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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 2

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  3. Capítulo 2 - 2 No cedas ante tu corazo bondadoso
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2: No cedas ante tu corazo bondadoso 2: No cedas ante tu corazo bondadoso La noche anterior no había dormido nada bien, y ahora tomaba el desayuno dentro de su habitación; la ironía de la vida —Esta mañana, una mujer fue atropellada mientras cargaba a su bebé en brazos.

Las noticias sonaban en la tele.

«Todo esto es una mierda».

Bruno se sentía tan agobiado que tomó el control remoto y lo aventó hacia la pantalla plana, haciendo que el control se rompiera.

—Mierda, mierda, no, bebé… no te rompas —suplicó mientras inspeccionaba las pilas.

—Servicio de limpieza.

—¡Ahora no, gracias!

Eran las nueve de la mañana, pero estaba nublado y la lluvia seguía, haciendo que los truenos se escucharan a lo lejos.

Bruno abrió su laptop mientras comía un waffle con miel.

Lo primero que buscó fueron algunas casas en renta en algún pueblo lejos de la ciudad, que le permitiera alejarse de todos sus problemas.

Aunque evidentemente eso significaba huir de ellos, su gran excusa era: «Tengo que aislarme solo un poco para controlar estos nervios y entonces me pondré manos a la obra con alguna inversión».

La realidad era que estaba pasando por un momento de burnout e indiferencia afectiva.

Esto era muy común en él, pero siempre lo resolvía ignorándolo con trabajo.

Ahora que había sido despedido, no sabía cómo enfrentar ese caos interno y, mucho menos, tenía energía para trabajar.

¡Era un bloqueo emocional total!

“Casa con no más de siete años de construcción, en una localidad llena de flora y fauna, con pocos vecinos y alejada del centro del pueblo.” Era justo lo que estaba buscando.

Aunque era un pueblo que no conocía y estaba a cuatro horas de la ciudad en autobús, su estado de ánimo actual hizo que le diera clic al botón de: solicitar una visita.

Ordenó la habitación y tomó sus maletas, yendo directo a la estación.

Habían pasado aproximadamente tres horas.

La lluvia parecía infinita.

—El trayecto se retrasará un par de horas más, debido al clima.

Gracias por la comprensión —anunció el conductor.

Bruno no tenía objeción.

Al parecer, la lluvia lo ponía tan desanimado que ni siquiera tenía ganas de reprochar su suerte.

Se acomodó más en el asiento del autobús y observó las gotas caer en la ventana.

La lluvia siempre le recordaba a su padre: era fría, ruidosa, problemática y no le importaba a quién perjudicara.

«Tal vez es natural que los hijos de la naturaleza sean tan problemáticos como ella».

Irónicamente, iba directo a un pueblo rodeado de naturaleza.

Para la mala suerte de Bruno, unos minutos después, la señora encargada de mostrarle la casa canceló la cita y la movió para el día siguiente.

Al llegar a la estación, se dio cuenta de que era demasiado pequeña en comparación con la de la ciudad, y se sentía un tanto extraño.

Era ese sentimiento de no saber dónde estabas parado ni lo que te esperaba.

Después de caminar unos minutos, tomó el tranvía y fue directo al hotel, esperando descansar y olvidar todo.

Ya en el hotel, el pasado empezaba a invadir su cabeza.

Recordaba cuando su padre lo golpeó porque no ganó la competencia de matemáticas donde su contrincante era el hijo de un jardinero.

Esto casi lo hizo doblegarse ante sus emociones, como la noche anterior, pero un apagón repentino lo sobresaltó.

«¿Tenía que ser de noche?».

Escuchó algunos ruidos en el exterior, al asomarse por el balcón vio que toda la calle estaba totalmente oscura.

Regresó a la cama e intentó dormir, pero los nervios no lo dejaron.

Así que tomó sus llaves y su celular para preguntar a algún empleado acerca de la situación.

Después de salir, se dio cuenta de que no había ni una sola persona fuera de su habitación, lo cual era raro, porque anteriormente había escuchado pasos.

Bajó las escaleras hasta la recepción y le preguntó al joven frente al aparador, quien explicó que la luz se fue por condiciones del clima, ya que estaba iniciando una tormenta, y que, en cuanto a los huéspedes, había muy pocos porque casi no hay turistas o foráneos por esas fechas.

