Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 20
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20: Evita los impulsos Pt.
2 20: Evita los impulsos Pt.
2 Los ojos adormilados de Bruno se abrieron con lentitud.
Estaba reacio a despertar y tener que enfrentar otra noche más en la que no sabía si moriría siendo triturado por un monstruo o por la demencia que le provocaba Lucas.
Inmerso en sus pensamientos y por instinto; volteó hacia la cama que tenía al lado.
Parecía que ya había desarrollado un instinto de sobreviviente.
Sus cejas se paralizaron por un momento: «¿Y Lucas?…
Bueno…, pudo haber ido al baño…».
Su intento de engañarse a sí mismo fue tonto en comparación con su paranoia y su hipótesis sobre el paradero del castaño.
Se paró, olvidando que ya no tenía en las manos las fotografías con las que se había dormido, y corrió las persianas.
—Justo te estaba buscando —el intento de voz tranquila salió de la pelirroja—.
¿Me ayudas?
Mónica estaba brincando en un pie, tratando de mantener el equilibrio.
Después de haberle dicho a su jefe de área sobre su baja definitiva (renuncia), fue por una caja y empezó a empacar sus cosas.
Cuando subió las escaleras, el peso de la caja le ganó y resbaló, doblándose el tobillo y cayendo sobre su rodilla.
Bruno observó la expresión de dolor en la cara fina.
Por un momento se olvidó de sus problemas y recordó que ella solo había tenido la misma mala suerte que él al involucrarse con Lucas.
Tomó con delicadeza el antebrazo de la joven y la ayudó a llegar a la cama.
—¿Dónde está Lucas?
—sus cejas se contrajeron al sentir el hisopo sobre la herida—.
¡Auch!
Bruno retiró su mano al instante que escuchó el quejido.
En ese instante, él mismo hizo una expresión de dolor.
—No pasa nada, sigue.
Las mejillas anteriormente opacas empezaban a demostrar un brillo tenue, parecido al color de las rosas.
—No lo sé, me quedé dormido y cuando desperté ya no estaba.
—Sus ojos tenían la pupila extendida por la concentración.
El rubio estaba tirando el hisopo manchado, pensando que había terminado, pero cuando se dio la vuelta notó una línea de sangre sobre la muñeca de Mónica.
Una persona dejó caer un termo, provocando que un sonido perturbante lastimara el tímpano de Bruno.
Sin entender su propio comportamiento, cubrió sus oídos, dejando ver los pliegues que se creaban al contraer su rostro en una expresión de molestia.
La bandeja de metal estaba sobre la mesa, mientras él soportaba el daño en sus muñecas.
La expresión de Lucas era tan calmada y tranquila que daba miedo.
Bruno tenía una hipótesis…
Entre más calmado el monstruo…
Mayor era la probabilidad de que atacara.
—¿Todo bien?
—la mano suave de la doctora se posó sobre el hombro del rubio, después de haber hecho un esfuerzo por levantarse de la cama—.
¿Qué pasa?
Su expresión era de preocupación; nunca había visto al rubio ponerse así.
Sin explicación alguna, Bruno había tenido una visión vívida de cuando Lucas lo torturó.
Hasta este momento, él no sabía si aquel hombre entendía qué era tortura y qué era diversión.
Aún aturdido por sus pensamientos, ignoró la voz lejana de Mónica y fijó sus ojos sobre la mochila tirada.
Recordó que él se había quedado dormido mientras revisaba las fotografías que había salvado.
Se apresuró a revisar con desesperación; el ruido de la tela entre los movimientos bruscos demostraba su ansia.
Pero no encontró rastro de ninguna imagen, incluso cuando se agachó debajo de la cama.
—Yo había dejado unas fotografías aquí… Pensaba en voz alta.
Mónica estaba confundida con el comportamiento ajeno.
—¿A qué te refieres?
—¿Recuerdas que te había dicho que la herida de Lucas fue por una cambiaformas?
—trató de controlar la velocidad de su explicación—.
Bueno, pues fue ahí donde encontré lo que podría ser una explicación a lo que está pasando… Después de agarrarse la cabeza con frustración, continuó: »Tú conociste al abuelo de Lucas, ¿no?…
o bueno, al hombre que él mató.
Las cejas color claro se alzaron con sorpresa.
—¡¿Él lo mató?!
—respondió con voz aguda.
La mano de Bruno hizo un movimiento indicando que bajara el volumen.
Ignoró esta reacción y siguió su análisis: »Ese hombre sabía cosas… Lo sé, lo sé porque cuando intenté escapar de la mansión había cuadros con todo tipo de criaturas.
¿Sabes si el señor era pintor?
Mónica, con incredulidad, se limitó a alzar los hombros en duda.
