Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 19
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19: Evita los impulsos Pt.
1 19: Evita los impulsos Pt.
1 El hombre se acomodaba sobre su asiento después de sentir que el miedo le subía hasta la nuca.
—No tengo mucho por decir… ejem… Se aclaró la garganta al percibir la poca paciencia de tu interrogador.
—No tenía una relación muy estrecha con mi abuelo.
Solo sé que él sirvió al ejército porque mi bisabuelo y mi tatarabuelo también lo hicieron.
—se recargó de su asiento, tomando su lata de cerveza —Yo no sé desde cuando los hombres de mi familia sirvieron al ejército, sólo sé que esa costumbre se rompió con mi padre… ¡Agh!, ese cabrón era un bueno para nada.
»Yo siempre he dicho, se puede ser borracho e inteligente, ¿o no?, ¿de qué otra manera yo pude abrir este negocio y salir adelante?
»Pero bueno, sobre la historia del pueblo —continuó después de recibir una mirada amenazante —pues por lo que sé, hace años obligaron a los hombres a servir en el ejército en una guerra que tenía el país.
A lo mejor fue cuando el primer hombre de la familia se alistó para la guerra.
»No sé más sobre lo que haya pasado, no me interesan los militares ni la historia, siempre tan altaneros con su uniforme pretendiendo hacer el bien, ¿acaso hay algún hombre que sea así?, ¡mtsk!, ¡un carajo!
Lucas había mantenido sus impulsos apenas a su control, solo porque su interés sobre el pasado de Cipre era aún mayor, pero dándose cuenta de que el hombre ya canoso no le diría nada, se levantó y apuntó a su frente.
—¡Espera!
—el hombre dejó caer la lata salpicando el lugar —conozco a alguien que te puede dar más información.
Lucas no respondió, solo alzó los hombros esperando más súplicas.
—Es el amigo de mi abuelo, aún vive.
Cerca de la salida de Cipre, del otro lado.
Cruzando la base de uno de los guardabosques.
»Vive solo porque tiene un trastorno… creo que se conoce con la anciana Laura.
El castaño dio la media vuelta, pero la voz de Bruno penetró como una aguja en sus pensamientos, recordando cuando le habló acerca de la cambiaformas y la fotografía que tenía en el estante, con su esposo.
La cual no pudieron hurgar mejor porque fueron interrumpidos por la criatura.
Recordaba que al pie del marco de la foto, tenía unas iniciales: L y N.
¿Quién era llamada la anciana de Cipre?, ¿no era esa la Laura que los había intentado matar?
—¿Te refieres a la anciana que tiene una tienda de baratijas?
El hombre se paralizó, pero se apresuró a contestar: –Si, si, es ella.
Lucas salió de la oficina, estrujo sus cejas y sonrió, pero había olvidado los puntos, causándole dolor en la zona.
Irritado, se dio la vuelta y le disparó al hombre.
Pensó que esta frustración se iría cuando apretara el gatillo y viera la sangre, como era usual, pero no fue así.
Su cuerpo se tensaba en cada rincón y arrugaba la nariz tratando de controlar su respiración.
«¿Y si este viejo hubiera servido después?».
—Pensó, mientras recargaba el arma en el lado derecho de su cara.
Sus ojos eran amplios y su rostro estaba contraído, evitando las carcajadas que tanta satisfacción le traían en estos momentos.
Empezó a sacar su frustración sobre todo lo que lo rodeaba, recordaba el rostro suave de Bruno y su furia se encendía con fervor, era él el culpable de su frustración, era él el culpable de su cicatriz.
Una vez que su respiración se sentía más acicalada, le dio un trago al vaso que estaba frente a él y bajó las escaleras.
En su mente sabía que había algo que él desconocía pero que si descubría eso o esa pieza clave, entendería un poco mejor el problema; de una manera más universal o clara, es decir; entendería que tan amplio es este rompecabezas que tanto dolor de cabeza le causaba.
Apenas abrir la puerta del fúnebre lugar, sintió el frío sobre su piel.
El hombre grandulón seguía tirado frente a sus pies, que ahora estaba cubierto por la noche completamente oscura.
Lucas no lo admitiría, pero no sabía qué hacer o por dónde empezar.
Se sentó en la entrada y empezó a fumar un cigarrillo que sacó del pantalón del hombre.
Pensaba en llamarle al guardabosques para saber si ya podía manejar su camioneta, después de haber sido confiscada para investigaciones después de los hechos en la clínica.
