Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 4
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4: No confies tan rapido.
4: No confies tan rapido.
La lluvia golpeaba con fuerza, como si fuera la primera del año.
Los pinos se mecían con ferocidad y la noche estaba cubierta de neblina.
—¿Listo para salir?
—preguntó Lucas, mientras se ponía el impermeable—.
Toma este.
Bruno volteó hacia la ventana, en donde se podía ver el terrible clima que había afuera.
—«Solo espero que no me caiga un rayo»— pensó, mientras buscaba la manga de su impermeable.
El castaño observaba cómo su invitado daba vueltas como un pequeño perro tratando de atrapar su cola para poder ponerse la manga, así que, después de reírse, tomó el hombro del más alto y le ayudó.
—No te preocupes, solo tenemos que ir a la parte trasera de la casa y checar los cables.
El rubio se sintió apenado al darse cuenta de que, a sus veinticinco años, necesitaba la ayuda del tipo que acababa de conocer.
—Sí, claro, pero olvidas mencionar que tu casa es tan grande como una mansión.
—¿Me acompañas o no?
—preguntó, ya estando en la puerta, por la cual se podía observar el diluvio que había afuera.
Bruno caminó alumbrando detrás del dueño, quien no paraba de hablar sobre temas insípidos, en los que el más temeroso solo logró entender que tenía un taller mecánico y por eso los carros en el patio.
Después de todo, el vecino no ponía atención a las palabras ajenas; caminaba con suma cautela, viendo de allá para acá, intentando atrapar cualquier minúsculo detalle extraño o fuera de lugar.
Las pisadas de ambos hacían que las hojas tronaran, como si murieran al ser aplastadas.
—¡Track!
—un rayo había caído cerca y Bruno brincó por el susto, tirando la lámpara en una mini barranca—.
¡Joder!
Bajó de inmediato, sin ver casi nada y recordando que dejó su celular en la casa.
—«Pero si soy idiota…, ¡siempre me pasan este tipo de cosas!»— Saltó a ciegas y su camisa se atoró en una rama, haciéndolo luchar contra la naturaleza.
Tanto sus manos como sus piernas quedaron colgando.
—¡Ey!, ¿dónde estás?
—se escuchaban los gritos preocupados de Lucas.
—¡Por aquí!
—respondió, mientras se intentaba zafar.
Bruno visualizó una silueta y se alivió.
—Ayúdame a soltarme —pidió ayuda, pero aquella sombra solo se quedaba parada—.
¿…?
Cuando empezó a sentir que sus extremidades se dormían por el susto, rompió su propia camisa y alcanzó la lámpara con la intención de reclamar por la broma.
Enfocó la dirección en la que estaba la silueta; solo logró divisar un óvalo negro cubierto de ojos viscosos, a excepción de su sonrisa, que mostraba colmillos afilados embarrados de sangre.
Sus piernas temblaban y su voz no salía.
Con su mayor esfuerzo, logró darse la vuelta y, aunque al principio resbaló, fue capaz de correr.
—¡Lucas!
Volteaba, mirando cómo era perseguido por una figura de aproximadamente tres metros, cuyos brazos eran tan largos que arrastraban y cuyas piernas se doblaban a su antojo.
—«Voy a morir»— pensó, pero de repente chocó con el más chico.
—¿Dónde carajo estabas?
—preguntó el dueño de la mansión, pero fue capaz de ver un rostro deforme esconderse en uno de los troncos más anchos, antes de ser arrastrado por el rubio hasta la casa.
Ambos se tumbaron sobre la puerta, escuchando su propia respiración agitada.
—¡¿Qué mierda era eso?!
—Lucas miraba al pálido.
—¡¿Y yo cómo voy a saber?!
¡Si es tu casa!
—Yo no vivo en el bosque… nunca había visto algo como eso —continuó, mientras buscaba su celular.
Después de cubrir todas las ventanas y las puertas como le indicó el castaño, Bruno se sentó e intentó obtener señal.
«Mañana mismo me mudo de aquí…» —el rubio no dejaba de mover su pierna con nerviosismo, pensando en mil cosas a la vez: ¿qué era eso que lo había perseguido?, ¿qué va a hacer ahora?
—Tranquilízate —repuso, sentándose a su lado y sacando un cigarro.
