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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 28

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Capítulo 28: No te conviertas en el descontrol de tu psicópata.

Bruno sintió cómo la mano de Lucas sujetaba su antebrazo, desatando una electricidad que empezaba a conocer.

Tragó saliva, pensando en alguna respuesta lo suficientemente ingeniosa para salir de la situación.

—Estás igual de sucio —después de soltar las palabras rudas, desvió la mirada. Las cejas flojas y relajadas fingían control, aunque en el interior su corazón gritaba: «¡Idiota, solo tírale otro gancho y corre!».

Los ojos negros empezaban a arder por no parpadear, pero era difícil no ver la incomodidad reflejada en el rostro blanco; tan difícil como dejar un vicio que iniciaste desde la adolescencia.

Cuando el tacto terminó, el pecho de Bruno volvió a subir y a bajar.

—Pues entonces ya te di la solución.

Bruno caminó detrás del castaño, inspeccionando la habitación. Las paredes tenían un tapiz rojo con rombos dorados, pero debido a la antigüedad había partes desgastadas que dejaban la madera cruda a la vista.

—¿Necesitas algo más? —en el fondo, Lucas tenía una gran decepción—. Vienes a mi habitación como perro faldero y no me dejas divertirme —soltó un suspiro de desesperación que advertía a Bruno que pensara en su respuesta un par de minutos—. ¿Qué otra cosa puede ameritar tu interrupción?

Las piernas largas que se cruzaban añadían un toque intelectual, formando una imagen más intimidante y severa.

—Mónica me habló acerca de esa criatura —pensó en si continuar, recordando la masacre que había creado la persona frente a sus ojos—. Su abuela lo conocía.

Lucas rodó los ojos y sacó un cigarro de su pantalón.

—¿Y eso de qué me sirve?

La respuesta cayó como hielo sobre Bruno, apagando la poca esperanza que tenía de encontrar un lugar cómodo para ducharse y un poco de comida.

«Este imbécil no come, ¿o qué?».

Interrumpió sus propios pensamientos intrusivos y se dedicó a pensar en una estrategia para gobernar esa actitud sádica.

—Dijiste que existía la posibilidad de que las criaturas fueran resultados de mutaciones.

Miraba los párpados en lugar de las pupilas oscuras para evitar distraerse y caer en la intimidación del castaño.

—Esa hipótesis se elevó mucho más cuando confirmamos la conversión de una serpiente a un híbrido —notó que la mirada provocativa se deformaba—. Ahí tenemos la relación entre un hombre y un animal, lo que da como resultado la mutación.

—El poco porcentaje de duda se eliminó después de que Mónica me dijera que su abuela conocía al señor; ella misma lo reconoció.

Por primera vez en su estadía en Cipre, Bruno no percibió la seguridad usual en Lucas, la seguridad que le brindaba la capacidad para ser soberbio y humillar a otros. ¿Podría decirse que estaba aprendiendo a jugar Conquian? Pues tal vez: había lanzado su primera carta contra el jugador maestro que lo rebajaba.

—Si ese es el caso —cruzó las manos sobre la rodilla—, ¿aún está viva la abuela de la doctora?

Bruno sintió que su sangre fluía mejor después de escuchar las palabras.

—No, pero podemos investigar por medio de su nombre, si…

—¿Crees que puedes venir cuando quieras, interrumpirme y dar esta información suelta? —dijo con tono neutro y flojo—. Por un momento olvidé que eres un perro y nada más.

Los nervios de Bruno dejaban su estado normal y tranquilo para empezar a tensar los músculos, hasta convertirlos en carne llena de rabia. No sabía por qué su cuerpo empezaba a comportarse diferente, pero por primera vez en mucho tiempo existía una persona capaz de recibir su odio más profundo, y no se trataba de su padre.

—No soy tu perro —la voz, en un principio ronca, se transformó en amenaza.

Lucas quería dejar ir al hombre, pero en cuanto observó la playera en mal estado recordó la primera vez que lo vio: una apariencia de admirar, tan pulcra y perfecta que hizo que incluso él, que odiaba involucrarse con personas de ese tipo, se detuviera a pensar en otra cosa que no fueran monstruos y desvelos.

Un bolígrafo aterrizó sobre los cabellos amarillos.

—¿Qué—

—¿Te irás sin limpiarte? —Lucas se paró y tomó unas llaves de un cajón que había debajo del escritorio sucio—. ¿No venías porque quieres ducharte?

Las pupilas amarillas brillaban como las de un perro cuando escucha el traste de la comida. Los pies no pensaron; actuaron. Fue así como el ingenuo Bruno cayó en la boca del lobo.

Cuando los dedos largos pero gruesos se acercaron a la llave dorada, la mano fina lo agarró de la nuca hasta atraerlo lo suficiente a su propia cara.

Los orbes amarillos se abrieron como un screenshot de cámara.

«Soy un idiota, ¿por qué no pensé en esta trampa?… Cualquier niño lo pudo haber notado».

Ni siquiera pudo desquitar el enojo consigo mismo en sus pensamientos cuando Lucas se encontraba lo suficientemente cerca como para sentir su respiración caliente.