Al intentar salir para comprar algunas velas, se dio cuenta de que era imposible porque la tormenta se había intensificado y había mucho viento.

Regresó alumbrando con la lámpara de su celular.

Era inevitable que tuviera miedo; después de todo, estaba acostumbrado a tener los mejores servicios en su departamento de lujo.

De repente, escuchó un fuerte ruido en el área común del segundo piso.

Se acercó con la esperanza de que hubiera algún vecino con quien hablar y calmar sus nervios.

Para su sorpresa, no había nadie y todo estaba oscuro, hasta que un golpe lo hizo saltar de miedo.

El ruido provenía de una ventana que se había abierto con el fuerte viento… o eso pensó, hasta que logró ver la silueta de un hombre, un poco más delgado que él.

Tragó saliva y se acercó sigilosamente.

El hombre se sacudía el agua y no prestaba atención a su alrededor, recibiendo un puñetazo del temeroso huésped.

—¡¿Qué te pasa?!

—exclamó el recién golpeado.

—¿Quién eres y por qué entras de esta manera?

—Lo siento, lo siento, es que la tormenta está muy fuerte y no logré llegar a casa —el hombre estaba siendo ahorcado por el más grande—.

Así que pensé en entrar al hotel, pero… bueno, no tengo plata.

—¿No pudiste pedir que te dejaran entrar en el living y esperar?

—¿Qué es living?

Bruno se dio cuenta de que el hombre frente a él era algo así como un idiota o un vago, así que se apenó un poco y lo soltó.

Aunque no bajó sus defensas, porque, aunque era más delgado que él, se veía tonificado.

De hecho, de no ser por esta primera impresión, pensaría que era algún jefe de algún negocio pequeño en el pueblo.

—¿Por qué no simplemente bajas y pides que te dejen estar en la entrada?

—¿No lo entiendes?

—¿…?

—Bruno bajó las cejas con incredulidad, esperando una tonta excusa.

—¿Conoces al gerente?

Ese hombre me odia.

—Alguna razón debe tener.

En eso estaban cuando el recepcionista llegó y los alumbró directo a la cara.

—¿Lucas?

—preguntó el joven empleado, mirando al intruso.

—¿Se conocen?

—preguntó Bruno, calmando sus nervios.

—Sí.

Disculpe las molestias, señor —el joven agachó la cabeza—.

Ya mismo lo saco.

—Pues no se va a poder.

La tormenta está muy fuerte —explicó el supuesto vagabundo—.

Además, aquí el joven de buen parecer —dijo señalando a Bruno— me ofreció, con total amabilidad, poder pasar la noche con él.

—¡¿Qué?!

¡Está loco!

—refutó el de pijama.

—Lucas, deja de causar problemas.

Si el gerente te ve, estás perdido, y no solo tú: ¡yo también!

La discusión parecía no llegar a nada, pero los pasos de otro hombre se escucharon: —¡ey!

¿Estás ahí?

—el gerente se acercaba, provocando que Lucas se pusiera a pensar.

—¡Ya sé!

Si usted me deja pasar la noche en su cuarto, dormiré en el piso de la entrada —al notar que dudaba, agregó—: ¡y le pagaré con intereses!

—No vuelvas a decir eso —aclaró la garganta, incomodándose—.

Suena mal.

—Ahora entiendo por qué mi prima te odia —negó el trabajador—.

No puedo creer que tengas veinticinco años.

—Cállate Iván, no es el momento.

—¿Lucas?

¿Qué haces aquí?

—preguntó un hombre de vestimenta sencilla, pero con imponencia en su rostro viejo y apático—.

Te dije que no te quería volver a ver.

¡Nunca me pagaste el desastre que hiciste!

Y aún te dignas a aparecer.

—Señor, ya le he pedido disculpas.

Además, hoy soy invitado.

El gerente miró al hombre de apariencia sofisticada.

—¿Disculpe, este hombre lo está molestando?

La mente de Bruno le decía que no a la idea loca que estaba pensando, pero su boca dijo otra cosa: —No, es un empleado que viene conmigo.

Después de dicha discusión, el aparente intruso fue salvado de la tormenta, por un hombre que tampoco sabía qué pasaba con su vida en esos momentos.

