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Manual para rechazar al psicopata - Capítulo 5

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5: Debes observar tu alrededor.

5: Debes observar tu alrededor.

Lucas empezaba a retirar las telarañas con movimientos bruscos de sus manos, mientras Bruno tenía las cejas tan encorvadas hacia el techo como sus náuseas.

Su incredulidad lo hacía pensar: «¿En serio, esta habitación es habitable?».

—¿Puedes continuar con el relato?

—¡Oh!, sí, claro —arrojó la lámpara a las manos del interrogante y posó sus manos sobre su cadera después de un largo suspiro—.

Después de eso busqué todas las maneras posibles para escapar de aquí.

Tomé las pertenencias realmente valiosas (aunque eso significara cargar más de un par de relojes que tenían plata).

Pero… ningún resultado fue bueno.

—¡¿A qué te refieres?!

—el rubio se rascó la cabeza con fuerza, sacando un “tss”, casi entre un suspiro y un reclamo.

—Creo que a este paso es más fácil que durmamos en la sala que limpiar todo esto —dijo, señalando la montaña de cosas que bloqueaban la puerta.

Bruno se limitó a hacer su usual cara de decepción, donde sus ojos se volvían casi una línea de ferocidad que podían intimidar a cualquiera.

—Vamos, no me mires así… ¡Al menos hay frazadas!

—lo dijo con un tono tan ligero que él mismo volvió a formar una cara seria, recordando que tenía a un hombre paranoico frente a él—.

En serio, tengo tantas ganas de salir de aquí como tantas ganas de que me dejes de mirar así.

Ambos caminaron de regreso a la sala, aunque uno de ellos estaba con los sentidos a tope, mirando de allá para acá, escuchando incluso al grillo que estaba en el último piso de la mansión.

Lucas se puso otra chamarra y se durmió en el piso, dejándole el sillón al más alto, no sin antes ofrecerle el té tradicional.

—¿Por qué me das esto?… ¿Piensas que soy como una anciana que después de tomar un té amargo calma sus nervios?

El pelinegro sacó una sonrisa que dejaba ver sus encías y marcaba sus hoyuelos.

—Creo que sí —suspiró y miró hacia arriba—.

En realidad, soy un poco como esos ancianos que tienen que tomar café a cada rato del día, pero a mí me pasa con el té.

Pruébalo, sabe bastante bien.

Bruno no tenía ganas de probar ni lo más mínimo, pero el frío que empezaba a sentir en sus manos y el temblor de su corazón lo incitaron a calmarse.

El primer sorbo fue una combinación de sabores; era como probar el olor de la ruda, o sea, algo muy fuerte.

Después de dejarlo unos segundos en su boca, se dio cuenta de que era más bien una explosión entre probar algún tipo de palo que te deja la lengua seca y una hierba que te hacía respirar mejor.

Al cabo de unos minutos, la taza de té estaba vacía y Lucas permanecía sentado mientras miraba fijamente sus manos.

—¿Qué haces ahí?, ¿por fin te preocupa la magnitud de la situación?

—preguntó con más calma el invitado.

—Claro que estoy preocupado —le dedicó una mirada suave, pero preocupada, donde se podían observar sus pestañas largas, brillar bajo la luz de la luna que se filtraba—, pero más que preocupación…, culpa.

El corazón de Lucas casi se salía de su garganta después de aquella confesión.

Sus ojos evitaron la mirada ajena y se acostó sin la intención de explicar más.

Mientras Bruno miraba al techo, Lucas miraba la pared sin un pensamiento fijo, solo escuchando la respiración calmada de su compañero, que al parecer ya se encontraba entrando al mundo de los sueños.

Estas exhalaciones ajenas hicieron que su mente sufriera una explosión de dopamina; era como sentir cosquillas en el cerebro.

Por fin tenía las suficientes herramientas para escapar de aquella situación que lo atormentaba día y noche.

«Tal vez tengo la clave durmiendo a mi lado».

A la mañana siguiente, el aroma a pan tostado con mermelada y mantequilla atacaba las fosas nasales del rubio.

No pudo evitar arrugar las cejas antes de inclinarse para aspirar mejor el aroma.

Al divisar que seguía en el mismo lugar que el día anterior, comprobó que no había sido una pesadilla y se tumbó de nuevo como un caballero derrotado.

El rostro de Lucas no tardó en aparecer, con su usual expresión animada pero tranquila.

Llevaba sobre sus manos un plato con tostadas y una taza de té caliente, el mismo té que la noche anterior.

El clima de afuera ya no era tan frío; los árboles no bailaban con entusiasmo y, en cambio, mantenían sus hojas rígidas.

Esta observación hecha por él recién despierto, le hizo pensar que este lugar estaba demasiado raro; usualmente, después de una tormenta, la mañana aún está fría e inquieta, aunque sea mínimo.