—¡¿Acabas de ver lo mismo que yo?!
—¿Qué más podemos hacer?… No hay señal y ya cubrimos todo —su rostro reflejaba un poco de tensión, pero tenía matices varoniles.
Bruno empezaba a sospechar de que esta no era la primera vez que le pasaba a Lucas.
¿Quién podría estar tan tranquilo después de ser perseguido por algo así en medio de la nada?
Tenía la idea de escapar, pero tampoco tenía el valor de ir a su casa y arriesgarse a ser perseguido y devorado.
—Dime la verdad —con miedo de preguntar, se acercó al humo—.
No es la primera vez que te pasa, ¿cierto?
Aunque Lucas intentó parecer inocente ante esta suposición, sus propios gestos lo delataron.
—¿Cómo carajo puedes estar viviendo tranquilamente, sabiendo que en cualquier momento te mueres devorado por algo así?… ¡No sé ni cómo llamar a esa cosa!
—Tranquilízate, ¿sí?
—se paró y se acercó lentamente hasta sentir la respiración alterada del otro—.
La vida no siempre es lo que uno quiere —su mirada recorrió el cuerpo ajeno y soltó el humo del cigarro en su cara.
Al ver esta mirada tan fría y perturbadora del anfitrión, sintió que estaba encarcelado en una situación con pocas probabilidades de salir vivo.
¿Quién era este tipo y por qué parecía tener tantos secretos detrás de esa apariencia tan inquebrantable?
La única cosa en la que podía pensar ahora era en obtener una salida, pero antes de que su mente formulara posibles soluciones, una voz más ronca sonó: —No es real —se tumbó en un sillón individual de la sala principal—.
Hace pocos días, la tormenta había iniciado así, nada fuera de lo normal, además del ruido de la naturaleza —inhaló una cantidad de humo—, pero ese mismo día estaba demasiado ocupado con unas chatarras… ya sabes, cosas de mecánicos.
Cuando de repente escuché un fuerte arrastre de metales, pensé en algún animal tratando de llevarse algo de comida o, en el peor de los casos, algún hombre queriendo robar herramientas del garaje.
¿Pero quién se arriesgaría en medio del bosque por herramientas usadas?
El de cabello claro escuchaba el relato a regañadientes, sin bajar la guardia y atendiendo cualquier sonido extraño del exterior.
—Así que salí con una escopeta y una lámpara —continuó el fumador—.
Lo primero que noté fue un cambio de temperatura demasiado repentino.
Al escuchar nuevamente un arrastre de costal, apunté hacia el posible responsable.
No fue hasta que, a no más de diez metros, esa misma criatura de hace un momento caminaba como si el bosque fuera su propia casa.
Bruno tomó interés por las palabras de su único compañero y se sentó en el piso, pues las fuertes emociones de hace un rato le habían provocado un cansancio extremo.
—Después de aquel encuentro, corrí con toda mi capacidad hacia la casa y me metí directo al ático —dejó la colilla del cigarro en el cenicero de la mesita—.
No pude pegar ni un ojo esa noche.
Cuando la lluvia se fue, a eso de las tres de la mañana, escuché una interferencia.
Se quitó los lentes y continuó relatando: —Caminé hacia el sonido, que parecía venir de la misma tele en la que jugamos hace un rato.
Estaba prendida y sin señal.
De repente llamaron a mi puerta: era el guardabosques, avisando que la fiesta del pueblo era dentro de poco.
Cuando pedí la hora, solo recibí como respuesta: diez y treinta a.
m.
—¡¿Cómo fue eso posible?!
¿Qué no hace unos minutos habías dicho que eran las tres de la madrugada?
—el joven empezaba a tener frío, no solo por su confusión, sino porque el shock ya había pasado y se daba cuenta de que no tenía nada puesto arriba.
Lucas se quitó la chamarra y se la pasó.
—Eso mismo pensé, y esa misma noche volvió a suceder.
Se paró y prendió la lámpara del celular del invitado para indicar que le ayudara a limpiar todo lo que escondía la habitación de huéspedes del primer piso.
—Ven, ayúdame a limpiar este cuarto para que puedas dormir esta noche.
El joven, a regañadientes, se paró.
—Pero sígueme contando —se colocó la chamarra ajena y frotó sus manos.
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