De ser así, entonces tendría que recorrer un largo tramo hasta llegar a las oficinas, lo cual significaba que había más probabilidad de ser atacado por uno de esos mosntruos.
Esta vez no contaría con un refugio como lo era la mansión y tampoco tenía de su lado a Bruno, para que le sirviera de segunda vida.
La otra cosa que podría hacer sería regresar a la clínica y manejar el carro de Mónica.
A pesar de su breve análisis construido por probabilidades y suposiciones, él sabía que podía manejar las cosas solo, no necesitaba de nadie, pero si de una camioneta.
Porque era seguro que si cruzaba esa zona del bosque a pie, entonces era más que evidente que sería su final.
Dejó salir el humo y se dispuso a llamar al guardabosques.
Después de una breve conversación, dio por afirmativo que ya podía usar su camioneta.
Las estrellas se veían relucientes, su brillo se parecía al de las lámparas que había en cada esquina.
Lucas observó esto por un momento, dejando que el frío adormeciera sus extremidades.
Pero, de mala gana, interrumpió su descanso y se levantó haciendo ruido con la tela.
Su partida se vio interrumpida por el sonido de una respiración agitada.
Frente a él se encontraba el rostro que no lo dejaba descansar, de cabello oro y ojos tentadores.
La respiración descontrolada de Bruno era exagerada, moviendo su pecho de arriba a abajo.
Mientras jadeaba con dificultad se podía ver un rastro de sangre bajo su nariz.
Lucas tenía las cejas asimétricas; no entendía como lo había encontrado, por lo que él recordaba no había dejado algún rastro o indicio de su ubicación.
Después de esa fugaz duda, dio una sonrisa nasal al mismo tiempo que se acercaba al agitado hombre.
Bruno se recomponía con lentitud.
El castaño lo tomó de la parte trasera del cuello, acercándose a su cara.
Sus ojos afilados lo observaron como un láser.
El aroma del rubio era ácido por el sudor, sus cabellos estaban desordenados y tenía una línea roja en la ceja, indicando una herida, probablemente por algún golpe.
—¿Quién te hizo esto?
—preguntó Lucas, tocando la zona con la boca del arma.
Bruno ya podía respirar con normalidad, pero tener de frente al castaño hacía que su corazón palpitara con intensidad y sus músculos se contrajeran con fuerza, creando un dolor parecido a la impotencia corporal.
Quería preguntar muchas cosas, más a sí mismo que a la persona que tenía al frente.
«¿Por qué vine hasta aquí?, ¡mierda, me estoy volviendo loco!» —aunque él quería creer que podía controlar sus pensamientos y su cuerpo, este último le fallo.
Se abalanzó contra Lucas y lo tiró, ni siquiera él sabía porque estaba golpeando al moreno cuando había sido él quien había decidido buscarlo.
Pero sus puños soltaban la adrenalina que tanto dolor físico le había causado.
Después de un par de golpes, Lucas lo detuvo y la pelea se invirtió donde era el castaño quien tenía acorralado a Bruno.
Quería reír pero su herida se lo impedía, generando aún más ira contenida.
—¿No deberías haberme preguntado cómo te encontré?
—distrajo el rubio, mientras giraba su cara para evitar la mirada pesada —¡suéltame!
Las manos de Bruno eran sostenidas por las de Lucas con fuerza, evitando que este se pudiera mover.
A la vista del castaño, se podía apreciar un rostro atractivo pero dañado por algunas raspaduras y el sudor que corría por su sien.
Lucas metió el arma en su bolsillo y se acercó al cuerpo que tenía bajo sus piernas.
—He preguntado: ¿quién te hizo esto?
—después de enfatizar su duda —se acercó y lamió la sangre que salía de la nariz contraria.
El corazón del rubio por un momento tuvo un microinfarto y dio todo de sí para salir del agarre.
Queriéndole dar un golpe al rostro del responsable, pero al ver la cicatriz sobre los labios, se detuvo en el aire y tragó saliva.
—Lo siento.
—dijo, fingiendo culpa para evitar el desborde de su contrincante.
Lucas observó el brillo en los ojos claros y se levantó, liberando el cuerpo.
—Evita tu inutil manipulación —el moreno había sospechado de la estrategia emocional barata —si yo quisiera matarte no necesitaría una disculpa para detenerme… De hecho, creo que no existe algo que me impida hacerlo… solo mi propio gusto.
«¡¿Qué significa eso?!» —los ojos del rubio esquivarón la mirada contraria.
—Bien.
—Explícame que haces aquí, antes de que quiera jugar con mi bebe —advirtió, mientras sacaba el arma de su bolsillo.
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