Bruno ignoró la amabilidad de su vecino y miró por la rendija que quedaba entre las tablas que habían colocado en la noche.

Fijó su mirada en el árbol grande que estaba frente a la casa.

Sus hojas se veían tan tiesas que ni siquiera podía observar que se movieran; lo raro era que las nubes avanzaban de prisa.

«Hay viento, de eso estoy seguro.

Si no…, ¿por qué se moverían las nubes?» Mientras el rubio, que aún tenía lagañas en los ojos, se concentraba en conjeturas sobre su observación, los ojos oscuros del castaño se fijaban sobre la espalda que tenía enfrente.

Observaba las líneas de los músculos que marcaban el cuello, los cabellos dorados que se podían ver gracias a la luz del sol y sus orejas ligeramente enrojecidas.

«Las nubes se mueven rápido, la densidad del viento debería hacer que las hojas de los árboles se muevan.

¿Por qué?».

Los pensamientos de Bruno fueron interrumpidos por Lucas.

—Está bien que estés molesto —se paró frente a él y le acercó el desayuno—, pero al menos come algo.

—¡¿Estás pensando en comer?!

¡Mira ese árbol!

—volteó para señalar la ventana, pero un rostro viejo y firme salió del vidrio—.

¡Carajo!

—¿Hay alguien en casa?

—gritó el hombre que estaba afuera.

—Tranquilízate, solo es el guardabosques —dejó el desayuno sobre un mueble.

El guardabosques salió para decirles que la noche había estado demasiado difícil para muchos pueblerinos y también para la gente del centro.

Algunas casas de los campesinos habían sido destruidas y su ganado se había ido volando; incluso, algunos ganaderos dieron testimonios de haber visto lobos cerca.

Después de patrullar la zona por la mañana, se acordó de que Lucas vivía por ahí y vino a ver cómo estaba.

El señor poseía una apariencia intimidante, pero una personalidad amable.

Bruno se asomó por la espalda de Lucas.

—¡Oh!

¿Tiene visitas?

—preguntó el oficial.

—Buenos días, soy su vecino temporal.

—Sí, se acaba de mudar ayer —completó el pelinegro—.

Pero no se preocupe, nos la arreglamos.

—Ya veo… ¡Qué mal día escogió para mudarse, eh!

—No se preocupe, no planeo quedarme mucho tiempo.

—¡Qué dice!

Fuera de estos desastres, que no suceden a menudo, el vecindario es muy cálido —respondió el señor con entusiasmo mientras se quitaba el sombrero—.

¿Por qué no van al pueblo?

Me da mucha pena decirlo, pero estamos buscando hombres que nos ayuden con una barrera rompe vientos y con una que otra tarea para reconstruir… ¡Sirve para que el nuevo vecino conozca a la demás gente!

—Claro, ahí estaremos —respondió Lucas y se despidió de prisa.

Bruno no estaba para nada contento con la respuesta de su compañero.

—¿Estaremos?… Este mismo día me voy de este lugar —caminó hacia el sofá y dejó la sudadera que traía puesta—.

Tú dijiste que también te querías ir, ¿no?

—Sí, pero es solo una estrategia —se sentó en el sofá y cruzó sus piernas, al mismo tiempo que veía fijamente la mirada de confusión ajena—.

Piénsalo, ¿y si salimos y nos volvemos a encontrar con esa cosa?

Hay menos probabilidad de morir si hay gente a nuestro alrededor; serán como anzuelos… Cuando Bruno escuchó esas palabras salir de la boca de Lucas, sintió un sudor frío en sus manos.

La estrategia era viable, pero también era un poco sádica e inmoral.

Ahora que miraba al pelinegro con la mente tranquila, podía observar cosas que había pasado por alto.

A simple vista, se podría decir que solo era un hombre joven como él, pero cuando observas mejor sus comportamientos, puedes decir que es como un cazador.

—No te preocupes demasiado, dudo que una criatura así salga sabiendo que hay muchas personas —se paró y abrió la puerta de la entrada—.

Ve por tus cosas y nos vemos en un rato.

Empacaré lo esencial.

Después de decir eso, le dedicó una sonrisa que hacía sobresalir sus colmillos y sus hoyuelos.

El rubio salió de la casa un poco desconcertado después de ver esa sonrisa.

Le hacía sentir como si una esfera de inquietud brincara en su interior; era como temerle al viento que hacía afuera.

«Hace un momento no estaba corriendo ni una pizca de viento, ¿ahora qué?» De pronto, los pinos y árboles empezaban a moverse violentamente y el piso se hundía como si fuera lodo.

No habían pasado más de siete minutos y aún no llegaba a la casa.

Las hojas provocaban remolinos y el viento quería decir algo con esa intensidad.

Bruno intentaba con fuerza salir del piso que lo capturó, pero nada funcionaba y solo se hundía más.

—¡Lucas!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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