has liberado, pero ahora tú te encarcelas.

Lucas no entendía nada; solo pensó que estaba delirando después de encontrarse con la muerte, que pacientemente esperaba para llevárselo.

(Actualidad) Ahora que lo pensaba, esa frase tenía más sentido, y eso solo indicaba que el anciano tenía una especie de conexión con la casa y, al ser traspasada a él, estas cosas malignas también fueron su herencia.

Pero había una pregunta: ¿por qué en toda su estancia no se había percatado de que algo pasaba?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un intruso.

Bruno entraba aún con el rostro molesto.

No esperaba encontrarse a Lucas tan inmerso en sus pensamientos, mientras sostenía una tabla y unos clavos; esto le provocaba un poco de remordimiento.

Además, pensar en la herida, que se veía más ancha y más profunda, era cargar con varios pensamientos que lo hacían frustrarse.

¿Cómo podía sentir un poco de respeto por un hombre como ese?

Si es que se podía considerar hombre.

Estuvo a punto de irse, pero Lucas lo sostuvo de la muñeca y se acercó a él, un poco agachado para no chocar con el tejado.

Acercó su boca a la oreja roja con lentitud y, como si fuera una pequeña fibra de vidrio, sus delgados dedos rozaron el hombro contrario.

—Quédate conmigo y no le pasará nada a la doctora.

—Su voz era tan áspera y amenazante que no combinaba para nada con su manera de acercarse a Bruno.

Era como tocar un pequeño durazno con delicadeza para no romperlo, sabiendo que lo morderás y tirarás su semilla después de absorber con placer cada exquisitez de su néctar.

Después de decir eso, se alejó, dejando que el cuerpo tenso se liberara, y continuó.

—No quiero condicionarte, solo quiero decir… que te necesito.

—Le dio la espalda y continuó clavando—.

Solo sopórtalo mientras salimos de esto.

Bruno tenía la mente en blanco, como si cada neurona se hubiera congelado.

¿Qué le había dado por convertirse en alguien aparentemente maduro después de que casi lo mataba?

¡¿Acaso era masoquista?!

Nota: He preparado un regalo para ustedes, el cual pueden ver al entrar en el enlace de mi perfil.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nann_ ¡Hola!, esta vez les traigo un capítulo para más claridad.

También les dejé un pequeño regalito; espero que les guste mucho y, si es así, por favor comenten, que me gustaría mucho leerlos y me hace ilusión, ¡un abrazo!

Por cierto, tal vez el siguiente capítulo lo suba hasta el fin o la próxima semana; por favor, espérenlo con paciencia, que también vendrán otros regalitos.

¡Los quiero!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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