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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 Conviértete en su expeción
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22: Conviértete en su expeción.

22: Conviértete en su expeción.

La respiración entrecortada chocaba contra la mandíbula de Bruno, mientras sus cabellos dorados eran jalados hacia atrás.

—Para.

La frase, más que una amenaza, sonó como una sugerencia para el hombre que sostenía sus muslos.

Las manos ásperas se movían con desesperación.

Sus gruñidos le erizaban cada nervio.

—¿Cómo crees que me atrevería a matarte?

La sonrisa deforme mostró una gota de sangre debido a la mordida que le había hecho su víctima.

—Si tu piel es mi sabor favorito.

Su tono cínico y arrogante fue lo último que dijo antes de meter su mano entre la playera y el abdomen cubierto de vellos.

—¡Woh!

Incluso tus vellos son amarillos, ¿tus padres son perros de raza?

Las cejas asimétricas se formaron junto con un suspiro incrédulo.

—¡Estás jodidamente loco!

Bruno aprovechó la ofensa y liberó su muñeca.

No duró mucho su intento de escape: recibió un golpe en la rodilla que lo tiró de inmediato.

Aunque intentó luchar, un aroma extraño se impregnó en sus fosas nasales.

Poco a poco, su cuerpo perdía fuerza; no podía mantenerse de pie y cayó sobre una mesa del bar.

«¿Qué me está pasando?…

No, no puedo moverme bien».

Un intento por alzar su mano y protegerse fue inútil, pues quien lo atrapó fue Lucas.

«¿Otra de sus drogas?…

Mierda, ¿qué le costaba estudiar bioquímica al idiota?».

Bruno sintió cómo su piel quedaba expuesta, esperando lo peor, pero no fue así.

Lucas se quedó perplejo al ver la mordida en el brazo.

—¿Quién te mordió?

El sarcasmo y la satisfacción habían desaparecido del rostro delgado; solo quedaba la molestia, como si esa marca fuese una basura en el ojo.

Tomó de la mandíbula al rubio y se aseguró de tenerlo lo suficientemente cerca como para respirar sus exhalaciones nasales.

Aun así, su irritación sobrepasaba su deseo.

Quería sostener esa piel hasta cansarse, quería verlo sufrir… pero solo por él.

Después de todo, quien lo había elegido era él, nadie más.

—Msk.

Expresó su desesperación mordiendo su mejilla, pero no pudo deshacerse de sus ansias.

Ignoró su molestia al enterarse de esa marca y golpeó la mesa.

Un leve suspiro de cansancio salió de los labios color durazno.

Bruno sentía que ya no podía seguir estando al borde del infarto por más tiempo.

Cada que veía las múltiples expresiones de Lucas, sentía que su vida dependía de cómo se comportaba con él.

A todo esto, ¿qué era lo que lo mantenía vivo?

¿De verdad lo consideraba una vida extra o era otra cosa?…

Lucas rodeó el bíceps y empezó a lamer con impotencia, dejando la baba sobre las pequeñas líneas rojas de una mordida fresca.

Bruno sintió cómo su cuerpo apretaba todos sus músculos.

Al sentir el deseo enfermo en el cuerpo que estaba sobre él, su corazón no pudo evitar volverse loco y empezó a palpitar con velocidad, recordando que su cuerpo reaccionaba por su cuenta.

Lucas se volvió a incorporar y limpió su propia saliva con su lengua puntiaguda.

—Bu–f… —Bruno intentaba hablar, pero sus labios no podían ni moverse.

«Su boca se ve como la de un demonio», pensó.

—Mujm.

Se quejó cuando sintió la mordida en su cuello.

Inmediatamente, una corriente recorrió su abdomen, que era cubierto de baba y sangre por las mordidas de Lucas.

Una vez cansado, demostró su usual ánimo arrogante.

Parecía que su ánimo dependía del sufrimiento de Bruno.

—Por alguna razón… sabes bien.

Una oscuridad se apoderó de la conciencia del rubio.

Cuando Lucas se dio cuenta de su estado de inconsciencia, lo dejó caer al piso, no sin antes poner su pie para que la nuca cayera sobre la bota.

Lo que más le divertía era ver las reacciones del hombre.

Su cuerpo era como una flor… hermosa, pero inútil si no reaccionaba.

Lo tapó con su chamarra y empezó a trabajar en los cuerpos que había dejado afuera, asegurándose de que no quedara ninguno con vida para después ocultarlos en el bar.

Recordó el fuego, el fuego que representaba luz y homenaje.

—No seré tan malo con ustedes —dijo mientras empezaba a verter gasolina que había encontrado en la bodega—.

Alcohol, gasolina y un lindo chico rubio; no estoy tan jodido después de todo, ¿no creen?

El silencio fue una respuesta realista para la ironía.

—Por eso murieron, por amargados.

¡No lo digo por ti, bebé!

—le dijo a Bruno, que parecía dormir plácidamente, aunque en cualquier momento podría convulsionar por la droga.

Después de subir al rubio en su espalda y dejarlo fuera del bar, Lucas lanzó el encendedor.

