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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Confía en el deja vu
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15: Confía en el deja vu.

15: Confía en el deja vu.

Bruno regresó a la sala con un semblante lleno de confusión; no sabía qué significaban las palabras de Lucas.

¿Acaso le estaba proponiendo una tregua?

La casa estaba hecha un desastre y se podían escuchar los golpes que venían del ático.

Mónica estaba sentada, con una mirada deprimida y preocupada, pero cuando vio que Bruno se acercaba, se apresuró a levantarse para preguntarle cómo se sentía.

—No te preocupes, saldremos de esto y tú estarás bien, ¿okay?

—trató de calmar a la mujer, aunque ni siquiera él estuviera seguro de salir vivo.

Sin imaginarlo, esas palabras despertaron una calidez dentro del corazón de la joven.

—Creo que lo que quisiste decir es que, mientras estés tú, estaré bien —se levantó del sofá para calentar un poco de agua—.

Prepararé té.

Bruno se sintió un poco avergonzado por sus palabras, pero entendió que ahora tenía una gran responsabilidad sobre los hombros; sin quererlo, se había convertido en el héroe épico que debía proteger a la princesa en peligro.

—Olvidemos el té.

Estoy asqueado de tanto té, ¿tienes alguna mochila que me prestes?

Una vez que Mónica regresó con la mochila, él ya tenía una lista mental de las cosas que debía reunir para salir al centro y conseguir suministros.

Necesitaba un bat, agua embotellada, un encendedor, una navaja, cuerda, una linterna y un mini botiquín.

Mientras buscaba entre el desorden que se había acumulado en la bodega, solo encontró la cuerda, la linterna y un pequeño botiquín.

Tendría que irse sin bat y sin navaja.

¿Qué arma utilizaría entonces?

Mientras pensaba en eso, una sombra pasó frente a él y logró ver la cara de Lucas cubierta de sangre.

Impresionado, dejó todo a un lado y lo siguió.

Al parecer, se había retirado el clavo que tenía incrustado, y eso había provocado el sangrado.

Mónica lo vio con indiferencia; no planeaba acercarse después de lo que él le había hecho, pero su conciencia no pudo resistirlo.

Así que, cuando Bruno se aproximó para tenderle un trapo al moreno, ella también se acercó con algunas herramientas.

—Creo que deberías ir a la clínica para que te vacunen o te receten algún antiséptico.

Lucas la miró sin interés, sacó su propio desinfectante y se fue al baño sin dirigirle una palabra a ninguno de los dos.

Pero antes notó la mochila que estaba preparando el rubio, así que terminó por decir: —Iremos juntos.

—¡¿Y por qué me lo ordenas?!

—Bruno apretó el trapo húmedo y dio un gran suspiro—.

Es un idiota.

Mónica empezó a preocuparse.

—¿Me quedaré sola?

—su tono era inestable.

—¿Por qué no vas a la clínica mientras nosotros hacemos el trabajo?

Lucas estaba frente al espejo, observando la mejilla lastimada en su reflejo.

Estaba acostumbrado a ver sus propias heridas, pero no a ese sentimiento de agotamiento interno.

No sabía qué estaba pasando; últimamente se sentía absorto por la situación.

Pero cuando se trataba de Bruno, todo se convertía en un caos.

No sabía si era bueno o malo.

Por una parte, podía volver a sentir esa emoción de manipulación; pero, por otra, rompía sus propias reglas.

«Más que una solución, se está convirtiendo en un estorbo… pero también ha sido de utilidad».

Cuando se acercó aún más al espejo para cubrir la herida, observó una sombra que abarcaba toda la altura del pequeño cuarto.

Era similar a un espectro que podía moverse a su antojo; su aura era tan horrenda que provocó una debilidad en el cuerpo y la conciencia de Lucas.

Sintió el pecho oprimido.

Se sostuvo del lavabo y no despegó la mirada del espejo, sintiendo cómo la sombra se acercaba hasta que el aire pesado se le pegó a la piel cubierta de sudor frío.

Lucas conocía esa sensación.

Apretó los ojos y trató de apartar los pensamientos que lo transportaban al pasado que tanto se esforzaba por borrar.

Dentro de su mente visualizó el jardín de la casa donde creció.

Podía ver el árbol seco que estaba a punto de caerse, cubriendo la fúnebre decoración del patio trasero.

—¡Lucas!

La voz de Bruno lo sacó de sus alucinaciones y empezó a ser consciente de su respiración descontrolada.

La puerta comenzó a sonar.

—No me digas que ya te moriste.

¡Ni se te ocurra dejarme toda esta mierda a mí solo!

El castaño abrió la puerta y dejó ver una imagen miserable, provocando una expresión de sorpresa en el rostro del rubio.

—Vámonos.

«¿Qué le pasa?

¿Será que le dolió la herida?».

Cuando dirigió la mirada al baño, sintió un escalofrío recorrerle la nuca.

Cerró la puerta y fue detrás de Lucas.

Lucas había encendido el carro sin preguntar ni pedir permiso.

Sostenía el volante mientras escuchaba el motor.

Bruno se subió a su lado y le lanzó una mirada de reojo, intentando comprender qué pasaba por la mente del hombre.