»Cuando estábamos en esa tienda, había fotos en donde estaba ese señor… pero un poco más joven.
¿Cuántos años tenía cuando murió?…
Es imposible que viviera más de cien años…, ¿no?
El corazón de la joven se aturdía; parecía que la desesperación y el miedo eran contagiosos.
—¿En qué estás pensando?
—preguntó, al observar el silencio inquietante.
—Iré a buscarlo.
Ignoró la cara de preocupación de la pelirroja, tomó su mochila y corrió la persiana.
—Quédate aquí —ordenó mientras caminaba, pero luego se detuvo y volvió—, y evita quedarte sola.
Mónica sintió que su pecho se oprimía, así que puso su mano sobre él, tratando de controlar su temor.
«Espero que regrese rápido».
Bruno caminó con pasos grandes, pero antes de salir del hospital recordó que no sabía a dónde ir; no tenía ni la menor idea de a dónde había ido el castaño.
Rebobinó una y otra vez todo lo que podía recordar: qué había hecho y dicho su objetivo, pero, aparte de intentar estrangularlo, no había algún comportamiento específico que le diera una pista.
Ya fuera del hospital, recargado en un poste cercano, forzaba a su cerebro a que le diera alguna respuesta casi imposible, pero que necesitaba.
«¿Y si se fue con las imágenes porque eso le da alguna respuesta?…
Ese maldito planea dejarnos fuera.
Lo más probable es que él esté trabajando por su cuenta».
»No me dejará a mi suerte.
Las uñas de Bruno habían sufrido los nervios que le generaba el hecho de estar separado de Lucas, porque así no podía supervisar las intenciones malévolas del castaño y todavía tendría que enfrentar a las bestias él solo.
De solo recordarlo, su piel se erizó.
De pronto recordó que Lucas le había quitado el celular y todo ese tiempo lo había tenido.
No era algo certero, pero sí había alta probabilidad de que lo tuviera con él.
Bruno le agradeció a su yo del pasado por haber descargado una app de localización en tiempo real.
Regresó de prisa, esperando encontrar a Mónica donde la había dejado para pedirle que localizara su celular; solo tendría que darle su contraseña y el PIN de la app para poder ver los movimientos de Lucas en vivo.
Esta vez, Bruno le había pedido las llaves a la doctora, cosa que no se le había ocurrido antes.
En la visión del conductor se podían ver calles irregulares.
Las casas parecían tan viejas como un libro de hojas opacas y, aunque su estructura era moderna, su estado era revelador de la antigüedad que podían tener; al menos una década.
Las calles estaban frías y húmedas por la neblina que empezaba a espesarse en la noche.
De repente, un ruido metálico llegó a sus oídos al mismo tiempo que el carro dejaba de avanzar.
El pecho de Bruno pareció quedar suspendido entre el sonido del aire y el frío que penetraba su piel.
Intentó varias veces arrancar, pero fue inútil.
Para su mala suerte, la carretera no era muy transitada debido a la hora y a que en esa parte del pueblo no hacía falta ir más allá o llegarías al bosque, donde solo había una que otra casa de algún campesino huraño.
Después de haber reunido coraje y convencerse a sí mismo, bajó del auto sosteniendo una lámpara y un martillo que él mismo había dejado antes de salir de la casa de Mónica.
«Por fin tengo algo de suerte: primero recordé que mi celular lo tenía Lucas y ahora tengo un arma gracias a mi precaución.
Creo que he aprendido a sobrevivir… Aunque sigue siendo tonto comparar este destino con un matrimonio forzado, ¡soy estúpido!».
Sus pensamientos habitaban su cabeza mientras revisaba el cofre del carro, donde no encontró algún error o al menos algo que él pudiera notar, así que decidió ver por debajo.
—Mierda…, esto está jodido —las palabras eran poco entendibles debido a que tenía la lámpara entre los dientes.
Una vez salió del carro, escuchó cómo se cayó un bote de basura.
Bruno se metió al carro y fijó su mirada en el volante, dándole vueltas a lo que debería hacer.
Tenía dos opciones: Quedarse en el carro y esperar, corriendo el riesgo.
O salir y buscar un refugio, perdiéndose entre la poca gente que pudiera encontrar a esas horas.
«Creo que prefiero que me roben a ser asesinado por una criatura mutante».
—Con este último pensamiento afirmó su decisión.
Antes de salir del carro, se miró al espejo, pensando que hacía tiempo no se fijaba en su apariencia.
Los recuerdos de su pasado llegaron de repente; de cuando aún era estudiante y su cabello rubio era algo que le subía la autoestima entre tantas presiones.
De cuando creyó haber tenido a alguien… a alguien que lo amaba de verdad… —Qué triste —dijo una voz detrás de él.
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