—Incluso sucio podría lamer cada parte de ti.

El tono seguro, casi posesivo, transformó la sangre en fuego. Las orejas rojas se calentaban tan rápido como una tetera y la punta de los dedos blancos temblaba.

Cuando Bruno se deshizo del shock que lo entorpecía, intentó poner un freno con su propia mano, pero esta fue usada para pegar aún más ambos cuerpos. Ahora podían sentir cada parte del otro.

—Eres increíble; ni siquiera has hablado, pero ya me pusiste duro.

Las palabras fueron una confesión obscena, pero no contrarrestó la frialdad contraria. Nuevamente intentó evitar su final. Levantó su rodilla en dirección de la zona más vulnerable del hombre, pero este fue lo suficientemente inteligente para atraparla.

—Oh, ¿aún recuerdas mis fetiches con tu rodilla? —preguntó con una sonrisa provocativa.

Las mejillas se encendieron al recordar tal humillación, aunque era más rencor que vergüenza.

Antes de que pudiera hacer algo, Lucas bebió un líquido que traía en su bolsillo.

Bruno no tuvo más tiempo: los labios secos se empezaron a humectar cuando la humedad interna de los labios intrusos jugaba con torpeza. Aun con su forcejeo, Lucas fue capaz de soltar un líquido en su boca antes de separarse.

—¿Qué mierda me diste? —la expresión arrugada de preocupación reprochó la mera existencia del hombre.

Sin pensarlo mucho, intentó meterse el dedo para vomitar, pero Lucas lo impidió.

Conforme más luchaba, sentía que su cuerpo se calentaba.

«Esto es… ¿un estimulante?».

—¡Eres un hijo de perra!

Lucas no pudo evitar soltar unas carcajadas que le sacaban el aire, pero, como era usual en él, paró en seco y se tornó espeluznantemente serio.

—¿Acaso no quieres sentir la herida que tengo por tu culpa? —la voz fue provocativa, pero en sus ojos se podía ver el brillo del rencor.

Cuando Bruno ya no podía sostenerse por su cuenta, las manos de Lucas rodearon su cadera y lo apoyaron sobre el escritorio. Sus ojos se entrecerraron como los de un gato que podía saborear a su presa antes de cazarla.

Extendió su mano y abrió la boca con delicadeza. La piel estaba hirviendo y la respiración entrecortada solo provocaba la excitación del castaño.

—Sabes… nunca había visto que alguien reaccionara tan rápido —a la distancia que estaba, el aire podía entrar en la boca contraria.

—Hu—

Bruno ni siquiera pudo vocalizar palabra alguna cuando los labios empezaron a jugar con intensidad con los suyos. Podía sentir cómo la humedad cubría su piel y su cabeza se movía por la mano que sostenía los cabellos dorados.

Lo peor de todo es que no se resistía; era como ver fuegos artificiales en diciembre o como tomar una cerveza en verano.

La intensidad hacía que sus labios se durmieran; la lengua entraba recorriendo cada rincón. Ambas cabezas se movían de un lado a otro, hasta que Lucas paró para lamerse. Inesperadamente, había funcionado como un brake para que en la segunda ronda mordiera los labios carnosos.

Bruno sentía asco con la poca conciencia que le quedaba, pero fue su sorpresa al ser levantado y sentado sobre la madera. Quería hablar y objetar, pero la boca que hacía marcas en su cuello lo distraía de cualquier acción.

En ese momento, sintió el aire de una sonrisa de satisfacción.

«Quiero que esto acabe».

Como si los dioses contradijeran sus peticiones, un dolor en su abdomen bajo lo invadió. Sentía que su piel ardía y que nada podía detenerlo.

Solo Lucas, cuando recorría su piel y sentía que explotaba esa bomba con límite de tiempo que había dentro de él.

El tacto se volvía violento; sus piernas apretaban las contrarias. En un momento de desenfreno, el castaño tomó la mano blanca y la metió en sus pantalones.

El vaivén convirtió el inmobiliario en testigo y los gemidos ahogados quedaban absortos en la pared, cubiertos por el cantar de los búhos.

El ruido de las nubes era tan glorioso que al escucharlo te convertías en un ángel agradecido a pesar de las dificultades pasadas. Bruno de repente recordó que ese no era su lugar.

La realidad era que ese magnífico ruido no eran las nubes: era la seda que cubría su cuerpo.

Dio un sobresalto que hizo que la almohada que tenía a los pies saliera volando.

Lo último que recordaba era la cara llena de placer que tenía Lucas frente a él.

Volviendo a esa imagen, revisó bajo las cobijas.

«¡Gracias al cielo!, aún tengo mi ropa».

Revisó a su alrededor en busca de su mayor karma. No tardó mucho en encontrarse con el hombre que dormía en un segundo sillón de doble asiento.

Sobre su cara había un libro forrado de tela, usado como antifaz.

Bruno aprovechó el sueño en el que se encontraba el castaño para poder levantarse de puntillas, apretando cada parte de sí, y salir ileso.

—¿Te vas sin tomar la llave?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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