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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 29

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Capítulo 29: Empieza a analizar las circunstancias.

La posición en la que fue sorprendido era difícil de mantener; estaba con una rodilla sobre la cama y un pie sobre el piso, sosteniéndose solo con la punta de un dedo, y aun así había sido escuchado.

«Este cabrón tiene orejas de perro».

Lucas se quitó el libro que tenía en la cara. Sus ojos, normalmente oscuros y opacos, reflejaban un brillo inusual que combinaba con la luz fresca de la mañana.

El único ruido que se interponía entre ellos dos era el de las aves que cantaban sobre los pinos.

—¿No querías las llaves? —preguntó, aún desde una posición que no mostraba indicios de querer levantarse.

Bruno bajó por completo de la cama, maldiciendo a las sábanas ruidosas que lo habían delatado.

—Las iba a agarrar —respondió, tratando de conservar la poca dignidad que le quedaba después de la noche anterior.

Dio un paso inseguro hacia la mesa que estaba detrás del sillón donde descansaba Lucas, quien no tardó en arruinar el breve descanso que había tenido el rubio hace poco.

Pateó su pierna cuando estuvo lo suficientemente cerca como para desestabilizarlo.

—¡¿?!

Bruno no esperaba ese movimiento; su expresión era la de un niño que acababa de recibir una palmada en la cabeza por parte de su hermano mayor.

—JAJAJA —la risa, a pesar de ser sincera, no dejaba de sonar malvada—. Ni pienses que te irás a bañar sin mí.

—¡¿Estás loco?! —Bruno perdió el miedo, olvidando que ese hombre que parecía ser manejable era el mismo que lo había obligado a hacerle una paja—. Ejem… —se aclaró la garganta, recordándolo nuevamente.

»Lucas… —la postura encogida y el intento de fingir estabilidad con los brazos cruzados eran una parodia para el recién nombrado—. Sé que me odias («porque yo también lo hago»)… pero deberíamos poder vivir el poco tiempo de tranquilidad tolerándonos.

Lucas se levantó del sofá como un resorte.

—¿De qué hablas? —caminó hasta la cama donde había dormido Bruno—. Pero si la estamos pasando bien.

La sonrisa que tenía en la cara se fue tornando oscura:

—Ayer la pasamos bien.

—¡Lucas! —las cejas arqueadas y el ceño fruncido delataban el colmo que sentía.

En un momento se trabó; hubo un cortocircuito dentro de su cuerpo. Sus palabras se habían quedado atoradas en una garganta ansiosa por soltar el vocabulario más vulgar que conocía, pero la impotencia era tanta que lo mantuvo en pausa, solo amenazando con una mirada fulminante.

—¡Oye! Deberías calmarte, no quiero que mueras de bilis o algo así dentro de la casa.

Después de lanzar las últimas palabras, que funcionaron como una bomba de soberbia directa, se tumbó en la cama.

—No me mires así… ¿en dónde aprendiste ese comportamiento tan feo?, ¡¿eh?!

Los cabellos dorados fueron alborotados con frustración. Ya no había otra opción. ¡¿Qué más quería?! Solo quedaba irse con una cara deforme por el cansancio y la humillación, pero justo cuando iba directo a la puerta, la voz siniestra le devolvió la esperanza.

—Espera —Lucas se levantó nuevamente y le lanzó las llaves—. Después de que termines, no dejes la puerta cerrada.

Los labios durazno incluso se entreabrieron por la sorpresa: «¿Está siendo humano conmigo?… ¡¿qué carajo?!».

—Ahora lárgate y deja de apestar el lugar.

«Sí, claro, eso no decías anoche…».

Bruno se dio cuenta de sus propios pensamientos y agitó la cabeza antes de azotar la puerta.

«¿En qué estoy pensando?».

Los pasillos por la mañana se veían diferentes. A pesar de seguir siendo oscuros, se podía respirar mucho mejor gracias a que el aire se filtraba por las puertas y se reflejaban pequeños rayos de luz provenientes de cada habitación.

«Espero que Mónica haya podido dormir bien».

Su deseo pareció haberse cumplido. Lo primero que vio al entrar fue una iluminación natural que lo hizo taparse los ojos. Después de acostumbrarse, frunció el ceño y se acercó: la mujer parecía dormir plácidamente. Estaba en el sofá como una cochinilla, sosteniendo sus rodillas mientras se tapaba con su chamarra.

La imagen calmada y plácida hizo que la respiración de Bruno se regulara hasta sentir la somnolencia en su propio cuerpo.

No esperaba que la pelirroja lo atacara con un bisturí al sentir la presencia ajena.

—¡Oh!, lo siento —dijo, mientras veía el cuerpo del hombre en posición esquiva—. Pensé que…

Su excusa fue interrumpida al recordar cómo había pasado la noche sola.

—¡¿En dónde estabas?! —la mujer suspiró con fastidio—. ¿Sabes lo asustada que estaba?

»Pensé que te había pasado algo… estaba segura de que yo sería la siguiente en morir. ¡No pegué el ojo en toda la noche hasta hace unas horas, que no pude más!

Bruno interrumpió el reclamo que ocultaba un miedo sincero, un miedo que él también conocía.

—Tranquila, tuve unos problemas al intentar regresar —alzó la llave, dejándola colgar de su dedo índice—, pero conseguí la llave para ducharnos. ¿Qué dices si vamos?