Ahora ambos estaban acostados, pensando en lo que acababa de pasar.

—Me llamo Lucas.

Bruno solo quería dormir, pero entre los nervios por la horrible tormenta que se escuchaba y el hecho de que un desconocido que hace unos momentos había intentado infiltrarse estuviera con él, le era imposible.

Así que, sin otra opción, respondió sarcásticamente: —Un gusto, Lucas.

—¿Eres empresario?

—¿Me quieres robar plata?

—Expreso con indignación.

—No… —Déjate de joder y duérmete, porque yo no creo poder dormir hoy sabiendo que hay un vago en mi habitación.

“Track”, un fuerte estruendo sonó en el pasillo, lo cual hizo exaltar al ya excesivamente nervioso Bruno.

—¿Quieres que salga a ver?

—preguntó el “vago”.

—Puedo hacerlo yo, gracias.

El rubio se acercó a la puerta y miró por la mirilla.

“¡Track!”.

Esta vez el ruido sonó más fuerte de lo normal, haciendo que se fuera hacia atrás, chocando con el pecho del otro hombre, igual de curioso.

—¿Será que los vecinos tienen problemas?

—preguntó Lucas, muy cerca del oído ajeno, haciendo que este se molestara y se apartara.

—No lo creo.

Tu conocido me dijo que yo era el único huésped en el segundo piso.

Apenas terminó de decir eso cuando se escuchó un segundo estruendo, esta vez como si algo se rompiera.

Ambos jóvenes se miraron con intriga.

El primero en tomar la perilla fue Lucas.

Lo hizo de manera cuidadosa y silenciosa, pero fue detenido por Bruno.

—¿Y si llamamos al servicio?

—Aunque no lo creas, tengo más coraje que todos los trabajadores del hotel —al mismo tiempo, sintió algo recorrer su piel y saltó hacia los brazos del rubio—.

¡Una cucaracha!

—Cállate —tapó la boca del más bajo—.

Puedes prevenir a lo que sea que provocó el ruido.

Ambos avanzaron hacia la puerta del frente y revisaron si estaba con llave (que sería lo más obvio), pero para su sorpresa, no lo estaba.

Se adentraron a la oscuridad en cuclillas, al mismo tiempo que cayó un florero de vidrio.

Lucas tomó posición de ataque.

—¡¿Quién está ahí?!

¡Te voy a matar si no sales!

¡Tuve clases de boxeo en secundaria!

Sin previo aviso, una fuerte luz se hizo ver.

Eran las 11:00 de la noche, y el apagón había llegado a su fin.

—Al parecer, quien será digno de tus golpes… —respondió el castaño, señalando a un mapache mojado— será un mapache hambreado.

Hazte cargo, me voy a dormir.

Esto no pudo ser más incorrecto, pues después de unos segundos, “la criatura pequeña y salvaje” atacó su espalda.

—¡Quítamelo!

—Hahaha —sostuvo su estómago por el dolor de las carcajadas—.

¿Qué decías?

Pasadas unas horas, Bruno estaba boca arriba sobre su cama, mirando el techo mientras sentía el hormigueo de los rasguños que tenía en la cara.

Sus ojos estaban tan abiertos como si fuera una niña poseída.

Las ojeras y la expresión de colapso y frustración eran evidentes, pues quien detonaba ese nervio en su sien eran los horribles ronquidos de su vecino, durmiendo en el piso justo al lado de su cama.

Lucas se había despertado como si hubiera dormido en una nube en el cielo, lo cual era raro, porque había dormido en el piso y junto a un extraño.

“¿Debería despertarlo?”, pensó.

Justo después de eso, unos ojos azules aparecieron frente a él.

—¿Qué carajo me ves?

—Lo siento, sr.

príncipe —se excusó, burlándose con el apodo de “príncipe”—.

Pensaba si debía despertarte.

—¿Eso, o me querías robar?

—Te dije que te pagaría —se levantó del piso y se puso su reloj en la muñeca—.

¿A dónde vas hoy?

—Voy hacia… ¿Por qué debería decírtelo?

—reaccionó.

—Es que voy a arreglar mi camioneta, pero en mi taller.

—Déjalo así.

—…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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