Las llamas empezaron a surgir, quemando cada cosa que estuviera a su paso.

El camino estaba cubierto por la noche fría y oscura, ya cerca de la madrugada.

El ruido del carro sobre la carretera funcionaba como melodía arrulladora para los oídos del hombre inconsciente, que se mecía sobre el asiento del copiloto.

Lucas estaba frente al volante, alerta a cualquier cambio extraño en el tiempo o en el aire.

Después de varios días, ya había descubierto los factores que delataban la llegada de alguna criatura.

Aunque esto lo dejaba tenso e irritable, era lo que le permitía actuar con rapidez.

Sus pensamientos eran acompañados por la respiración tranquila de su acompañante.

Pensaba en tomar la ruta más corta, aunque menos concurrida, para dirigirse a la mansión y poder organizar todos los recursos que le hicieran falta para encontrar al anciano que podía darle información.

Si el hombre “huraño”, como lo había descrito su exjefe, se encontraba en el lugar señalado, entonces solo haría falta que hablara.

Así tendrían la información necesaria para formular hipótesis más acertadas.

Por el momento, no debía olvidar las descripciones de las criaturas que lo habían atacado.

Desde que había estado en la mansión, la primera en aparecer fue la bestia blanca, con el rostro cubierto de ojos bizcos, que podía alcanzarlo con solo estirar la mano.

Después, cuando llegó Bruno, también los atacó el Glacksor, al que ya conocía de encuentros anteriores.

De quien no tenía ni la menor idea era de la cambiaformas, Laura.

Pero las cosas no tenían sentido.

Ahora que recapitulaba todo lo que había pasado en esta visita al pueblo, había cosas que simplemente no encajaban.

—Si las bestias pueden estar en el pueblo… ¿entonces por qué nadie más las ha visto?

—pensó en voz alta—.

¡¿Acaso es un castigo divino?!

—¡Joder!

El golpe contra el volante sacó del trance al rubio.

Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos por mantenerlos cerrados tanto tiempo.

—¿Desperté al bello durmiente?

—inclinó la cabeza con exageración y golpeó la nariz romana con su dedo medio—.

Pues sigue durmiendo y no me molestes si quieres— —¿Y Mónica?

—interrumpió Bruno.

Los nervios del hombre recién despierto ya se habían acumulado en el estómago generando reflujo, pero cuando observó que estaban en la calle, rodeados de oscuridad y árboles que provocan chiflidos tenebrosos al jugar con el aire, incluso los dedos de sus pies empezaron a temblar.

—¿Lucas?

La pregunta le salió por instinto, esperando una respuesta coherente de una persona absurda.

Lucas olvidó que estaban en la carretera al escuchar su nombre en ese tono, en esos labios… En esa persona… —¿Bruno?

El nombrado chocó contra la puerta al retroceder.

Su cerebro hizo un corto circuito al escuchar su nombre, no de una manera morbosa, no de una manera enferma, sino como si lo hubiera nombrado una persona normal.

Parpadeo consecutivamente y preguntó: —¿A dónde vamos?

—A la mansión.

—¿Y Mónica?

Lucas volteó los ojos.

—Si sigues diciendo ese nombre, ella será la que buscará tu cuerpo.

—¿No vamos a regresar por ella?

—se frustró al no recibir respuesta e insistió: —¿no ella también es parte del acertijo?, ¿por qué solo ella y yo podemos ver esas cosas aparte de ti?

Observo las cejas cafés juntas, que formaban arrugas en el entrecejo.

»No tiene sentido, ¿verdad?…

Tú —se detuvo a pensar con nerviosismo, olvidando su propio dolor de cabeza.

—Cuando nos encontramos con la cambia formas, es decir; parecía que ese anciano tiene mucho que ver y bueno, sabemos que tu lo mataste ¿Pero y Mónica?, ¿y yo?…

la necesitas.

El castaño detuvo el coche inesperadamente.

—Creo que tienes razón… ella también se relaciono con ese anciano —fingió entender las teorías ajenas —pero, ¿y tú?

Apuntó con el arma que tenía y terminó: —¿Quiere decir que tu no me sirves de nada?

Bruno fue testigo de cómo su propio pánico se esfumaba y se transformaba en desespero, no uno lleno de inquietud, sino uno que llegaba después de terminar con su paciencia.

Los ojos evidenciaron su molestia y golpeó el arma, haciendo que cayera en el asiento trasero.

Lucas intentó tirar un puño hacia la cara del rubio, pero este último fue más rápido y lo empujó contra la puerta, acorralando con sus piernas y convirtiéndolo en su presa.

—Nunca pensé que tenerte encima sería la octava maravilla del mundo —confesó el de cabellos revueltos.

—Y yo nunca pensé que sentirte tan cerca fuera peor que morir.

—Fff Una sonrisa ladina y nasal salió de los labios delgados.

—Regresaremos por Mónica.

El castaño fijo más sus ojos en los color miel y alzó los hombros.

Entre la tensión de los cuerpos y la carretera desolada, se escucharon unas ramas crujir, intensificandose a cada segundo.

—¡Ayuda!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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