La sonrisa amable y brillante mató cualquier pizca de mal humor que pudiera haber en la mujer.

—¿Quieres que te agradezca por sacrificarte? —preguntó Mónica con unas cejas asimétricas que fingían incredulidad—. Ni siquiera quiero saber qué tuviste que hacer…

Mónica se dio la vuelta para recoger sus cosas, sin darse cuenta de la cara roja que dejó en el rubio.

El camino hacia el ala derecha estaba lleno de lugares que no conocían, aunque no se detuvieron a revisar. Estaban tan cansados que solo pensaban en una ducha que los pudiera liberar de un estado de constante estrés.

Lo único que Bruno no pudo evitar ver fue el ventanal que había en el pasillo antes de las escaleras. Entraba una luz blanca que renovaba sus esperanzas, tanto que él mismo pensó que, si sobrevivía, regresaría corriendo a los brazos de su madre, aunque pierda el orgullo… si es que aún le quedaba.

—¿Bruno? —la mujer lo esperaba en las escaleras.

—Ya voy.

Después de bajar, se encontraron con cuartos de piedra. Rápidamente sintieron el cambio drástico de temperatura. Tras caminar un par de minutos, llegaron a un portón de madera.

Dentro había cerca de cinco toneles; un par era tan grande como piscinas y los otros tres eran de un tamaño normal, como los que se podían encontrar en las casas.

Parecía que el agua había sido recolectada del pozo que había a unos metros de la mansión.

—Entra tú primero, te espero aquí afuera —Bruno le dio la mochila a la joven e insistió con la barbilla.

—No me dejes, ¿sí?

El corazón del rubio se apachurró al recordar el miedo que le hizo pasar por dejarla sola.

—No lo haré.

Mientras esperaba, se sentó a un lado de la madera, pensando en alguna manera de salir de esto.

Ahora que sabía que las criaturas eran una especie de mutantes híbridos, sentía una necesidad de huir más grande, pero no había escape. La mejor opción, por el momento, era conocer lo suficiente a los animales.

Entonces llegó a su mente el joven que los había intentado asesinar aquella vez en la carretera, donde también fueron interrumpidos por el guardabosques.

¿Por qué no lo atacó a él?…

«Pero entonces, ¿el otro guardabosques por quién fue atacado?»

»No tiene sentido que la “criatura” haya huido del primer guardabosques para intentar matar al otro… a menos que haya recibido un ataque directo.

»Eso es, pero entonces… ¿aún cabe la conciencia en sus cuerpos?

Unos pasos lo sacaron de sus pensamientos. Se paró mirando a todos lados, encontrándose con un Lucas recién despierto.

Sus ojos se veían menos severos al estar hinchados, y su skin de “puedo matar a cualquiera” se rebajaba a “solo soy alguien odiando a todos y a todo” cuando bostezaba.

«Así parece un poco más humano».

—¿Esperando a la doctora? —Lucas se recargó en la pared contraria—. En el confinamiento te puedes enamorar hasta de una pared, ¡increíble!

Las cejas de Bruno se juntaron, sintiendo apatía hacia esas palabras.

—Mírame a mí —Lucas le mostró su perfil derecho y luego el izquierdo—. Incluso yo me he tentado con alguien como tú. ¡Qué horrible!, ¿no lo crees?

Bruno abrió la boca, pero la puerta se abrió, mostrando a una Mónica más relajada, aunque la sonrisa duró poco al encontrarse con los ojos oscuros.

Lucas rodeó el brazo musculoso de Bruno y lo metió sin ninguna explicación junto a él.

—¿Qué haces? —Bruno se soltó del agarre y se detuvo en seco.

—¿No te querías limpiar? —Lucas pasó su dedo índice desde la clavícula hasta el pecho—. Yo te ayudaré…

La voz era severamente suave.

Afuera se encontraron con Mónica, que, seguramente insegura de caminar todo el camino de regreso sola, no tuvo otra opción que esperarlos.

Lucas pasó de ella, dejándola con una cara de confusión, pero el cuerpo de Bruno le impidió el paso.

—Deberíamos sentarnos a hablar —notó que el estado de ánimo de Lucas había mejorado después del baño—. Ni creas que te vas a ir tan fácil, hijo de perra.

»No tenemos un plan en caso de que haya otro ataque y creo que, si revisamos mucho mejor todas las habitaciones de la mansión, podemos encontrar algo que nos sirva.

Los ojos desinteresados del castaño se transformaron en una expresión sensata.

Mónica notó la intención de su compañero, así que, viendo la cara dudosa, agregó:

—Sí, creo que deberíamos averiguar la verdadera identidad de las criaturas que nos han atacado —siguió la estrategia—. Además, estoy segura de que aún hay personas en el pueblo que nos pueden dar referencias.

El castaño rodó los ojos.

—Bien —respondió para Bruno—, pero calla a la mujer y dame de comer.

La pelirroja arrugó la cara después de que Lucas se diera la vuelta y levantó las manos con duda.

Bruno respondió alzando los hombros y girando su dedo en señal de estar loco.

Ambos caminaron detrás del castaño, observando los pasos seguros e inquietantes. Ahora entendían por qué él era el único capaz de vivir en un lugar como la mansión.

Apenas habían bajado al primer piso cuando la puerta principal comenzó a azotarse de manera violenta.

—¿Hay alguien en casa? —la voz sonaba conocida, pero un poco distorsionada por el temblor—. Por favor, ábranme.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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