—Todavía no arranques.

Vamos a esperar a Mónica.

El castaño sacó un cigarro de su bolsillo y se recargó en la ventana mientras empezaba a inhalar el humo.

«¿Por qué no se molesta?».

—No nos puede acompañar a investigar ni por los suministros.

Ya tengo suficiente contigo.

El brazo del rubio empezó a temblar por la impotencia.

—No te preocupes, podemos tomar caminos diferentes.

Los ojos que hasta ese momento estaban enfocados en el cielo se dirigieron con lentitud hacia Bruno.

Con mirada asesina ordenó: —Tú no te separas más de un metro de mí, ¿entiendes?

Las tripas del de ojos miel se revolvieron con nerviosismo.

—¡Ya llegué!

—exclamó con tranquilidad la mujer desalineada.

Lo único que recibió fue un silencio furtivo.

Llegaron a la clínica y, mientras Bruno ayudaba a bajar a Mónica, Lucas se sumergía en sus pensamientos.

Recordaba vagamente las calles cercanas al bosque, las más antiguas.

Incluso los negocios más viejos podrían ser una fuente importante.

Entonces recordó cuando trabajaba en un bar de mala muerte, escondido entre los negocios más lúgubres y menos populares del pueblo.

Una vez que Bruno se subió al carro, Lucas no lo dejó hablar y dio vuelta atrás.

—¡¿A dónde vamos?!

La mano del rubio ahora estaba entre vendas, y lo lamentaba.

«¿En qué momento se me ocurrió venir con este cabrón?… Ah, claro, no tengo opción».

Tras un tramo de conducción, las casas dejaron de ser coloridas y adornadas con flores; se convirtieron en estructuras descuidadas, casi chatarra.

El color café de las fachadas y la neblina dominaban el día.

El pueblo siempre había sido frío, pero últimamente era casi imposible ver a la gente caminar sonriendo.

La mayoría temblaba dentro de sus chamarras remendadas, exhalando aire congelado.

Lucas estacionó el carro en una calle donde varios automóviles eran cubiertos por la llovizna.

Empezó a caminar sin decirle una palabra al hombre que iba detrás de él, obediente, odiándose por hacerlo.

Las calles estaban cubiertas de grafitis y rejas que protegían pequeños fraccionamientos en estado de derrumbe, donde, sorprendentemente, aún vivía gente.

Después de pasar junto a unos hombres fumando, Lucas entró a un local aparentemente pequeño.

Por dentro estaba todo oscuro, a excepción de una luz amarilla sostenida por una pequeña bombilla que parpadeaba de vez en cuando.

Aunque el lugar era casi un rectángulo, tanto las paredes como el centro estaban cubiertos de objetos y baratijas únicas.

—¿Qué hacemos aquí?

—Estoy buscando a una anciana.

Caminó hacia el otro lado y chocó con los ojos miel del curioso.

Inevitablemente, sonrió con provocación.

—Idiota —bufó Bruno, esquivando la mirada.

—Mi antiguo jefe me dijo que esta anciana lleva años viviendo en Cipre.

Ambos contuvieron la respiración al escuchar unos pasos aproximarse.

—¿Les puedo ayudar en algo, jóvenes?

Inesperadamente, la dulce voz provenía de una mujer joven, que apenas alcanzaba el metro sesenta.

Lucas pasó frente a Bruno y le indicó que lo esperara.

—¿Por…?

No terminó la pregunta al recibir una evidente expresión de molestia.

El castaño y la joven desaparecieron tras una puerta vieja.

«¿No se supone que era una anciana?».

Bruno decidió no darle mucha importancia y se distrajo con los objetos a su alrededor.

Entre relojes antiguos, juguetes macabros y cosas extrañas, encontró una torre de libros.

Caminó hacia esa pequeña esquina sin mirar sus pasos y tropezó con un juguete que casi le saca el corazón.

—¡Joder!

Al ver que nadie regresaba, se agachó para recoger el pequeño peluche sonoro.

Debajo del mueble cubierto de telarañas encontró una caja de madera.

La curiosidad le ganó y decidió abrirla.

Tosió un par de veces y comenzó a revisar.

Eran fotos antiguas: algunas de soldados, otras del pueblo años atrás; familias que probablemente ya estaban bajo tierra y paisajes donde la naturaleza dominaba Cipre.

Las imágenes dejaron sus manos suaves cubiertas de tierra.

Sintió que el polvo le irritaba la nariz, arrugándola en una mueca.

El estornudo hizo volar una foto que fue a dar hasta la puerta.

Cuando la levantó, vio que era una fotografía tomada en una casa lujosa, una mansión de otra época.

De pronto, un deja vu lo invadió.

«Pero… ¿no es idéntica a la mansión?».

Con impaciencia siguió revisando.

Una tras otra mostraban personas dentro de la mansión, pero cuando estaba en un mejor estado.

La última fotografía que encontró era de unos soldados con semblantes tristes, incluso deformes.

—¡Agh!

Un grito masculino vino del interior.

—¡!

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nann_ ¡Gracias por leer!

Les recuerdo pasarse por mi ko-fi si quieren ver algunos regalitos que les he hecho.

Gracias ositos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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